29 noviembre 2007

Todo por un beso


Hace poco disfrutábamos en mi empresa gracias a una nueva muestra del talento de nuestro tercer encargado. El tío no tuvo una idea mejor que darle a una chica de taquilla un papel escrito por él para que lo leyera delante suyo y de una palomitera. Usó la trillada excusa de “esto lo ha escrito un amigo que tiene la misma edad que yo y se parece mucho a mí pero no soy yo”. Nadie pensó que ese amigo fuera otro que él mismo, por supuesto. Puede que más adelante inmortalice ese catálogo de emociones desbordadas y faltas de ortografía a nivel de P-3 en este blog. De momento el documento permanece en las manos de otro compañero al que se lo presté. De todos modos algunas de sus ideas han quedado flotando en mi mente. Nunca en mis emociones se ha mezclado tan bien la diversión con la pena. Hay una cierta culpabilidad en todos nosotros cuando nos reímos de lo que dice. Y es que lo que dice, si se siente, debe ser muy duro.

El tipo en cuestión, ya retratado sin clemencia por mi parte en el post “¿Más imbécil en verano?” tiene veintiséis o veintisiete años. Nunca ha follado. Sólo ha conseguido un par de besos este verano. Con dos rolletes sin segunda parte ni un triste “nos podemos ver mañana y ya follamos si se tercia”. Dos encuentros furtivos en la noche entre desconocidos. Aquí podríamos escuchar a Sinatra cantando “strangers in the night” y cosas tan increíbles como “lovers at first sight, in love forever”. Ja,ja. Si, para siempre. Eso si el “para siempre” significa unas cuantas horas hasta que os despidáis y quedéis irremediablemente separados por el transporte público. Imagino a mi tercer encargado emocionado por ese “carpe diem” tan efímero y creyendo en una relación posterior que no llegaría nunca. O tal vez me equivoque. Tal vez ni siquiera haya conseguido engañarse con eso.

En el papel escrito por él y leído por la empleada en una escena que a mí se me antoja surrealista, mi encargado hablaba y destacaba su teoría sobre el beso. Algo copiado a medias de un anuncio de televisión y a medias surgido de cualquiera de sus libros de autoayuda. Todo remezclado y pasado por el filtro de su mente infantil. En ese escrito decía que el beso detenía el tiempo. Venía a significar que él en un beso era un ser completo y realizado. Que no podía haber nada más importante en el mundo que ese beso a la persona amada(o en su defecto a la persona que te ha permitido darle el pico en una discoteca porque la borrachera, la escasa iluminación y la música estruendosa la tienen un poco aturdida). Para mi encargado el beso era la felicidad. Más que su bonito coche, su bonito trabajo con su no menos bonita nómina… ¡Maldición! Si fuese de otra manera más de uno de nosotros suscribiría sus palabras. Todos nos hemos sentido alguna vez como este imbécil. En lo bueno y en lo malo. Y no se equivoca con lo del beso. Según recientes investigaciones el beso se utiliza para conocer mejor a la pareja. En la saliva hay información que las mujeres utilizan para reconocer el estado de salud del macho y la posibilidad de engendrar un cachorro saludable, etc, etc… El estudio estaba limitado por la escasa edad de los que participaron en él pero también asegura que muchas mujeres han decidido que no querían nada con alguien después de un beso(lo peor es que no lo quisieran antes del beso). Es por esto que en cualquier relación un hombre debe intentar primero que le practiquen felaciones. Por lo menos, si algo le falla en la saliva, nadie le va a quitar lo bailado. O lo corrido. ¡Lástima que el estudio también asegura que las mujeres no se van a la cama si no han besado antes! Al parecer lo tienen todo muy controlado y están muy bien organizadas.

Pero volviendo al “pájaro” del que hablo y su carta llena de momentos de belleza y lirismo, también se lamenta de que muchos hombres tienen todas las tías que quieren y los desprecia porque no aprecian como lo haría él esos coñitos tan entregados. Estoy seguro de que algunos de esos hombres podrían abofetearle a él por no apreciar su bonito coche y su bonito trabajo y su bonita nómina. Es como ese dicho, “Dios le da comida a quién no tiene dientes”. Y todos cometemos el error de no apreciar lo que tenemos. Ahora que nos hemos quedado sin RENFE durante un mes muchos recordamos con envidia de nosotros mismos la época en que la línea funcionaba semicorrectamente.

