27 diciembre 2007

¿No quiero o no puedo?

Una heroína en lo más alto de la parra


Paco, el operador de mi cine, suele contar mucho este cuento con moraleja. O al menos lo hace cuando la ocasión lo requiere. Es la de las zorras y las uvas. En dicha fábula de Esopo una zorra que se muere de hambre quiere zamparse unas uvas que cuelgan de una parra. Al final no lo consigue. Se va de allí murmurando para ella misma que si hubiera querido las hubiera tenido pero que estaban muy verdes y no le interesaban. Además de zorra, la bicha es hipócrita. La fábula asegura que las uvas estaban maduras.

En la realidad hay personas con la mentalidad de la zorra. Conozco alguno que después de no haber podido conseguir los ya maduros melones de cierta persona se dedica a renegar de ellos y asegurar que dicha persona le da asco. También otro tipo que asegura que las mujeres le parecen insoportables y que no se deja seducir por sus fáciles sonrisas ni porque se contoneen seductoras frente a él(pero el caso es que no lo hacen y si lo hicieran seguro que se tiraba de cabeza hacia ellas). No sé de qué sirve esta actitud. Supongo que es un modo en que el cerebro se autoengaña para no sufrir por lo que no se puede tener. Tal vez una forma retorcida del budismo dónde para no sufrir por culpa del deseo insatisfecho se intenta renunciar a dicho deseo. Y eso estaría bien. Siempre y cuando no se dañe a terceras personas que poco o nada tienen que ver con dicha insatisfacción. Se trata de no desear las uvas. Nunca de incendiarlas junto a la parra.

Todo esto es a propósito de lo siguiente. El italiano sobre el que ya escribí hace un tiempo sigue atendiéndome solícito en su cafetería. Cada día está más agobiado. Además de amor necesita un trabajo nuevo. No hay día que pase por su local y no me diga algo así como “no puedo más, estoy muerto de las piernas”. Pero siempre se puede más. Si pasa meses asegurando que no puede más debo entender que la primera vez que lo dijo mentía. Todavía podía funcionar todo este tiempo. Algún día tendrá razón. De momento sólo se queja.

Pero en su vida surgió una posible chispa de esperanza no hace mucho. Llamémosla Ms M..

Yo visito esa cafetería con una compañera de trabajo. Sin importarle la relación que a mí me pudiera unir con esta compañera intentó ligar con ella durante mucho tiempo. Moviéndose a su alrededor le proponía a diario salir a cenar, ir al cine, quedar para tomar algo… Ella tenía excusas varías. La última de ellas verdaderamente curiosa: tenía que bañar a su perra y eso le impediría confraternizar con él. Creo que es evidente que mi compañera no quería la compañía del siciliano Mario. Pero él lo siguió intentando hasta hace poco. Las técnicas de marketing se hicieron más agresivas. Y es que llevar en coche a casa a una persona que tarda casi dos horas en llegar mediante el transporte urbano es todo un caramelito. Pero no, ni por esas surgió el amor. Ni siquiera surgió cuando el azar quiso que se encontrasen en un día festivo cerca de la casa de mi compañera. Supongo que a ella le debió parecer poco serio un tipo que se la quería ligar y que en su tiempo libre pasea con su mujer y con su hijo (un niño anormalmente gordo a decir de mi colega). Supongo también que mi amiga busca relaciones más serias que esas en las que sólo eres el segundo plato que complementa al primero. Puede que ni eso, que sólo llegues a postre.

Y entonces fue cuando por cortesía le pregunté a Mario que qué tal le iba con mi compañera. Y él me dijo lo siguiente:

- No, bueno… Ma… no me interesa ya… Es que tiene perro… Estas chicas con perro les dan besos, duermen con sus animales… Yo… Bueno… me da asco este tipo de gente… Seguro que ha tocado el perro y sabe Dios qué microbios tendrá… No me interesa… Es que pienso en el perro y me dan arcadas.

Sí, claro, pensé yo. Las uvas están tan altas…

18 diciembre 2007

¿Por qué no te callas?


Ella habla y yo me la trajino

Un momento desagradable en la vida es estar con alguien a quién no conoces demasiado y tener que hablar con él(o ella). Una amiga me lo confesaba así hace poco. Tenía que ir cada día en autobús con una conocida del centro comercial dónde trabaja. A la susodicha la conoce de vista y de saludarla cada vez que pasa por delante de su puesto de trabajo. Al coincidir con ella en el autobús se ven “obligadas” a ir juntas y entonces comienza el suplicio. Comienzan esos tiempos muertos en los que algún imbécil decidió que “ha pasado un ángel” o cualquier simpleza similar. Lo único que pasa es la corriente del desconcierto. La angustia y la desesperación del ridículo. ¿Y de qué hablo con esta?

En ese tipo de conversaciones con desconocidos siempre nos sentimos obligados a decir algo y cargamos con la responsabilidad sin pensar que al prójimo le puede estar ocurriendo lo mismo. Y entonces usamos alguna coletilla para ganar tiempo como “bueno…” “pues…” “¿Y qué tal te va?” o algún carraspeo o tosecilla incómodos más producto de los nervios que del inexistente resfriado de esos momentos. Son momentos dramáticos en los que no encontramos qué decir y sin embargo nos vemos obligados a llenar el vacío con algo. Olvidamos que cierto sabio García cantaba “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”. O algo así. Que cierres el boquino, que no abras el buzón. Pero no. Hay que romper el delicioso silencio. Y entonces se recurre a los clásicos y se hace el parte meteorológico de rigor: ¡Vaya tiempo que hace! Y esto me hace gracia. Recuerdo cierto concurso televisivo muy freak llamado Smonka dónde su presentador, Ernesto Sevilla, recomendaba lo siguiente: “Normas de diplomacia: Si tu vecino en el ascensor te habla del tiempo respóndele ¡Cállate, hijo de puta! y quedarás muy bien”. En fin… Divertido en televisión pero impracticable en la realidad. Eso si quieres que algún día que tengas un accidente y dependas de tu vecino y de su coche para llevarte al hospital aspires a su ayuda. El problema que ofrece hablar sobre el tiempo, además, es que sólo sirve para los ascensores. Es un tema que se agota fácilmente. Si hace frío haces gesto de que tienes frío y si hace calor haces gesto de que tienes calor. Si el piso al que vas está muy arriba es posible que ni siquiera la climatología te deje mucho margen. Para trayectos largos como el de viajar en autobús habría que buscar temas más jugosos. Quejarte de algún compañero de trabajo y hacer un parte con todos sus defectos siempre da para un buen rato de entretenimiento. Con el tiempo y si la desconocida comienza a serte más familiar ya puedes comenzar a preguntarle cosas como “¿Y a ti que te pone cachonda?” o “¿Alguna vez te lo has montado con otra tía?”

Y no es que lo de no saber de qué hablar se dé solo con desconocidos. A veces por fatiga mental, por aburrimiento o porque tienes ganas de ir al servicio puede ocurrir que con algún conocido se dé ese vacío también. La conversación pierde presión, los puntos de simpatía y contacto que te unen a esa persona ya se han agotado ese día y en ese instante te apetecería callar. Menos mal que soy generoso con las palabras y egoísta y egotista y pertenezco a ese género de personas a las que no les importa romper la hermosura del silencio con la primera estupidez que se le pasa por la cabeza. Y se me suelen pasear una medía de diez por segundo. El abastecimiento está asegurado. Cómo admiro a esa gente que nos descarga de la responsabilidad de hablar mediante sus entontecedores monólogos. Gente que no te conoce de nada y te explica su vida de un momento al otro como si tú, el que le escucha, no fueses más que una pequeña parte de un cerebro mayor, el de la humanidad. Si te vas y aparece otro tío en tu lugar ni se darán cuenta. Ellos seguirán hablando como si su interlocutor fuese el mismo. ¿Qué importa? Sólo necesitan un espectador. No importa quién sea.

Montaigne, ese gran ensayista francés del XVI al que saqueo de vez en cuando, decía que se sentía tan tonto o tan inteligente como su interlocutor. Su conversación era chispeante e inteligente si el interlocutor lo era y si en cambio se encontraba con un asno, él mismo caía en picado hasta el nivel de ese animal. Es el problema que tenemos los émpatas. Nos adaptamos demasiado al prójimo. Así que si alguien se queja de que no tengo gracia siempre puedo tener la certeza de que la culpa es suya. Yo sólo me he adaptado a su nivel y soy un reflejo de su propia simpleza.

Hablar por hablar… El nombre de un programa dónde el ochenta por ciento de las personas son tarados-as. Y es que quién más necesita hablar más enfermo está. No tengo nada contra el diálogo. Si dialogase más a menudo me arriesgaría menos a que me rompieran las gafas pero pensemos a veces en el silencio. A veces, con Nérida en casa, ella con un libro y yo con otro no necesitamos tantas palabras. Ni siquiera música. Sólo el sonido del silencio. De vez en cuando no es malo callar o hacer bueno el verso de Neruda “me gusta cuando callas, porque estás como ausente”(buena manera del poeta de pedir que no le dieran el coñazo). A veces también hay gestos y actitudes que valen más que la mejor construcción sintáctica.

Y por supuesto, algunos de los mejores placeres de la vida se obtienen en silencio. Y es que si quieres usar la boca para hacer algo mejor que decir estupideces puedes comer o hacer el amor. ¡O chupar un bolígrafo!

13 diciembre 2007

Rose

La escuché mucho en la época de Rose

Todo el mundo lo piensa alguna vez. Si volviese atrás en el tiempo no actuaría de ese modo. Pero es más fácil teorizar que actuar. Tal vez volviendo atrás en el tiempo sólo volvería a repetir los mismos errores. El paso de los años sólo me hace ver los acontecimientos de otro modo. Como mucho, hacer algunos chistes sobre lo que en su momento me parecía un drama.

A llamémosla Rose no la quise a primera vista. Ni a segunda tampoco. Más bien llevaba tres años asistiendo a la universidad con ella cuando me comenzó el gusanillo ese del querer. Pero sin mariposas en el estómago ni porquerías de ese tipo. Me refiero al querer follar disfrazado incluso para mí mismo de un sentimiento al que llamamos amor. Pensé, creí, puede que algo sintiera que la quería. ¿Y ella? No lo sé. Con mis dotes detectivescas busqué las cartas con las que jugaba esta chica. Algo encontré. Durante todo ese tiempo ella, su amiga del alma y mi amigo del alma de la universidad nos encerrábamos en un cuarto de estudio privado(sólo nosotros parecíamos saber de su existencia) en uno de los módulos de la hoy desaparecida facultad de Pedagogía junto al Camp Nou. Allí hacíamos los trabajos que se nos pedían en común en ciertas materias. Y eran trabajos muy laboriosos. Recuerdo que escribir una sola palabra le costaba a mis compañeros horas de pensar y borrar y emborronar. Ninguno apoyaba mi metodología de “bueno, la primera palabra que se me ha pasado por la cabeza no tiene por qué estar tan mal”. Pero no. Allí nadie tenía prisa. Nos llevábamos unas tapitas, unas bebidas y de ocho horas de puesta en común de opiniones sólo se salvaban cinco minutos de trabajo efectivo. El resto era criticar a las compañeras(eso lo hacían muy bien nuestras amigas), reírnos de tonterías, comentar “Bola de Drac”, hablar del último libro o la última película que nos había interesado, tirar cosas al piso de abajo para reírnos de la gente… En fin, buenos ratos sí se pasaron en ese cuarto. Sobre todo cuando no sentía nada por Rose.

