22 diciembre 2008

El día que conocí a Houellebecq


En 2002 Michel Houellebecq publicó en Anagrama “Plataforma” y mi pareja llamó a la editorial para averiguar dónde harían la rueda de prensa. Yo admiraba tanto a Houellebecq que empezaba a dudar de mi orientación sexual (esto es irónico). Pero la admiración suele equivocarse bastante. Después de buscar durante un buen rato el Instituto Francés y perder el tiempo preguntándole a los barrenderos por la calle más inaccesible que nunca he conocido en Barcelona (ni ellos que la suelen recorrer y limpiar sabían decirme por dónde caía), llegué a mi objetivo. Cansado, sudoroso y algo mosqueado porque llegaba tarde me dispuse, como Dante en el “Paraíso”, a ver a mi objeto amado. Anoté después mis impresiones. Son estas:

“Yo me dirigí allí más calmado y al abrir la puerta sentí que todos se volvían a mirarme. Houellebecq dirigió una vaga y creo que molesta mirada hacia mí. Yo me sentí halagado por sentir sobre mí su atención aunque esta fuera despreciativa.

Estaba sentado entre el editor Jorge Herralde y la chica que le mutaba su francés en castellano. No reconocí al otro francés que se sentaba junto a Herralde pero debía ser alguien muy cercano al escritor, un amigo o un relaciones públicas o un agente o un parásito de su fama... ¡Y a mí que me importa!

Había muchos periodistas jóvenes e idiotas que por las preguntas no conocían demasiado bien al escritor. Las mujeres lo hicieron mejor, desde luego. Una señora argentina le lanzó varias preguntas certeras que le hicieron responder algo más interesante que los habituales “gui, gui”.

Yo le observaba desde las escaleras, a un metro sobre el nivel de su cabeza. A él se le veía bien, algo bronceado por unas vacaciones que había pasado en España. No quiso fotos. Leí al día siguiente en los periódicos que esa era la prerrogativa que expuso al llegar, junto a la de no sufrir preguntas sobre el juicio al que le habían sometido por atacar en sus escritos al Islam. También leí que nada más llegar a la sala, dejó su mochila en el suelo y dejó su mirada como perdida hasta que dio comienzo el evento.

No tardó en decepcionarme. Largas pausas entre las preguntas que le hacían y sus respuestas. A veces se quedaba callado, como un ordenador que se cuelga al que debes teclear para desatascar (Control+alt+Supr). Para aumentar la exasperación debíamos esperar la traducción y tener fe en ella para desentrañar sus mensajes remotos. Claro que la joven que nos desvelaba su discurso era muy eficiente, rápida, con una agilidad mental que ya quisiera para sí Houellebcq (al menos en público que la página escrita requiere otro tipo de habilidades, ojo). Le hablaba al oído estableciendo una intimidad con él que le envidié. Pero la espera tiene también sus compensaciones. Conseguí uno de esos momentos que no escriben los periódicos y que si lo hicieran no explicarían debidamente, un instante que pude arañar para mi galería de recuerdos entrañables.

Una señora airada por algo que no escuché (el aburrimiento me desorientaba, me había despistado del sendero que tomaba la conversación) le dijo muy sucintamente:

- ¿No considera dramática la prostitución infantil en Tailandia?-

Hubo una pausa seguida del bisbiseo de la joven junto al oído de Michel. Él respondió con celeridad y con más brevedad si cabe:

- No.

Todos quedamos impregnados de silencio de circunstancias. Solo la señora airada, más airada si cabe, apuntó en su cuaderno la respuesta, como el niño que dejan controlando una clase y anota en la pizarra el nombre de un compañero ruidoso al que denunciará a su profesor cuando regrese. Imaginé cómo iba a quedar Houellebecq en su reportaje del día siguiente. Herralde no alteró ni un milímetro la expresión de su rostro. Su media sonrisa no dejó entrever sus sentimientos y creo que en ese momento le admiré realmente. La joven que traducía sí sonrió un poco más pero durante esos segundos la conversación quedó suspendida, como si los cerebros que la construían en esa sala no supiesen continuarla. La situación era una eternidad en sí misma. Un poco como la historia de un novelista que no sabe como continuar su obra. Un poco también como las pausas de un Houellebecq que no sabe o no quiere contestar.

Pero continuó. Se habló de todo un poco y alguien deslizó con suavidad lo del Islam a pesar de las advertencias en contra. No ocurrió nada. El escritor lo despachó todo con otro de sus “gui, gui”.

Se le veía incómodo. No le gustan las ruedas de prensa. Creo que a nadie realmente inteligente le pueden gustar.

- ¿Se considera usted un provocador?- le preguntó alguien.

El más o menos aseguró que no. Que suelta lo que tiene que decir en un momento y en un tiempo dado y cada cual lo recibe como quiere o como puede. Dijo que hace tres años revolucionó Francia por estar a favor de la clonación pero que hoy en día, diciendo lo mismo, no hubiese levantado el más mínimo revuelo. Y después de eso, continuó con lo que para mí fue la joya de esta entrevista:

- A veces soy polémico cuando respondo por cansancio a los periodistas. Por ejemplo, antes dije que no me parecía dramática la prostitución de menores en Francia. Lo dije por decir algo, por aburrimiento, porque estoy harto de que me hagan ese tipo de preguntas. Pero lo cierto es que en Tailandia casi no hay prostitución de ese tipo. Es un mal lugar para los pedófilos. De todos modos los periodistas reciben mi respuesta, la anotan y luego... La polémica.

Creo que más de uno suspiró aliviado. Se puede ser políticamente incorrecto y caer simpático pero si tus pensamientos rozan el nacismo y agarran la pedofilia te condenas a ti y a tu editor al fracaso y puede que a nuevas demandas judiciales. Pero Houellebecq es más inteligente de lo que nos quiso dar a entender. Leyendo la coherencia interna de sus novelas y de su discurso, pude comprobar que “La Mente” estaba allí. Siempre ha respondido lo mismo a la dichosa pregunta de Tailandia. De todos modos tengo la impresión de que decir que en Tailandia no hay buena prostitución infantil es como salir por la tangente. ¿Si la hubiese le parecería bien? Creo que una persona tan enamorada del amor mercenario y de la transacción comercial que supone cambiar carne por dinero... Pero no quiero opinar sobre él.

La conclusión que extraigo de todo esto es que a los escritores hay que leerlos. Lo demás es accesorio. Claro que al día siguiente había una performance... Tenía que verla.

¡Que bonita invitación de cartulina color burdeos con el motivo de una mujer desnuda y sugerente grabada a un lado!”

La Performance terminó de convencerme de la inutilidad de conocer a los escritores. Lo mejor suele estar en sus obras y si no es así, no son escritores, son presentadores de televisión o showmans.

17 diciembre 2008

Antes del verbo, el gesto


Hay como un lenguaje no verbal en él que indica que liga poco


Mónica me contaba que una noche salió de marcha sin su novio. Nada extraño si no conoces a su novio. Tienen un contrato verbal por el cual ella tiene que llamarle tarde y de noche para que él sepa que ella no está de fiesta. Esa acción de Mónica era temeraria. Él la llamó y supo que Mónica no estaba con sus padres. ¡Traición! Al poco, el aprendiz de moro se presentó dónde estaba ella con el coche y le dijo que se subiera. Mónica en principio se negó. Ella me lo cuenta riéndose por más que escrito parezca el preludio a una tragedia de telediario sensacionalista:

- Y empezó a tocarse el pelo y a echarselo p´atrás. Cuando se toca el pelo y se lo echa p´atrás ya sé yo que está nervioso y supercabreado. Fue cuando le vi así como dando vueltas y mirándome y diciéndome de mala hostia que me subiera al coche y tocándose el pelo que me dije: “Mónica, no le cabrees mucho más que la lía”. Y me subí al coche y me llevó a casa de mis padres y allí quedó la cosa pero no veas el cabreo que se cogió. Es que mi novio me tiene muy controlada. Claro que yo a él también lo quiero así y que no me entere yo de que sale de fiesta que se la corto.

No me apetece hoy hablar sobre relaciones tormentosas o posesivas. A mí me llama la atención el cómo pequeños lenguajes no verbales del prójimo nos informan mejor de lo que piensa que sus palabras. Ese echarse el cabello para atrás de él es como un preludio a la rabia y sólo Mónica lo sabe así de bien.

A mí me ha descubierto mi pareja que cuando pongo el brazo de un modo determinado sobre el respaldo de su silla es que me voy a levantar en medio minuto de la silla y voy a decir que nos vayamos. Yo no suelo pensar en mi brazo derecho cuando hago eso que dice ella. Ni siquiera pienso que soy una persona con brazos traidores. Pero al parecer mi brazo y los gestos que hace comunican algo. Mi pareja me estudia todo el tiempo. Si muero antes que ella estoy seguro que se pedirá ella la disección para ver qué tengo dentro.

