27 julio 2006

La ley del estruendo

Aunque no creo en la Biblia, creo en lo que dice la Biblia cuando se pone en plan autoayuda y nos dice que hay un tiempo para todo… Hay un tiempo para segar el trigo, otro tiempo para segar el cuello de tu enemigo, un tiempo para hacer ruido y otro tiempo para disfrutar del silencio(y si puede ser, que este tiempo sea más grande que el otro y sea por las noches). Pero hoy no toca hablar de mis vecinos más bien amaestrados y molestando lo justo sobre mi cabeza. Hoy toca hablar de otro tema que me molesta desde la prehistoria de mis aventuras con esos vecinos(ver “De la imposibilidad de ser pacifista”). Hablo del ruido en las bibliotecas públicas.

Seis de la tarde en la Biblioteca Pública de Bellvitge. Entras a leer el periódico o una revista o a darle un repaso a la actualidad literaria y comiquera. En la entrada hay una mesa dónde están los diarios de la mañana y unas sillas para los jubilados que quieren profundizar en los temas de actualidad. Al entrar me encuentro a un tipo con cara de haber sido abofeteado muchas veces. Bueno, quizá no tanto pero sí como el rostro del vecino de mis padres, Juanito el alcohólico. Este hombre también parece pegarle a la botella. Esta hablando en voz alta tirando a gritona con el bibliotecario. Es un monólogo. El bibliotecario le sonríe pero parece incómodo. Cuando se hizo funcionario no pensó que acabaría como el camarero de un bar, escuchando las neuras de los borrachos. Claro que él no es mucho más inocente como se verá.

Voy al fondo de la sala pero hay un ruido que me molesta más que el del borrachín. Un niño de cuatro años llora durante un cuarto de hora. Su mala madre también es mala ciudadana. No le hace caso ni a él ni a los lectores de la sala. No quiero darme la vuelta y mirarla. Trato de controlar al “Increíble Hulk”. Si le veo el rostro de maruja hija de puta rebuscando prensa rosa en una biblioteca, puedo estallar y conseguir ser el malo de esta escena. Y perder mi carnet de bibliotecas y el derecho a préstamos que tanto valoro. O por lo menos el derecho a entrar en esta sala.

Una pareja hetero de adolescentes hacen un trabajo cerca de mí. Este debe ser muy divertido porque no paran de lanzar carcajadas entre ellos. Algún señor les hace callar y le obedecen. Pero nunca durante más de dos minutos.

Algunos golfillos golpean el cristal de la Biblioteca. Esos Morlocks iletrados deben sentir la rabia de que sus cerebros, todavía en la caverna platónica, nunca puedan llegar a la iluminación que les daría la letra impresa. O tal vez sólo quieran molestar un poco. Si ellos son nuestros enemigos naturales(enemigos de los lectores que buscan paz en una biblioteca), es lógico que nosotros seamos los suyos. “Vamos a darles un poco de alegría a esos tíos con periódicos en la mano. Se deben estar aburriendo mucho”, parecen pensar estos festivos samaritanos.

De vez en cuando entra alguien y saluda efusivamente a los bibliotecarios. Estos responden con no menos efusividad. Los que estamos allí tenemos libre acceso a sus cuitas. Nos enteramos de lo que pasa en las vidas de esa gente que sin pudor alguno explican la primera cotidianeidad que les haya acontecido recientemente: “el seguro del coche me ha subido que da miedo”, “¿sabías que mi vecina, esa que viene a veces por aquí, tiene los labios operados?” “Yo es que no soy mucho de venir a una biblioteca pero recomiéndame algo… ¿Tienes la biografía de Ronaldiño? ¡Hoy ganamos la Champions!”

Podríamos decirle algo a los bibliotecarios. Pero es que los bibliotecarios han desarrollado un volumen tan alto o mayor que el de los vándalos contra el silencio que les visitan. Uno de estos funcionarios en el lugar equivocado suele pasearse por la biblioteca cantando su selección de las mejores “melodías de ducha”. Exactamente al mismo nivel que lo haría bajo el agua y mientras se restriega las axilas.

Hace un tiempo, Ozymandias(ncrisis.blogspot.com) recriminaba la falta de civismo por parte de los tipejos que visitaban los cines. El problema de ciertas bibliotecas de barrio parece el mismo. A veces, promover la cultura y ponerla al alcance de los incultos sólo provoca que los cultos se vean en estas situaciones. Supongo que a estos subnormales les debe molestar que cuando he ido a un partido de fútbol no he gritado, ni he insultado al árbitro, ni he gritado. Me he comportado francamente mal.

En fin, ni ley del ruido ni ley del silencio. Estos tipejos han matado a gritos y con ultrasonidos sus neuronas y no les cabe ni una regla, por leve que esta sea. Y algunos las han ahogado en alcohol. Por favor… No fomentemos más la lectura. Que lea el que le de la gana. Y el que no, que se vaya a romper los dientes contra el idiota de otra banda. Pero lejos de la biblioteca.

¿Se molesta alguien si pido alambres con espinos, perros guardianes y policías con metralleta alrededor de estas zonas culturales? ¡Que se vea que somos civilizados y luchamos contra los incivilizados!

1 comentario:

Ozymandias dijo...

El problema es que muchos de los idiotas que van a una biblioteca están seguros que es una especie de club donde socializar, porque dentro de su escasa capacidad craneal no cabe que exista un sitio donde lo que se busca es silencio y cultura, palabras ambas que no entran dentro de su vocabulario común como no sea para despreciarlas. Y respecto a los bibliotecarios, después de todo son funcionarios, pasan sus horitas sin pegar sello y pasa página que mañana será otro día. Al final te acabas pareciendo a aquello que te rodea.
Y compruebo que con el paso de los años la situación no ha mejorado y sigue exactamente igual que cuando yo iba...