16 noviembre 2005

La comedia humana

Balzac afirmaba que así como el entorno y la herencia producen diferentes tipos de animales, así las presiones sociales generan diferencias entre los seres humanos. Esa es básicamente la famosa “Comedia humana” de este escritor. Y así, durante el siglo XIX francés se dedicó a escribir nada más y nada menos que unos miles de ambiciosas páginas sobre las “especies” humanas de su tiempo. Quiso abarcarlo todo. Tal vez no sacó buena puntuación en el colegio a la hora de hacer resúmenes. O tal vez tenía mucho tiempo para escribir y pocas ganas de vivir. Yo, con humildad lo digo, no doy para tanto. Pero puedo disfrutar por el camino. Sin ánimo de terminar mi propia comedia humana(más bien tragedia) puedo hacer mi pequeña aportación al reportaje de las tipologías humanas en los comienzos del siglo XXI.

¡Que ingenuo! ¡Como si hubiera mucha diferencia con cualquier siglo pasado! La humanidad tiene una originalidad limitada.

Pero sin importarme ser redundante hablaré de la señora de la limpieza del lugar dónde trabajo. Me interesan algunos rasgos de su carácter.

Sin aspirar a juzgarla sí que puedo explicar en breves pinceladas la parte de ella que se deja ver, la que ella muestra y la que a mí me hace reflexionar sobre ella.

Llamémosla señora L para que no decida demandarme por difamarla o lo que se le quiera ocurrir.

La señora L trabaja de cinco y media de la tarde a diez treinta de la noche por un sueldo que no debe ser demasiado alto. Lo deduzco de su comentario: “¡Si me dan dos turnos por mil doscientos euros los hago sin pensarlo un segundo!” Eso me hace calcular que por un turno debe estar cobrando la mitad. No sé si esos euros son limpios o en bruto. Ella no está demasiado descontenta.

La señora L es chilena y cuenta una historia de palizas por parte de sus muchas parejas masculinas hasta llegar a la última: este le pegaba, puede que por congraciarse con una mujer acostumbrada a ello, hasta que abandonó esa ingrata costumbre. Se ha quedado con él, evidentemente. A pesar de ese pasado amoratado, es una señora de más de cincuenta años que piropea y arroja cuanto picante comentario se le ocurre al primer compañero macho que pase frente a ella. Esa dedicación al sexo opuesto a pesar de lo mal que este sexo se ha portado con ella es enternecedora.

La señora L, y esto es lo que despierta mi curiosidad, quiere ser la encargada de su lugar de trabajo y cada dos o tres segundos me llama a mí o al que tenga más cerca para que apreciemos lo bien que limpia. Luego nos dice que le duele todo el cuerpo pero que ella, enferma y todo, es la mejor trabajadora del mundo. Después nos habla de los productos que usa para la limpieza(los mejores porque ella sabe de lo que habla) y nos asegura un mundo de placeres inconmensurables si viésemos su casa. Para ir terminando su discurso cuando ve un jefe en las cercanías y nunca antes, como el cervatillo que se inquieta cuando huele al león, nos muestra los restos de lo que el turno de la mañana no ha limpiado. En su recogedor, las pruebas incriminatorias contra el turno de las chicas de la mañana nos adoctrina sobre el hecho de que estas se han dejado rincones sin barrer y objetos que deberían estar en la papelera desde hace tiempo. Pero gracias a la arqueología de la señora L no se nos escapa esa suciedad fosilizada. La señora L, entre sus gritos de ira y sus diatribas contra el turno de la mañana, termina por reafirmar su poderío como trabajadora. Ella es la mejor.

La señora L pasa así todos los días. Siempre la ves hablando con alguien, incluso a veces, con el jefe. Ves su dedo índice señalando el suelo y mirando a su interlocutor para descubrir en él la admiración por lo que ha hecho. Luego, una vez más y aunque no escuches lo que dicen sus labios, sabes que el inesperado enfado le llega por un motivo muy concreto: vuelve a recordar al turno de la mañana.

A la señora L, visto lo visto, es muy difícil verla trabajando.

Sólo recuerdo sus quejas, sus momentos biográficos, sus piropos, su autobombo… También aquel bizcocho tan bueno que nos trajo hace poco y el café al que me invitó no hace mucho. Pero una imagen de ella trabajando… Hm, tendré que pensar más.

En fin, sólo una reflexión al respecto. En realidad una pregunta para la reflexión: Si la señora L invirtiera toda esa energía no laboral en sus faenas… ¿Tendría que llamarnos cada cinco segundos para mostrarnos su buen hacer?

Pensé que nunca lo diría ni lo pensaría pero en este caso, la publicidad mató el producto.

Un saludo, señora L. Nos vemos esta tarde. Y a pesar de todo y aunque sea por sus chistes picantes, todavía me cae muy bien.

Me cae tan bien que nunca le recomendaré este artículo.

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