No sé qué funciona mal en este tipo, en mi encargado. Supongo que le pierde mucho tener la mentalidad de un niño de siete años que además no fuera demasiado inteligente. Pero sus peticiones son legítimas y perfectamente razonables. Un beso con continuidad le daría una relación estable, la relación le permitiría follar para que pudiéramos leer sus escritos y teorías sobre el sexo(si un beso le detiene el tiempo, un polvo le puede detener el corazón), el trato continuado con una mujer tal vez le diera algo de la madurez que necesita(la justa para que no nos riamos antes de que abra la boca), dejaría de acosar a las pacientes empleadas del cine dónde trabajamos y evitaría problemas con la justicia si las pacientes empleadas se volvieran impacientes… Todo eso podría ocurrir con la magia de un beso.

¡Pobre y perturbado tercer encargado! La gente pidiendo derechos humanos para todo el mundo y él, en mitad de una sociedad avanzada y con una economía aceptable no tiene algo tan básico como el contacto de su boca con otra boca cálida, húmeda, acogedora. Ahora sé por qué no se va de putas. Estas solo follan pero no besan.

22 noviembre 2007

Mi móvil no para de moverse


A esta se le perdieron las bragas y el señor Francisco se las encontró



Cuando comprendí que había perdido el móvil pensé que era justicia poética así que no le di demasiada importancia. Ese móvil me lo había encontrado yo y no había hecho nada por devolverlo a su dueño. Razonable era que ahora no me lo devolvieran a mí. Ni siquiera hice un Rewind sobre mis pasos para llegar hasta el servicio de la Fnac dónde estuve consultando mensajes por última vez mientras dirigía la chorra hacia el lugar adecuado. No sé. Supongo que la “segurata” de los servicios me había puesto nervioso al decirme de mala manera “caballero, ese libro que lleva debe ser suyo porque aquí, en los servicios, no se permite entrar con libros del centro comercial”. Naturalmente que era mío. Pero su tono de voz más que el mensaje me debió poner nervioso e influir para apoyar el móvil sobre el receptáculo del papel higiénico y posteriormente dejarlo allí abandonado. Cuando ya estaba en plaza Cataluña(dónde me esperaba un amigo con el que había quedado para comer) supe que no tenía móvil. No le di demasiada importancia, ya lo he comentado. Hay gente que se desespera y hasta llora cuando sabe que con el móvil se le va una agenda de contactos irreemplazable. Yo ni eso. La mayoría de mis contactos son gente con la que suelo hablar en persona y a la que puedo pedirles de nuevo el número del móvil. Si hay gente a la que hace años que no llamo es posible que haga años que pueda prescindir de ella. Y afortunadamente tengo el correo e internet para avisar a los imprescindibles. En ocasiones incluso la dirección de su casa. También puedo pedirle prestada la agenda a Nérida(comparto contactos con mi amor). En fin, que estaba tan contento como unas castañuelas y me fui con mi amigo y con un tercero que se nos unió luego al japonés de siempre. Nada de regresar a la Fnac. Ya sabía yo que ese móvil conseguido mediante el pecado se me iba a ir mediante el castigo redentor. ¡Mierda de culpa judeocristiana! Es que ni diciendo que eres ateo engañas al subconsciente.

Me molestaba algo no estar atento a los posibles mensajes de alguna fémina que quisiera apoyar su cabeza en mi hombro o dejarme que yo le apoyase otra cosa(que por cierto, parecería redundancia o aliteración si la juntase con el verbo apoyar) en su feminidad más íntima. Pero no importaba. Ayer estaba de fiesta y me pareció un acto de liberación no llevar móvil encima. Recuerdo un libro dónde Houellebecq cuenta que en un parón en Francia de las actividades habituales(por un apagón o detención del transporte urbano o algo así) la gente se sintió como liberada. A veces, la civilización en la que vivimos y que tanto tememos perder no es precisamente nuestra fuente de alegría. Parecemos esclavos felices de algo que en realidad no está hecho para nuestro disfrute precisamente. Yo sin mi móvil era libre. Ya no tenía que responder ante nadie. “¿Por qué no me llamas?” podrían inquirir mis familiares, amigos y amantes. “Porque no tengo móvil, lo perdí” podría responderles con total sinceridad a todos ellos-as.

