27 marzo 2008

Soledad

Los mejores compañeros de mi soledad


La soledad voluntaria es un placer. Cada vez que pienso en ella me visualizo a mí mismo en un piso sin más compañía que la de mis libros, mis comics, mi música, mis DVD,s, todas esas series de televisión que más que un placer ocioso parecen una obligación porque nunca tengo tiempo para verlas y me fuerzo a buscarles un hueco… Y entonces me levanto en ese piso dónde puedo hacer lo que me da la gana. De pronto se me antojan unas abdominales y las hago, o desayunar desnudo, o tener sexo en primera persona sin preocuparme de orgasmos ajenos, o escribir con la certeza de que no habrá una interrupción ni un toque de campana porque ha llegado la hora de la comida, ni tendré que hacer la cama si no me apetece, ni esforzar mi cerebro con una conversación que no quiera con alguien a quién no aprecie ni me aprecie a mí. La palabra trabajo u obligación descartada, por supuesto. Y puedo también salir a la calle sin mirar el reloj. O apagar el móvil para hacer esa libertad más auténtica, más definitiva. En mi “fortaleza de la soledad” o “Batcueva” que suele ser un apartamento costero que tienen comprado y me suelen prestar mis padres, soy más yo que nunca. El ruido ambiente apenas interfiere con mi propia persona. Sólo vivo para mí. Un egoísmo blanco que no hiere a nadie.

Me asomo a la ventana y busco alguna vecina que tienda la ropa con el pecho al aire en mitad de una noche de verano. Yo, agazapado en la franja de noche que me corresponde en una terraza cercana puedo actuar en consecuencia con el órgano más entusiasta de mi anatomía. O puedo buscar la playa nocturna para que el mar toque su melodía más relajante. O pasear siendo nadie para todos mientras el MP3 me estimula todos los resortes del placer de mi cerebro.

Si estoy solo porque lo he elegido así, soy feliz. Sé que volveré a necesitar salir de mi encierro. Que el regreso a las personas con las que suelo estar a gusto es inevitable y cuando me haya saciado de mí mismo desearé volver al presente y abandonar ese limbo atemporal de mi soledad. Pero mientras ésta dura me es tan necesaria como la felicidad.

Esa soledad sería terrible sin la promesa de su propia destrucción. Si supiera que esta es para siempre me agobiaría, me deprimiría. Necesito periodos de sequía social como necesito momentos de multitud y rebaño. Creo que por mi carácter prefiero más la unidad que la multiplicación. Pero de todos modos no puedo ni quiero abandonar a la humanidad. Aunque al estilo Roussoniano sienta que la sociedad me ha vuelto más corrupto, también creo que necesito de los demás. En ocasiones. Mi única tragedia es que no siempre decido yo. A veces son las circunstancias quienes me hacen estar solo o acompañado independientemente de lo que yo necesite. Y solo es un término puramente mental. En compañía de muchos puedo sentirme completamente abandonado. En mi “fortaleza” puedo hacerme más compañía que con una legión a mi lado. Claro que ninguna compañía como la del ser amado. A esa sí que no puedo renunciar. En mi top ten de los mejores momentos de mi vida el segundo puesto lo ocupan los instantes solitarios. En el primero están los que he pasado con una compañía voluntaria, con la persona a la que quería o con la que deseaba estar en ese momento.

La soledad tiene esa doble vertiente. Puede ser tan placentera como odiosa. La soledad de las navidades o de los domingos por la tarde es terrible. La soledad de mi apartamento es una fiesta. Salgo más rico de mis encierros voluntarios que al cabo de un día en el que he tratado de un modo superficial a más de cien personas.

Y tiene la soledad además, la particularidad de reflejarse en el aspecto externo. Muchas personas la llevan por fuera y se les nota y nadie quiere por eso mismo acercarse a ellos y ellos a su vez lo complican todo intentando aferrarse a alguien que les escuche. Pero la ansiedad no le resulta atractiva a nadie. Es curioso que aquellos que no parecen necesitar de nadie consiguen más atenciones. Me consta.

En fin, no es difícil concluir que aprecio tanto la soledad voluntaria como me hunde la soledad obligada o la compañía forzada. ¿Y para qué elegir? Sé lo que necesito para ser feliz: estar solo sabiendo que volveré a tener compañía o estar acompañado sabiendo que volveré a disfrutar de la soledad. Odio las situaciones definitivas. Me recuerdan a la muerte.

8 comentarios:

Shoori dijo...

Hola tio! a ver si quedamos la semana que viene para ir al japo que ya hace que no vamos! Ya me diras algo! o en su defecto te envio un sms. Un saludo!

Houellebecq dijo...

No sé como lo tendré la semana que viene pero te diré algo sobre el lunes o así. Por tu blog ya veo que tú vas bastante al japo de todas formas, je,je.

Ozymandias dijo...

Cuando te pones poético se me saltan las lágrimas. Bueno, excepto con esa imagen de la vecina tendiendo la ropa y tú pelándotela...entonces son lágrimas de risa. Si es queee...

Houellebecq dijo...

Esa imagen era para no hacer vomitar a los Hug Lauries como tú que no puede tolerar muchas precipitaciones de cursilería poética por frase cuadrada.

eros dijo...

Ya sabes que sólo odio a los poetas enamorados (normalmente follan mal)

Un abrazo

Houellebecq dijo...

Un saludo, eros. Estoy de acuerdo contigo.

Houellebecq dijo...

Un saludo, eros. Estoy de acuerdo contigo.

Houellebecq dijo...

Un saludo, eros. Estoy de acuerdo contigo.