Últimamente yo también rastreo rostros y gestos. Observo el malhumorado pasear de mi gerente, su cara de “soy malo de cojones así que no me toques los ídem”, su esfuerzo en buscarnos tareas para que no tengamos tiempo de hablar ni montar nuevos e incómodos motines, la forma en que se despidió ayer sin decir ni adiós obligando a ensuciar mi paladar con la expresión “puto maleducado de mierda” o a reprimir las siempre incipientes ganas de matarlo a collejas. ¿Qué muestra su lenguaje verbal? ¿Tendrá que ver su actitud gansteril con el hecho de que tiene que mantenerse firme para que la gente no se le eche encima ante la última noticia, que la empresa ahora nos pagará más tarde por culpa de la crisis? Mi verdadera crisis es existencial.

¿Significa su lenguaje no verbal que en tiempos de crisis o de crecimiento económico del veinte por ciento él sigue siendo el mismo hijo de puta?

Yo que le conozco de siempre creo saber también la respuesta.

12 diciembre 2008

Víctor Valdés la lía ¡Exclusiva!


Para entender por qué yo, que paso del futbol, pongo a este en la foto terminar de leer el post



Entraron seis parejas en la sala de cine. Como en la literatura de serie negra se iba a dar un caso de “habitación cerrada”. Pero este era fácil de resolver. Los testigos lo explicaban desde el principio. Al cabo de unos minutos de comenzada la sesión una mujer salió gritando de la sala: “¡Llamen a la policía, se están peleando dentro!” Pero dentro se convirtió en fuera. Un joven de veintitantos acompañado de su pareja salía de la película mientras un matrimonio de cuarentones les seguía de cerca pidiendo que se les detuviera, que querían retenerles mientras se esperaba a la justicia para poner una denuncia. ¿El crimen? Había comenzado en la pareja joven. Ella había fumado. El hombre del matrimonio maduro le había dicho que no se podía fumar (no sé en qué términos lo haría) y el joven había saltado por encima de una butaca rompiendo su respaldo y partiéndole también la nariz al no fumador. Ahora no sólo le contaminaban el tabique nasal sino que se lo fracturaban o por lo menos se lo lastimaban de algún modo ya que la sangre era prueba de que el puño de alguien se le había paseado por el rostro. Mientras el encargado del cine aseguraba que él no podía retener a nadie ni estaba autorizado para eso, el señor maduro se lanzó como un jugador de rugby contra el agresor para detenerlo a la desesperada y lo derribó. En el suelo, el joven se revolvió soltándole un revés al otro en el ojo que le inflamó la cara y se la terminó de mutar en francamente horrible y honestamente preocupante. Yo fui a mover algo del brazo del joven que por el tamaño y la rigidez de una buena musculatura me hizo sentir como cuando en los cómics Spiderman se pelea con el increíble Hulk. Menos mal que este Hulk no estaba al máximo de poder y los muchos testigos que se iban aglomerando le acobardaban y le rebajan el modo gallito. Sólo quería salir de allí antes que llegarán los de seguridad. Pero estos ya aparecían corriendo cuando vieron que la pelea de la que se les avisaba continuaba en el vestíbulo del cine.

Se llamó a los Mossos d ´Escuadra. Todo estaba casi controlado. Y entonces comenzó la ristra de acciones humanas que me resultan tan mezquinas y que me hablan de los hombres y las mujeres como de algo pequeño por encima de grande. Como en la película de Clint Eastwood, “Sin Perdón”, hasta los héroes son villanos. Sólo que en esta realidad no veo como en la ficción ningún villano que demuestre heroísmo.

Ejemplos de mezquindad en ese pequeño desastre:

- La pareja que podía testificar a favor de los agredidos decidió salir corriendo de allí para no meterse en líos que solo consistirían en dar un testimonio y sólo eso. Veredicto: Cobardía.

- La pareja agredida no tenía derecho a retener a nadie ni mucho menos a, posiblemente, insultar a la fumadora en la sala. Con salir a quejarse a un acomodador se hubiesen ahorrado ese mal rato de gritos, insultos y sangre en la nariz más hematoma en el ojo. Veredicto: leve estupidez y mal cálculo de las fuerzas propias.

- La pareja agresora no tenía por qué agredir cuando no llevaban ni la razón ni el derecho a soltar tanto los puños. Él, además, era el portero titular del Barcelona, Victor Valdés. Lo supe porque me lo dijeron. Cuando lo vi sólo pensé que era un garrulo más con su novia igualmente gárrula. Los dos iban algo bebidos. Veredicto: Culpable él de famosismo y de creer que se puede hacer lo que le venga en gana por salir en televisión y culpable ella por guarra.

- El resto de espectadores más interesados en el espectáculo que en ayudar. Veredicto: culpables de morbosidad.

El infierno de Dante se pondría las botas con todos ellos o nosotros (que yo también andaba por allí y reciclo el hecho en post para mi beneficio).

No es segura una especie como la nuestra.



P.D. Los hechos son de antesdeayer.

08 diciembre 2008

Crepúsculo




En los cómics de superhéroes, tras cuarenta, cincuenta o setenta años de historia es muy difícil hacer algo nuevo con el personaje o mito que toque renovar. Los guionistas se las ven y se las desean intentando aportar algo nuevo al personaje respetando su esencia a la vez que haciéndolo evolucionar. A pesar de todo siempre aparece un escritor que consigue hacerte creer que lo que lees es nuevo. No es fácil pero sucede. Cada cierto tiempo aparecen genios.

Con el mito del vampiro también resulta difícil aportar algo novedoso. Ya hemos visto vampiros que se resisten a los ajos. También los ha habido ateos y que pasaban de las cruces. O cómo los de “Soy leyenda” (el libro me interesa más que la película) que sólo temían a su credo religioso y apestaban a muerto viviente (y los canes a perro muerto). O cómo en Blade estuvieron cerca de lograr un suero para defenderse del día.

El mito nunca se puede dar por agotado si hay imaginación para sostener la nueva vuelta de tuerca que le quieras dar. Pero Stephenie Meyer no puede sostener ni la faja que seguramente necesita para contener su humanidad. Porque esta mujer ha copiado de todos y no ha hecho guiños a nadie. No es homenaje lo suyo, es plagio. Su mayor aportación es que ha convertido el mito del vampiro en cuento para niños con síndrome de Down. Sus vampiros tienen las prestaciones de los de Anne Rice. Pero Anne Rice, que no ganará el premio Nobel de literatura, los escribe con bastante más profundidad y gracia que esta Stephenie Meyer. La Stephenie también ha visto la cazadora televisiva Buffy o cualquier película ochentera adolescente como “Noche de miedo” y hasta puede que se haya leído el “Drácula” de Stocker (y después lo ha olvidado del todo porque a este no lo copia en absoluto, por suerte). Pero todo lo recrea quitándole el lustre de las pocas o muchas virtudes que pudiera tener el producto original. Su libro es un tocho de cuatrocientas páginas vacías de contenido o interés. Le interesa tanto la historia de amor gilipollas entre Bella y Edward que se olvida que es un libro de vampiros(yo pensé que un vampiro de la edad de Edward no se enamoraría tan fácilmente y estaría algo más curtido, tendría más picardía, pero no). Como no tiene nada que contar puedes pasar páginas y páginas viendo cómo el vampiro quiere morderla y se contiene porque la ama y porque es más bueno que el pan. Ella, que no tiene miedo o está más caliente que el palo de un churrero no hace más que calentarlo a él que seguramente anda frío por eso de estar muerto. Y nada más. Cuando has leído trescientas páginas de libro pueril, los vampiros juegan a béisbol y ves lo poderosos que son y aparecen tres malvados en mitad del partido de los que sólo será relevante uno. Los otros dos se reservarán para otras entregas. El clímax final dónde el malvado querrá morder a Bella sin ningún remordimiento te será arrebatado de la vista. En un simple Flashback te cuentan que los vampiros buenos se encargaron del malo. Ya está. Y la película… más de lo mismo. Aunque aquí si te dejan ver algo más de acción, pero no mucha, no te vayas a estresar en la butaca. Una fiel adaptación de la peor saga vampírica que he visto en mi vida y el peor largometraje que he visto este año (antes era High School Musical). Una película de chupasangres sin sangre y con un vampiro con la cabeza de un chupa chups de veinte euros. Aunque esta vez le gana el cine a la literatura. Te ocupa menos tiempo que leer las páginas del libro y en este caso se agradece.

¿Que es literatura y cine para un público juvenil? Pues no sé. Mi primer libro fue “Drácula” de Stocker con unos nueve o diez años. Y “El principito” de Saint-exupery. Y Stevenson o Julio Verne también me entraban. Y con once años me fascinaba Edgar Allan Poe cómo me sigue fascinando ahora. La condescendencia de la literatura y el cine actual para con los niños y adolescentes me parece insultante. No es lógico que haya cómics más adultos que ciertos libros. Pero claro, las viñetas se están desfasando y quedando relegadas a los treintañeros nostálgicos. En cualquier caso, ya es preocupante que el bodrio de “Crepúsculo” triunfe tanto. Parece que la sociedad demanda productos cada vez más simplones.

