30 agosto 2007

Misogínia pasajera(creo)

http://www.egrupos.net/albumPhoto/877334/photo_59.jpg

Las diferencias entre hombres y mujeres aparecen dónde menos lo esperas. Incluso en la cola de un cine. El día del estreno de un bombazo. Todos tenemos prisa por entrar. Todas no parecen tener prisa por nada. Ellas nunca van solas. Aparecen las mujeres con sus compañeros sexuales o con sus compañeros no sexuales que desean serlo. O con sus amigas, o con sus abuelas y sus tías. Los hombres tienen menos problemas y acuden más solitarios que solitarias. Probablemente ellos van a ver una película y ellas van a compartirla. Ellos llevan el dinero en la mano. Veo que los tres machos frente a mí llevan seis con veinte. Es el importe exacto. Yo miro mis manos y también lo tengo preparado. Ellas deben llevar el dinero metido en el monedero al fondo de un bolso cargado con cien mil artilugios de belleza, el móvil, las gafas, las compresas… Hablan animadamente y no piensan en buscar el dinero hasta que llegan a la taquilla. Una vez allí buscan y rebuscan el dinero, hacen perder tiempo a la taquillera, a la cola, a sí mismas. Pero claro, primero había que hablar de la cirugía de Pepita que le ha quedado fatal y lo de prepararse para pagar era irrelevante. Algunas de ellas preguntan si hay descuento por ser madre de familia, por haberse comprado un consolador caro o porque las acaba de abandonar el marido. Si les dicen que no comienzan una discusión hasta que consiguen el descuento. Ellos preguntan que si hay descuento por ser el día del espectador y si les dicen que no ni pierden el tiempo en preguntar por qué. Simplemente quieren entrar en el cine y no perder tiempo discutiendo. Ni siquiera cuando tienen razón. A veces ellas deciden si hay que comprar entradas para una cuarta persona que no se sabe si vendrá cuando están delante de la taquillera. Luego, después de tres horas de ruegos y preguntas entre ellas deciden que se la compre la ausente si quiere, cuando venga. Ellos han decidido cuantos vendrán, quienes serán, quién pagará qué y en qué momento aparecerá (probablemente ninguno llegue tarde a la cita y no haya que esperar a nadie) horas, semanas y hasta meses antes de que lleguen a esa cola.

En la sala de cine ellos se sentarán en su sitio si las entradas son numeradas. Sabrán si lo es o no mirando en la entrada. Puede que lo pregunten en taquilla o lo hayan leído en el periódico. Ellas pueden estar en la cola junto a una persona que grita desesperada “¡Dios, son entradas numeradas, mi vida no tiene sentido con entradas numeradas en los cines!”, no oírla, llegar a taquilla y preguntarles la taquillera qué sitio prefieren porque las entradas son numeradas, haber visitado cientos de veces ese cine dónde siempre han sido numeradas y después de eso llegar a la sala y sentarse dónde les de la gana. Después puede venir el acomodador, decirles que el sitio está ocupado y ellas indignadas son capaces de asegurar muy convencidas: ¡Deberían avisar que estaban numeradas!

También puede ocurrir que lleguen tarde cuando no son numeradas y pronto cuando son numeradas(pero esto último es casi utópico).

Ellos entran apresurados a la sala para estar sentados tres horas antes de la película o por lo menos un cuarto de hora. Ellas pueden llegar media hora tarde y todavía pedirle a su compañero que las espere porque quieren palomitas y el cine no es cine sin palomitas. En la sala es posible que ellos no se muevan ni medio centímetro de dónde se han sentado. Ellas pueden moverse por todas y cada una de las mil butacas y no sentirse cómodas en ninguna. Al llegar a la elegida se pueden reír y mirar a su compañero que las mira con los ojos desorbitados y la tensión tan alta que les aparece un señor muriendo con un rayo en un cartel en el pecho y soltarles con humor: "¡Vaya, qué bien se ve desde aquí, en la primera butaca en la que nos habíamos sentado!"

Ellos y ellas pueden ser así en el cine y fuera de él. Hay personas excepcionales de ambos sexos que se escapan de algunos de mis ejemplos cuando no de todos pero yo, después de asistir al último estreno de cine importante y de haber observado mi entorno una vez más, sufro mi crisis pasajera de misoginia. Tengo que leer el libro ese de las mujeres son de Venus y los hombres de Marte. Pero claro, a los hombres nos gusta poco la autoayuda y esos libros son tan aburridos... Buscaré alguna mujer para que me lo cuente. Alguna que no lea mis posts, claro.

07 agosto 2007

¿Más imbécil en verano?