Recuerdo haberme reído de un corazón escrito con bolígrafo Bic, el mismo con el que hacíamos los borradores de los trabajos, dónde al lado de mi nombre estaba el de Rose atravesados por una flecha. La chica, en algún momento de esos tres años había divagado sobre una relación entre ambos. Y yo sin saberlo. Ese corazón lo vi mucho más tarde. Incluso después de que a mí me diera por salir con ella dos o tres veces e intentase algo y no lo lograse y entonces saliera con el rabo entre las piernas de esa relación frustrada antes de comenzar. Cómo no me gusta ponerme pesado decidí olvidarme de ella al primer no.

Algunos meses más tarde me llamó. Era Navidad y me ofreció unas entradas para un concierto al que decía que no podía ir porque se había quedado sola. Yo salía de viaje al día siguiente así que con amables palabras le rechacé las entradas. Y luego me olvidé de ella. En realidad ya estaba olvidada cuando ella se acordó de llamarme.

Y dos meses más tarde me llamó nuevamente por mi cumpleaños. Debía tener la agenda al día. Tuvimos una conversación animada. No esperaba esa llamada como no había esperado la de Navidad. Fue muy esclarecedora la información que me dio. En la época en que me “rechazó” estaba saliendo ya con un chico. No iban muy bien pero tampoco estaba segura de querer dejarlo. Y sin embargo esa relación terminó. Cuando me llamó en Navidad estaba triste. Justificaba su tristeza diciendo que había visto “Franky y Johnny” una deliciosa historia de amor entre dos perdedores(Al pacino y Michelle Pfeiffer) de las que me detienen el zaping si estoy cambiando canales por televisión. También me dijo con otras palabras y sin querer admitirlo del todo que necesitaba quedar con alguien esa navidad. La película la había puesto tierna. Y claro, si yo hubiese quedado con ella cuando me llamó y no me hubiese ido de viaje por Murcia dónde seguramente me lo pasé muy bien, pues hubiésemos fabricado nuestra propia “Franky y Johnny” durante esas fechas en que la gente está de un vulnerable que asusta. Pero no sé. Creo que volviendo atrás en el tiempo me hubiese comportado del mismo modo. Hubiese vuelto a decir que no.

Puedo ser un romántico pero sigo sin ser capaz de cambiar los billetes de tren que he comprado. Sobre todo cuando ya me he hecho a la idea de que quiero viajar. Total, el amor esta en cualquier sitio.

07 diciembre 2007

El cerebro tiene la culpa

Guapa y con cerebro



“Es normal que pienses que soy un monstruo
porque no he llorado y estoy tan entero,
y me dio más pena el último episodio
de Friends que lo nuestro, más pena que lo nuestro.

Créeme si te digo que no es culpa mía,
que más bien se trata de una minusvalía,
que sólo me importa lo que no me importa,
y tú claro que me importas, por eso no me importas.

Sabiendo como sabes lo que siempre le hago a la gente,
¿cómo pensabas que contigo iba a ser diferente?”

Astrud

Son algunas frases de la inteligente canción “Minusvalía”. Un individuo se descarga de toda culpa sobre su insensibilidad haciendo responsable a su cerebro. Como ya decía el marqués de Sade siglos atrás la culpa es de la naturaleza que te ha creado de un modo determinado, no de tí mismo. Es un “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”. Y al parecer la ciencia sigue actuando en descargo de los amorales como esos individuos o como yo mismo. Algunas muestras de ello:

- Los científicos descubren que una zona del cerebro permite decir si seremos o no seremos altruistas. Una zona llamada con el poco comercial nombre de sulcus posterior superior temporal fue analizada mediante escáner. Los científicos descubrieron que se podía predecir una conducta altruista o no leyendo en dicha zona. Gracias a esto ya sé que cuando alguien me pida dinero esta navidad le puedo decir:”No pierda el tiempo, caballero, mi sulcus posterior etc. está muerta. No soy altruista pero no es culpa mía, es que la madre naturaleza ha invertido más esfuerzo en mi sistema límbico o cerebro reptil”. Si entiende lo que quiero decir no tendré que perderme en más explicaciones.

- Hay un científico que ha descubierto que el cerebro femenino y el masculino son diferentes. La próxima vez que vea una mujer intentando superar a un hombre resolviendo problemas abstractos y pretendiendo que su hipocampo es mejor que el nuestro la pondré en su sitio. Al parecer a ellas se les da mejor hacer cuentas y matemáticas y todo lo relacionado con los números. A nosotros leer mapas y la orientación geográfica. Yo no tengo tan claro lo de la orientación espacial. Tengo la justa para ir al cuarto de baño sin perderme y a veces mediante el uso de GPS. Según los científicos debería ser todo lo contrario. En cualquier caso las diferencias entre el sexo femenino y el masculino existen. Afortunadamente. ¿Con quién discutiríamos si mujeres y hombres fuésemos iguales?

- Buenas noticias. Puedes educar tu cerebro para olvidar malos recuerdos. Tenemos mecanismos para ir eliminando los malos rollos. El córtex prefrontal que rige nuestro pensamiento tiene modos de eliminarlos de manera selectiva. Espero que se siga investigando sobre esto. Así, si un día olvidamos felicitarle el cumpleaños a un amigo siempre nos podemos excusar: “Es que el año pasado en esa fecha se me murió la iguana y he decidido borrar la fecha de mi memoria”.

- Identifican áreas del cerebro asociadas al optimismo en el futuro. Pues sí. Las mismas partes que se activan cuando imaginas un futuro desagradable están activando partes de la amígdala y la corteza cingulada anterior rostral que son las que funcionan mal en la depresión. Es por eso que nadie tiene cojones de sacar de sus ideas negativas a un pesimista. Pero eso nos evita tratar de ayudarle. Si nos encontramos con alguien que necesita ayuda no tenemos más que pensar que tiene la amígdala bien jodida y que lo que le digamos de bien poco le va a servir. Tal vez sugiriendo un suicidio rápido le estemos haciendo un favor como el que le pega un tiro al caballo herido que no tiene solución. Desde luego, estas nuevas investigaciones dan nuevas terapias ciertamente estimulantes.

- Un hombre es capaz de vivir aún estando prácticamente falto de cerebro. Fue un francés de 44 años casado y con dos hijos. Funcionario. Se presentó en el hospital por un ligero problema con su líquido encefalorraquídeo y descubrieron que el tipo casi no tenía cerebro. La sustancia gris y blanca estaba comprimida en las paredes del cráneo. Sólo tenía un pequeño déficit intelectual. Si lo normal es tener un cociente de ochenta él tenía setenta y cinco. Tal vez se liase algo con el cambio en la panadería pero por lo demás llevaba una vida normal. Yo estoy convencido de que mucha de la gente que conocemos a la que le decimos “qué poca cabeza tienes” esconde maravillas superiores a esta. Se puede vivir con la ausencia total de materia gris. Lo sé porque trabajo con unos cuantos.

- La meditación profunda mejora el funcionamiento del cerebro. Pero en mi casa es difícil meditar. El vecino hace mucho ruido. Eso hace que mi cerebro funcione peor. Eso hace que mi ya citado cerebro reptil campe a sus anchas y la violencia lo domine. Eso me lleva a poder cometer un homicidio con el de arriba. Eso me exculpa porque si el de arriba me hubiese dejado meditar yo no hubiese tenido que matarle ni mi cerebro hubiese desarrollado ese deseo.

- El escáner cerebral ya puede detectar cuando una persona miente o no. Las áreas del cerebro que generan mentiras son diferentes a las que generan verdades. No me gusta ese descubrimiento. Si bajasen de precio esos malditos artilugios sería imposible llevar una relación estable con nadie, ni siquiera con el perro. Es imposible vivir sin mentiras. Hay veces en las que los científicos se podrían ir a descansar un rato y dejarnos en paz.

29 noviembre 2007

Todo por un beso


Hace poco disfrutábamos en mi empresa gracias a una nueva muestra del talento de nuestro tercer encargado. El tío no tuvo una idea mejor que darle a una chica de taquilla un papel escrito por él para que lo leyera delante suyo y de una palomitera. Usó la trillada excusa de “esto lo ha escrito un amigo que tiene la misma edad que yo y se parece mucho a mí pero no soy yo”. Nadie pensó que ese amigo fuera otro que él mismo, por supuesto. Puede que más adelante inmortalice ese catálogo de emociones desbordadas y faltas de ortografía a nivel de P-3 en este blog. De momento el documento permanece en las manos de otro compañero al que se lo presté. De todos modos algunas de sus ideas han quedado flotando en mi mente. Nunca en mis emociones se ha mezclado tan bien la diversión con la pena. Hay una cierta culpabilidad en todos nosotros cuando nos reímos de lo que dice. Y es que lo que dice, si se siente, debe ser muy duro.

El tipo en cuestión, ya retratado sin clemencia por mi parte en el post “¿Más imbécil en verano?” tiene veintiséis o veintisiete años. Nunca ha follado. Sólo ha conseguido un par de besos este verano. Con dos rolletes sin segunda parte ni un triste “nos podemos ver mañana y ya follamos si se tercia”. Dos encuentros furtivos en la noche entre desconocidos. Aquí podríamos escuchar a Sinatra cantando “strangers in the night” y cosas tan increíbles como “lovers at first sight, in love forever”. Ja,ja. Si, para siempre. Eso si el “para siempre” significa unas cuantas horas hasta que os despidáis y quedéis irremediablemente separados por el transporte público. Imagino a mi tercer encargado emocionado por ese “carpe diem” tan efímero y creyendo en una relación posterior que no llegaría nunca. O tal vez me equivoque. Tal vez ni siquiera haya conseguido engañarse con eso.

En el papel escrito por él y leído por la empleada en una escena que a mí se me antoja surrealista, mi encargado hablaba y destacaba su teoría sobre el beso. Algo copiado a medias de un anuncio de televisión y a medias surgido de cualquiera de sus libros de autoayuda. Todo remezclado y pasado por el filtro de su mente infantil. En ese escrito decía que el beso detenía el tiempo. Venía a significar que él en un beso era un ser completo y realizado. Que no podía haber nada más importante en el mundo que ese beso a la persona amada(o en su defecto a la persona que te ha permitido darle el pico en una discoteca porque la borrachera, la escasa iluminación y la música estruendosa la tienen un poco aturdida). Para mi encargado el beso era la felicidad. Más que su bonito coche, su bonito trabajo con su no menos bonita nómina… ¡Maldición! Si fuese de otra manera más de uno de nosotros suscribiría sus palabras. Todos nos hemos sentido alguna vez como este imbécil. En lo bueno y en lo malo. Y no se equivoca con lo del beso. Según recientes investigaciones el beso se utiliza para conocer mejor a la pareja. En la saliva hay información que las mujeres utilizan para reconocer el estado de salud del macho y la posibilidad de engendrar un cachorro saludable, etc, etc… El estudio estaba limitado por la escasa edad de los que participaron en él pero también asegura que muchas mujeres han decidido que no querían nada con alguien después de un beso(lo peor es que no lo quisieran antes del beso). Es por esto que en cualquier relación un hombre debe intentar primero que le practiquen felaciones. Por lo menos, si algo le falla en la saliva, nadie le va a quitar lo bailado. O lo corrido. ¡Lástima que el estudio también asegura que las mujeres no se van a la cama si no han besado antes! Al parecer lo tienen todo muy controlado y están muy bien organizadas.