Recomiendo “Madagascar 2” o “Bolt”. O los cómics de “Los pitufos”. Muchísimo más adultas y adultos todos. Y complejos.

01 diciembre 2008

El "sub" que llevo dentro


"Los psicólogos son los únicos supuestos científicos que no saben que no saben casi nada" Manuel Vazquez Montalbán


Hace poco leía que el subconsciente prácticamente lo hace todo. Nuestra parte consciente no sólo es precaria sino que vive en el pasado. Recibimos señales visuales y sonoras y en una décima de segundo, después de procesarlas, las tenemos fabricadas en el cerebro. Pero lo que ocurre fuera, en la “realidad”, ya es pasado. Vivimos en el recuerdo. Para nosotros no existe ni el presente ni el futuro. Y además el que mantiene casi toda la nave es el subconsciente, un otro yo que es como el mejor de nuestros amigos con tendencia a traicionarnos. Nuestras ideas no se nos ocurren a nosotros, son el producto de un trabajo en la trastienda de nuestra cabeza que al dar su fruto nos aparecen en la parte consciente de súbito. Según el neurocientífico David Eagleman, "nuestra vida es como un show televisivo en directo con un ligero retraso". Ahora sí que no sé nada, como Sócrates.

El libro “Inteligencia intuitiva” de Malcolm Gladwell explica esto de un modo simplón pero efectivo. Yo hacía tiempo que sabía que con la almohada no consultamos nada, trabaja nuestro subconsciente que de “sub” tiene bien poco.

Ahora sé que tengo nuevas excusas para disculpar mis faltas. Si he dicho algo de lo que me arrepiento ya puedo decir que ha sido mi subconsciente que no soy yo y además, a eso, le puedes añadir la atenuante de que llegó al receptor una décima de segundo después de que hubiese ocurrido o el se formó la idea de lo que dije cuando yo ya me estaba arrepintiendo de haberlo soltado. Esto me importa bastante porque hace años escribí una de esas novelas cuyo único lector soy yo dónde salían tres personajes perfectamente diferenciados: el yo, el ello y el superyo de un tipo, los tres conceptos fundamentales de la teoría psicoanalítica de Freud (de la que nunca dejo de reírme como de la estúpida psicología en general). En mi novelita un individuo vivía por separado la experiencia de sus tres personalidades como entidades perfectas de un esquizofrénico al cubo. Se peleaba consigo mismo todo el tiempo, claro. Yo disfrutaba con el más guarro de los tres, el Ello y me fastidiaba un poco darle la razón al más puritano superEllo. De todos modos no creía mucho en nada de eso. Cómo siempre, me dedicaba a la comedia facilona. Y el ello no paraba de follar.

Pero todo esto reafirma que en una cultura judeocristiana como la nuestra dónde la gente se sentía culpable hasta por derramar un poco de helado en su camiseta, se está transformando gracias a la ciencia, en todo lo opuesto. Cada vez que veo un programa científico o un artículo descubro nuevos argumentos para defender mis cada vez más flagrantes delitos (aunque flagrante debe desaparecer del diccionario penal en cuanto habla de un delito que se produce en el momento actual y como he dicho, nuestro cerebro sólo es consciente de lo que ocurre en diferido y en pasado). La psicología es la ciencia por la que disculpas cualquiera de tus comportamientos. Houellebecq dice en una novela que su mujer volvía del psicólogo echa una perra egoísta. Si yo mando a mi novia y esta le dice que no tenemos mucho sexo, el psicólogo le recomendará que me ponga los cuernos y que esto no tiene nada de malo. Y tal vez no lo tenga si no la pillo. O si ella no me pilla a mí. Pero sí la tiene en un mundo dónde vivimos con reglas morales judeocristianas y reglas científicas. Razón y fe se pueden unir con pegamento pero del malo y de un modo precario. Todas nuestras disputas vienen del hecho de que cada uno practica el mismo juego con reglas distintas.

En fin, después de estas digresiones que no son mías sino de mi subconsciente que las acaba de pasar a las manos que teclean el ordenador, voy a usar a ese extranjero de mi cerebro para temas útiles. Hace poco veía un vídeomontaje de una amiga sobre la relación Lois y Clark en Smallville. Una imagen me chirriaba: Lois en un sofá al borde del desnudo. En una serie tan conservadora y puritana como esa, me cuadraba menos esa Lois que las escenas de dibujos animados sacados de “La muerte de Superman”. Y no me equivocaba. Esa escena estaba sacada de otra película. Cuando lo ví noté algo raro pero no pensé sobre el tema en ese momento. Más adelante una señal de alarma me dijo que debía preguntar sobre esto a mi amiga y me confirmó que el subconsciente había hecho un buen trabajo.

Mi “sub” sí que se preocupa de los temas realmente relevantes de mi vida.

18 noviembre 2008

¿Ser o no Ser(gio)?




Mishima, célebre escritor a favor de la muerte voluntaria


Hace tres años entraron dieciocho personas en el trabajo. Apenas quedamos dos o tres de los primigenios. Han pasado más de veinte personas. Irrelevantes, interesantes, aburridas, exóticas, estúpidas, brillantes, imprescindibles… ¿Imprescindibles? Nadie lo es. Alguien se va. Un tiempo de indignación. Otro de duelo. Después el recuerdo. Hay personas que ni eso. Cuando una amiga y yo nos vayamos nadie los recordará en el lugar. Porque nadie los habrá conocido allí.

En la vida es así. Se dice que la vida es preciosa pero yo no encuentro ese elitismo de la existencia. Nadie me parece demasiado importante. Cómo en cierto poema “no soy menos que las plantas o las estrellas” pero el problema es que tampoco soy más. Te puedes morir mañana y como en cierta campaña contra los accidentes de tráfico cien personas te llorarán(es una estadística aproximada, a mi tal vez me lloren mil). Pero esas personas también morirán alguna vez y entonces tu recuerdo se habrá perdido. Puede que escribas un libro interesante y cómo decía John Berger tus enseñanzas lleguen a varias personas que a su vez se lo pasen a otras. Shakespeare murió hace siglos y todavía se le nombra bastante. Pero eso será hasta que desaparezca la humanidad. Y además… ¿De qué le sirve a un muerto que le recuerden? Yo prefiero que piensen más en mí cuando todavía respiro.

No creo que haya nada después de esto. Y esto me parece cada vez menos interesante. Pensando lo que pienso no puedo hablar de optimismo. Pero es normal en los que escribimos. En su libro sobre suicidas célebres, la escritora Alicia Misrahi dice “los escritores tienen entre diez y veinte posibilidades más de sufrir depresiones y trastornos bipolares que otras personas que se dediquen a profesiones distintas”. Parece que a la que abandonas los partidos televisados o la prensa rosa y te pones a pensar un poco sobre el sentido de la vida te vienen ese tipo de pensamientos.

En una mañana como la de hoy me gustaría un vuelo sin motor desde el piso trece hasta el coche de mi vecino. Sería una muerte con sentido. Con sentido vengativo, se entiende. O encerrarme en una habitación como Cesare Pavese y dejar una nota de suicidio como la suya “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Vale? No cotilleéis demasiado”. Pavese también aseguraba que “los suicidios son homicidios tímidos”. El mío, además, me gustaría educado. Como Séneca me iría a la bañera para no ensuciar demasiado. Las manchas de sangre no se van fácilmente, no hagáis mucho caso de los anuncios televisivos de detergentes. Claro que a Séneca la muerte le costó mucho dolor. Las venas abiertas no sirvieron. Ni el veneno. Sólo los vapores de un baño caliente se lo llevaron de este mundo(era asmático).

Ahora está saliendo el sol y ya no tanto pero hace un rato me podría haber lanzado a una vía del tren para fastidiar la hora de entrada al trabajo de mucha gente y añadir más iniquidad al precario transporte urbano de Barcelona. O buscar un árbol y sin necesidad de traicionar a un mesías, colgarme como Judas. O de convertirme en un bonito puzzle sanguinolento como Hitler en su bunker después de la explosión. Decir como el poeta ruso y tocayo mío Sergei Esenin antes de colgarse de una tubería “en esta vida morir no es nuevo y vivir, por supuesto, tampoco lo es”. O como Virginia Woolf llenarme de piedras los bolsillos y tirarme al río. Los ríos de ahora, muy contaminados, son más eficientes matando.

A veces no ser parece más interesante que ser.

El mundo puede ser más cruel que todas esas muertes. O mucho peor… Terriblemente aburrido.

A veces dan como ganas de ayudar a la muerte.

12 noviembre 2008

Odio


La guerra, una relación pasional entre muchos hombres



Una de las emociones con peor fama. Como la envidia(aunque prácticamente esta es como un subdominio de la otra).

