04 julio 2006

Una historia de culpa sin culpables


Esta mañana caminaba hacia el metro cuando me crucé con Juanito.

Juanito, a pesar del diminutivo del nombre, es un señor de unos cincuenta y tantos. En la distancia se le ve respetable. Un bigote discreto, ni afeminado como el de Errol Flyn, ni grandilocuente como el de Charles Bronson. En fin, un bigote que cualquier hombre de su generación puede llevar sin llamar demasiado la atención.

Juanito lleva gafas que de lejos también, le dan cierto aire intelectual rigurosamente falso. No le gusta leer. Ni siquiera debe haber sopesado nunca esa forma de ocio. Pero eso y sus canas suaves, entremezcladas con una buena cantidad de cabello castaño oscuro, le podrían hacer pasar por un vecino distinguido. Eso si su rostro y especialmente su nariz, no delatasen costumbres poco elegantes(que sin embargo suele tener la gente elegante). Y hasta gente no elegante pero importante como los escritores malditos. Gente como Malcolm Lowry o Bukowski, distinguidísimos y muy leídos personajes del mundo de la literatura no debían ofrecer mejor cara a las personas con las que se cruzasen. La sangre se ofrece en el rostro de Juanito como los zapatos en un escaparate, atrapando tiránicamente tu atención. En su nariz, las venitas hinchadas delatan un alcoholismo arraigado, difícil de erradicar a estas alturas del partido de la vida. El resto de su cuerpo viste traje de gastada y mustia apariencia, una tela que conoció un lejano momento de gloria hasta que la muchas lavadoras y los detergentes exhaustivos la fueron degradando hasta el marchito estado actual. Es como el uniforme de un hombre en los pasos previos a su bancarrota moral. Es el vestuario de un eslabón perdido entre el hombre en sociedad y el indigente de la calle.

Juanito habla reiterando lo que dice. Te pregunta muchas veces por tu familia como si una pregunta le resultase pobre y quisiera demostrarte que él sí se preocupa verdaderamente por los tuyos. También es este comportamiento un buen ejemplo de la cadencia lingüística del borracho. Las neuronas transcurren por los mismos y aburridos caminos de siempre, algunas estaciones han quedado en desuso, el ferrocarril del pensamiento ha perdido muchas vías, el cerebro ha sufrido el bombardeo del alcohol y es una ruina que a pesar de todo intenta seguir adelante, muy a pesar de los escombros por los que transitan las ideas o por el cementerio neuronal al que estas deben sobreponerse.

Cuando me pregunta cuatro veces por mis padres y por mi estado : “¿Estás bien?” trato de responderle con educación y con una sonrisa. Me causa una cierta misericordia ese pobre señor. ¿Y quién sabe si yo estoy bien? No tengo unos rayos x a mano. No puedo saber si el tumor cancerígeno recorre ya mis pulmones, mi garganta, mi cerebro, mis testículos. Pero me siento bien y lo digo en voz alta como si la afirmación sirviera para conjurar una perenne salud, muy en la línea de la pelmaza Louise Hay o sus teorías de autoayuda.

Juanito es el vecino de mis padres. Su comportamiento podría ser el del vecino que yo mismo tengo arriba y al que aporreé hace unos meses(ver el blog “De la imposibilidad de ser pacifista”). El vecino de mis padres, hasta hace poco, gritaba desesperado a su madre(a la que nunca vimos como si se tratase del personaje irreal de “Psicosis”), canta de noche (aunque afortunadamente no hasta la madrugada), desplaza bombonas de butano de un lado a otro de la casa que tiene alquilada, a veces arroja objetos al suelo que hacen mucho ruido y despiertan a mi sobrina que suele descansar dónde sus abuelos… Luego, sin que nadie le pregunte, asegura que él no hace esos ruidos y se indigna pensando y buscando al culpable: “¿Quién será el sinvergüenza que arma esos escándalos? Yo no soy pero es que no tiene vergüenza. ¿Y el que fuma en el ascensor? Yo siempre espero a salir del ascensor para fumar”. Pero a veces el humo que devoramos al entrar en dicho ascensor es tan fuerte y la colilla tan delatora y reciente, que acusa sin dudas a Juanito. Claro que sus modos son tan cordiales, su interés por ti y por los tuyos tan vivo, casi tan desesperado que… No te apetece otra cosa que darle las gracias por su interés y verle marchar.

