24 julio 2007

Mein Kampf

Tercer acto: la batalla final

Durante esos meses hice bueno aquello de no menospreciar nunca al enemigo. Pensé con qué me podría salir. Tal vez llevaría un abogado que hubiese rebuscado con su poderoso cerebro de leguleyo malvado una fisura en mi defensa. Tal vez encontraría un modo de hacerme admitir lo que fuese mediante hipnosis, mediante fotomontajes o una alteración manipulada de mi voz grabada. O más sencillo, podía hacerme perder los nervios en el juicio y ya se sabe, “el que se pica pierde”, una filosofía muy de mi amigo Luis(ver blog sobre el rap). El habitual miedo a lo desconocido. Yo, a pesar de todo, intentaba visualizarme en esa sala que había entrevisto meses antes inventando argumentos que refutasen todos y cada uno de los puntos de la cédula que me habían entregado.

Y llegó el día. Mi mujer me acompañó pero nada más llegar supimos que no podría entrar. Si ella no había sido testigo del suceso, no servía.

Acusado y demandante volvimos a vernos en la triste sala de espera que ya describí en el blog anterior. Esta vez estábamos casi solos. Apenas otro tipo con su abogado y al parecer, la ausencia de su otra parte.

Yo me dediqué a pasar el tiempo y sacudir los nervios hablando con Nérida sobre el aspecto de mi vecino que venía solo. Eso me llenaba de júbilo y era una buena señal. Sólo me inquietaba la bolsa que le colgaba de la mano. ¿Qué llevaba allí? Tenía una somera idea que confirmaría más tarde, durante el juicio. Pero esa pieza de la historia viene luego.

Mientras nos hacían entrar(un largo rato en el que hubiera tenido tiempo, de ser el asesino que decían que era, de coger a mi enemigo sentado a un par de metros de nosotros y degollarlo sin compasión) observé los movimientos del enemigo. Movía sus pies inquieto, sacudía la pequeña bolsa entre sus manos, se desesperaba porque no nos llamaban. Yo me reía de su abultado vientre y de una mandíbula y un gesto de la cara que me recordaba a Mr. Bean. Nérida me acompañaba feliz en el juego… Pero no debía fiarme. La aparente estulticia del otro podía esconder un talento frío y peligroso.

Por fin nos hicieron pasar a juicio. Primero él(que estuvo unos minutos allí dentro) y luego yo.

Nérida insistió en entrar conmigo pero yo le dije que no. Esta lucha quería hacerla solo. Me sentía preparado. Fuerte. Anímicamente en forma.

Entramos en la sala que ya conocía de un breve vistazo durante mi primera fugaz visita.

El demandante en el banquillo de la izquierda. Yo en el de la derecha. Frente a nosotros dos mujeres entre lo veintimuchos y los treinta y tantos. La jueza y su secretaria. Dos togas negras envolviendo dos cuerpos femeninos presuntamente atractivos por lo poco que se podía imaginar. Estaban buenas. La jueza era rubia y la escribiente que la acompañaba morena. Esta última no decía nada pero estaba buenísima con mayúscula. Y mayúscula se me hubiese puesto cierta parte de la anatomía de estar en otro lugar y en otra situación. Allí, esas mujeres que en una discoteca o en un paseo serían dignas de “escaneos” y comentarios viciosos y cuarteleros de hombres, despertaban otro sentimiento más apagado: el respeto. O al menos a mí me lo despertaban.

Detrás de nosotros se sentó el tipo que me había entregado la cédula tres meses atrás y que hoy sonreía más. Tal vez le habían subido el sueldo o yo le caía mejor por la bonita camisa negra que me había puesto.

La jueza le pidió su historia a mi vecino. Él comenzó con su distorsionada versión de los hechos. Repitió las mentiras de su demanda con escasa precisión. Yo le escuché con cara de poker y con la intención de no perder el control. Anotaba mentalmente sus incongruencias que las había y muchas. ¿Alzheimer? Volvía a repetir lo que decía la cédula. Pero con fallos. Genial…

Después, yo expuse mis hechos. Lo negué todo, claro. Especialmente las amenazas de que estaba acusado. La versión opuesta en ciento ochenta grados de lo que decía él. Sólo coincidíamos en nuestro encuentro de aquella mañana de Diciembre.