Pero volviendo al “pájaro” del que hablo y su carta llena de momentos de belleza y lirismo, también se lamenta de que muchos hombres tienen todas las tías que quieren y los desprecia porque no aprecian como lo haría él esos coñitos tan entregados. Estoy seguro de que algunos de esos hombres podrían abofetearle a él por no apreciar su bonito coche y su bonito trabajo y su bonita nómina. Es como ese dicho, “Dios le da comida a quién no tiene dientes”. Y todos cometemos el error de no apreciar lo que tenemos. Ahora que nos hemos quedado sin RENFE durante un mes muchos recordamos con envidia de nosotros mismos la época en que la línea funcionaba semicorrectamente.

No sé qué funciona mal en este tipo, en mi encargado. Supongo que le pierde mucho tener la mentalidad de un niño de siete años que además no fuera demasiado inteligente. Pero sus peticiones son legítimas y perfectamente razonables. Un beso con continuidad le daría una relación estable, la relación le permitiría follar para que pudiéramos leer sus escritos y teorías sobre el sexo(si un beso le detiene el tiempo, un polvo le puede detener el corazón), el trato continuado con una mujer tal vez le diera algo de la madurez que necesita(la justa para que no nos riamos antes de que abra la boca), dejaría de acosar a las pacientes empleadas del cine dónde trabajamos y evitaría problemas con la justicia si las pacientes empleadas se volvieran impacientes… Todo eso podría ocurrir con la magia de un beso.

¡Pobre y perturbado tercer encargado! La gente pidiendo derechos humanos para todo el mundo y él, en mitad de una sociedad avanzada y con una economía aceptable no tiene algo tan básico como el contacto de su boca con otra boca cálida, húmeda, acogedora. Ahora sé por qué no se va de putas. Estas solo follan pero no besan.

22 noviembre 2007

Mi móvil no para de moverse


A esta se le perdieron las bragas y el señor Francisco se las encontró



Cuando comprendí que había perdido el móvil pensé que era justicia poética así que no le di demasiada importancia. Ese móvil me lo había encontrado yo y no había hecho nada por devolverlo a su dueño. Razonable era que ahora no me lo devolvieran a mí. Ni siquiera hice un Rewind sobre mis pasos para llegar hasta el servicio de la Fnac dónde estuve consultando mensajes por última vez mientras dirigía la chorra hacia el lugar adecuado. No sé. Supongo que la “segurata” de los servicios me había puesto nervioso al decirme de mala manera “caballero, ese libro que lleva debe ser suyo porque aquí, en los servicios, no se permite entrar con libros del centro comercial”. Naturalmente que era mío. Pero su tono de voz más que el mensaje me debió poner nervioso e influir para apoyar el móvil sobre el receptáculo del papel higiénico y posteriormente dejarlo allí abandonado. Cuando ya estaba en plaza Cataluña(dónde me esperaba un amigo con el que había quedado para comer) supe que no tenía móvil. No le di demasiada importancia, ya lo he comentado. Hay gente que se desespera y hasta llora cuando sabe que con el móvil se le va una agenda de contactos irreemplazable. Yo ni eso. La mayoría de mis contactos son gente con la que suelo hablar en persona y a la que puedo pedirles de nuevo el número del móvil. Si hay gente a la que hace años que no llamo es posible que haga años que pueda prescindir de ella. Y afortunadamente tengo el correo e internet para avisar a los imprescindibles. En ocasiones incluso la dirección de su casa. También puedo pedirle prestada la agenda a Nérida(comparto contactos con mi amor). En fin, que estaba tan contento como unas castañuelas y me fui con mi amigo y con un tercero que se nos unió luego al japonés de siempre. Nada de regresar a la Fnac. Ya sabía yo que ese móvil conseguido mediante el pecado se me iba a ir mediante el castigo redentor. ¡Mierda de culpa judeocristiana! Es que ni diciendo que eres ateo engañas al subconsciente.

Me molestaba algo no estar atento a los posibles mensajes de alguna fémina que quisiera apoyar su cabeza en mi hombro o dejarme que yo le apoyase otra cosa(que por cierto, parecería redundancia o aliteración si la juntase con el verbo apoyar) en su feminidad más íntima. Pero no importaba. Ayer estaba de fiesta y me pareció un acto de liberación no llevar móvil encima. Recuerdo un libro dónde Houellebecq cuenta que en un parón en Francia de las actividades habituales(por un apagón o detención del transporte urbano o algo así) la gente se sintió como liberada. A veces, la civilización en la que vivimos y que tanto tememos perder no es precisamente nuestra fuente de alegría. Parecemos esclavos felices de algo que en realidad no está hecho para nuestro disfrute precisamente. Yo sin mi móvil era libre. Ya no tenía que responder ante nadie. “¿Por qué no me llamas?” podrían inquirir mis familiares, amigos y amantes. “Porque no tengo móvil, lo perdí” podría responderles con total sinceridad a todos ellos-as.

Ese estimulante regreso al siglo XX no impidió que me comprase uno que me gustó la misma tarde en la Fnac dónde había perdido el otro. El móvil abandonado era tímido y apenas se escuchaba cuando sonaba. Necesitaba cambiarlo(aunque también variase notoriamente mi cuenta corriente). Y lo hice.

Ya en casa y con mis compras en la mano mi amada decidió llamar al viejo móvil. Por ver qué pasaba y eso. Pero no hizo falta. Yo estaba consultando mi correo electrónico cuando el asunto de un mensaje enviado por cierto amigo con el que guionicé algunos cortos para internet todavía inéditos, decía así: “Sé dónde está tu móvil”.

Durante décimas de segundo creí en los poderes paranormales de mi amigo. Yo estoy hablando con mi compañera de un móvil extraviado y de pronto aparece un amigo en el correo hablándome de este móvil. Su mensaje, con el que estuve riéndome un buen rato, explica perfectamente el periplo que siguió el aparato desde que se quedó apoyado en el receptáculo del papel higiénico hasta ese momento, unas seis horas más tarde de los hechos. Lo reproduzco sin alterar nada para respetar su estilo:

Hola, H.. Te estarás preguntando cómo puedo saber que has perdido el móvil.
Esta tarde mientras estoy en el trabajo me suena el móvil y pienso: “no lo voy a coger”. Pero la insistencia y mis ganas de ver quien es me hacen mirar y veo que sale en la pantalla tu nombre. Al descolgar escucho una voz de misionero arrepentido. Al principio pensé que era una broma y que me vacilabas pero cuando me insistías tanto con “¿Usted ha perdido un móvil?” y yo te respondía “no, no ve que le estoy hablando desde uno”, y el tío vuelve a insistir “¿pero usted no sabrá de alguien que necesite un móvil?” en ese momento pensé en mi tío Mariano y en la población de Mongolia, supongo que algún mongol necesitara alguno, y con el mongol que estaba hablando por lo que me contaba, le sobraba uno. De repente se me encendió la bombilla de las pocas que no debo de tener fundidas y me imaginé que el móvil lo habías perdido tu. A partir de ese momento supe que el mongol eras tu.
Tu móvil lo tiene un portero que trabaja en La Ronda San Pedro 39 y se lo ha encontrado hoy en el centro, su horario es de 9 a 13 y por la tarde de 16 a 19, pásate si puedes. Mejor por la mañana. He quedado en que te pasarías. El portero se llama Francisco y creo que puede ser el comienzo de una hermosa amistad. Dúchate, cámbiate de muda y llévate un bote de vaselina. Es broma. Es buen tío. Le he dicho que tu te llamas H..

Un abrazo y nos mantenemos en contacto”

Ja,ja,ja. Brillante. Esta mañana mi Nérida ha ido hasta Barcelona para que yo no me molestase demasiado ni se me resintieran los huevos con tanto movimiento innecesario en mi día festivo. O puede que temiera que el conserje en cuestión quisiera algo más que intercambiar telefonía conmigo como pensaba mi amigo. El caso es que se trataba de un tío muy agradable que ya dice tener un largo currículum de cosas encontradas y devueltas(una cartera con dinero, otros móviles y cosas así) y que debió entrar justo después de mí en el servicio de la Fnac. Este ángel de los idiotas y despistados me recuerda que hace unos ocho años perdí otro móvil y otra persona trató de comunicarse con los contactos del aparato y me lo acabó devolviendo también. Mi teoría sobre el destino y todo eso no era cierta al fin y al cabo. Yo soy un cabrón que no devuelve ni los buenos días. Pero a mí me han devuelto los dos móviles que he perdido. El mundo es injusto.

¿O ya es suficiente castigo haber tenido que comprar un nuevo móvil que desde luego necesitaba? No lo sé. Tal vez sí he aprendido algo.

A partir de ahora devolveré lo que me encuentre. Y si no, no pasa nada. Os lo puede haber encontrado el señor Francisco, conserje y filántropo a tiempo completo de una finca en la ronda San Pedro.


14 noviembre 2007

El tamaño de mis posesiones


A esta también le gusta mucho leer



Mi biblioteca es enorme porque está viva. No me preocupa tanto lo que ocupa como lo que puede llegar a ocupar. Su crecimiento, además, es exponencial. Con los años compro más, me interesan más tebeos, libros y revistas que hace años. Creo que trabajo para la letra impresa. Ya no sé si soy un lector o una publicación más de las que se acumulan y apiñan en mi habitación.