Ese estimulante regreso al siglo XX no impidió que me comprase uno que me gustó la misma tarde en la Fnac dónde había perdido el otro. El móvil abandonado era tímido y apenas se escuchaba cuando sonaba. Necesitaba cambiarlo(aunque también variase notoriamente mi cuenta corriente). Y lo hice.

Ya en casa y con mis compras en la mano mi amada decidió llamar al viejo móvil. Por ver qué pasaba y eso. Pero no hizo falta. Yo estaba consultando mi correo electrónico cuando el asunto de un mensaje enviado por cierto amigo con el que guionicé algunos cortos para internet todavía inéditos, decía así: “Sé dónde está tu móvil”.

Durante décimas de segundo creí en los poderes paranormales de mi amigo. Yo estoy hablando con mi compañera de un móvil extraviado y de pronto aparece un amigo en el correo hablándome de este móvil. Su mensaje, con el que estuve riéndome un buen rato, explica perfectamente el periplo que siguió el aparato desde que se quedó apoyado en el receptáculo del papel higiénico hasta ese momento, unas seis horas más tarde de los hechos. Lo reproduzco sin alterar nada para respetar su estilo:

Hola, H.. Te estarás preguntando cómo puedo saber que has perdido el móvil.
Esta tarde mientras estoy en el trabajo me suena el móvil y pienso: “no lo voy a coger”. Pero la insistencia y mis ganas de ver quien es me hacen mirar y veo que sale en la pantalla tu nombre. Al descolgar escucho una voz de misionero arrepentido. Al principio pensé que era una broma y que me vacilabas pero cuando me insistías tanto con “¿Usted ha perdido un móvil?” y yo te respondía “no, no ve que le estoy hablando desde uno”, y el tío vuelve a insistir “¿pero usted no sabrá de alguien que necesite un móvil?” en ese momento pensé en mi tío Mariano y en la población de Mongolia, supongo que algún mongol necesitara alguno, y con el mongol que estaba hablando por lo que me contaba, le sobraba uno. De repente se me encendió la bombilla de las pocas que no debo de tener fundidas y me imaginé que el móvil lo habías perdido tu. A partir de ese momento supe que el mongol eras tu.
Tu móvil lo tiene un portero que trabaja en La Ronda San Pedro 39 y se lo ha encontrado hoy en el centro, su horario es de 9 a 13 y por la tarde de 16 a 19, pásate si puedes. Mejor por la mañana. He quedado en que te pasarías. El portero se llama Francisco y creo que puede ser el comienzo de una hermosa amistad. Dúchate, cámbiate de muda y llévate un bote de vaselina. Es broma. Es buen tío. Le he dicho que tu te llamas H..

Un abrazo y nos mantenemos en contacto”

Ja,ja,ja. Brillante. Esta mañana mi Nérida ha ido hasta Barcelona para que yo no me molestase demasiado ni se me resintieran los huevos con tanto movimiento innecesario en mi día festivo. O puede que temiera que el conserje en cuestión quisiera algo más que intercambiar telefonía conmigo como pensaba mi amigo. El caso es que se trataba de un tío muy agradable que ya dice tener un largo currículum de cosas encontradas y devueltas(una cartera con dinero, otros móviles y cosas así) y que debió entrar justo después de mí en el servicio de la Fnac. Este ángel de los idiotas y despistados me recuerda que hace unos ocho años perdí otro móvil y otra persona trató de comunicarse con los contactos del aparato y me lo acabó devolviendo también. Mi teoría sobre el destino y todo eso no era cierta al fin y al cabo. Yo soy un cabrón que no devuelve ni los buenos días. Pero a mí me han devuelto los dos móviles que he perdido. El mundo es injusto.

¿O ya es suficiente castigo haber tenido que comprar un nuevo móvil que desde luego necesitaba? No lo sé. Tal vez sí he aprendido algo.

