12 mayo 2008

Apariencias


Bueno, este post es el número cien. Al final no he decidido hacer nada especial. Todos mis posts me parecen importantes independientemente del puesto que ocupen. Es por eso que sigo con mis neuras más o menos habituales.

--------------------------------------------------------------------

En el libro “Castillos de cartón” de Almudena Grandes su personaje principal, una joven de veinte años, se lo monta con dos amiguetes de su edad. Uno es gordo y feo y el otro se describe de un modo un tanto tópico como lo más parecido a un ángel. A la joven le pone mucho el guapo pero en la cama parece no estar a la altura que sus alas deberían llevarle. En cambio el gordote es más cerdo, sí, pero parece que ella lo disfruta con diferencia. Al parecer es más divertido follar con un cerdo que mirar a un ángel. Y es que lo decorativo puede estar bien pero tiene su límite. ¿Qué es mejor, observar un florero o pegar el polvo del año?

Aunque el libro no me pareció nada del otro mundo, la idea se me quedó en el subconsciente. Tal vez porque me recordaba alguna vivencia que me hacía sentir identificado, en este caso, con las teorías de Almudena Grandes o de su protagonista(probablemente un alter ego juvenil de la escritora). Y es que mis mejores momentos sexuales no han sido con las más guapas ni con las más inteligentes ni siquiera con las más simpáticas o compatibles con mi modo de ser.

Tengo un mes de mi vida que no puedo sacar de la memoria. Ese con una mujer imperfecta que me hizo alcanzar los momentos más perfectos del goce carnal.

Le sobraban kilos, le faltaba inteligencia, fumaba(no soporto el tabaco), no era divertida… Y sin embargo mientras estuve con ella no la hubiese cambiado por nadie. Con ella conseguí mi record en cuanto a calidad y cantidad de los orgasmos. Y si dicen que el sexo no lo es todo será porque esos que lo dicen no han sentido cómo el placer de los sentidos se van contagiando poco a poco hasta el alma y al final, puede que sea un engaño pero qué importa si tu eres el primero en creértelo, sientes que esa persona con la que retozas es la mujer de tu vida. Si el roce hace el cariño, no digamos ya la fricción de los sexos y el orgasmo. Llegó un momento en que sólo decir su nombre ya me proporcionaba un raro modo de la felicidad. O que besarla era desear pasar una vida en su boca. O que… Pero no era este el tema. El tema era el daño que nos inflinge un prejuicio. O cómo nos dejamos llevar por las apariencias. Y es que una mujer o un hombre bellos pueden incitarnos a la reproducción de un modo automático pero lo que no sabemos es si el proceso reproductivo será tan satisfactorio como creemos. Algunas mujeres descubren que el hermoso hombre con el que han estado soñando tanto tiempo la tiene pequeña, o no se maneja bien con las erecciones que vienen y van sin control y sin intención alguna, o se va demasiado rápido, o está demasiado pendiente de sí mismo y no le importa en absoluto ella… Otros hombres descubren que la guapa a la que aspiraban no sabe practicar una felación o le hace ascos al miembro viril o prefiere bailar en una discoteca hasta las cinco de la mañana y follar de tarde en tarde sin darle la más mínima importancia al acto carnal. Las apariencias y los prejuicios nos llevan por caminos espinosos.

Yo no estoy libre de errores ni de equivocarme pero a veces, en mis momentos más lúcidos, intento ver un poco más allá de la apariencia de la gente que me rodea. No se trata sólo de buscar aquello que en principio te gusta. Se trata también de buscar aquello que en principio tiene ganas de ti. Y es que al final todo se reduce a eso. Mi antigua amiga no tenía una técnica perfecta ni hacía nada que no haga cualquier matrimonio en su casa y con los hijos cerca entretenidos y viendo la televisión. No, nada de eso. Mi antigua amiga sencillamente le ponía empeño. Y su deseo era contagioso. Hubiese hecho mal en resistirme a ella sólo por un michelín de más o porque la literatura le parecía menos interesante que los culebrones sudamericanos. No me arrepiento de haber estado y entrado allí, en ese gozoso cuerpo. ¡Qué razón tienen nuestros padres cuando dicen que hay que comer de todo!

2 comentarios:

Ozymandias dijo...

Tienes más razón que un santo. Un símil: comer en Bulli una vez es una experiencia fascinante, pero para el día a día yo prefiero mis lentejas con chorizo, que son lo que me mantienen vivo. Por no hablar de lo carísimo que sale el Bulli y de que allí entra y sale mucha gente (otro ingenioso símil encubierto...).
Felicidades por el aniversario.

pierrot dijo...

Si pudieras comer en Bulli una vez mas, comerías o no comerías?(no importa lo que te gastes), si se puede volver a repetir......,ojalá estos platos pasaran mas a menudo por nuestras vidas