Hace poco decidí poner un poco de orden en ese jardín. Así que a podar(tirar aquello que nunca leeré otra vez porque fue un error leerlo una vez). También comprar una de esas cajas de plástico como tupperwares con ruedas de los chinos que aprovechan muy bien espacios desperdiciados como el vacío entre las cuatro patas de una cama, el espacio entre un armario y el techo… O quizás, aunque de momento Nérida no me deja, algunos otros rincones menos estéticos como bajo el armario del televisor(hay un tentador hueco ahí), el lavadero dónde hay cosas tan inútiles como una lavadora o un calentador de agua o colocarlas a la vista, en la habitación que según la leyenda pertenece a mi amigo Ozymandias(él dijo que le reservásemos un cuarto cuando compramos la casa, imagino que para emergencias como que le persiga la policía o se le hunda el piso o tenga los mismos problemas de espacio que yo). Esos tupperwares gigantes son deliciosos. Saben guardar herméticamente y con tapa muchos trastos. Los vi por primera vez en casa de mi hermana y yo, culo veo culo quiero, no he tardado en pensar el beneficio que me podrían reportar a mí. Puede que más adelante compre una cama más grande para ocultar más metros cuadrados de “literatura invisible”. Ahora duermen con Nérida y conmigo algunas colecciones recientemente leídas de comics DC, medio metro de la revista “Historia y vida” y otro medio metro de revistas de salud y autoayuda de ella, algunos libros en el purgatorio(no sé si acabarán en el contenedor o regresarán a la biblioteca y están a la espera de mi juicio final), casetes que ya no se usan desplazadas por las nuevas tecnologías, algunos muñecos pequeños que mi sobrina suele querer tragarse cuando viene a casa, colecciones de la biblioteca excelsior de Marvel…

Es agradable limpiar la habitación y ordenarla. En verano se suda más pero al final es como redimirte de algo. Psicológicamente es como un borrón y cuenta nueva por más que el leve mal de Diógenes te impide deshacerte de todo. Sigo acumulando cientos de papel de los que nunca querré deshacerme. Nunca sabes cuando te puede hacer falta. Pero de todos modos sientes que has hecho algo productivo. Y también que debería pensar más antes de comprar.

Cuando termino con esa limpieza me siento y pienso que me gustaría que el destino fuera real y tuviera poderes. Que ese destino hiciera desaparecer todo aquello que no volveré a visitar en el futuro. Que los libros y los tebeos y las revistas que nunca volveré a desear releer desaparecieran de la estantería.

Pero qué escalofriante sería descubrir que el destino te vaciase casi toda la biblioteca y sólo te dejase uno o dos comics.

05 noviembre 2007

Preguntas


Esta me puede preguntar lo que quiera.




Camino hacia el trabajo. Estoy en mitad del “subidón” que me produce una canción de IAMX, mi último descubrimiento musical. Y entonces, cuando paseo junto a una carretera el vehículo se detiene. Dentro hay una mujer de unos treinta y tantos con dos niños colocados e insonorizados en la parte de atrás. Ella baja la ventanilla de su lado para “sonorizarse” y me pregunta algo, probablemente por una calle de Castelldefels. Yo no quiero interrumpir el subidón musical, sé que no sabré la respuesta. Le digo mediante gestos sin quitarme los cascos ni escucharla que no soy de la zona. Pero ella gesticula a su vez para que me quite los cascos y la escuche. Me sorprende su reacción así que le hago caso y la escucho decir algo así como “pero prueba, a lo mejor sabes dónde esta”. Le pido que me repita la pregunta y lo hace. La escucho. No tengo ni la más remota idea. Es la primera vez que oigo hablar de esa calle. Teniendo en cuenta que sólo conozco el lugar dónde se ubica la estación de Castelldefels, su centro comercial y el nombre de su plaza si alguien lo menciona en voz alta(a lo que podría decir algo como “Sí, sí, esa plaza la conozco, me suena ese nombre”) las posibilidades de poder responder a esa pregunta eran mínimas. No necesitábamos llegar al extremo de reventar mis orgasmos musicales. Ahora, cuando regrese a la canción en la que estaba sumergido y en estado semionírico ya no será lo mismo. No podré escucharla desde el principio porque solo estoy a tres minutos de llegar al trabajo y el tema dura cuatro con cincuenta segundos y encima me ha cabreado lo que ha hecho esta mujer tan insistente. Además me hago más preguntas. Cuestiones que me amargan el resto del camino ya sin banda sonora que lo anime. ¿Por qué a mí? Entiendo que en mitad del Sahara, con una cantimplora casi vacía y un entorno de dunas de arena y un sol de justicia de los de diez mil grados a la sombra en un lugar dónde ni siquiera hay sombra esa señora me viese y desesperada tratase de sonsacarme a toda costa información sobre la dichosa calle. Entendería que me apuntase con un arma y ya en el suelo me obligase a buscar en mi pequeño cerebro la más mínima pista sobre la ubicación de la calle para escapar del desierto y dejar de estar perdida. Y yo, de manera socrática, buscaría a toda costa el conocimiento en mí. Lo que no entiendo es que en una calle abarrotada y con ejércitos de ejecutivos que salen de su trabajo, personas que pasean a sus perros, llevan al colegio a sus niños, van al trabajo sin escuchar MP3 o tal vez llevan una guía de Castelldefels bajo el brazo me tenga que tocar a mí hacer de Cicerone de la zona. Que se insista en que bueno, tal vez sepa lo que ya he dicho que no sé y luego, claro, he terminado por confirmar con cara de idiota que no sabía a ver si eso la convencía más de que soy un caso perdido. ¿Por qué a mí? Tal vez ha pensado que llevando gafas y según la teoría de Woody Allen, puedo ser más inteligente que el resto de la población por este hecho y si cerca de mí no había más gafotas no podía dejarme escapar a mí, el único que podía resolverle el problema. ¿Y si no es eso? ¿Y si quería follar conmigo? Pero luego está el hecho de que la calle está muy concurrida, de que lleva dos niños en los asientos traseros del coche, de que tal vez se ligue haciendo preguntas pero no obligando a responderlas ni mucho menos sacando de su mundo feliz de música en MP3 a nadie. En todo esto se me escapa algo. ¿El cerebro de una histérica? O tal vez sea otro el problema. Podría ser una autista que sólo me ha visto a mí, se ha centrado por unos segundos en mi persona y realmente no ha visto a nadie a su alrededor. La mente nos juega malas pasadas. No vemos lo que queremos, sólo lo que podemos. Ella tiene prisa por llegar a la dichosa calle y ante la desesperación del instante no acepta que alguien le diga que no tiene ni idea antes de que ella misma formule la pregunta. Y claro, luego está que las mujeres no aceptan un no por respuesta. Tal vez se trate del orgullo y de que se haya sentido ofendida cuando ni siquiera he querido escucharla y no he querido renunciar a mi música. ¿Habrá pensado que yo, como el resto de los hombres… miento? Eso la habrá jodido tanto que ha decidido a su vez joderme a mí y simplemente obligarme a mirarla a la cara y no tratarla como a un vendedor de mecheros urbano o a un limpiaparabrisas de semáforo. ¿Quién soy yo para hacerle un gesto de que me deje en paz? Eso le ha parecido inaceptable y le dado una puñalada en su ego femenino. Y después de todo, lo peor es que yo me he quedado así. Con una incógnita y una frustración. A ver si es que la gente no es cómo yo que antes de preguntar miro por todos y cada uno de los lados la respuesta por si acaso yo mismo la puedo resolver. A ver si es que la gente no piensa tanto y tan a menudo sobre todo ni le da la misma importancia a las cosas. ¡A ver si el raro soy yo!

24 octubre 2007

Relaciones humanas relativas

Hay otras que me ponen más palote



Fue en un trabajo que odié a principios de esta década. El individuo que nos llevaba a casa a un compañero y a mí en su coche se llamaba Ricard. Ricard tenía 36 años pero aparentaba menos. Tenía una novia de veintipocos más buena que Paris Hilton pero menos que Mónica Belucci. El rostro de Ricard no era tan agraciado. Era una versión desagradable del rostro de Woody Allen. A Ricard le afeaba mucho tener el labio inferior mucho mayor que el superior. Le daba un cierto aire imbécil que estaba lejos de representar lo que realmente era, un espabilado de cojones. Tras una separación de su primera mujer porque era lesbiana requirió de un psicólogo que debió ser buenísimo. Lo convirtió en un psicópata del egoísmo capaz de lograrlo todo sin importarle cómo. Recuerdo que se ofreció a llevarnos en coche a un amigo y a mí si pagábamos la gasolina, una tasa que decidió él rápidamente en pesetas. También el día en que la pagaríamos. Y el lugar dónde nos vendría a recoger. Lo más cerca posible de su casa, evidentemente. Durante esa breve época (aunque a mí mientras pasó se me hizo larga), Ricard inventó mil maneras de sacar partido de nuestra situación de inferioridad por no ir motorizados. Creo que él no pagó una gota de gasolina en todo ese tiempo, nos hacía correr como gamos cuando sonaba la sirena porque no quería desperdiciar ni un segundo que le separase de su amada(y él salía el primero, no sabemos cómo, de aquella fábrica de más de cincuenta trabajadores en Sant Feliu), siempre intentaba venderte algo que no te interesaba y se mosqueaba si no comulgabas con el trueque, te pedía casi exigiendo que le dejases lo que fuese y no aceptaba un no por respuesta… Era un ejemplar claro de aprovechado compulsivo. Pero la culpa era nuestra por seguir de vasallos en ese reino cuando en las cercanías había hermosos lugares dónde emigrar. Al final le mandamos a la mierda y tan contentos.

Más tarde supe por otros que a mí me tenía en gran estima y nunca decía nada malo de mí. De los demás sí. Imagino que su aprecio a mi persona cuando dejamos de hablarnos cayó muchos enteros. Por mi parte, la relación laboral que tuve con él fue más agri que dulce y desde luego en el recuerdo ganó en hegemonía el lado negativo de su persona. Escribí un relato en esa época dónde un tipo se deja putear todo el tiempo por un tipo maniático, compulsivo y desagradable. Al final el tipo que narra la historia, el manipulado, resulta que se está tirando a la mujer del manipulador y por eso aguanta lo que aguanta. En fin, mucho rencor.

Eso me recuerda cierto pasaje de la magna obra de Proust dónde por un malentendido un individuo odia al escritor y este no tiene ocasión de darle explicaciones. Proust reflexiona que en la mente de su amigo siempre aparecerá ya como un individuo despreciable que resumirá su personalidad a esos minutos de malentendido. Y esas son las relaciones humanas. En el programa “El Gran hermano” lo vemos. Seleccionan las peores escenas que puede ofrecer un ser humano y ya lo convierten en el malvado de la función. Por más que tendrá buenos momentos. Seguro.

Con Ricard no hubo malentendidos pero seguro que si hubiésemos estado más tiempo compartiendo el mismo trabajo ahora seríamos menos enemigos. Nunca discutimos. Ese mandarle a la mierda fue muy tranquilo. Desaparecimos de su coche y aparecimos en el de otro compañero más rentable. Simplemente eso. Tal vez si no hubiesen reducido personal y nos hubiesen mandado a todos a la calle ahora trabajaríamos juntos y tendríamos una imagen menos distorsionada de nosotros mismos.

He estado en otros trabajos más tiempo. En esos trabajos de larga duración he discutido muchas veces con mucha gente y he dejado de hablarle largas temporadas y luego hemos vuelto a ser amigos y hemos vuelto a discutir y al final hemos sido más amigos. Cómo más o menos decía el Adriano de Marguerite Yourcenar los seres humanos son tan inconstantes en la gratitud como en el odio. Yo desde luego estoy seguro que si te mueres después de haber dado un espectáculo lamentable el mundo te recordará como un ser lamentable. Si lo haces después de haber salvado a una persona en un incendio el mundo te recordará como un héroe. Sólo cuenta el presente. En un mundo dónde la moda manda las relaciones humanas se revisan y actualizan todo el tiempo. La memoria histórica se pierde incluso cuando se trata de tu propia memoria vital.