Le odio. Antes le amaba. ¿Qué diferencia hay? La pasión es parecida.

He tenido varias relaciones de odio. Mantuve una durante años con mi vecino. Él siempre me molestaba con sus ruidos laborales sobre mi cabeza y yo siempre deseaba tocarle con mis manos en la cara, o rodearle con mis brazos el cuello (hasta rompérselo). Parecido al amor y casi tan intenso. Dejaba de dormir pensando en él. Deseaba estar con él todo el tiempo para decirle cuatro cosas o en su defecto metérselas por el recto. No podía pensar demasiado en otros que no fueran él. A veces tenía relaciones de odio de una tarde, en el trabajo. Un cliente me tocaba las narices y yo le gritaba y quería pegarle por imbécil pero pronto le olvidaba. Mi vecino ocupaba realmente mi tiempo. Y a mí las relaciones esporádicas no me van. El cliente estaba olvidado al día siguiente. Pero el anti-amor por mi vecino era diferente. Él lo alimentaba con pequeños detalles cada día, con sus amables anti-ramos de rosas cada día. Ruidos de madrugada, gritos a su muy deleznable y demente familia, me ignoraba cuando le pedía explicaciones… A veces pensaba que conseguiría olvidarle pero me era imposible. El tío sabía cómo hacerse odiar. En dos ocasiones me llevó a juicio porque yo le amenacé(de algún modo tenía que llamar su atención y ganarme también su odio). En fin, pensaba que siempre estaríamos juntos y que lo nuestro duraría siempre. A veces me sorprendía mirando su coche con un trapo para el tubo de escape en mi mano o con un martillo delante de su puerta. La industria del automóvil o la de las puertas viven de estas pasiones tan intensas.

Pensaba que él y yo seríamos el uno para el otro siempre. Que nunca dejaríamos de odiarnos. El tipo sabía cómo ganarse mi atención todo el tiempo. Lo nuestro parecía para siempre.

Pero caímos en la rutina. Y además vino una tercera persona. Un compañero de trabajo. Un tipo que mentía para subir de puesto, que intentaba malmeter a todo el mundo contra todo el mundo, que hablaba con los jefes todo el tiempo aunque no siempre ya que su lengua solía estar atrapada en el culo de alguno, que tenía la delicadeza de una rata de alcantarilla de país subdesarrollado y puede que incluso su rostro… En fin, este tipo entró fuerte en mi vida. Y total, mi vecino ya estaba cansado de lo nuestro. Ya no me jodía tanto. Y yo a él tampoco. El día que nos cruzamos por la calle y no quise escupirle ni llamarle hijo de puta ni reírme de su cara de gilipollas supe que lo nuestro había acabado. No sentía nada por él. Yo sólo podía pensar en mi compañero de trabajo.

Todos los años de inventar un futuro de odio con mi vecino se borraron de un plumazo.

Ahora sólo pensaba en la moto de mi compañero, en lo mucho y fuerte que ardería si la rociaba de gasolina, en su frágil cuello entre mis dedos, en el color de su lengua al salir dos palmos de su boca, en el morado azulino de su piel por la ausencia de oxígeno en sus pulmones… ¡El milagro había regresado! Volvía a sentir algo por alguien. Después de todo, mi vecino no era tan especial como yo pensaba.

Yo es que sin pasión no puedo vivir.

10 noviembre 2008

El amigo de mi amiga


El amigo imaginario del niño Calvin era un tigre llamado Hobbes. Una de las mejores tiras cómicas de la historia.


Mi compañera de trabajo me lo suele recriminar a menudo. Soy demasiado racionalista o cartesiano. A todo le busco un motivo más racional que empírico. No creo en nada relacionado con la magia, el esoterismo, la religión, ni siquiera el alma... A veces incluso le busco la ciencia al amor o a cualquier otro sentimiento. Todo tiene una explicación lógica y en nuestro mundo dónde cada efecto sucede por una causa, todo tiene una explicación. La verdad está aquí dentro, en nuestra capacidad de encontrarla. Cuando no podemos explicar algo no es porque sea sobrenatural, es porque nosotros somos unos inútiles que no podemos dar con su explicación.

Mi amiga me enfrentó hace poco a uno de sus “fantasmas”. Quería una explicación para lo que le pasó en su infancia.

Tenía un amigo que se llamaba Lucky. Entre los cinco y los siete años. Lucky era un joven muy simpático. Jugaba con él a todas horas y probablemente le contaba sus inquietudes. El único problema con Lucky era que sólo lo veía ella. Ni siquiera sus padres lo percibían.

A los siete años Lucky se fue con su afortunado nombre a buscar otra amiguita. Desapareció casi por completo. Sólo quedó su rastro en las neuronas de mi amiga que ahora me lo recordaba en el confesionario del comedor de la empresa.

¿Explicación?

Desde que escuché la historia tuve la catalogación psicológica de “amigo imaginario” chapoteando en mi cabeza y haciéndome señales de socorro. Sólo tenía que interrogar al Google para investigar. Y ya sabía que podía empezar por ahí.

No me equivoqué. Lo que descubrí cuadraba tanto con lo explicado por mi compañera que casi parecía voluntario, cómo si hubiese leído los síntomas y luego me hubiese retado a localizarlos (aunque no era así, desde luego).

El amigo imaginario se presenta en niños que tienen algún tipo de carencia afectiva. Cuando no están todavía lo suficientemente sociabilizados o viven en un entorno muy adulto el amigo imaginario cubre sus necesidades. Se permiten hacer lo que en solitario no se atreven con esta creación de sus mentes. Suelen ser niños sensibles e imaginativos que de mayores pueden dedicarse al arte porque tendrán actitudes. El amigo imaginario es algo perfectamente normal y desaparece cuando el niño ya se ha integrado a cierto grupo de niños como él. Muchos padres ni llegan a saber que su hijo ha estado jugando con un hermano apócrifo.

Le dí esta explicación a mi amiga. No la convenció demasiado.

Supongo que el misterio siempre será más atractivo que su explicación.

Tal vez por eso quemaban astrónomos y científicos en la hoguera en otros tiempos.

Los listillos dan mucha rabia.

05 noviembre 2008

¿Me haces un favor?



Una peli que va de eso


Hace poco se me quejaba un amigo de que cierto compañero de trabajo que le daba clases de guitarra como favor, le había pedido algo a cambio que a él no le interesaba o no le venía bien. Algo como hacerle unas horas extra que no le iban bien. Cuando mi amigo se había mostrado reticente a devolver el favor, el compañero se había enfadado con él. ¿Pero debían enfadarse el uno con el otro? ¿Se puede llamar favor a lo que se hace con intención? ¿Tiene precio el altruismo? ¿A cuanto sale que me pases el aspirador por el piso?

Un favor es algo que se hace en beneficio de alguien. El diccionario no deja claro en beneficio de quién pero todos tenemos en mente que un favor es un favor y se ha de hacer sin esperar nada a cambio. Claro, algo en ese contrato verbal y no escrito parece incluir la tácita esperanza de que en un futuro esa persona a la que ahora favoreces no te negará su ayuda. Pero lo tácito y no escrito tiene la misma validez que el aire o en su defecto que nuestro buen ojo a la hora de confiar en alguien. Según ciertos estudios tenemos buen ojo a la hora de confiar en las personas y solemos acertar bastante cuando pedimos o concedemos favores. De todos modos si haces algo sin contrato, no vengas luego con exigencias. Los favores no te dan derecho a hojas de reclamaciones. Si lo hiciste sin que te lo pidieran luego no lo reclames.

El problema es que algo de inevitable hay en eso. Los humanos se unían para afrontar mejor la realidad hostil desde que eran simples recolectores. El intercambio de favores dentro de un grupo lo hacía funcionar mejor. A veces se hacían favores entre diferentes grupos y el provecho era todavía mayor. El altruismo era indiscutiblemente provechoso.

Pero en estos tiempos caóticos el problema viene de recordar a nivel instintivo ciertas conductas pasadas y no saber adaptarlas a nuestro entorno.

Yo le diría a mi amigo que no se enfadase con el tipo que le enseñaba guitarra y hasta que le hiciera esos favores laborales que el otro le pedía. Sobre todo teniendo en cuenta que hay profesores de guitarra que le cobran 150 euros la hora. ¡Qué estafa! Su compañero sólo ha recordado al yo primitivo que ofrecía favores y que sabía que a la larga eso le beneficiaría. ¡Pero si eso lo hace cualquiera! Un millonario que ofrece grandes sumas de dinero a la beneficencia sabe que eso le reportará cierto prestigio en la comunidad en la que vive y futuros beneficios, debe publicitarlo. Según vi en un reciente programa del Punset a eso se le llama altruismo competitivo. Se favorece al prójimo para que en un futuro el prójimo te favorezca a ti. Es como repartir muestras gratis de un producto para que luego te lo compren.

Conozco a otro tipo que hace favores y te ayuda todo el tiempo con el trabajo y te presta cosas para ganarse tu confianza y luego, cuando estás confiado, te da la puñalada. A eso lo llamo yo altruismo hijo de puta.