La jueza le preguntó a mi vecino si él entendía que todos hacemos ruidos y que sus ruidos podían estar molestándome. Él dijo que él no hacía ruidos. “¡Todos hacemos ruido!” le dijo ella beligerante. Pero él, terco como su edad le sugería serlo insistió en negarlo. Su monólogo era repetitivo y desprovisto de florituras y sobre todo de argumentos. Su anquilosada mente sólo afirmaba que lo que decía era así porque sí y lo que no, era así porque no. La jueza empezó a cogerle manía y se le notaba. Sus palabras hacia mí eran más dulces. A mí no me interrumpía como al vecino, con el que se mostraba tajante y al que le levantaba levemente la voz. A mí me lanzaba semiescondidos mensajes en los que me recomendaba acciones judiciales contra el que hace ruidos. Me preguntaba por el trabajo que desempeñaba mi vecino(asumiendo que era cierto que yo no mentía al respecto). Asentía comprensiva y amorosa. ¡Esa jueza estaba de beso!

Un momento entrañable y casi enternecedor fue ver a mi vecino sacar su última arma de fogueo. De la dichosa bolsa sacó el as en la manga. Tal vez pretendía hacerme morder el polvo con ese último recurso. Cuando lo veía todo perdido explicó el encuentro entre su hijo y yo y como yo le había roto el jersey al gordito. Cuando iba a sacarlo de su bolsa la jueza ni le dejó: “Si su hijo quiere denunciar una agresión debería haber venido él. Además… ¿Qué edad tiene? ¿Esa? Pues es mayor para defenderse” Pero mi vecino insistió en sacar un jersey que seguramente había roto él. Gesto inútil. Se le ordenó de mala manera que lo devolviera a su bolsa. Yo en cambio, cuando dije que llevaba cuatro años viviendo en mi piso y no uno y medio como aseguraba el desmemoriado vecino lo demostré con el empadronamiento. El tipo a mi espalda tomó el papel como prueba y se lo entregó a la jueza que se lo pidió y que lo leyó frente a nosotros casi acariciando el papel mientras me decía ”No se preocupe, se lo devolveré enseguida”. ¡En ningún momento lo había puesto en duda!

Mi vecino alegó que yo le había llamado una palabra muy poco común(según la cédula “hijo de puta”). La jueza le respondió que a ella sí le parecía bastante común. Una chica con bastante sentido del humor.

El vecino siguió y siguió con sus estupideces y su levantar la voz y su interrumpir a la jueza. Nada. Ella adelantó su veredicto que decía algo así como “el acusado por su apostura y por el modo en que se ha expresado en esta sala es inocente por lo que queda absuelto de los cargos ¿Quiere apelar? ”. El vecino decía que no entendía de apelaciones ni nada pero tal vez sí sabía que una apelación sería sangrante y que tal vez tendría que contratar un abogado y perder un juicio de una manera más salvaje si cabe. No apeló. Yo evidentemente menos. La lucha había sido tan fácil que daba vergüenza celebrar una victoria.

De todos modos nos fuimos a una cafetería que nos gustaba mucho a Nérida y a mí a reírnos a cuenta del vecino. Por primera vez mordía el polvo en mucho tiempo. Había salido con el rostro desencajado a decir de mi mujercita que lo vió pasar en su derrota. Tal vez pensaba que la ley era así de ciega. Tú dices que tu vecino te quiere matar y ganas un juicio sin prueba alguna. ¡Imbécil! ¿No sabe lo de tu palabra contra la mía? ¿No sabe que en el ajedrez judicial eso son tablas? No. Y lo que tampoco sabe es que ni siquiera son tablas si yo lo decido así. Si yo le denunciase cuando me llegue el veredicto por correo por injurias… Ganaría. O podría ganar.