De todos modos sólo divago. Como el personaje de cierto episodio de House que habla con la doctora Cámeron yo también pienso lo siguiente: “Cuando intentas hacer lo que los demás quieren, haces felices a los demás. Cuando sólo haces lo que quieres, te haces feliz a ti mismo” Total, tanto si piensan bien como si piensan mal de ti… ¡Sólo les va a durar dos minutos!

18 octubre 2007

Seguridad

A esta quiero vigilarla yo


Hace unos años, durante unas exposiciones de la fundación “La caixa” dónde pude alternar las fotografías de Richard Avedon con la arquitectura moderna de Miers Van der Roe, en la sala de este último revienta-bellezas arquitectónicas(prefiero la arquitectura del siglo XIX y hacia atrás), una anécdota imborrable quedó registrada en el pasado que comparto con Luz. Un guarda de seguridad sentado en un taburete alto amenazaba o se amenazaba a sí mismo con caer al suelo. Se le cerraban los ojos y hablaba como para sí con un monólogo monótono y algo gangoso “me estoy durmiendo…”, “Qué sueño…” “Me voy a caer…” y frases tan inspiradas como las aquí anotadas. Pero sobre todo lo primero, “me estoy durmiendo”, a la vez que lo demostraba y se balanceaba peligrosamente sobre el abismo de ese alto taburete y provocaba las risas nerviosas de algunos visitantes que abandonaban la contemplación de la arquitectura de Van der Roe y se alejaban de esa zona dónde un tipo que debía estar por la seguridad(de las obras o de los visitantes o de algo pero de la seguridad al fin) no se podía asegurar ni a sí mismo. Un hombre al borde de un taburete y al filo de un batacazo y al límite de un despido. Nada excepcional. De vez en cuando, Luz y yo recordamos su frase “me estoy durmiendo” entre risas.

Pero a lo largo del tiempo mi trabajo me ha hecho entrar en contacto con otros guardas de seguridad. De hecho, yo ya conocía el gremio por haber trabajado doce horas seguidas de mi existencia en él durante una noche(pero esa es otra historia).

A lo largo de los años he tenido que compartir algunas charlas intrascendentes con esos personajillos que se me acercan aburridos y cansados de sus excesivas horas de acecho y me vienen a contar algo más sobre ellos. Yo intento montar el rompecabezas de su psique. Saber cómo son, elucidar si realmente son de una especie diferente a la de las personas que nos movemos en otros trabajos(por más que a ciertas horas de la noche yo también vigilo por el vestíbulo de mi cine tras un día de acomodar, romper entradas, etc.). Pero ellos son diferentes. Algo los hace únicos. Es la sensación de que en el fondo son unos parias. Pocos de ellos se salvan. Inevitablemente, todos comparten el hecho de que no queremos pasar mucho rato hablando con ellos. Algo se ha roto en su interior. Si no eran así antes de entrar en el trabajo, el trabajo les termina por doblegar el carisma. Como en la “Invasión de los ultracuerpos” parecen haber sido replicados por plantas de fuera de este mundo que les han robado el alma y sobre todo la capacidad para crecer como individuos, para razonar, y puede que todavía peor, les han convertido en seres tremendamente involucionados. No se conforman con vegetar. Algo de primitivismo les hace más terrible su situación que la de la película. ¡Lo he visto con mis propios ojos! O me han contado lo que no he visto. Unos disfrutando con la tortura gastronómica, muertos de risa porque le llenaban de ketchup, picante, y un largo etc el helado a un compañero especialmente primitivo que de todos modos se tragaba esa basura, me han explicado cómo uno jugaba con el portón automático del cine a detenerlo con la cabeza y casi lo destroza, les escucho fanfarronear sobre lo mal que hacen su trabajo y lo bien que saben escaquearse, o fanfarronear sobre si a veces se les va la mano con algún golfillo, les veo aparecer con una casi unánime gran barriga, les vuelvo a escuchar decir que si los restaurantes o el cine se portan bien con ellos y les regalan alimento ellos corren más rápido si surge un problema(¿Y cómo pueden correr con esos barrigones?), les veo devorar palomitas de todo tipo y hacer ostentación de cualquier estupidez o chiquillada que se les pase por la cabeza como que piratean más y mejor que nadie, que hacen más horas que cualquiera pero que también las hacen peor que nadie, que saben mejor que nadie dónde se fuma fuera de cámara además de informarnos dónde podemos golpear nosotros a los golfillos también sin que nos vigilen las cámaras, no les importa que conozcamos los puntos ciegos del cine ni que seamos ladrones en potencia… Da igual. Esos simpáticos pelmazos son diferentes. Esa es la conclusión a la que quiero llegar. Y si siempre hay alguno que me sorprende como aquel que tenía el vicio de la literatura o el otro con el que puedo hablar más de cinco minutos sin que me salgan sarpullidos(y me reporta beneficios bajados de internet), lo cierto es que la sensación general es desalentadora. Los guardias de seguridad están muy mal pagados. Es por eso que sólo contratan a los desesperados. Y los desesperados no inspiran mucha seguridad ni confianza. Cualquier retardado puede ejercer la profesión de guardar. Si existe un examen de selección debe ser del tipo “¿Estas sin un puto duro y necesitas trabajar en lo que sea o atracarás un banco?”. Si marcas un sí en la casilla ya eres guardia de seguridad.

Ya sólo necesitamos que surjan agencias especializadas en guardarnos de los que nos guardan. Pero a estos, por favor, páguenles mejor…

10 octubre 2007

La ley de los promedios






No sé si es cierto que un nivel lo suficientemente avanzado de tecnología es o se asemeja a la magia. De un modo psicológico sí que se puede considerar la máxima. Para mí es magia que un avión con todas esas toneladas de metal pueda volar, o lo es que le de a un interruptor y se haga la luz(cuando no hay cortes de suministro eléctrico por culpa de alguna incompetencia colosal) o incluso me parece mágico que el mando de la Wii de Ozymandias funcione bien cuando juega él y en cambio sea un desastre cuando lo cojo yo. Sea como sea, si somos unos descreídos o unos enterados decimos que todo lo que no entendemos es tecnología y se puede explicar(aunque nosotros no podamos explicar una mierda) y así podemos vivir en un mundo libre de supersticiones, malos agüeros, fantasmas o dónde lo que dicen los políticos es cierto.

De todos modos hay algo que a mí sigue sin cuadrarme. Y es que el hecho de que tenga una explicación no significa que esta no sea menos mágica que el hecho de no tenerla. Estoy hablando de la ley de los promedios. Según la estadística(ya escribí alguna vez sobre el azar y lo que me fascina a mí y a por ejemplo, Paul Auster) hay una ley que dice que si tiras una moneda cien veces esta tiene tendencia a salir cincuenta veces cara y otras cincuenta veces cruz. También dice esa ley que alguna vez me tocará la primitiva ya que los seis números que me tienen que salir se darán en alguna ocasión inevitablemente(en diez años sólo he conseguido un máximo de cuatro aciertos pero decenas de reintegros). Sin esa ley ya sé que tendría en mi hucha más dinero del que he ganado si no echase la primitiva.

La ley de los promedios se usa en muchos ámbitos pero el de la economía es el que más se deja seducir por ella.

En cierto libro leí que si te sucede una desgracia ya tienes muchas posibilidades de que no te vuelva a suceder. Pero claro, si eres imbécil también tienes ese otro dicho sobre “chocar dos veces con la misma piedra”.

Cómo cierto famoso enemigo de los cuatro fantásticos llamado “el pensador” la ley de los promedios nos dice que si tienes todas las variables en un tu mano puedes predecir el futuro. De ahí que los adivinos pregunten cosas como “¿Tienes pareja?” para luego predecir “seguramente tendrás alguna discusión con tu pareja”. También sabes conociendo la variable “no tengo pasta” que en tu futuro más inmediato no te podrás tomar un café, ni ir de tiendas, ni ir de putas. Yo puedo también hacer predicciones a largo plazo como la siguiente: “que en el año 2008 hay grandes posibilidades de que el uno de Enero sea el primer día del año y mucha gente este resacosa y falte a mi trabajo y yo tenga que trabajar por ellos y me cague en sus muertos”. El conocimiento de ciertas variables te permite tener el futuro en tus manos. Y si tienes dinero, el futuro de los demás también pero ese no es tema de este blog.

La ley de los promedios es magia. Ya sé que en mi cine van a venir tantas personas de media si hay malas películas, si hay fútbol, si es fin de mes… Con esas variables sabes que se dará un tanto por ciento de asistencia. ¿Y qué pasaría si todo el mundo asistiera de golpe a mi cine? ¿Y si durante un mes nadie pudiera ir? Pero eso no ocurre. Ni ocurre que todos los americanos en masa se nieguen a luchar en Irak. Ni que todos los hombres en masa se quieran follar a la misma mujer a la misma hora(pero eso es solo porque no todos tienen ocasión de ver a Monica Belucci a la vez). Tampoco hay masivas asistencias a las bibliotecas que vacíen las estanterías y no se encuentre nada. Sólo el aeropuerto del Prat en verano parece desafiar un poco esa ley y como que da la impresión de que todo el mundo va allí a la misma hora. También “El corte inglés” en primer día de rebajas chulea un poco a la ley. Pero nadie la vence. Parece que algo por encima de nosotros ordene el mundo en el que vivimos. Cómo ya dije, es casi mágico. Y es que uno quiere ser ateo pero sólo se queda en agnóstico. A veces da la sensación de que conocemos cómo funciona el mundo pero seguimos sin saber por qué funciona así o qué lo hace funcionar de ese modo.

Bill Gaines y Al Feldstein, dos escritores de comics de los cincuenta ironizaban con esta ley y en uno de sus tebeos para la EC hacían que un científico se alarmase cuando encontraba la sala de conferencias vacía. Decía que la sala estaba así porque la ley de los promedios se había roto y eso supondría el fin del mundo. Al final resulta que es Domingo y sólo hay una persona porque esta es del personal de limpieza. La ley es indestructible.

De todos modos quiero saber más sobre ella. Se mire como se mire esa ley es práctica. Un amigo me hablaba así sobre alguien que de modo intuitivo la ponía en práctica: “Este tío le pregunta a todas las tías que ve por la calle si quieren follar con él aunque no le conozcan de nada. Por estadística, alguna le dirá que sí”. Interesante. Lástima que haya estadísticas tan lentas. Lástima que no conozca a este tipo para explicarle lo de mis problemas con la lotería primitiva. Lástima que las estadísticas sobre mortalidad no te den más de ciento veinte años de esperanza de vida. Te tiene que llegar lo que deseas… si eres capaz de vivir miles de años. ¡Hay que joderse!