Nos guste o no nos guste los favores, de un modo atávico, tienen una intención. Se hacen con la secreta intención de que en un futuro se te retribuyan. Hay un cuento sobre un león y una espina muy conocido que habla del tema (no me apetece contarlo ahora, leed a Esopo). La moraleja es que seáis agradecidos con los que os hacen favores. Aunque yo detesto especialmente a los que hacen favores que no has pedido o a los que no hacen más que pedirte favores a ti, también conocidos con el apelativo de gorrones.

Mi salomónico comportamiento es el de dar a quién me da. Por más que la frase me quede homosexual.

Y por cierto, de todos los favores posibles me quedo con los que me puede prestar una mujer.

Por estos me pierdo.

03 noviembre 2008

Un día de cólera


Hay libros que se me caen de las manos. Otros ni siquiera debieron llegar a ser tocados por mis dedos. El desgaste de ojos y pestañas ha sido infructuoso. Me han encolerizado como reza el título de este libro.

Llegó a mis manos en la biblioteca. Lo vi casualmente. Iban a hacer un libro-forum (varios clientes de la biblioteca leen el libro durante un mes y luego lo comentan). Yo nunca me apunto a esas movidas. El pudor y sobre todo el hecho de que yo no elijo lo que se lee me llevan a dejarlo de lado (tal vez gane el pudor pero me da redundante vergüenza admitirlo).

El libro explica los levantamientos del Dos de Mayo en España y contra los franceses. Es un homenaje al pueblo que se levantó en armas (escasas y toscas) contra unos gabachos que aquí, por más que Pérez- Reverte intenta disimularlo en algunas páginas, son malos, muy malos. Los españoles son heroicos, muy heroicos.

Yo detesto el nacionalismo. En Alatriste suelo hacer la vista gorda porque me gusta y porque admito que es la mejor franquicia española que se me ocurre de los últimos tiempos. Pero ya está. Hasta aquí llega mi perdón.

En “Un día de Cólera” vemos episodios aislados de matanza y guerra. Cada página o dos páginas tenemos una anécdota, la aparición de un personaje al que nunca volveremos a ver (sólo repiten los importantes y esto es lo poco que cohesiona algo el conjunto) y ya está. Acumulación de personajes. Si ya es difícil seguir la novela rusa del XIX con todo ese montón de personajes con nombres exóticos y largos no digamos la novela de este escritor con nombres muy de aquí pero que se cuentan por centenares. Si quería hacer una “La Colmena” de Cela, le ha salido mal. En el clásico de Cela no había redundancia. Aquí, pasadas las primeras escenas de bayonetazos, gente sujetando sus intestinos y franceses quedando en ridículo, todo comienza a ser repetición.

¿Quería un homenaje a esta gente? ¿Quería citarlos a todos? Dos segundos después de leer sobre un personaje ya lo he olvidado. Y aún saber sobre un nombre no creo que sirva de mucho. Y de todos modos no le doy más importancia a su muerte que a la de un francés, lo siento. Todos me parecen muertos innecesarios al servicio de intereses inescrutables. Y ya puestos ¿Por qué no sigue homenajeando gente y escribe una novela de dos millones de páginas con los muertos de La Guerra civil? Claro, aquí necesitaría tomar partido por alguien pero siempre serían españoles (buenos y malos). ¿Y sobre los españoles antes de que España fuera España? ¿Esos no merecen homenaje?

Que haga lo que quiera pero este libro no me vale ni el tiempo que le he dedicado.

No pretendo decir que Arturo Pérez-Reverte sea un mal escritor.

Sólo creo que aquí se ha equivocado. Esto se vende como novela pero no lo es.

Sólo es un listado de bajas.

La novela no debería ser burocracia.

29 octubre 2008

Guillotina a traición



Fue durante las horas de fragilidad. Por la tarde, sobre la merienda. Yo había salido a tomarme algo con P.. Lejos del tumulto de los compañeros y de los ojos de los que la pudieran ver estando de baja. Después de esa tranquila media hora una compañera me dijo que A. me buscaba. Y me encontró.

- Ven a la sala, por favor- me dijo A., compañero reciente.

Allí me lo expresó rápidamente. “Han echado a F.” Yo le pregunté si era una broma. Siempre preguntamos si es una broma aunque el instinto nos dice que no lo es. La cara de un compañero que anuncia el despido de otro deja poco lugar a dudas.

Otro compañero en la sala lo confirmó. Nuestro Judas había acertado en un cincuenta por ciento. La oposición bicéfala había sido semidecapitada. F., mi compañero de guerra (quién el piloto o el copiloto da igual). Tres años en el trabajo con él. Yo llevo más tiempo en la empresa pero en este centro, desde que se había inaugurado (con F.).

El tirano le hizo por instinto que no por cultura histórica lo que hacen todos los tiranos taimados y cobardes. Llevarlo al despacho en el momento más inesperado. La sorpresa desorienta y no deja actuar con inteligencia. Te aturde y te deja a expensas del que te ha emboscado. Recordé cómo en “Archipiélago Gulag” de Solzhenitsyn, los estalinistas cogían a los supuestos opositores al régimen en la noche, cuando dormían. Estos, todavía débiles como solo un despertar brusco te deja, salían como corderitos hasta el matadero o en ese caso a un incómodo puesto de condenados a trabajos forzados en Siberia. Pero nuestro jefe no necesitaba leer todo eso. Al parecer, los genes tienen cultura suficiente. En su sangre de trepa ha sabido cómo llegar hasta dónde esta sin necesidad de diccionarios o cultura napoleónica. También recomiendan leer el Quijote para ser un buen escritor y como se dice “Cervantes no necesitó leerlo para ser grande en la literatura”. Él ha salido así de fábrica.

Al salir de la sala vi a mi compañero expulsado junto a su novia. Ella también estaba en la calle. No se pueden dejar posibles vengadores en potencia en la empresa. Ahora sé que el destino de P. está ligado al mío. Si me echan y sigue conmigo, ella me hará compañía en la cada vez más larga cola del paro. Las parejas suelen entrar en el mismo pack a la hora de hacer finiquitos. Nunca se sabe si el novio-a que se quede puede hacer de las suyas y vengar al compañero afrentado.

Mientras charlábamos sobre lo ocurrido vimos cómo A. salía del vestuario y nos comentaba que también estaba en la calle. Dos fijos y un temporal, resumen de bajas del diario de guerra. La profecía de una comentarista de este blog se hizo cierta. El encargado más fuerte asentó su autoridad y los compañeros débiles asentaron su debilidad.

Unos minutos después de que despidiéramos con besos y apretones de manos a los despedidos, llegó el traidor. Quería regocijarse con su obra.

Yo ya tenía un par de venganzas en mente.

Desde antes que ocurriera esto.

Otro tema es el capo. A ese es más difícil tocarle. Pero no hay nada imposible.

Ciertos versos de un antiguo poeta argentino son como un bálsamo en estos casos. Vaya este fragmento de Almafuerte para mis compañeros caídos. O para el que sepa apreciarlo:

No te sientas vencido, ni aún vencido

No te sientas esclavo, ni aun esclavo

Trémulo de pavor, piénsate bravo

Y arremete feroz, ya malherido

27 octubre 2008

Primer enfrentamiento real



¿Sólo las grandes tiranías se merecen un Garzón?


Hicimos una reunión en el despacho. Los chivatos ni siquiera necesitaron participar de la reunión o disimular asistiendo a ella. Judas nunca será popular, ni ahora ni hace dos mil años. Si lo buscas, lo encontrarás bajo las piedras como a las serpientes.

El tirano estaba nervioso o como mínimo inquieto. Algunas palabras no le salieron con la fluidez habitual. Miraba la carta que le habíamos escrito pidiendo derechos y la leía entre regular y mal. Ya no escribimos epístolas a los reyes magos pero nos ilusionaba hacerlo con el tirano. Sólo eran tres pequeñas y justas peticiones. Y este nos leía el poema de nuestros anhelos como el que se mea en él, con desprecio, con rencor solapado, mirando de reojo a empleados transformados en enemigos:

- Si envío esta carta a la empresa os jodéis vosotros y me jodo yo. Aquí pedís derechos de mala manera. Esto me lo tomo como algo personal- alguien quiso objetar que no había mala intención pero le cortó sin miramientos- Sí, esto sí está hecho con mala intención. Pedís vuestros días de convenio y esto no es cosa mía, se lo enviaré tal cual a la empresa. El segundo punto, el de consultaros si os va bien hacer horas extra y el de daros vuestros horarios con un mes de antelación ya me interesa más…

Siguieron explicaciones que resumían muy bien su personalidad. Del mismo modo que un escritor o un director no tiene más de cuatro novelas (el resto son variaciones sobre sus obsesiones), las personas tampoco tenemos demasiadas alternativas de comportamiento. Los que le conocíamos veíamos y escuchábamos más de lo mismo. El teatrillo del tirano sólo sorprendía a los neófitos y puede que algún pardillo de alma cándida, escasas neuronas y valor a la fuga (una de las chicas pidió salir del despacho y fuera se desmayó).

