14 junio 2005

Ni quiero pensar

Estudios recientes, me explica cierta revista de divulgación científica, nos dicen que si queremos olvidar, puede bastar con desearlo. Este fue el experimento: 32 voluntarios tenían que memorizar un grupo de palabras agrupadas por parejas. La asociación entre ellas era muy artificial. Por ejemplo, cucaracha la asociaban con experiencia muy dura(aunque el que escribía el artículo no sabía que experiencia muy dura y cucaracha, para ciertos tipos como yo, es una asociación bastante menos artificial de lo que podría parecer en un principio). Después de un tiempo les pidieron a estos voluntarios que recordasen la lista completa pero los que se habían esforzado en olvidar habían olvidado incluso cuando un tipo les quiso refrescar la memoria con dinero. El olvido era selectivo, olvidaron lo que se les pidió que olvidarán. Habían reprimido sus recuerdos. Cierto investigador con ganas de que no le olviden a él aseguraba que existe un sistema de represión en nuestro cerebro, formado por entre el 20 y el 30 por ciento de las neuronas del córtex cerebral, cuya misión es limitar la actividad del resto de neuronas, impedir el recuerdo.
Todo esto es fantástico pero yo sigo sin poder olvidar el episodio de la serie “Mazinger Z” que no pude ver cierto Sábado de mi niñez porque mi padre me llevó al terreno sin televisión de sus tíos. Bueno, no puedo recordar lo que no vi, quiero decir que no olvido los perjuicios que me causó mi padre. Ni tampoco puedo olvidar mi primer gatillazo(y en esto he puesto especial empeño), ni puedo eliminar de mi disco duro ciertos libros o ciertas películas tan malas que solo sirven para cuestionarme el sentido de mi vida y por qué pierdo el tiempo miserablemente como si fuese inmortal, ni tampoco olvido que pronto tengo que pagar el seguro del piso o la hipoteca y eso me agobia(claro que aquí es comprensible el sistema defensivo que te hace recordarlo porque el banco no olvidará embargarte al primer síntoma de tu debilidad solvente), y recuerdo con precisión masoquista aquella torta de aquel gitano de mi pueblo que aprovechó una vez más la vulnerabilidad de mi infancia... No, no olvido. Tengo una buena ristra de recuerdos que no me hacen precisamente feliz. En cambio sí puedo olvidar las llaves de casa en casa, y la letra de cierta canción que me gustaba, o el final de aquel libro del que ahora me piden que explique su final, o los conocimientos necesarios para un examen al que me presento o... Desde luego, no es precisamente perfecto nuestro cerebro. Hace lo que le da la gana. Sé que debe eliminar información para que el sistema funcione. ¡Pero que me pregunte lo que quiero olvidar primero! Mi ordenador lo hace(si leo los letreritos de aviso que me lanza por lo menos). En fin... Que todavía no se sabe muy bien cómo funcionan las proteínas del olvido pero los científicos sugieren sentarse y de un modo relajado decir “quiero olvidar, quiero olvidar” mientras ves la imagen de esa chica que te acaba de dejar(la muy perra, ojalá se muera) y entonces recuerdas lo divertido que sería meterle un cartucho de dinamita en la entrepierna y verla saltar por los aires y entonces no estás tan seguro de querer olvidar porque debes vivir para verla morir y... No, no es exactamente así. Porque al parecer entramos en un terreno muy movedizo, el del subconsciente. Si a ese lo tenemos en contra y es el que te dirige... mal asunto.
Conclusión apresurada y en absoluto meditada: que los científicos tienen que hacer más estudios. No es lo mismo olvidar sus estúpidas agrupaciones de palabras que al asesino psicópata que casi nos liquida el otro día en el portal de casa(hay quien lo consigue gracias a eso que se llama trauma, pero no es un mecanismo muy voluntario ni fiable y el recuerdo te regresa cuando menos te lo esperas). Y luego está el problema de que no recordamos como una cámara digital precisamente. El recuerdo es engañoso. Borges diría que por eso mismo, es otra forma de fantasía o de creación(he olvidado la cita exacta así que casi es una cita propia y le doy la razón al pedante cegato).
¿Olvido o represión del recuerdo? Los científicos, como Freud, hablan más de lo segundo que de lo primero. Para perder el recuerdo por completo se tendría que morir la neurona que lo carga o en su defecto dejar que una granada te explotase y te arrancase esa parte del cerebro en la que vive esa memoria(ver cuento antiguo que incluiré en blog próximamente).
Sinceramente, creo que por culpa de la maldita memoria, nunca mentiremos tanto a nuestro prójimo como nos mentimos a nosotros mismos. ¿No es maravilloso?