A partir de ahora devolveré lo que me encuentre. Y si no, no pasa nada. Os lo puede haber encontrado el señor Francisco, conserje y filántropo a tiempo completo de una finca en la ronda San Pedro.


14 noviembre 2007

El tamaño de mis posesiones


A esta también le gusta mucho leer



Mi biblioteca es enorme porque está viva. No me preocupa tanto lo que ocupa como lo que puede llegar a ocupar. Su crecimiento, además, es exponencial. Con los años compro más, me interesan más tebeos, libros y revistas que hace años. Creo que trabajo para la letra impresa. Ya no sé si soy un lector o una publicación más de las que se acumulan y apiñan en mi habitación.

Hace poco decidí poner un poco de orden en ese jardín. Así que a podar(tirar aquello que nunca leeré otra vez porque fue un error leerlo una vez). También comprar una de esas cajas de plástico como tupperwares con ruedas de los chinos que aprovechan muy bien espacios desperdiciados como el vacío entre las cuatro patas de una cama, el espacio entre un armario y el techo… O quizás, aunque de momento Nérida no me deja, algunos otros rincones menos estéticos como bajo el armario del televisor(hay un tentador hueco ahí), el lavadero dónde hay cosas tan inútiles como una lavadora o un calentador de agua o colocarlas a la vista, en la habitación que según la leyenda pertenece a mi amigo Ozymandias(él dijo que le reservásemos un cuarto cuando compramos la casa, imagino que para emergencias como que le persiga la policía o se le hunda el piso o tenga los mismos problemas de espacio que yo). Esos tupperwares gigantes son deliciosos. Saben guardar herméticamente y con tapa muchos trastos. Los vi por primera vez en casa de mi hermana y yo, culo veo culo quiero, no he tardado en pensar el beneficio que me podrían reportar a mí. Puede que más adelante compre una cama más grande para ocultar más metros cuadrados de “literatura invisible”. Ahora duermen con Nérida y conmigo algunas colecciones recientemente leídas de comics DC, medio metro de la revista “Historia y vida” y otro medio metro de revistas de salud y autoayuda de ella, algunos libros en el purgatorio(no sé si acabarán en el contenedor o regresarán a la biblioteca y están a la espera de mi juicio final), casetes que ya no se usan desplazadas por las nuevas tecnologías, algunos muñecos pequeños que mi sobrina suele querer tragarse cuando viene a casa, colecciones de la biblioteca excelsior de Marvel…

Es agradable limpiar la habitación y ordenarla. En verano se suda más pero al final es como redimirte de algo. Psicológicamente es como un borrón y cuenta nueva por más que el leve mal de Diógenes te impide deshacerte de todo. Sigo acumulando cientos de papel de los que nunca querré deshacerme. Nunca sabes cuando te puede hacer falta. Pero de todos modos sientes que has hecho algo productivo. Y también que debería pensar más antes de comprar.

Cuando termino con esa limpieza me siento y pienso que me gustaría que el destino fuera real y tuviera poderes. Que ese destino hiciera desaparecer todo aquello que no volveré a visitar en el futuro. Que los libros y los tebeos y las revistas que nunca volveré a desear releer desaparecieran de la estantería.

Pero qué escalofriante sería descubrir que el destino te vaciase casi toda la biblioteca y sólo te dejase uno o dos comics.

05 noviembre 2007

Preguntas


Esta me puede preguntar lo que quiera.