04 octubre 2007

Elogio de la máscara




Hoy estoy poético. Ya podéis correr. Detrás de un nick, pongamos Houellebecq, estoy yo. Detrás de la máscara diaria que fabrico de mí estoy yo pero de verdad. Siempre me han gustado los disfraces. Me he perdido muchos Carnavales porque nadie quería disfrazarse conmigo y salir de anónimo me gustaba más en compañía. Pero lo cierto es que el gusto por la mutación voluntaria se ha transmitido a otras facetas de mi vida. A falta de Carnavales he buscado mis alternativas.

A menudo observo cómo la gente se esconde detrás de nombres falsos en los foros de Internet para insultar. Ese es un uso estúpido y desaprovechado de la máscara. Esos tipos le fabrican la mala fama a los disfraces. En defensa de la ocultación debo decir que también permite ser más sincero. A veces podemos confesar lo inconfesable al nick de un prójimo desconocido y fugaz. Creo que en el comic “Shade” de Peter Milligan un personaje asegura que le es más fácil hacer el amor con un extraño que explicarles una verdad o sus problemas a sus allegados. La película “Pudor” basada en el libro de Santiago Roncagliolo del mismo nombre abunda en personajes que sueñan con decir pero no se atreven nunca a dar el paso último de la confesión. Algunos ni siquiera se atreven siquiera a soñarlo. Hace tiempo leí una estadística sobre las mentiras que el ser humano normal dice cada día y eran muchas, demasiadas. No quiero ni pensar en los mentirosos compulsivos. Las mentiras son disfraces.

Y es que las máscaras lo son de muchos tipos. Hay máscaras enmascaradas dentro de otras máscaras como muñecas rusas. Y un nick también lo es. Y el libro que lees para ahorrarte las caras del vagón de metro. Y una sonrisa y un saludo de paso mientras tienes prisa por dejar atrás a esa persona que no te cae bien. Y el carnaval son muchas máscaras para hacer del encubrimiento una fiesta. Y es máscara(para nosotros mismos) creer que queremos algo cuando en realidad queremos otra cosa. Y lo es la noche sin luna. Y esconderse detrás de una puerta para escuchar(máscara rastrera esta dónde las haya). Y es máscara progresiva cambiar de actitud hasta llegar a ser otra cosa(la máscara buscada, la autoayuda). Y también el dinero y el lujo de los ricos que te distraen del hecho de que son de la misma condición humana que nosotros. Y la pobreza que entierra y oculta grandezas. Y el nacionalismo que te disimula en una masa. Y el racismo detrás de capuchas. Y el machismo o el feminismo que te esconden tras hombre o mujer y no te dejan ser persona. Tu casa o madriguera es una máscara de hormigón que sale bastante poco a cuenta si te hipoteca. Es la máscara más cara.

La lista es interminable. El uso de la máscara se pierde en la antigüedad y se cree que surgió para fines religiosos. Hoy en día la religión está muriendo en el mundo pero las máscaras son más unánimes que nunca.

En un espectáculo de mímica que hacía Bowie(sí, otra vez Bowie) hace tres décadas o más interpretaba un hombre que usaba máscaras en sociedad. Sonreía, se ponía triste, etc. en función de la persona con la que estuviese. Adoptaba lo que llamamos un rol social para cada situación. Al final del número interpretaba cómo la máscara se le pegaba al rostro y no podía deshacerse de ella. El final parecía más siniestro que positivo pero yo lo interpreto de un modo más optimista.

En la teoría del psicoanálisis de Freud(vaya por delante que me la creo bien poco) se habla de dos máscaras en nuestra psique. Nuestro verdadero yo(el ello) se relaciona con el mundo y se esconde detrás del ego, el regulador, el embajador de la realidad que nos controla y embrida para que no seamos como realmente queremos ser. Pero en realidad lo que nos gustaría ser es el super-ego. El ideal de lo que realmente queremos ser(super-yo) y no somos está escondido detrás de lo que somos(ello) y lo que queremos hacer ver que somos(ego). En fin… Se puede objetar mucho a esta teoría pero por lo menos es poética. Es atractiva de un modo estético. Al menos si eres capaz de entenderla.

Pero en el título hablaba de elogiar máscaras no de diseccionarlas. ¿Qué por qué estoy a favor? Pues porque les ocurre como a la tecnología. Si las sabes usar para el bien son beneficiosas. Y si no… Pues como todo. Es la diferencia entre la máscara del super-héroe y la del villano. Los dos se esconden pero anda que no hay motivaciones distintas entre los unos y los otros.

Hace años en un chat de cine un adolescente me pidió consejo. Me preguntó que qué podía hacer para salir de la depresión en la que estaba(y eso habiendo comenzado a charlar sobre Woody Allen ). Yo recordé el espectáculo de Bowie y le recomendé algo así:

“Tú quieres ser actor. Mañana interpreta a una persona que sea feliz. Ríete y sonríe aunque no quieras. Puede que no sea pronto pero de aquí a poco te lo acabarás creyendo. Está demostrado que el cuerpo de un actor que interpreta un enfado sufre las mismas experiencias que una persona realmente enfadada. Es de creer que el que interpreta a una persona feliz acabará experimentando la felicidad. O por lo menos se sentirá mejor poco a poco.”

Y es que no sé qué tiene la gente contra el auto-engaño si este te va bien. Creo que al adolescente le gustó mucho el consejo pero nunca lo sabré. Hay gente que no se siente cómoda ni detrás de un nick.

De todos modos mi posición a favor de la máscara es clara.

Estáis hablando con el nuevo Jodorowsky o con Bucay.

¿Será verdad todo lo que digo y pienso o ya me estoy convirtiendo en mi disfraz?

27 septiembre 2007

El italiano

Hace unos años viajé a Florencia pero no conocí a ningún italiano. Tuve que trabajar en una cafetería de Casteldefells para entablar un sucedáneo de amistad con alguno de ellos. El susodicho es de Palermo, muy conocida ciudad por ser la capital de Sicilia y quinta ciudad en importancia de Italia y por un hermoso historial de mafias, vendettas y chanchullos humanos de la peor estofa. Mi pseudoamigo decidió huir de toda esa historia tan movida, siempre mejor en una pantalla de cine que vivida en la propia carne y se buscó un lugar no menos Mediterráneo pero sí más tranquilo en Barcelona. Aunque no vive en Castelldefels sí trabaja más de cincuenta horas semanales allí(que le reportan unos mil quinientos euros mensuales con los que se siente satisfecho, al menos económicamente) sirviéndome el café previo al trabajo y el de la merienda también. Se llama Mario, como el héroe de los video-juegos y compatriota suyo. Su vida también parece un delicioso juego dónde se pasan pantallas para lograr el bonito premio de una “princesa” en el último nivel. A ser posible una princesa que folle.

Mario nunca pierde ocasión de contar al que se le acerca cualquiera de sus vivencias reales o imaginadas más calientes. Sólo un italiano de sangre volcánica y mente a juego y a la altura de la cremallera podría exponer semejante catálogo de anécdotas dónde invariablemente las mujeres están en un tris de ser folladas por él o él en un tras de follarlas a ellas. En una etapa ya superada pagó por un servicio de chat dónde las mujeres se le ofrecían por cam para, en caso de congeniar, acudir hasta una cita y derramarse en ellas entre jornada laboral y jornada laboral. Sólo consiguió que alguna le mostrase las tetas o el coño y alguna función masturbatoria y frustrante mediante la webcam. Para alguien que se queja de no tener tiempo debería ser suficiente pero él quiere algo más. No le basta con el sexo virtual.

En otras ocasiones quiere alquilar dos habitaciones libres de su casa a dos sudamericanas que según él son buenas folladoras. Cuando le decimos que lo que interesa es que sean buenas pagadoras se enrabia, se enfurruña. Nuestro “héroe” tiene muy claras sus preferencias. Un coño pesa más en su balanza que doscientos o trescientos euros de alquiler en esta Barcelona dónde la bolsa suena tan poco y menos cada vez. En otras épocas le da por soñar con los encantos mercenarios de las putas del Riviera. A rachas le da por recordar que en Italia se dejó una posible relación sexual con cierta chica con la que se reencontrará en sus próximas vacaciones.

Otras veces le dejan contratar personal o como mínimo hacerle entrevistas y él me enseña orgulloso los currículos dónde hay tías buenas. Los suele contrastar con la realidad: “esta está mejor en persona” “esta tiene el culo muy gordo pero creo que follará bien” “esta parece una monja, que se quede en su convento”. Todo eso me lo dice con un español muy macarrónico(y macarrón se dice penne en italiano), muy divertido, un tanto borroso en ocasiones, atropellando palabras a medio camino entre dos lenguas mediterráneas tan parecidas como diferentes en su extraño dialecto. Pero aunque mal, le encanta hablar. Y siempre sobre sus vicios: “las tías de Barcelona son muy sosas, las de Castelldefels son unas guarras. Ayer casi me follo a una niña ma… luego no se por qué… la llamó la sua mamma y… finitta la nostra relacionne. ¿Te lo puedes creer?”

¿Qué si me lo puedo creer? A duras penas. Tiene treinta y pocos años pero podría tener casi diez más. No es un tío realmente feo pero su enorme barriga, esa que toca de vez en cuando y nos enseña a mi compañera y a mí en las meriendas como si se nos confesase de un pecado y se hiciese una promesa de redención, parece un escollo bastante importante en este mundo inundado de cuerpos Danone y similares. Sus redondeces no son las de un Casanova precisamente. Y su labia, debido a lo ininteligible, puede que tampoco.

Pero es un personaje de los entrañables. Un poco pesado pero de los que se hacen querer con el tiempo. Puede que mienta mucho pero sus mentiras son creativas, coherentes y variadas. Y la única verdad que tal vez nos cuenta no deja de contrastar con su anecdotario verde y para mayores de dieciocho años: ¡¡¡está casado y tiene un niño!!!

20 septiembre 2007

Los profesionales del no





Los libertinos de las obras del marqués de Sade suelen defender mucho su modo de vida. Nos atacan con cientos de ejemplos de por qué es sano, bueno y divertido tener erecciones sodomizando niños y perros, torturando, asesinando… Todo aquello que nos sugieran las buenas costumbres es negativo para él. Su moral, de hecho, es como un negativo fotográfico de la moral de su época. Es la necesidad de llevar la contraria porque sí. Conozco muchos seguidores de la negación. Los punkies, los anarquistas, Ozymandias, Satanás, mi amigo Paco, Bart Simpson, yo cuando me duele una muela, mi sobrina(pero a ella se le disculpa porque los dos años son los de la negación según dicta la psicología infantil), los jefes, las tías demasiado buenas y abstemias… La negación es divertida y nos hace reír mucho cuando la vemos en la ficción. En las películas todos los actores con carisma suelen ser tíos desagradables que en la vida real no querríamos cruzarnos. Desde Jack Nicholson hasta Robert de Niro pasando por aquel tipo tan simpático de “La naranja mecánica”. El doctor House nos revienta de la risa con sus mamonadas y su llevar la contraria pero en mi trabajo ya hubiésemos votado entre todos para hablar con los encargados y que no le renovasen el contrato. A la puta calle con el borde.