Hace algunos días se le salían los ojos de las órbitas cuando pasaba una chica por delante. Le tasaba el culo, su parte de la anatomía femenina predilecta. Si yo, medio en broma, le decía que estaba por mi labor y no por tasar traseros en esos instantes él me golpeaba en la espalda con una palmada cariñosa aunque algo basta y me decía indignado: “¿Cómo es posible que digas que te deja frío? Ese culo te la ha puesto tan dura a ti como a mí. ¿Te estás cachondeando o qué?” Bueno, sí, lo cierto es que me estaba cachondeando. Siempre lo hago cuando él está cerca. Es difícil tomarle en serio. Hace poco adopté un comportamiento opuesto. Mientras trabajaba confesé que cierta chica que pasaba por allí me “había puesto” o que me quería liar con cierta compañera del trabajo con la que previamente he pactado ese romance falso(para que si me ve con ella me deje en paz y no venga a charlar conmigo). Y entonces va el tío y me dice lo contrario de lo que hasta hace poco parecía su filosofía: “¡Estás salido! El verano te ha afectado. Eso es que no follas lo suficiente. ¿Tú me has visto a mí alguna vez salido? Lo dudo” Lo cierto es que sí. Siempre que hay mujeres cerca. Lástima que a ellas no les ocurra lo mismo con su presencia. Es un poco dramático si se piensa bien. En “Ampliación del campo de batalla” de Houellebecq hay un personaje que parece él. Siempre intentando ligar, siempre virgen a pesar de sus esfuerzos. Desesperado por acceder a la para él utópica vagina. Infatigable en sus esfuerzos hasta que se revienta el cuerpo y los sueños en un accidente de tráfico. Heroico en sus miserias. A este tipo del que hablo le ocurre como a Bruno, ese personaje no tan ficticio de Houellebecq. Una noche me explicó desconsolado su fracasada carrera como play boy. Maltratado por los matones en el colegio y objeto de risas por parte de las jóvenes golfas de la enseñanza mínima obligatoria. Decenas de amores inalcanzables pasaron frente a sus narices sin posibilidad de roce. A esos fracasos del pasado se suma la humillación de cierto oscuro episodio en un gimnasio dónde fue expulsado por intentar acceder ocularmente a los culos que tanto le gustaban. ¿Pillado en el acto de masturbarse mientras las chicas se duchaban y hablaban de sus cosas y del habitual listado de chicos que no le incluían a él? Tal vez. Una carrera fallida en el fútbol por culpa de sus suspensos y de su padre le hicieron entrenador digno de motes y comentarios jocosos varios por parte de los pequeños e indeseables adolescentes que estaban a su cargo. Un paso por la formación profesional le reafirmó en su pesimista filosofía sobre la humanidad. Los compañeros no usaban con él el compañerismo. ¿Amigos? Pocos. Apenas uno y lejano en Madrid. Si viviera cerca de él, en Barcelona, tal vez ya le hubiese defraudado.

Y luego el trabajo. Ascender en el mundo del cine. De acomodador a operador y de allí a encargado no oficial. Todo eso gracias al poder de su capacidad laboral. Allí dónde no le llegaba la astucia le llegaba la facilidad para hacer lo que le pidieran. Trabajar en días de fiesta, cambiar bombillas y otros menesteres propios de mantenimiento y de otros contratos diferentes a los suyos, no quejarse nunca de ser el comodín para los encargados y estar siempre que los demás no querían estar y le querían dejar a él… En fin, todos esos sacrificios que sólo puede hacer una persona que no pierde el tiempo follando ni buscando un lugar dónde estar con la novia en la intimidad. Y durante todos esos años le creció la misantropía, la misoginia, la animadversión hacia todos. Ha estudiado a todo el mundo. Sabe todo sobre las relaciones entre hombres y mujeres.


Hace casi dos años que no puedo escapar de sus tonterías. Tengo que escucharle por educación o por no tenerla pero todo eso agota. ¿Quién puede soportar la monotonía de una obsesión durante horas? Aparte de mí, claro.

Sé que su caso es de llanto más que de risa. Pero tener un plasta en el trabajo es lo peor que hay. Sobre todo si ese plasta ha sido nombrado encargado(aunque no cobre como tal y solo sea un “machaca”) y está por encima de ti en el escalafón de poderes y no puedes mandarle de viaje a la mierda sin crear graves conflictos democráticos.

Pero este tío es la gota que hace rebosar todos los vasos de la paciencia. Interrumpe conversaciones para introducir su última estupidez, acosa de palabra o de acto a cualquier mujer que tenga cerca(pero tan sutilmente que más les provoca el deseo de reírse que el de ir a denunciarle), te explica curiosidades que tú le explicaste ayer como si fueran suyas, te da órdenes estúpidas o que son tan obvias que te sientes insultado, te sigue detrás porque no puede estarse quieto, hace de encargado autoritario cuando tiene que pedir algo que le interesa y dice que él no puede ayudarte cuando se trata de dar una solución al problema de un empleado(que lo solucione el verdadero encargado cuando vuelva), se pone de ejemplo cuando te quejas de que no te gusta hacer horas gratis(pues yo estoy dónde estoy gracias a que no me quejé…), emplea el lenguaje corporal de un chulo barato… Pero lo peor ya está formulado. Se lo perdono todo menos la pesadez. No puedo gastar tantas horas de mi vida escuchándole. ¿Alguien puede? Es embrutecedor.

Tal vez haya una mujer en el mundo para él. Es seguro que no quiero conocerla. Pero está bien que entre ellos se conocieran. Que no pudieran vivir el uno sin el otro.

Él piensa que en el mundo todo es atracción física. Por eso explica que las mujeres no quieran hacer alguna visita regular, ni siquiera turística hasta su polla. Y puede que haya algo de cierto en mitad de todas sus estupideces. Pero lo que es totalmente falso es que no ligue por culpa de su físico. No puede entender que la gran barrera es su personalidad. Las enfermedades mentales son muy poco eróticas.

Este verano, de todos modos, ha conseguido los primeros besos que no polvos de su biografía. Ha empezado a sentirse bien. Y cuando él se siente eufórico y con ganas de hablar ya podemos echarnos a temblar los demás. Este verano en que el calor ha llegado tarde me sofoca más que otros. Este año estoy trabajando muy cerca de mi tercer encargado no oficial. Y casi no puedo hablar porque todo lo llena su monólogo. A veces me mira y me pregunta: “¿Y tú que piensas?” Y antes de que le diga nada sigue hablando para no escuchar lo que le diga.

Es por eso que mejor lo escribo.