Camino hacia el trabajo. Estoy en mitad del “subidón” que me produce una canción de IAMX, mi último descubrimiento musical. Y entonces, cuando paseo junto a una carretera el vehículo se detiene. Dentro hay una mujer de unos treinta y tantos con dos niños colocados e insonorizados en la parte de atrás. Ella baja la ventanilla de su lado para “sonorizarse” y me pregunta algo, probablemente por una calle de Castelldefels. Yo no quiero interrumpir el subidón musical, sé que no sabré la respuesta. Le digo mediante gestos sin quitarme los cascos ni escucharla que no soy de la zona. Pero ella gesticula a su vez para que me quite los cascos y la escuche. Me sorprende su reacción así que le hago caso y la escucho decir algo así como “pero prueba, a lo mejor sabes dónde esta”. Le pido que me repita la pregunta y lo hace. La escucho. No tengo ni la más remota idea. Es la primera vez que oigo hablar de esa calle. Teniendo en cuenta que sólo conozco el lugar dónde se ubica la estación de Castelldefels, su centro comercial y el nombre de su plaza si alguien lo menciona en voz alta(a lo que podría decir algo como “Sí, sí, esa plaza la conozco, me suena ese nombre”) las posibilidades de poder responder a esa pregunta eran mínimas. No necesitábamos llegar al extremo de reventar mis orgasmos musicales. Ahora, cuando regrese a la canción en la que estaba sumergido y en estado semionírico ya no será lo mismo. No podré escucharla desde el principio porque solo estoy a tres minutos de llegar al trabajo y el tema dura cuatro con cincuenta segundos y encima me ha cabreado lo que ha hecho esta mujer tan insistente. Además me hago más preguntas. Cuestiones que me amargan el resto del camino ya sin banda sonora que lo anime. ¿Por qué a mí? Entiendo que en mitad del Sahara, con una cantimplora casi vacía y un entorno de dunas de arena y un sol de justicia de los de diez mil grados a la sombra en un lugar dónde ni siquiera hay sombra esa señora me viese y desesperada tratase de sonsacarme a toda costa información sobre la dichosa calle. Entendería que me apuntase con un arma y ya en el suelo me obligase a buscar en mi pequeño cerebro la más mínima pista sobre la ubicación de la calle para escapar del desierto y dejar de estar perdida. Y yo, de manera socrática, buscaría a toda costa el conocimiento en mí. Lo que no entiendo es que en una calle abarrotada y con ejércitos de ejecutivos que salen de su trabajo, personas que pasean a sus perros, llevan al colegio a sus niños, van al trabajo sin escuchar MP3 o tal vez llevan una guía de Castelldefels bajo el brazo me tenga que tocar a mí hacer de Cicerone de la zona. Que se insista en que bueno, tal vez sepa lo que ya he dicho que no sé y luego, claro, he terminado por confirmar con cara de idiota que no sabía a ver si eso la convencía más de que soy un caso perdido. ¿Por qué a mí? Tal vez ha pensado que llevando gafas y según la teoría de Woody Allen, puedo ser más inteligente que el resto de la población por este hecho y si cerca de mí no había más gafotas no podía dejarme escapar a mí, el único que podía resolverle el problema. ¿Y si no es eso? ¿Y si quería follar conmigo? Pero luego está el hecho de que la calle está muy concurrida, de que lleva dos niños en los asientos traseros del coche, de que tal vez se ligue haciendo preguntas pero no obligando a responderlas ni mucho menos sacando de su mundo feliz de música en MP3 a nadie. En todo esto se me escapa algo. ¿El cerebro de una histérica? O tal vez sea otro el problema. Podría ser una autista que sólo me ha visto a mí, se ha centrado por unos segundos en mi persona y realmente no ha visto a nadie a su alrededor. La mente nos juega malas pasadas. No vemos lo que queremos, sólo lo que podemos. Ella tiene prisa por llegar a la dichosa calle y ante la desesperación del instante no acepta que alguien le diga que no tiene ni idea antes de que ella misma formule la pregunta. Y claro, luego está que las mujeres no aceptan un no por respuesta. Tal vez se trate del orgullo y de que se haya sentido ofendida cuando ni siquiera he querido escucharla y no he querido renunciar a mi música. ¿Habrá pensado que yo, como el resto de los hombres… miento? Eso la habrá jodido tanto que ha decidido a su vez joderme a mí y simplemente obligarme a mirarla a la cara y no tratarla como a un vendedor de mecheros urbano o a un limpiaparabrisas de semáforo. ¿Quién soy yo para hacerle un gesto de que me deje en paz? Eso le ha parecido inaceptable y le dado una puñalada en su ego femenino. Y después de todo, lo peor es que yo me he quedado así. Con una incógnita y una frustración. A ver si es que la gente no es cómo yo que antes de preguntar miro por todos y cada uno de los lados la respuesta por si acaso yo mismo la puedo resolver. A ver si es que la gente no piensa tanto y tan a menudo sobre todo ni le da la misma importancia a las cosas. ¡A ver si el raro soy yo!