Decir no de vez en cuando es ser un poco más libres. Hay libros de autoayuda que desde el título te incitan a saber decirlo. Y no se crean, eso es un arte. Hay gente que por educación no sabe decir otra cosa que sí. El sí suele ser más falso que el no. Todos hemos incurrido en ese error más producto de la cobardía que de la buena educación. Nos recuerdo a un compañero y a mí charlando animadamente con un cliente al que llamamos el croissant (por su musculatura) sobre su modo de cantar. Hace poco salió como freak en la televisión y todo el mundo pudo reírse de él en sus casas. Nosotros, cuando nos preguntó si cantaba bien, al menos yo se lo dije mirándole a los ojos, contesté que sí. Tampoco sabemos decirle que no entre a una sala que no le corresponde ni que no pase con un helado al cine. A veces, el “no” sólo lo empuñan los valientes.

Saber negarse a tiempo es cosa de cínicos o de héroes. En contadas ocasiones de ambos.

Volviendo al Marqués de Sade recuerdo que la última película que recuerdo sobre él (Quills) lo transformaba en “clown” saltarín y simpaticón y por supuesto en héroe de la libertad de expresión. Haciendo memoria y sin consultar lo mucho que he leído sobre él este caballero intentó violar y torturar a una sirvienta, tenía algunos huesos humanos en el jardín de su castillo, gustaba de la pederastía, el incesto, el robo, la mentira, el sadismo(de ahí su nombre, claro) y un largo etc. de conductas muy alternativas y rebeldes. Si bien es cierto que gran parte de sus crímenes solo sucedieron en sus páginas no es menos cierto que el tipo era cualquier cosa menos un héroe. Jeffrie Rush lo encarnó con muchas ganas. Es un buen actor y estos papeles se le dan. Si no fuese por el capitán Barbosa de sus piratas del Caribe la película bajaría muchos enteros. Pero el caso es que Sade no era un modelo a seguir. Ni siquiera lo es House. La forma en que se dirige a los enfermos hace que sus diagnósticos den más miedo que la enfermedad. Si el “no” es un arte sólo puede serlo cuando se usa en beneficio propio o ajeno sin perjuicio de nadie. Así que seguiremos disfrutando de todos esos alegres cabrones con los que el cine y la televisión nos bombardea. Sobre una pantalla me parecen inofensivos. Ya no quedarán simplones a lo Clark Kent o a lo Peter Parker(o por lo menos no gustarán tanto). Pero recemos por que el público no aprenda su código de conducta en estos “manuales” mediáticos. Es cierto que hay que aprender a decir no. Pero no es menos cierto que apenas servirá de algo si olvidas decir sí.

30 agosto 2007

Misogínia pasajera(creo)

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Las diferencias entre hombres y mujeres aparecen dónde menos lo esperas. Incluso en la cola de un cine. El día del estreno de un bombazo. Todos tenemos prisa por entrar. Todas no parecen tener prisa por nada. Ellas nunca van solas. Aparecen las mujeres con sus compañeros sexuales o con sus compañeros no sexuales que desean serlo. O con sus amigas, o con sus abuelas y sus tías. Los hombres tienen menos problemas y acuden más solitarios que solitarias. Probablemente ellos van a ver una película y ellas van a compartirla. Ellos llevan el dinero en la mano. Veo que los tres machos frente a mí llevan seis con veinte. Es el importe exacto. Yo miro mis manos y también lo tengo preparado. Ellas deben llevar el dinero metido en el monedero al fondo de un bolso cargado con cien mil artilugios de belleza, el móvil, las gafas, las compresas… Hablan animadamente y no piensan en buscar el dinero hasta que llegan a la taquilla. Una vez allí buscan y rebuscan el dinero, hacen perder tiempo a la taquillera, a la cola, a sí mismas. Pero claro, primero había que hablar de la cirugía de Pepita que le ha quedado fatal y lo de prepararse para pagar era irrelevante. Algunas de ellas preguntan si hay descuento por ser madre de familia, por haberse comprado un consolador caro o porque las acaba de abandonar el marido. Si les dicen que no comienzan una discusión hasta que consiguen el descuento. Ellos preguntan que si hay descuento por ser el día del espectador y si les dicen que no ni pierden el tiempo en preguntar por qué. Simplemente quieren entrar en el cine y no perder tiempo discutiendo. Ni siquiera cuando tienen razón. A veces ellas deciden si hay que comprar entradas para una cuarta persona que no se sabe si vendrá cuando están delante de la taquillera. Luego, después de tres horas de ruegos y preguntas entre ellas deciden que se la compre la ausente si quiere, cuando venga. Ellos han decidido cuantos vendrán, quienes serán, quién pagará qué y en qué momento aparecerá (probablemente ninguno llegue tarde a la cita y no haya que esperar a nadie) horas, semanas y hasta meses antes de que lleguen a esa cola.

En la sala de cine ellos se sentarán en su sitio si las entradas son numeradas. Sabrán si lo es o no mirando en la entrada. Puede que lo pregunten en taquilla o lo hayan leído en el periódico. Ellas pueden estar en la cola junto a una persona que grita desesperada “¡Dios, son entradas numeradas, mi vida no tiene sentido con entradas numeradas en los cines!”, no oírla, llegar a taquilla y preguntarles la taquillera qué sitio prefieren porque las entradas son numeradas, haber visitado cientos de veces ese cine dónde siempre han sido numeradas y después de eso llegar a la sala y sentarse dónde les de la gana. Después puede venir el acomodador, decirles que el sitio está ocupado y ellas indignadas son capaces de asegurar muy convencidas: ¡Deberían avisar que estaban numeradas!

También puede ocurrir que lleguen tarde cuando no son numeradas y pronto cuando son numeradas(pero esto último es casi utópico).

Ellos entran apresurados a la sala para estar sentados tres horas antes de la película o por lo menos un cuarto de hora. Ellas pueden llegar media hora tarde y todavía pedirle a su compañero que las espere porque quieren palomitas y el cine no es cine sin palomitas. En la sala es posible que ellos no se muevan ni medio centímetro de dónde se han sentado. Ellas pueden moverse por todas y cada una de las mil butacas y no sentirse cómodas en ninguna. Al llegar a la elegida se pueden reír y mirar a su compañero que las mira con los ojos desorbitados y la tensión tan alta que les aparece un señor muriendo con un rayo en un cartel en el pecho y soltarles con humor: "¡Vaya, qué bien se ve desde aquí, en la primera butaca en la que nos habíamos sentado!"

Ellos y ellas pueden ser así en el cine y fuera de él. Hay personas excepcionales de ambos sexos que se escapan de algunos de mis ejemplos cuando no de todos pero yo, después de asistir al último estreno de cine importante y de haber observado mi entorno una vez más, sufro mi crisis pasajera de misoginia. Tengo que leer el libro ese de las mujeres son de Venus y los hombres de Marte. Pero claro, a los hombres nos gusta poco la autoayuda y esos libros son tan aburridos... Buscaré alguna mujer para que me lo cuente. Alguna que no lea mis posts, claro.

07 agosto 2007

¿Más imbécil en verano?







Hace algunos días se le salían los ojos de las órbitas cuando pasaba una chica por delante. Le tasaba el culo, su parte de la anatomía femenina predilecta. Si yo, medio en broma, le decía que estaba por mi labor y no por tasar traseros en esos instantes él me golpeaba en la espalda con una palmada cariñosa aunque algo basta y me decía indignado: “¿Cómo es posible que digas que te deja frío? Ese culo te la ha puesto tan dura a ti como a mí. ¿Te estás cachondeando o qué?” Bueno, sí, lo cierto es que me estaba cachondeando. Siempre lo hago cuando él está cerca. Es difícil tomarle en serio. Hace poco adopté un comportamiento opuesto. Mientras trabajaba confesé que cierta chica que pasaba por allí me “había puesto” o que me quería liar con cierta compañera del trabajo con la que previamente he pactado ese romance falso(para que si me ve con ella me deje en paz y no venga a charlar conmigo). Y entonces va el tío y me dice lo contrario de lo que hasta hace poco parecía su filosofía: “¡Estás salido! El verano te ha afectado. Eso es que no follas lo suficiente. ¿Tú me has visto a mí alguna vez salido? Lo dudo” Lo cierto es que sí. Siempre que hay mujeres cerca. Lástima que a ellas no les ocurra lo mismo con su presencia. Es un poco dramático si se piensa bien. En “Ampliación del campo de batalla” de Houellebecq hay un personaje que parece él. Siempre intentando ligar, siempre virgen a pesar de sus esfuerzos. Desesperado por acceder a la para él utópica vagina. Infatigable en sus esfuerzos hasta que se revienta el cuerpo y los sueños en un accidente de tráfico. Heroico en sus miserias. A este tipo del que hablo le ocurre como a Bruno, ese personaje no tan ficticio de Houellebecq. Una noche me explicó desconsolado su fracasada carrera como play boy. Maltratado por los matones en el colegio y objeto de risas por parte de las jóvenes golfas de la enseñanza mínima obligatoria. Decenas de amores inalcanzables pasaron frente a sus narices sin posibilidad de roce. A esos fracasos del pasado se suma la humillación de cierto oscuro episodio en un gimnasio dónde fue expulsado por intentar acceder ocularmente a los culos que tanto le gustaban. ¿Pillado en el acto de masturbarse mientras las chicas se duchaban y hablaban de sus cosas y del habitual listado de chicos que no le incluían a él? Tal vez. Una carrera fallida en el fútbol por culpa de sus suspensos y de su padre le hicieron entrenador digno de motes y comentarios jocosos varios por parte de los pequeños e indeseables adolescentes que estaban a su cargo. Un paso por la formación profesional le reafirmó en su pesimista filosofía sobre la humanidad. Los compañeros no usaban con él el compañerismo. ¿Amigos? Pocos. Apenas uno y lejano en Madrid. Si viviera cerca de él, en Barcelona, tal vez ya le hubiese defraudado.

Y luego el trabajo. Ascender en el mundo del cine. De acomodador a operador y de allí a encargado no oficial. Todo eso gracias al poder de su capacidad laboral. Allí dónde no le llegaba la astucia le llegaba la facilidad para hacer lo que le pidieran. Trabajar en días de fiesta, cambiar bombillas y otros menesteres propios de mantenimiento y de otros contratos diferentes a los suyos, no quejarse nunca de ser el comodín para los encargados y estar siempre que los demás no querían estar y le querían dejar a él… En fin, todos esos sacrificios que sólo puede hacer una persona que no pierde el tiempo follando ni buscando un lugar dónde estar con la novia en la intimidad. Y durante todos esos años le creció la misantropía, la misoginia, la animadversión hacia todos. Ha estudiado a todo el mundo. Sabe todo sobre las relaciones entre hombres y mujeres.


Hace casi dos años que no puedo escapar de sus tonterías. Tengo que escucharle por educación o por no tenerla pero todo eso agota. ¿Quién puede soportar la monotonía de una obsesión durante horas? Aparte de mí, claro.

