10 enero 2008

Un feliz recuerdo privado



Quedamos en la estación. Ella salió del tren y le indiqué que volviera a un vagón porque “ese” era nuestro tren. Estaba muy guapa. En realidad no había dejado de verla así desde que me había enamorado de ella. Antes sólo me gustaba. Ahora todo había cambiado para mejor. La oxitocina estaba haciendo su trabajo. La hormona del enamoramiento me hacía mirarla como si no hubiera otra mujer en la tierra. Sus manos de aire acondicionado de vagón calentaron las mías, frías de intemperie y espera.

Habíamos quedado en ir a un restaurante oriental. Internet nos ayudó a encontrar el adecuado. Aunque nos costó algo llegar entre la lluvia y mi femenino sentido de la orientación, dimos con el lugar. Muy acogedor. Espacioso. Elegante a su manera oriental.

El camarero nos dejó una esquina. Adoro las esquinas de los restaurantes y cafeterías. Adoro la intimidad incluso en los lugares públicos. Adoré a mi acompañante mientras se quitaba la chaqueta y me mostraba un vestuario inédito para mí. Había rebuscado en el armario para no repetir modelito. Me halagaba saber que se había arreglado sólo para mí. Yo también había buscado una camisa que ella no hubiera visto y que pudiera gustarle rodeando mi cuerpo.

Llevábamos tonteando semanas, sabíamos que esa primera cita tenía pocas incertidumbres. Sólo ciertos miedos por su parte, sólo cierta dudas por la mía. Aunque si algo tenía claro es que la quería como se puede querer estar vivo cuando te levantas por la mañana. Mi única incertidumbre era saber si quería seguir derrochando oxitocina y acabar loco por ella, un poco más loco de lo que ya lo estaba por mi propia cuenta. Había entre nosotros ciertos obstáculos para que lo nuestro funcionase. Sin entrar en detalles diré que "no era lo adecuado seguir con lo nuestro".

Todo fue a más. En los rollitos con salsa de naranja sus manos no querían soltar las mías, en el segundo plato de fideos de arroz picantes hablamos sobre la vida y la muerte y temas profundos para no hablar de lo nuestro, en el tercero, unas gambas con salsa de tamarindo o algo así, ya conversábamos sobre nosotros. ¡Por fin! Yo no tenía otra cosa en mi mente que hacerle el amor o follarla. Las dos modalidades me venían bien en este caso.

Estuvimos mucho tiempo en ese lugar. Casi cerraron el restaurante con nosotros. Lo peor de trabajar cara al público son los enamorados. Pesados para todo el mundo menos para sí mismos.

Fuimos a un “Il café di Roma” de los muchos que hay por Barcelona. La lluvia nos quería en algún sitio caliente y recogido. Y lo encontramos en esa cafetería. En la segunda esquina del día. Un banco donde nos sentamos juntos. Ella con su pierna izquierda encima de las mías. Cada vez más juntos, más imantados por algo superior a nosotros. La naturaleza no te deja pensar. Hace lo que quiere contigo.

Yo pedí un cortado y ella un capuchino. Hablamos un poco más de lo nuestro. Ya su cuello me estaba lanzando ciertos mensajes. O tal vez sus feromonas me estaban estimulando más de la cuenta. Sentí los efectos de una borrachera. O los de una raya de cocaína de las que ya no se fabrican. Sentí que yo no manejaba ya la nave. La besé en el cuello, en la cara. Ella hizo lo mismo conmigo. Después le toqué los pechos. Los más bonitos que han descansado sobre mis manos. Sólo el tacto de sus pezones ya merecía un libro erótico y otro de amor.

- Sabes que no debemos…

Claro que no debíamos. Pero queríamos. Estábamos rodeados de gente mayor que tomaba sus cafés y hablaban animadamente sin hacernos mucho caso. ¡Gloriosas esquinas! Sólo una se levantó y puso cara de asco cuando me vio con cara de salido salir del cuello de mi compañera mientras mi mano derecha se iba detrás, justo al inicio de su tanga.

- Lo siento… Estoy muy cachonda. Me estoy poniendo muy mal- mi mano quería ir hasta su entrepierna por dentro del pantalón pero había límites y los ponía ella, claro.

Le expliqué cerca del oído lo que le haría si estuviéramos en el lugar y en el momento adecuados. Ella cerraba los ojos para imaginarlo mejor y hasta me hizo alguna puntualización sobre cómo podría salir mejor. La polla se me quejaba dentro del pantalón. La estaba haciendo sufrir para nada. Las horas pasaban y el pegamento que hubiera entre nosotros no se disolvía ni con toda el agua de lluvia que estaba cayendo fuera. Recuerdo que entre toda esa borrachera no dije una sola palabra de amor o deseo que no fuera cierta. Y desde luego, mi erección hablaba por los dos.

Pero teníamos que salir de allí. Yo tenía que irme. Obligaciones cortarollos. Una auténtica lucha entre el yo, el superyo y el ello froidianos. Una encarnizada disputa entre el reptil y el mamífero. Pero al final me pudo el reloj y la razón y dije que saliéramos de allí. De todos modos no podíamos resolver nuestro deseo de ningún modo.

Ella fue al servicio y luego salió preguntándome si se le notaba mucho la humedad en el pantalón. La fuente de jade de la que hablan los orientales había fluido con generosidad.

Yo le dije que estaba bien y fuimos hasta el tren.

Nos separamos con pocas palabras. Usamos las miradas tristes para decirnos adiós.

Yo estaba enamorado.

Lo sé porque cuando llegué a casa seguí pensando en ella con música en los oídos.

Lo confirmé cuando ni siquiera tuve necesidad de masturbarme.

Creo que estaba en un estado de conciencia superior.

Justo ese que hace que los demás te vean como un idiota.

1 comentario:

Saudade dijo...

Vaya si he estado hace poco en una situación similar.

Yo le cambiaría solamente lo de la oxitocina, a mi me parece que la sobre carga de oxitocina vendría un par de meses después.

En el momento descrito sería más bien norepinefrina y mucha dopamina.