Resumen del discurso del sátrapa: Os he defendido hace tiempo frente a una empresa que no para de recortar por culpa de la crisis(harto estoy de oír esa palabra que a veces provoca el “de ansiedad” a su lado), muchos de vosotros hacéis peticiones que pisan los derechos de vuestros propios compañeros(ya lo dije hace muchos posts, como los viejos conquistadores el tirano ya sabe que el “divide y vencerás” es una trampa que siempre funciona), también nos dijo que el horario nos lo podía dar con dos semanas de antelación en lugar de cuatro y claro, sujeto a cambios(los mercados de Turquía o El Cairo te permiten trueques más satisfactorios y justos, más humanos). Cada objeción era interrumpida por la apisonadora de su mala educación. El momento en que yo quise decir algo y le dediqué una sonrisa irónica y un resoplido que no le gustaron me dijo que no sabía que qué hacía yo allí y que prefería hablar conmigo a solas. A mí me vencería en sesión privada mediante el halago que como todo el mundo sabe, también debilita. A cada cual lo suyo. A los cobardes dureza, a los fuertes adulación y palabras de falso cariño más palmadas en el hombro, a los intermedios las rutinarias mentiras de corta y pega y su actuación de Goya (otras veces lo he visto mejor en su papel, el Oscar o los Globos de Oro tendrán que esperar). La reunión estaba dominada. Un nuevo tanto entre tanto tonto. Especialmente risible la desesperación de una compañera cuando el tirano dijo que enviaría la carta a la empresa y eso sería terrible para todos nosotros y ella, asustada, le pidió casi suplicando “no la envíes, no la envíes”. Divina candidez. La envidio viendo películas. Si es capaz de creer tanto en lo que le dicen no quiero pensar lo que debe sentir cuando vea una película, cómo la vivirá y creerá en lo que ve en la pantalla como si fuera cierto. Su detector de mentiras mental está más muerto que la confianza en mi empresa.

Salimos con una sensación agridulce de allí. Parecía que a pesar de todo, algo habíamos conseguido. Pero era una sensación falsa. El enemigo sólo estaba ganando tiempo.

Lo peor estaba por venir.

24 octubre 2008

Infancia jodida




Hace tiempo que moldea su cuerpo en el gimnasio. No se le ha notado nada todo el esfuerzo que le dedica hasta que ha decidido comer menos y sobre todo saquear la tienda de golosinas del cine. Yo solía decirle cuando nos llevábamos mejor: “¿De qué te sirve hacer deporte si luego comes toda esa basura?”. Él adoptaba su mejor pose de chulo y me respondía que él comía lo que le salía de los huevos porque podía y porque estaba muy bueno de todos modos. Después me enseñaba su asqueroso vientre peludo y me decía que le tocase las inexistentes abdominales. Había que buscarlas y a mí me faltaban las ganas. Tengo homofobia. Me da asco tocar o ser tocado por un hombre. Pero el tío, que más bien parece tener homofilia me cogía la mano y me la restregaba por su barriga sudorosa. “Mira, mira qué abdominales… ¿Notas el cambio?” Después se echaba un buen montón de frutos secos salados a la boca y cuando terminaba se iba por chocolates variados. “El chocolate me quita las penas, ¿Sabes? ¡Y es afrodisíaco!”

Supongo que mi tercer encargado necesitaba el afrodisíaco para combatir el aburrimiento de sus largas tardes en el despacho meneándosela como un mono. Porque novias conocidas a lo largo de su vida, ninguna. Todas soñadas e inventadas.

Una vez me dijo que le comentase a la gente que yo le había visto besarse en el centro de Barcelona con una chica. “A ver qué pasa, a ver qué opinan las chicas al saber que estoy con alguien. A ti te harán caso, confían en ti”. Y le seguí el juego. Me daba un poco de pena.

Se pasó dos días preguntándome por las opiniones de las compañeras. Lo cierto es que nadie me creía o me miraban con extrañeza. “¿Seguro que le has visto a él con una chica?”

Y luego esa manía suya de tocar a todo el mundo y de hablarle de temas íntimos que le llevó a ciertas acusaciones por acoso. Un tema delicado que casi le cuesta la carrera.

Después de aquello lo pasó mal, estuvo un tiempo distante. Siguió la máxima que leyó en cierto libro que me hizo comprarle sobre autoayuda para hombres que quieren ligar: “mantén el misterio, no te ofrezcas a ellas del todo, ten un carácter…” Él lo resumía todo en ser borde. Y así le iba.

Lo tiene casi todo para ser feliz: un buen piso propio, un buen coche, un trabajo que le gusta y salud (y ha conseguido adelgazar y perder la afición por las chucherías a todas horas). Sigue necesitando una novia. No es feliz por esta carencia.

El niño marginado y apaleado de la infancia sigue en él. Nunca se mueve sin mirar hacia atrás. Hay un miedo instintivo continuo a que alguien le pegue en la cabeza cuando se gire.

Creeré en la psicología cuando esta consiga que la infancia de un individuo no le destruya el resto de la vida.

21 octubre 2008

Heaven knows I´m miserable now



Morrissey: ahora o en los Smiths mi letrista de cabecera



En la canción de los Smiths “Heaven Knows I,m miserable now” hay una frase que me obsesiona: “In my life why do i give valuable time to people who don,t care if i live or die”. Eso, ¿por qué darle mi valioso tiempo a gente que no le importa si estoy vivo o muerto? Se lo suelo dar a un tanto por ciento la hora. En cuestiones laborales es terrible ya que no sólo le doy el tiempo pactado si no que le doy un tiempo que en principio no se me paga: cuando miro el reloj porque llego tarde, cuando camino o espero el tren o autobús que me llevan hasta mi puesto, cuando duermo mal porque algo me ha afectado en la jornada laboral, cuando me han dado unos horarios de pena, cuando pienso en la madre del encargado por dicho motivo… Mi tiempo está dedicado en ese momento a tareas no lucrativas pero ofrendadas a unas personas, mi superior o superiores, a los que si muriera saldrían con cara de afectación disimulada a dar la noticia de mi muerte a mis compañeros mientras su mente pensaría modos rápidos de sustituirme. Al menos si a ellos les pasase algo yo no me quedaría tranquilo ni callado ni silencioso. El tema me afectaría sinceramente. Haría una fiesta y me gastaría un buen dinero de la nómina para alquilar una de esas chicas que salen de las tartas y que, yo que no soy dado a despedidas de soltero (mis amigos son muy inteligentes), nunca he visto.

Pero el tiempo no sólo se gasta en ese tipo de personas. En Annie Hall, Woody Allen mira a un tipo que le está soltando un rollo terrible mientras sonríe falsamente aunque quiere salir de allí. ¿Cuántas veces nos ocurre eso? Hablamos por educación y hasta le reímos la gracia que no nos hace a alguien con quién nos cruzamos y al que conocemos de vista porque aquel año, en tal lugar, estuvimos haciendo un cursillo de informática subvencionado por el estado. Apenas recordamos su nombre pero el tipo es un pesado profesional que no se apuntó al cursillo para aprender sino para hacer de parásito mental de gente que como yo le aguanta el rollo.

Y luego está el tiempo que le dedico a tareas que en mi índice de intereses están justo al nivel de que me acaricien con una pluma la palma de los pies o me lleven de compras a tiendas de chicas. Tareas como pasar la aspiradora por la casa o hacerme la cama o lavar los platos o… vestirme. No me importaría quedarme todo el día en pijama. Si la ley o el buen gusto lo permitieran saldría a comprar el pan (otra tarea de esas que abomino) en pijama e incluso sólo con la parte de abajo y en plena mañana (con lo escandaloso que puede ser salir así para un hombre cuando se acaba de levantar).

Como no tengo perros ni gatos a los que entregar mi amor me ahorro regar o sacar a pasear. Pero hablando de sacar a pasear no puedo esquivarlo por completo ya que tener pareja me obliga a esas pequeñas rutinas para mantener una cierta estabilidad con ella, conseguir que no cierre el grifo de las relaciones sexuales(uno de los pocos trabajos pesados que no desprecio), explicarle algo interesante que la haga reír como el idiota de “Postdata: te quiero” por si algún día me encuentran un tumor en el cerebro y puedo dejar un buen recuerdo de mí a esa persona que dice que me quiere. Y claro, por lo menos a esta sí le importa si vivo o muero. Al menos de momento.

Gracias al doctor House he aprendido que no vivimos para siempre. El lupus puede matarnos aunque se suele presentar más en mujeres y en africanos. Entonces… ¿Por qué seguir regalando mi tiempo a todo el mundo?