Por primera vez en mucho tiempo han dejado de importarme sus ruiditos encima de mi cabeza. O por lo menos no me resultan deprimentes. Cada molestia que me causa va en perjuicio suyo. Y él debió intuirlo los primeros días. Estuvo casi un mes trabajando a cámara lenta. Casi cuidadoso. La contaminación sonora se redujo mucho. El perro estaba apaleado y triste. Pero claro, ya lo dije yo al salir del juicio y días después: “esta cabra tirará a su monte”. No me equivocaba mucho. Vuelve a animarse y a trabajar con tranquilidad. Pero ya no le voy a gritar más desde mi piso.

Prefiero que le grite una jueza que tal vez entiende bien a los que sufren molestias por culpa de los vecinos. Al menos esa fue mi impresión.

11 julio 2007

Mein Kampf(II de III)

Segundo acto: la tristeza de los juzgados

Primero unos “mossos” me habían pedido los datos por teléfono(procedimiento extraño dónde los haya). Cualquier tarado te llama a casa haciéndose pasar por policía, le das tus datos y ya has conseguido un hacker a domicilio o una avalancha de publicidad en tu buzón. Y hablando del buzón, lo segundo llegó dos meses más tarde o así. Era el aviso para recoger a las diez del día siguiente de la entrega de dicho aviso una cédula judicial. En realidad cuando te mandan esos avisos no sabes muy bien de qué van. Se te cita para que vayas en breve al juzgado de instrucción y se te aconseja no faltar o tendrás una serie de sanciones terribles. Esa prosa de los juzgados es muy efectiva para asustar a los inocentes. Los delincuentes no deben ni leerlas pero el ciudadano de a pie… Ese es otra cosa.

Al día siguiente me presenté en los juzgados. Frente a mí estaba el vecino que ni me miraba. Todo muy educado y civilizado. Yo el acusado y él el acusador allí como si nada. Estábamos en una sala amplia y austera, más bien deprimente. Unos bancos de madera rayada, una luz de fluorescente débil, siniestra, parpadeante y sorprendida ante su futura jubilación… La justicia necesita una mejor instalación eléctrica si quiere esclarecer mejor los hechos. Unas gentes en su mayoría silenciosas. Había una buena dosis de inmigrantes, claro. A estos nuestro país les explica muy bien las leyes en los juzgados y a manotazos. No hay mejor pedagogía que la de la experiencia, que diría Rousseau. También había extrañas singularidades o gente fuera de lugar como mi propio vecino, como un señor muy simpático que se me sentó al lado junto a su hijo(y que algo nervioso me aseguraba que no sabía por qué les habían citado allí) o yo. El señor y el hijo cogieron sus cédulas cuando les llamaron para entrar en otra sala y al salir de allí se fueron sin decir adiós. No hacían cara de que fueran buenas noticias lo que recibían. Algún vecino les habría denunciado. Les vi leer con congoja el papel que les acusaba y les citaba para otro día camino del ascensor. Incrédulos como el personaje de "El Proceso" o Woody Allen en "Sombras y nieblas", parodia de lo mismo y de otra película de Orson Wells del mismo nombre e intención.

Después, otro tipo más patibulario y curtido se me puso al lado. Debía tener unos treinta y tantos mal llevados y sobre todo muy mal cicatrizados a la altura del rostro. El tipo estaba cómodo allí. Se sentía como pez en el agua. Me explicó algunas destrezas del oficio de ser un acusado más algunas íntimas confesiones sobre su vida de gato de callejón: “niégalo todo” “a veces no sabes de qué te acusan porque al juzgado vienes vendido pero ahora te lo dirán en la cédula y podrás prepararte para lo que tenga que venir” “yo estoy aquí por culpa de la zorra de mi mujer que siempre me jode por el tema de nuestro divorcio y que quiere que le pase no se qué pollas de dinero para el niño pero ya me ha dicho el abogado que…” “de estos juicios he tenido muchos, no son nada pero te joden la mañana. Yo porque estoy parado pero claro… ¿Y si trabajase?”

