28 abril 2008

Divide y vencerás

Cuando se lía la de Troya no suele ser por una mujer.



Lawrence de Arabia lo vio claro. Para vencer la ocupación de los turcos otomanos en Arabia tenía que unir a las tribus dispersas de la zona. Juntos podían lograr lo que separados no les dejaba ninguna opción.

El caso opuesto lo ve Napoleón cuando en 1808 descubre un oportuno enfrentamiento entre Carlos IV, rey de España, y su hijo Fernando VII. En el tira y afloja de esta mala relación entre parientes va el emperador francés y silenciosamente deja sus tropas en España con excusas del tipo “no, que son para conquistar Portugal, no os preocupéis” y al final nos cuela a su hermano de Rey. Naturalmente, aprovechó las discusiones entre Carlos IV y Fernando VII para conseguir sus respectivas abdicaciones.

La Historia esta repleta de esas jugadas oportunistas. Es un juego tan viejo que sólo sorprende que se siga repitiendo. Si la unión hace la fuerza, la desunión produce el efecto contrario. Yo mismo lo he visto en mi transcurrir por el mundo laboral. Suele suceder siempre lo mismo. Hay unas injusticias más o menos manifiestas. Alguien con aptitudes para la rebeldía lo hace notar, intenta unir a la gente como Lawrence de Arabia. Después los jefes, como Napoleón, se aseguran unos allegados (chivatos, gente apocada que teme perder el trabajo más que su vida, gente con rencillas y animadversiones personales). Finalmente se demuestra que es más fácil desunir que unir. Los intereses particulares priman sobre los generales. Para generar una revolución como la francesa o la más cercana de los Comuneros necesitas una opresión muy grande, estar al borde de la muerte porque no tienes para comer. Si lo que pides es cambiar el turno de noche de fijo a rotatorio… Bueno, digamos que no habrá soldados muy convencidos en tus filas.

Nuestro encargado tal vez no lo sepa pero lo intuye. Y lo practica. Vive poco en su despacho pero necesita pocos movimientos para sus “jaque mates”. Apenas unos movimientos y luego a casita a descansar. Deja un valido que podríamos llamar el pringado de turno encargado de trabajar por él. También dos o tres chivatos a los que promete el oro y el moro y a los que suele pagar con fruslerías, con pequeñas recompensas que no son ni una parte de lo que el convenio ofrecería. A veces tiene el descaro de prometerles un futuro de poder dónde serán encargados u operadores o se harán un lugar brillante en la empresa para motivarles. Y su frase final, al cierre de cada conversación en el despacho define muy bien la claridad y sinceridad que se pretende en sus tratos: “Si me entero que esto que hemos hablado sale de aquí me cabrearé”. Y es que alguien que dice que las cosas solo se hacen “a su manera o a su manera” y camina con la chulería de un pandillero juvenil de treinta y tantos no permite mucho espacio para el diálogo. Sólo algunas buenas razones para la rebelión en su contra.

Hace poco se intentó una. El motivo era bueno: se nos leyeron nuestros deberes, muchos y penosos, y se obviaron todos nuestros derechos. La gente estaba algo alterada.

Surgió un pequeño foco de rebeldía. Pretendía llegar a denunciarle si era necesario. Pero dentro del foco estaba su propia debilidad. La mayoría de compañeros estaban enfrentados entre ellos. Algunos con la insana costumbre de explicar sus preocupaciones y sus odios en el despacho como si este fuera un gran hermano amoroso y protector. Otros eran directamente imbéciles, incapaces de superar el miedo a perder un trabajo de mierda pero claro, cada uno conoce sus posibilidades. Por último, algunos incapaces de ver la indignidad de lo que se les pedía, digamos que un sector de gente que no veía tan mal lo que sucedía y hasta lo encontraba razonable porque tampoco deben conocer una vida mucho mejor ni recuerdan más allá de los últimos cinco minutos vividos. En fin… La revuelta quedó en nada. El encargado debió adivinar algo y un compañero al que podríamos denominar como “cabeza de turco” se fue a la calle antes de que levantásemos ni un dedo en contra. La coalición se deshizo. Todo volvió a la normalidad. Y además el amo de nuestros horarios laborales se dedicó a buscar aliados y amantes del cotilleo que le beneficiasen. Estaba en el lugar adecuado.

Creo que la vida es justa. Él es inteligente y el grupo es gilipollas. ¿Quién se merece la victoria?

4 comentarios:

Ozymandias dijo...

Pues sí, el rebaño siempre es gilipollas, al menos hasta que se cabrea mucho y empiezan a rodar cabezas sin ton ni son, como en las revoluciones rusa y francesa. Y estas revoluciones nunca funcionan bien porque siempre hay un espabilado dentro del rebaño que empieza a dirigirlo para cumplir sus fines personales. Y lo bueno es que si hay más de un espabiliado dentro del grupo se empiezan a aniquilar entre ellos, lo cual es mucho más divertido (yo no se qué tenía Stalin contra Trotski...). Y da gusto ver como el Historia y Vida es tan útil para buscar referencias históricas.

Houellebecq dijo...

Ja,ja, esa última frase es de una ironía muy sutil. Soy una esponja de conocimiento. Y empapada.

Houellebecq dijo...

Ja,ja, esa última frase es de una ironía muy sutil. Soy una esponja de conocimiento. Y empapada.

Ozymandias dijo...

Ay,ay...ese Parkinsoooon.