Una vez hice el experimento de no quedar con nadie ni hacer nada ni siquiera vestirme durante un día. Todo el tiempo para mí. En realidad creo que lo hice durante más días, creo que una semana.

¿Conclusión? Al principio bien pero luego llegó el aburrimiento.

A ver si es que no estoy contento con nada.

15 octubre 2008

Llegó el gran hombre


¿Habrá fusilamientos?



Por fin llegó el tirano. Aunque no lo supe al entrar, me lo contaron luego, saludó a dos trabajadores, sólo a dos. Una era la taquillera que no ha participado en la nota reivindicativa y lo hizo cuando todavía no le habían informado debidamente sobre la revolución. Estaba contento, me dijeron. Luego fue a por otro, a por la serpiente chivata y traidora del equipo. Le preguntó que qué tal y todo eso. No sé lo que hablaron porque hace tiempo que no tengo tratos con el chivato. Sólo sé que éste va diciendo que nos hemos pasado con la carta pidiendo nuestros derechos, que la hemos liado, que los dos cabecillas nos vamos a la calle y todo eso. Todo me hace confiar en él: confío que se habrá chivado de que otra persona y yo hemos movido todo el motín y que somos los únicos responsables del levantamiento (siempre puedo alegar que quería celebrar a mi manera el 2 de Mayo que se conmemora este año). Claro que esto se parece más a una guerra civil. Nuestro Efialtes (ver “300”) me odia. Nuestro simpático Judas, ya agredido por mí cuando intentó ligar (una vez más, no se la quita del pensamiento) a mi P., siempre había odiado a mi otro compañero de revolución, no a mí. Por culpa de mi ciclotimia y mis pequeños impulsos destructivos he conseguido atraer toda su atención sobre mi persona. Tal vez no debí lanzarle aquella lata de refresco ni cogerle del cuello y llevarlo contra aquella pared ni básicamente humillarlo pero cuando consiguen cabrearme de verdad, y eso no es tan fácil, las palabras me salen por los puños en lugar de por la boca. Claro que estoy divagando.

No sé lo que el traidor diría ni el alcance de lo que habrá hecho. Si ha seguido en su línea estamos vendidos. Sólo sé que ayer por la tarde se reunieron los tres encargados en el despacho. Apenas salieron. Las empleadas que entraron a pedir cambio o cualquier otra cosa hablaron del rostro enfadado del tirano.

Después de cinco horas de despacho e incertidumbre en una tarde sin trabajo y con aburrimiento, el gran hombre salió por la puerta. Yo miraba unos monitores en el vestíbulo. El jefe, después de sus vacaciones y de tres semanas de estar fuera y debiendo algunas explicaciones a sus empleados (no solo a las babosas) paso a mi espalda sin decir adiós. Nada. Estoy castigado. Cómo en el patio del colegio de mi olvidada infancia “no me ajunta”. El señor jefe pasa de hablarme. Me hace el vacío por malo. O porque otro amiguito le ha dicho que he sido malo.

¡Qué gran encargado! Todo un profesional. La madurez llevada al liderazgo.

Conociéndole ni debe haber dormido.

No conozco a nadie más vengativo que él.

Bueno, tal vez sí.

Yo mismo.

13 octubre 2008

Festival de cine y hechos paranormales de Sitges




El Viernes desperté algo asustado. Soñé que estaba en una casa dónde unos sádicos desollaban vivo a un ser humano con una cuchilla. A la vez que veía esa tortura sentía que esta se proyectaba en una pantalla de cine y que aún como película, me parecía excesiva y me obligaba a mirar para otro lado. En los sueños todo es posible. Lo que veía era real y ficticio a la vez, me ocurría a mí y era una imagen de cine. La casa la tomó prestada mi subconsciente de la reciente película “Los extraños”.

Esa tarde fui a Sitges. Estaba el famoso festival de cine fantástico pero ya daba casi por hecho que todas las entradas estarían agotadas. Decidí pasar la tarde con P. en una cafetería muy acogedora, con sillones y decoración algo hippy (no me gusta tanto por la decoración como por el ambiente de calma que te deja pasar horas allí hablando de lo que sea con la música al nivel justo y las voces de la gente tan bien repartidas por el local que no se pisan las unas a las otras ni hay sensación de tumulto). De todos modos decidimos probar suerte con alguna película. Nos fuimos al Auditori, el cine más importante y dónde se presentan las películas de la sección competitiva y nos pusimos en la cola de lo que pasasen sobre las ocho de la tarde. Era una película española independiente, “Prime time”. Había posibilidad de conseguir entradas. Tratándose de cine español…

Salí de la cola para buscar unos diarios del festival en el vestíbulo del hotel que hay al lado del cine. Al regresar P. hablaba con una chica que le mostraba unas entradas. Pensé que le quería revender dichas invitaciones. Pero no. Decía que le sobraban a ella y su novio y nos regalaban dos. Luego, incluso, nos llevó hasta la cola por la que debíamos pasar con esas invitaciones. ¡Perfecto! Justo cuando estaba leyendo un libro que dice que las buenas vibraciones atraen la buena suerte y las malas vibraciones el infortunio. P. y yo estábamos vibrando adecuadamente esa tarde.

Pero la película comenzó media hora más tarde. La presentaron sus actores. Uno de ellos eran un guaperas de una serie que no he visto nunca llamada “Un paso adelante”. P. lo reconoció emocionada. Le comenté que no es de buena educación calentarse con otros cuando tu pareja está delante. Ella me abofeteó ofendida y comenzó el espectáculo.

Antes de la película había un par de cortometrajes. El primero de ellos centró mi atención. Un tipo mira la televisión de madrugada y ve decenas de anuncios y pornografía que le venden aparatos para abdominales, bicicletas, pesas, culto al cuerpo… La música se vuelve ensordecedora y cambiamos de imagen. El tipo se desnuda por completo (ni siquiera tiene pelo) y se sitúa frente a una cámara que empieza a grabarle. Coge algo afilado y comienza a rajar su brazo. Se arranca el trozo de piel y lo tira al suelo. Luego sigue con la piel del abdomen, con la de la cabeza… P. hacía dos minutos que se había refugiado en mi hombro para no mirar. Muchas personas miraban hacia otro lado para no ver el horror autodestructivo en la pantalla. Yo tenía también el deseo de mirar hacia otro lado que no fuera esa pantalla y el horror que mostraba (pero nunca lo hago ni en las peores circunstancias, la curiosidad me puede y me deja los ojos bien abiertos). La sensación era la de mi sueño. El hombre en este caso no estaba siendo torturado por otros pero sentía que esto era algo más que Deja Vu. Yo le había contado mi sueño a P. hacía un rato, no se trataba de una sensación. Hace años soñé la portada de un disco de Bowie en el rincón exacto de la tienda de discos dónde al día siguiente estaba, tal cual, con los mismos colores en tono sepia que había visto en mi sueño. Y eso lo dice un escéptico confeso como yo. Pero que yo sepa no soy el único. Nabokov, mi primer escritor preferido, cuenta en sus memorias una experiencia similar, haber soñado con algo que al día siguiente era igual que en su sueño y se queda tan ancho(o se quedaba, que él ya está en otro sitio dónde no se respira). No sé. El subconsciente retiene información que a nosotros se nos pasa de largo. Esto no me volverá místico. Sólo consiguió alterarme unos minutos. Cuando salí de la película que por cierto, no estuvo nada mal y a la que P. y yo votamos con un cinco, la nota más alta, ya sólo estaba pensando en que esa noche no teníamos tren y habíamos perdido el autobús.

No tengo explicación para lo sucedido. ¿Se puede entrever el futuro? Lo sigo dudando.

Como siempre, cuando ocurren hechos paranormales en mi vida no culpo a la magia, sólo a mi ignorancia de sus causas.

10 octubre 2008

La incertidumbre da más miedo


¿Somos héroes o ratones?


Quedan días para que regrese el tirano. El ejército está inquieto. Los dos rebeldes más visibles hemos recibido ya el revés del desengaño en un par de ocasiones. La traición, el miedo y la estupidez se mueven entre la tropa y apenas podemos hacer frente a esos enemigos (hasta cierto punto peores que nuestro contrincante).

Una comentarista de este blog, Lalongoria, hizo una involuntaria profecía hace poco: “Madre mía los cines nido de revoluciones sin filmar.
Lo digo porque yo fui testigo indirecto de una revolución en unos multicines. Y hubo delator. Y la represión terrible, dos despedidos de los indefinidos (los cabecillas)y el afianzamiento de un encargado cabronazo.
Los delatores me provocan una profunda vergüenza ajena.”

En nuestro caso todo eso es factible. Hay dos cabecillas(uno soy yo). Hay un traidor(una serpiente rastrera que lleva inventando mentiras desde que trabaja ahí, casi siempre sus mentiras coinciden con sus deseos y siempre dice que alguien se va a ir a la calle cuando ese alguien le cae mal a él) y hay un encargado cabrón(pero eso se da en casi todo el mundo laboral por necesidades empresariales).