Vi como llamaban a mi vecino y entraba en la sala anexa. Salía con un papel y se perdía en el ascensor sin mirar atrás. Como todos. Luego me llamaron a mí. Me disculpé a mi posible futuro compañero de celda y entré en una especie de oficinas que a su vez daban a la sala de juicios pero en esta no llegué a entrar. Hoy sólo me entregaban la citación para otro día meses más tarde. Un joven que no parecía estar muy contento con su trabajo o conmigo me hizo firmar la entrega de la cédula(como si de un vulgar repartidor se tratase y tal vez por eso estaba cabreado)y salí, me despedí del patibulario y terminé cabreándome yo también en el ascensor mientras leía la ristra de mentiras que mi vecino me había dedicado. Meses más tarde tendría que negar mucho. El noventa y cinco por ciento de lo que allí había escrito era pura novela de ficción. El cinco por ciento que se adaptaba a la realidad era pura casualidad y de poca relevancia.

No acertaba ni cuando decía que llevo viviendo un año en mi piso. La batalla, ya lo dije, cumplirá pronto los cuatro años. Mi vecino decía que me molestaba la escoba o el sillón al moverse o la grapadora al grapar papeles. Sí, hombre, y ya puestos podía haber añadido los pedos que se tira. No tengo el oído de superman. Sólo soy sensible al estruendo.

Decía que en un encuentro fortuito y casual entre su hijo y yo en la portería tres meses atrás(nuestro encuentro real fue un año y medio antes) había sido un asalto por mi parte. Que me había lanzado contra el gordo y le había roto el jersey. Claro, con mi fuerza descomunal había manejado a mi antojo al mastodonte. Todo muy creíble. Para él. Porque lo que es yo…

Que les había amenazado de muerte a él y a su hijo… Y claro, él tenía tanto miedo que en el juzgado poco le faltó para sentarse a mi lado y comentar la jugada: “Vecino, esta vez te he ganado yo la batalla ¿Eh? Lo de esta denuncia ha sido un toque magistral por mi parte. Antes de que denuncies tú me he adelantado yo. Si me dices cual será tu siguiente paso te dejo ventaja con esta mano”.

En fin. Comenté este asunto con mi mujer, con Ozymandias y casi nadie más. Ni siquiera iba a contratar un abogado aunque alguno consultaría mi mujer más adelante. Iba a ser mi propio Perry Mason. Me defendería solo y ante el peligro. Tenía tres meses para prepararlo. Y sobre todo, tres meses para no sucumbir a la idea de convertirme en un asesino y matar de verdad al maldito embustero de arriba…

03 julio 2007

Mein Kampf (I de III)

“- ¿Cuál es la primera ley de la termodinámica?- dijo Tom-. No se puede transferir calor de algo frío a algo caliente. Jamás he recibido muestras de calidez de mis vecinos, así que supongo que es cierto”

Jeannette Winterson “Newton”

Dramatis personae

Yo

Él

Mi mujer

Su mujer

El más gordo de sus hijos

Policías

Juezas

Primer acto: Se presentan los personajes y la situación. ¡Hola, buenas!

La guerra va a cumplir años. Cuatro en Septiembre. La “guerra” entonces es como una criatura recientemente escolarizada: le queda mucha vida por delante y además es imbécil. Casi cuatro son los años que estoy enfrentado a mi mayor enemigo. Y es mayor porque ya tiene una edad. También porque es el único enemigo que tengo así que también es el menor.

Jubilado hace unos pocos años de la SEAT. Cabello cano. Mandíbula simiesca. Gafas de pasta y grandes, que se vea que no se adapta a los buenos tiempos ni entiende una puta mierda de lo que ocurre más allá de sus cuatro paredes. Barriga gruesa que intenta enfajar con el cinturón apretado por encima del ombligo(otra característica de los hombres de edad es que parecen acortar el tronco y suben la cintura del pantalón hasta un palmo del cuello). Calcetines y tobillos muy a la vista. Aspecto general de chiste. Otra cosa son sus actos. Esos más bien los acercan a la tragedia(para mí) o como apuntaba más arriba, al cine bélico.