Hoy me ha vuelto a preguntar por todo lo que sonase a cordial. Sería un relaciones públicas perfecto si no chirriase por el alcoholismo. Y yo le he preguntado a él. Y entonces he visto el cambio en su rostro. Las lágrimas asomándose a sus ojos. “Yo… No muy bien” Aunque lo había olvidado, esa reacción me ha hecho recordar algo que me dijo mi madre el otro día: la madre de Juanito, esa señora a la que nunca vimos, falleció hace una o dos semanas, no lo recuerdo bien. Después de todo no era producto de su imaginación. El hombre está destrozado. Su aspecto, por lo general patético, es ahora terrible. Si causa lástima su apariencia, esas emociones líquidas que se asoman a sus ojos son peores. “No puedo dejar de pensarlo, me acuerdo de mi madre, lo tengo aquí todo el tiempo(se señala con el índice la frente) y tengo que salir pero es que cuando vuelvo a casa…” Y entonces parece que algo le atenaza el alma. Cuando vuelve a casa debe recordar algo terrible. Tal vez las explosiones de ira a las que sometía a su anciana madre. Tal vez los miles de gritos que lanzó a esa pobre señora. Su dolor se divide entre la ausencia de una persona tan importante para el hijo y entre todo lo malo que debió hacerle cuando ella todavía vivía. El infierno existe y no hay que esperar a morir para sentirlo. La muerte de ciertas personas queridas activan en los que quedan cierto mecanismo de autocastigo y penitencia. El muerto o mejor, la ausencia del vivo, son un recordatorio de todo lo que no se le ofreció en vida, de todos los ratos que no se compartieron con esa persona, del daño que algún comentario pudo hacerle… Proust tiene uno de su pasajes mas famosos en su “En busca del tiempo perdido” cuando sueña con su abuela y la recuerda viva y recuerda cierto disgusto que le dio y esto se le hace insoportable. Su infierno es causado por la insignificante y pueril preocupación que le ocasionó en cierta ocasión y que tenía olvidada hasta que el subconsciente la recuperó oníricamente. Pero esos pecados no tienen solución. El muerto está más lejos de esos disgustos de lo que nunca estuvo en vida. Si tenemos que hacer algo es mejor hacerlo ahora o por lo menos, no castigarnos por no haberlo hecho nunca. Es estéril el dolor que no remedia una mala acción o que se dedica a lo directamente irremediable. Me quedo con los muertos de la “Odisea” dónde les ofreces un poco de sangre y ya los tienes contentos. No son nada rencorosos.

Yo a Juanito le he recomendado muchos paseos y mucho sol ahora que estamos en Verano y él me ha dicho que ya lo sabe. Otros sicólogos improvisados como yo, puede que mi padre si se ha cruzado con él en el rellano, le deben haber dicho lo mismo. ¿Por qué añadir más dolores a su ya de por sí castigada y sufrida vida? El alcohol que le esclaviza me parece suficiente penitencia por los pecados que pueda haber cometido. ¿Y cuando pagará Dios por los pecados de hacernos tan imperfectos? No he sabido qué más decirle. Su dolor me incomodaba. Un hombre que llora es algo demasiado íntimo como para hacerte sentir cómodo. Pero no puedes despedirle sin más. Le dediqué algunos otros consejos referentes a no sentir culpa que medio parecieron convencerle. Despedí a Juanito mientras este me daba las gracias varias veces por preocuparme por él y por asomarme unos instantes a su dolor.

No estoy seguro de haber aprendido una lección. Tal vez la de disfrutar el presente y tratar de decir todo lo que tengo que decir a mis parientes mientras están vivos. Y también a no darles muchos disgustos.

Pero esto lo sabemos todos. Y todos, en algún momento u otro tendemos a olvidarlo.

Afortunadamente, sigo siendo positivo. La muerte de nuestros seres queridos no debería causarnos dolores. Nuestra sociedad católica nos lleva a ello porque se sostiene sobre los cimientos del masoquismo y la culpabilidad pero lo cierto es que si alguien sufre en este valle de lágrimas no es el que se va sino el que se queda. Esto también lo sabemos. Pero ya empieza a ser hora de asimilarlo.

Y también es hora de escupir sobre los más de dos mil años de opresión causada por el nuevo y sobre todo el antiguo testamento.

¡Si se tiene que morir alguien que se muera la culpa!

3 comentarios:

Ozymandias dijo...

Mmmm...hay que reconocer que cuando quieres escribes de cojones. Además, yo siempre he dicho que en el fondo eras un cachito de pan y un sentimental...sniff. Voy a llamar a mis padres ya mismo.

Houellebecq dijo...

A mí no me insultes. El único órgano sentimental que me late y bombea sangre no es mi corazón precisamente.

Ozymandias dijo...

Por un momento me había asustado. Ufff...todo vuelve a la anormalidad.