11 abril 2006

Bitte, Wien

No suelo viajar tanto como para que pasar la frontera me deje indiferente y no le dedique un blog. De hecho, viajo tan poco que le podría dedicar varios posts al mismo viaje. De momento, aquí tenemos uno.

He viajado a Viena. A pesar de una enfermedad que llevé de contrabando en mi organismo y las molestias que me causó, pude disfrutar de la belleza de una ciudad que es mejor en directo que en diferido. Mi sobrina se había despedido de mí con un resfriado que me legó como recuerdo. ¡Cómo si no me diese suficientes recuerdos por ella misma! Pero así son las cosas. Durante tres días paseé durante horas por una ciudad y un clima extranjero húmedos, fríos, muy lluviosos. Y lo hice con un concierto de estornudos y toses que alteraron el civismo de esa elegante ciudad. Todavía no sé cómo no me detuvieron por alterar su muy ordenado orden público, valga la redundancia.

Esa gente es encantadora. Hasta su alemán suena mejor, no tan agresivo como el de los vecinos alemanes que durante la segunda guerra mundial les invadieron un poco. Es un acento suave, a la vez que quejoso. Suena como el de un niño al que no le dejan comer golosinas. En fin. Cada uno percibe la realidad a su manera y esta es la mía.

Claro que en el tranvía, el acento de la voz que marca las paradas parece que te dirija hacia Auschwitz. Es bastante siniestro. Especialmente en los túneles y con el vagón lleno de gente silenciosa o susurrante.

De todos modos la gente parece amable. Recuerdo un joven al que le pregunté si la máquina para comprar el billete dónde estaba era la correcta: “Yes, the ticket for the underground, of course. You must…” y con la bonita y suave y amorosa explicación que me dio, tuve más ganas de besarle y casarme con él en Barcelona por boda gay que de agradecérselo con un sencillo thank you. “¡Que dulce!”, exclamó mi mujer. Sí, desde luego. A esta gente no le duele mucho la vida. O por lo menos son tan educados que han aprendido a disimular los retortijones más crueles mediante su tono de voz y sus sonrisas a lo Flanders.

Sí, definitivamente, era una ciudad de Flanders. Toda la gente nos explicaba lo que preguntábamos varias veces(pensando tal vez, que éramos idiotas), todo el mundo hablaba en tonos de voz inéditos por España y no más altos que el de la suave lluvia primaveral, las calles tenían la cara limpia y no se veían papeles por el suelo, apenas había mendigos(yo vi un par y parecían más limpios que yo), nada de perros sueltos ni sus correspondientes deyecciones… Una ciudad para pensarse más de dos veces si escupir o no escupir en el suelo y finalmente no hacerlo. Si tienes flemas te jodes. “El mundo feliz” de Aldous Huxley debió inspirarse libremente en esa encantadora ciudad. Claro que Wien es mucho mejor que la ficción del escritor inglés. Aquí los edificios son una exposición de arte inacabable. Ya puedes poner a hacer horas extras tus ojos que no te la acabas. En un sitio así puedes convertirte en Freud porque hay tiempo para eso y para más. O tocar música clásica como Mozart(que era de Salzburgo pero está ligado a Viena por muchos motivos), Beethoven, Schubert, Mahler…

No entiendo, sin embargo, a la zorra estúpida de Sisí emperatriz. Esa quejica no dejaba de lamentarse por su destino y lo estirado de su vida. Una escoba y una fregona le hubiese dado yo a esa mala bestia. Por cierto, la Scheneider que le dio vida en el cine era mucho más bella que ella. Incluso una visitante que vi en su museo haciendo fotos estaba bastante más buena que la mala perra de la princesa. ¿Que qué me ha dado a mí con Sisí? No, nada, es que después del lujo que vi en su palacio y las cartas en las que no para de quejarse de su destino soy incapaz de tragarla. Ella se creía especial, diferente… Pero sólo era una estúpida que no sabía sacar partido de una situación envidiable. Y luego están esas insoportables películas que ha inspirado, tanto o más falsas que ella. En fin… Ese palacio me dejó un par de consuelos. Uno es el de ver que tenía unos servicios como los de cualquier humano normal y corriente y desde luego en mi cuarto de baño se vive mejor que en el suyo, es más amplio, más moderno… El otro consuelo, más morboso, es el de comprobar en la última sala, con música siniestra, cómo un anarquista italiano que pretendía matar a otro noble se contentó con clavarle su punzón a ella en el corazón. Una lamentable casualidad para la princesa que saliera de compras en esos momentos y se cruzara con ese tipo. Puedes disfrutar del roto del vestido a la altura del corazón, de un dibujo que reproduce la escena a tamaño casi natural, del mismo punzón en una vitrina… Estos civilizados vieneses aman lo escabroso. Cómo casi no tienen crímenes en sus calles, se limitan a observarlos en su ficción o en su historia pasada y sus museos(hay otro museo dedicado a los crímenes más raros).

Pero Viena sigue y sigue. Esto son meros apuntes. A mí lo que me interesaba en este blog es hablar sobre un lugar civilizado. Descubrir que aún hay lugares dónde el silencio de una biblioteca es casi ubicuo. En la biblioteca de Bellvitge por ejemplo, el ruido ambiente es como el de un supermercado. En Wien, la cafetería más frecuentada te permite conversar tranquilamente y sin necesidad de matar tus cuerdas vocales a grito pelado.

Cuando llegué a la sala de Iberia que me llevaría a España y comenzaron a aparecer los españoles ruidosos y vulgares, el contraste se me hizo más fuerte aún. Se había roto el encanto de una ciudad dónde todo te lo piden por favor (bitte).

Confirmado: lo peor de España son sus ruidosas gentes. Los políticos pueden halagarnos diciéndonos que crecemos más que cualquier economía europea pero no suelen decir que el civismo, otro bien necesario, decrece por momentos. Barcelona es hoy menos europea de lo que fue en los sesenta o setenta. La civilización es algo más que una economía que especula con la construcción. Mucho más que eso y el crecimiento sostenido(aunque eso ayuda, claro).

La civilización es, por ejemplo, Viena.

3 comentarios:

Ozymandias dijo...

La civilización necesita de tiempo dejando a la gente practicarla y aquí no nos han dejado tiempo. Claro que curiosamente cuando nuestros vecinos centroeuropeos vienen de vacaciones aquí no se comportan tan civilizadamente, se dejan la civilización en su casa o dentro de un gran vaso de cerveza. Yo creo que es cosa del clima, el sol, que se sube a la cabeza. Por algo Conan era norteño.

Houellebecq dijo...

Esos que dices no son austríacos. ¡Eres un bárbaro!

Ozymandias dijo...

Que se lo digan a Schwarzenegger, el roble austríaco lo llamaban...