Durante ese tiempo hemos vivido una guerra fría. Yo le pedía que dejase de hacer ruido y él seguía haciendo el mismo ruido o más. ¿Cómo va a dejarlo? Vive de ese ruido. Es el que causa su trabajo. ¿Qué trabajo? No lo sé. Lo deduzco. Trae y lleva hierros que le he visto introducir en el maletero de su coche. Husmea entre contenedores(según ha visto mi mujer) y saca hierros de allí. Oigo rugidos de máquinas que se arrastran, golpes de varillas de metal y piezas que caen al suelo, de ruidos sistemáticos y con tiempos predecibles que demuestran una labor mecánica y no aleatoria sobre mi cabeza y sobre el comedor dónde deseo ver películas o tomarme un te o cascármela un rato. ¿Su respuesta a todo esto? Que él no trabaja y que todo es producto ilusorio de mi locura. Pero hay testigos que han oído lo mismo que yo además de mi mujer. Hay vecinos que saben y han cotilleado que trabaja. Le he oído hablar de trabajo desde el rellano de abajo con un tipo que debía suministrarle materiales o faenas. Le he visto con cajas de una compañía de telefonía en cantidades industriales. Tras todas esas evidencias entiendo que no sólo no estoy loco sino que además él puede estar mintiendo.

Una vez vino su hijo a pedirme que no les molestase más con mis gritos de “basta ya” y todo eso y discutimos y peleamos y siguieron con la misma historia pero eso sí, durante un tiempo, un poco más leve. También le envié a la guardia urbana y conseguí otra prorroga. Porque la coreografía de nuestra batalla es así. Un aviso por mi parte(policía, discusión o lo que sea) produce unas semanas de relativa tranquilidad y su cese de hostilidades acústicas(más que cese, bajada prudencial de unos decibelios, movimientos más suaves y pausados por su parte). Después, regreso a la fiesta de sonidos progresivos y enervantes. El jubilado se gana un sobresueldo de obrero activo haciendo industria desde el salón de casa. Es terco. No lo va a dejar. Por más que le digo que es ilegal. O se lo dije. Actualmente no hay diálogo entre nosotros. La guerra es más fría que nunca. Y eso que nunca ha sido demasiado caliente salvo cuando me cayó el bomba atómica y gorda de su hijo.

Estas pasadas navidades, en un momento especialmente desagradable de su historial sonoro(un ruido como de grapadora que hacia retumbar mi techo cada treinta y siete segundos exactos) le abordé por la calle. Le avisé muy indignado que le denunciaría. Que no pensaba soportar más esa situación. Él se indigno más. Primero dijo que yo me había obsesionado. Luego dijo que le había puesto unas gomas a sus artilugios para que no hicieran tanto ruido(se contradijo claramente porque con eso admitía trabajar). No hubo acuerdo.

La edad hace eso con el cerebro de algunos hombres. Parece que las neuronas se encallan, quedan como varadas o a la deriva y sin horizonte. Si esos hombres han tenido un trabajo mecánico toda su vida no les ayuda mucho. Si esos hombres han tenido ese trabajo mecánico es porque tal vez nunca han tenido inteligencia para desarrollar algo más. Si en la jubilación, lejos de crecer como persona siguen asesinando la versatilidad con el mismo trabajo rutinario… ¿Qué ocurre con su cerebro? La televisión, según se demostró en un estudio no hace mucho tiempo, produce cierto grado de estulticia si se observa demasiadas horas al día. Este hombre vive entre dicho artefacto, la mecánica de sus “gadgets”, los gritos de su mujer, el vago de su hijo que sólo se levantó una vez de la cama para discutir y pelear conmigo y luego regresó para no levantarse más(cada mañana oigo gritar al padre con el inevitable “Javier, levántate y busca un trabajo”). Este hombre, el padre, no debe haber tenido una escolarización adecuada. En realidad no debe haber estado escolarizado nunca. O de poco le sirvió.

Sé que no podía esperar mucho de él. Sabía que la vía diplomática sería inocua y la vía beligerante no solucionaría nada. Entonces… ¿Por qué me sorprendió la citación judicial en la que se me acusaba de haberle amenazado?

Continuará…