11 julio 2007

Mein Kampf(II de III)

Segundo acto: la tristeza de los juzgados

Primero unos “mossos” me habían pedido los datos por teléfono(procedimiento extraño dónde los haya). Cualquier tarado te llama a casa haciéndose pasar por policía, le das tus datos y ya has conseguido un hacker a domicilio o una avalancha de publicidad en tu buzón. Y hablando del buzón, lo segundo llegó dos meses más tarde o así. Era el aviso para recoger a las diez del día siguiente de la entrega de dicho aviso una cédula judicial. En realidad cuando te mandan esos avisos no sabes muy bien de qué van. Se te cita para que vayas en breve al juzgado de instrucción y se te aconseja no faltar o tendrás una serie de sanciones terribles. Esa prosa de los juzgados es muy efectiva para asustar a los inocentes. Los delincuentes no deben ni leerlas pero el ciudadano de a pie… Ese es otra cosa.

Al día siguiente me presenté en los juzgados. Frente a mí estaba el vecino que ni me miraba. Todo muy educado y civilizado. Yo el acusado y él el acusador allí como si nada. Estábamos en una sala amplia y austera, más bien deprimente. Unos bancos de madera rayada, una luz de fluorescente débil, siniestra, parpadeante y sorprendida ante su futura jubilación… La justicia necesita una mejor instalación eléctrica si quiere esclarecer mejor los hechos. Unas gentes en su mayoría silenciosas. Había una buena dosis de inmigrantes, claro. A estos nuestro país les explica muy bien las leyes en los juzgados y a manotazos. No hay mejor pedagogía que la de la experiencia, que diría Rousseau. También había extrañas singularidades o gente fuera de lugar como mi propio vecino, como un señor muy simpático que se me sentó al lado junto a su hijo(y que algo nervioso me aseguraba que no sabía por qué les habían citado allí) o yo. El señor y el hijo cogieron sus cédulas cuando les llamaron para entrar en otra sala y al salir de allí se fueron sin decir adiós. No hacían cara de que fueran buenas noticias lo que recibían. Algún vecino les habría denunciado. Les vi leer con congoja el papel que les acusaba y les citaba para otro día camino del ascensor. Incrédulos como el personaje de "El Proceso" o Woody Allen en "Sombras y nieblas", parodia de lo mismo y de otra película de Orson Wells del mismo nombre e intención.

Después, otro tipo más patibulario y curtido se me puso al lado. Debía tener unos treinta y tantos mal llevados y sobre todo muy mal cicatrizados a la altura del rostro. El tipo estaba cómodo allí. Se sentía como pez en el agua. Me explicó algunas destrezas del oficio de ser un acusado más algunas íntimas confesiones sobre su vida de gato de callejón: “niégalo todo” “a veces no sabes de qué te acusan porque al juzgado vienes vendido pero ahora te lo dirán en la cédula y podrás prepararte para lo que tenga que venir” “yo estoy aquí por culpa de la zorra de mi mujer que siempre me jode por el tema de nuestro divorcio y que quiere que le pase no se qué pollas de dinero para el niño pero ya me ha dicho el abogado que…” “de estos juicios he tenido muchos, no son nada pero te joden la mañana. Yo porque estoy parado pero claro… ¿Y si trabajase?”

Vi como llamaban a mi vecino y entraba en la sala anexa. Salía con un papel y se perdía en el ascensor sin mirar atrás. Como todos. Luego me llamaron a mí. Me disculpé a mi posible futuro compañero de celda y entré en una especie de oficinas que a su vez daban a la sala de juicios pero en esta no llegué a entrar. Hoy sólo me entregaban la citación para otro día meses más tarde. Un joven que no parecía estar muy contento con su trabajo o conmigo me hizo firmar la entrega de la cédula(como si de un vulgar repartidor se tratase y tal vez por eso estaba cabreado)y salí, me despedí del patibulario y terminé cabreándome yo también en el ascensor mientras leía la ristra de mentiras que mi vecino me había dedicado. Meses más tarde tendría que negar mucho. El noventa y cinco por ciento de lo que allí había escrito era pura novela de ficción. El cinco por ciento que se adaptaba a la realidad era pura casualidad y de poca relevancia.

No acertaba ni cuando decía que llevo viviendo un año en mi piso. La batalla, ya lo dije, cumplirá pronto los cuatro años. Mi vecino decía que me molestaba la escoba o el sillón al moverse o la grapadora al grapar papeles. Sí, hombre, y ya puestos podía haber añadido los pedos que se tira. No tengo el oído de superman. Sólo soy sensible al estruendo.

Decía que en un encuentro fortuito y casual entre su hijo y yo en la portería tres meses atrás(nuestro encuentro real fue un año y medio antes) había sido un asalto por mi parte. Que me había lanzado contra el gordo y le había roto el jersey. Claro, con mi fuerza descomunal había manejado a mi antojo al mastodonte. Todo muy creíble. Para él. Porque lo que es yo…

Que les había amenazado de muerte a él y a su hijo… Y claro, él tenía tanto miedo que en el juzgado poco le faltó para sentarse a mi lado y comentar la jugada: “Vecino, esta vez te he ganado yo la batalla ¿Eh? Lo de esta denuncia ha sido un toque magistral por mi parte. Antes de que denuncies tú me he adelantado yo. Si me dices cual será tu siguiente paso te dejo ventaja con esta mano”.

En fin. Comenté este asunto con mi mujer, con Ozymandias y casi nadie más. Ni siquiera iba a contratar un abogado aunque alguno consultaría mi mujer más adelante. Iba a ser mi propio Perry Mason. Me defendería solo y ante el peligro. Tenía tres meses para prepararlo. Y sobre todo, tres meses para no sucumbir a la idea de convertirme en un asesino y matar de verdad al maldito embustero de arriba…

1 comentario:

Shoori dijo...

Tio, a ver si me respondes al movil! que te he enviado un par de sms para ir al japo! Ya me diras algo