El otro día fuimos cinco de los trabajadores a consultar derechos y preparar estrategias al sindicato. Era un edificio del siglo XVIII cercano a la ruina y cuyo recibidor lleno de bultos daba sensación de que el camión de la basura estaba a punto de llegar para llevárselo todo. Un tablón con diversos anuncios revolucionarios incluía el aviso de una huelga de otra empresa de cines para el 2 de Noviembre. El sector de la exhibición de películas anda revuelto. No sólo nos abandonan los espectadores, también los derechos. Para eso están las crisis. Son excelentes excusas que permiten sodomizar a los empleados de más bajo rango.

Pero el sindicato estaba para animarnos. En una mesa de reuniones dónde me negué a dejar descansar mi revista de historia porque había demasiadas migas y mugre y posibilidades infecciosas múltiples, nuestro compañero y sindicalista experimentado número uno nos dio claves, ideas y bastante ánimo. Escribiríamos nuestras peticiones en un papel, nos lo sellaría el sindicato y se lo enviaríamos al cabrón. También se nos recomendó diplomacia y buenas maneras con él. Pero esa recomendación sirve hasta para una multa de tráfico. Ladrar suele tener mayor penalización que aceptar errores y pedir amablemente una bula.

Salimos contentos de allí. Sé que algunos tienen miedo del regreso del jefe de sus vacaciones y de la confrontación. Pero no será para tanto. Los que más arriesgamos en esto no tenemos miedo al despido. Y de todos modos ya lo dijo Julio César: “El enemigo parece mayor cuando lo ves de lejos”.

El peor enemigo, creo, lo tienen los miedosos dentro.

La ignorancia, que es muy atrevida, también ofrece obstáculos.

Ya encontraremos la manera de saltarlos.

06 octubre 2008

Ruptura


Dicen que un segundo antes de tu muerte ves pasar toda tu vida frente a tus ojos. Yo no lo creo. Aunque nunca he estado un segundo antes de mi muerte. Por eso puedo escribir esto. Aún así no creo en ese dicho. Lo dice gente que estuvo a punto de morir ahogada, o quemada o fusilada pero no los que murieron realmente. Esa persona no murió así que lo que le sucedió no le sucedió antes de su muerte si no que le sucedió antes de salvar la vida por los pelos. Pero no es el tema…

Decía lo anterior porque el final de una relación amorosa sí me recuerda de algún modo a ese dicho. La pareja rompe el contrato tácito de piropos, responsabilidades y sexo ocasional que les unía… y se separa. Una vida en común se deshace y entonces los individuos vuelven a vivir para ellos mismos o para una nueva pareja. En ese instante sí puede pasarles esa vida en común por la imaginación. Si la relación ha sido lo suficientemente larga las calles, ciertos bares, algunos cantantes o grupos musicales, retazos de ciertas conversaciones… Todo eso y más recuerdan a la pareja que ya no está contigo. Una microvida de recuerdos con esa otra persona pasan ante ti cuando se ha roto la relación. Lo bueno y lo malo que tuviste con ella te recorre el cerebro durante los primeros días. Porque por mala que haya sido esa relación, si existió fue por algo y el peso de las muchas discusiones que llevaron a que terminase no alivia de la carga del dolor de que esa persona a la que dedicaste tu tiempo y por eso es única (ya lo decía Saint-Exupery en “El principito”) no está contigo. Y tampoco importa que ambas partes estén de acuerdo en romper el contrato. Los principios de ese fin suelen ser traumáticos. Si no ha habido malos tratos, ni excesivas putadas traicioneras o si cualquiera de los dos no disfrutaba con la música folclórica o tuneando automóviles es posible echar de menos a esa persona. Aunque lo mejor para ambos sea dejar de estar juntos.

Recuerdo cómo una amiga en una de esas rupturas antes de la ruptura definitiva fue al hospital por unos antidepresivos. Allí vio a una joven que tenía la muñeca rota. Y ella deseaba tener rota la muñeca y la envidiaba porque ese problema era ridículo frente a su dolor. Ciertas separaciones equivalen en dolor al fallecimiento de una persona amada.

Los humanos nos movemos por asociación. La marca de enjuague bucal de tu pareja puede salir en un anuncio y recordártela fácilmente. Si hemos compartido mucho con la persona amada (y ahora en fase “desamada”) nos espera un largo camino de espinas, recuerdos amargos, Prozac y la seguridad de que ciertos silencios no hicieron más que fumigar el buen ambiente entre los dos. La incompatibilidad es el monstruo que mata muchas pasiones, por otro lado.

Y luego el esfuerzo de tener dignidad y no desear fracasos a la otra persona y aceptar imaginarla feliz con otra pareja, de no perderle el respeto aunque se le haya perdido la confianza, de conseguir una amiga aunque se haya perdido una amada. Difícil. Al menos a corto plazo. Pero claro, dicen que el tiempo lo cura todo.

Lo que no se suele decir es que también lo mata.

29 septiembre 2008

Revolución


G. nos mirará así cuando acabe sus vacaciones


Llevábamos tres años de mentiras. El encargado nos había manejado y le habíamos dejado hacerlo por diversas razones: ignorancia del convenio, cansancio, miedo, estupidez…

G. se había rodeado de una plantilla cuyo mayor valor no era ser más puntual, o ser más eficiente ni más inteligente. Su mayor valor era que no le replicaba a nada y se dejaba robar. Sólo unos pocos le conocíamos mejor y sabíamos que llegaría nuestro día. Pero debíamos tener cuidado. Una de las frases que recuerdo de G. me lo resumió como persona para siempre: “Soy un rastrero y me gusta serlo”. Me la dijo durante un juego de paint ball hace un par de años, justo antes de demostrarlo ( le dije que me había quedado sin munición y me disparó a quemarropa todas esas bolas de pintura a presión causándome hematomas de gran importancia y un derrame en la pierna. Yo le llame hijo de puta y a punto estuve de pegarle con la culata del rifle en la boca pero recordé en el último segundo que era mi encargado).

Esta semana se dieron varias circunstancias. G. se había ido de vacaciones. Dos lacayos sin más poder que el que G. les dejaba, simples marionetas de este, nos dirigían. Estas marionetas habían hecho enfadar a los compañeros negándoles derechos que ya tenían como días de convenio o personales a los de media jornada (estos tienen derecho a la mitad de días que los de jornada completa pero desde luego no a que se les nieguen por completo). La gente estaba cansada también de que les metiesen más horas que las que ponía en su contrato semana sí, semana también y apenas notasen la diferencia en la nómina. Y a que les dieran el horario de trabajo el Domingo para la semana siguiente y no mensualmente para poder organizar un poco la vida.

Descontento, un cabecilla de vacaciones(en Malta, creo), dos lacayos sin muchas luces pero con mucha tontería encima, unos cabroncetes como ciertos compañeros y yo sin miedo al despido y con un total rechazo a las injusticias… Todos esos ingredientes estaban en la receta del plato que se cocinaba: motín en la empresa.

Yo leía “La condición humana” de André Malraux y me sorprendía con las luchas de los comunistas chinos contra el gobierno en la primera mitad del siglo XX. Esos tíos se arriesgaban a que los quemasen vivos en los hornos de una locomotora de un tren. ¿Y nosotros le debíamos tener miedo a perder un trabajo de mierda y a un gerente al que le habíamos puesto el mote de uno de los piratas del caribe por sus múltiples abordajes a nuestros derechos? No. El miedo nos hace esclavos. Era el momento de atacar al capo. Y de la manera más rastrera. Cuando no estaba. Él nos lo había enseñado. Somos discípulos de su escuela, meros principiantes. ¿Riesgos? Una vez dio una lección porque antes de que hubiera revolución alguien delató el complot y echó a un trabajador fijo. Típico terrorismo de despacho. Sólo asustó a los más miedosos. Creo que a casi todos menos a dos o tres de nosotros. Pero ahora había más valientes en las filas. Algunos incluso sin contrato fijo. Gente que lo tenía todo que perder menos la dignidad. Todavía les veo entrando a ver “Ché, el argentino” para darse ánimos.
Escribimos una carta exigiendo derechos y recriminando engaños. Y se la entregamos unos pocos a los dos lacayos.
Nos llamaron a los dos más representativos al despacho. En un tono amable los lacayos nos dijeron que no tenían poder para darnos lo que pedíamos. Que esperásemos al capo y que cuando volviese de las vacaciones le pidiésemos a él lo exigido. Claro que sí.
Creo que es ilegal tener un encargado que te pide deberes pero al que no le puedes exigir tus derechos.

Por si acaso lo registré todo en una grabadora.

Nuestra lucha ha empezado, prácticamente está en su prólogo.

Curiosamente estamos todos más animados, parece que nos guste más el trabajo.

Supongo que las rebeliones están para sacudir un poco el aburrimiento.

Eso mientras no rueden las primeras cabezas. Y las segundas cabezas tengan miedo y comiencen a inclinarse humilladas…