Sé que su caso es de llanto más que de risa. Pero tener un plasta en el trabajo es lo peor que hay. Sobre todo si ese plasta ha sido nombrado encargado(aunque no cobre como tal y solo sea un “machaca”) y está por encima de ti en el escalafón de poderes y no puedes mandarle de viaje a la mierda sin crear graves conflictos democráticos.

Pero este tío es la gota que hace rebosar todos los vasos de la paciencia. Interrumpe conversaciones para introducir su última estupidez, acosa de palabra o de acto a cualquier mujer que tenga cerca(pero tan sutilmente que más les provoca el deseo de reírse que el de ir a denunciarle), te explica curiosidades que tú le explicaste ayer como si fueran suyas, te da órdenes estúpidas o que son tan obvias que te sientes insultado, te sigue detrás porque no puede estarse quieto, hace de encargado autoritario cuando tiene que pedir algo que le interesa y dice que él no puede ayudarte cuando se trata de dar una solución al problema de un empleado(que lo solucione el verdadero encargado cuando vuelva), se pone de ejemplo cuando te quejas de que no te gusta hacer horas gratis(pues yo estoy dónde estoy gracias a que no me quejé…), emplea el lenguaje corporal de un chulo barato… Pero lo peor ya está formulado. Se lo perdono todo menos la pesadez. No puedo gastar tantas horas de mi vida escuchándole. ¿Alguien puede? Es embrutecedor.

Tal vez haya una mujer en el mundo para él. Es seguro que no quiero conocerla. Pero está bien que entre ellos se conocieran. Que no pudieran vivir el uno sin el otro.

Él piensa que en el mundo todo es atracción física. Por eso explica que las mujeres no quieran hacer alguna visita regular, ni siquiera turística hasta su polla. Y puede que haya algo de cierto en mitad de todas sus estupideces. Pero lo que es totalmente falso es que no ligue por culpa de su físico. No puede entender que la gran barrera es su personalidad. Las enfermedades mentales son muy poco eróticas.

Este verano, de todos modos, ha conseguido los primeros besos que no polvos de su biografía. Ha empezado a sentirse bien. Y cuando él se siente eufórico y con ganas de hablar ya podemos echarnos a temblar los demás. Este verano en que el calor ha llegado tarde me sofoca más que otros. Este año estoy trabajando muy cerca de mi tercer encargado no oficial. Y casi no puedo hablar porque todo lo llena su monólogo. A veces me mira y me pregunta: “¿Y tú que piensas?” Y antes de que le diga nada sigue hablando para no escuchar lo que le diga.

Es por eso que mejor lo escribo.

24 julio 2007

Mein Kampf

Tercer acto: la batalla final

Durante esos meses hice bueno aquello de no menospreciar nunca al enemigo. Pensé con qué me podría salir. Tal vez llevaría un abogado que hubiese rebuscado con su poderoso cerebro de leguleyo malvado una fisura en mi defensa. Tal vez encontraría un modo de hacerme admitir lo que fuese mediante hipnosis, mediante fotomontajes o una alteración manipulada de mi voz grabada. O más sencillo, podía hacerme perder los nervios en el juicio y ya se sabe, “el que se pica pierde”, una filosofía muy de mi amigo Luis(ver blog sobre el rap). El habitual miedo a lo desconocido. Yo, a pesar de todo, intentaba visualizarme en esa sala que había entrevisto meses antes inventando argumentos que refutasen todos y cada uno de los puntos de la cédula que me habían entregado.

Y llegó el día. Mi mujer me acompañó pero nada más llegar supimos que no podría entrar. Si ella no había sido testigo del suceso, no servía.

Acusado y demandante volvimos a vernos en la triste sala de espera que ya describí en el blog anterior. Esta vez estábamos casi solos. Apenas otro tipo con su abogado y al parecer, la ausencia de su otra parte.

Yo me dediqué a pasar el tiempo y sacudir los nervios hablando con Nérida sobre el aspecto de mi vecino que venía solo. Eso me llenaba de júbilo y era una buena señal. Sólo me inquietaba la bolsa que le colgaba de la mano. ¿Qué llevaba allí? Tenía una somera idea que confirmaría más tarde, durante el juicio. Pero esa pieza de la historia viene luego.

Mientras nos hacían entrar(un largo rato en el que hubiera tenido tiempo, de ser el asesino que decían que era, de coger a mi enemigo sentado a un par de metros de nosotros y degollarlo sin compasión) observé los movimientos del enemigo. Movía sus pies inquieto, sacudía la pequeña bolsa entre sus manos, se desesperaba porque no nos llamaban. Yo me reía de su abultado vientre y de una mandíbula y un gesto de la cara que me recordaba a Mr. Bean. Nérida me acompañaba feliz en el juego… Pero no debía fiarme. La aparente estulticia del otro podía esconder un talento frío y peligroso.

Por fin nos hicieron pasar a juicio. Primero él(que estuvo unos minutos allí dentro) y luego yo.

Nérida insistió en entrar conmigo pero yo le dije que no. Esta lucha quería hacerla solo. Me sentía preparado. Fuerte. Anímicamente en forma.

Entramos en la sala que ya conocía de un breve vistazo durante mi primera fugaz visita.

El demandante en el banquillo de la izquierda. Yo en el de la derecha. Frente a nosotros dos mujeres entre lo veintimuchos y los treinta y tantos. La jueza y su secretaria. Dos togas negras envolviendo dos cuerpos femeninos presuntamente atractivos por lo poco que se podía imaginar. Estaban buenas. La jueza era rubia y la escribiente que la acompañaba morena. Esta última no decía nada pero estaba buenísima con mayúscula. Y mayúscula se me hubiese puesto cierta parte de la anatomía de estar en otro lugar y en otra situación. Allí, esas mujeres que en una discoteca o en un paseo serían dignas de “escaneos” y comentarios viciosos y cuarteleros de hombres, despertaban otro sentimiento más apagado: el respeto. O al menos a mí me lo despertaban.

Detrás de nosotros se sentó el tipo que me había entregado la cédula tres meses atrás y que hoy sonreía más. Tal vez le habían subido el sueldo o yo le caía mejor por la bonita camisa negra que me había puesto.

La jueza le pidió su historia a mi vecino. Él comenzó con su distorsionada versión de los hechos. Repitió las mentiras de su demanda con escasa precisión. Yo le escuché con cara de poker y con la intención de no perder el control. Anotaba mentalmente sus incongruencias que las había y muchas. ¿Alzheimer? Volvía a repetir lo que decía la cédula. Pero con fallos. Genial…

Después, yo expuse mis hechos. Lo negué todo, claro. Especialmente las amenazas de que estaba acusado. La versión opuesta en ciento ochenta grados de lo que decía él. Sólo coincidíamos en nuestro encuentro de aquella mañana de Diciembre.

La jueza le preguntó a mi vecino si él entendía que todos hacemos ruidos y que sus ruidos podían estar molestándome. Él dijo que él no hacía ruidos. “¡Todos hacemos ruido!” le dijo ella beligerante. Pero él, terco como su edad le sugería serlo insistió en negarlo. Su monólogo era repetitivo y desprovisto de florituras y sobre todo de argumentos. Su anquilosada mente sólo afirmaba que lo que decía era así porque sí y lo que no, era así porque no. La jueza empezó a cogerle manía y se le notaba. Sus palabras hacia mí eran más dulces. A mí no me interrumpía como al vecino, con el que se mostraba tajante y al que le levantaba levemente la voz. A mí me lanzaba semiescondidos mensajes en los que me recomendaba acciones judiciales contra el que hace ruidos. Me preguntaba por el trabajo que desempeñaba mi vecino(asumiendo que era cierto que yo no mentía al respecto). Asentía comprensiva y amorosa. ¡Esa jueza estaba de beso!

Un momento entrañable y casi enternecedor fue ver a mi vecino sacar su última arma de fogueo. De la dichosa bolsa sacó el as en la manga. Tal vez pretendía hacerme morder el polvo con ese último recurso. Cuando lo veía todo perdido explicó el encuentro entre su hijo y yo y como yo le había roto el jersey al gordito. Cuando iba a sacarlo de su bolsa la jueza ni le dejó: “Si su hijo quiere denunciar una agresión debería haber venido él. Además… ¿Qué edad tiene? ¿Esa? Pues es mayor para defenderse” Pero mi vecino insistió en sacar un jersey que seguramente había roto él. Gesto inútil. Se le ordenó de mala manera que lo devolviera a su bolsa. Yo en cambio, cuando dije que llevaba cuatro años viviendo en mi piso y no uno y medio como aseguraba el desmemoriado vecino lo demostré con el empadronamiento. El tipo a mi espalda tomó el papel como prueba y se lo entregó a la jueza que se lo pidió y que lo leyó frente a nosotros casi acariciando el papel mientras me decía ”No se preocupe, se lo devolveré enseguida”. ¡En ningún momento lo había puesto en duda!

Mi vecino alegó que yo le había llamado una palabra muy poco común(según la cédula “hijo de puta”). La jueza le respondió que a ella sí le parecía bastante común. Una chica con bastante sentido del humor.

El vecino siguió y siguió con sus estupideces y su levantar la voz y su interrumpir a la jueza. Nada. Ella adelantó su veredicto que decía algo así como “el acusado por su apostura y por el modo en que se ha expresado en esta sala es inocente por lo que queda absuelto de los cargos ¿Quiere apelar? ”. El vecino decía que no entendía de apelaciones ni nada pero tal vez sí sabía que una apelación sería sangrante y que tal vez tendría que contratar un abogado y perder un juicio de una manera más salvaje si cabe. No apeló. Yo evidentemente menos. La lucha había sido tan fácil que daba vergüenza celebrar una victoria.

De todos modos nos fuimos a una cafetería que nos gustaba mucho a Nérida y a mí a reírnos a cuenta del vecino. Por primera vez mordía el polvo en mucho tiempo. Había salido con el rostro desencajado a decir de mi mujercita que lo vió pasar en su derrota. Tal vez pensaba que la ley era así de ciega. Tú dices que tu vecino te quiere matar y ganas un juicio sin prueba alguna. ¡Imbécil! ¿No sabe lo de tu palabra contra la mía? ¿No sabe que en el ajedrez judicial eso son tablas? No. Y lo que tampoco sabe es que ni siquiera son tablas si yo lo decido así. Si yo le denunciase cuando me llegue el veredicto por correo por injurias… Ganaría. O podría ganar.

Por primera vez en mucho tiempo han dejado de importarme sus ruiditos encima de mi cabeza. O por lo menos no me resultan deprimentes. Cada molestia que me causa va en perjuicio suyo. Y él debió intuirlo los primeros días. Estuvo casi un mes trabajando a cámara lenta. Casi cuidadoso. La contaminación sonora se redujo mucho. El perro estaba apaleado y triste. Pero claro, ya lo dije yo al salir del juicio y días después: “esta cabra tirará a su monte”. No me equivocaba mucho. Vuelve a animarse y a trabajar con tranquilidad. Pero ya no le voy a gritar más desde mi piso.

Prefiero que le grite una jueza que tal vez entiende bien a los que sufren molestias por culpa de los vecinos. Al menos esa fue mi impresión.