05 mayo 2008

Suspense


El terror nos rodea


Tuve que hacer trasbordo para ir esa mañana de domingo al Mercat de Sant Antoni. Del metro al autobús. Allí ya había bastante gente esperando sentada a que saliéramos. Yo ocupé uno de los dos asientos libres que vi. El que daba a la ventanilla. Un gordo estaba delante y de pie. Esperaba algo. Tal vez que arrancase el autobús. Cuando este comenzó su trayecto el gordo se me sentó al lado. Su enorme personalidad me congestionó contra el asiento. Ese tío era una apisonadora. Por un momento pensé que podía ser gay. Luego, cuando no hizo nada más, concluí que solo era gordo.

Intenté leer el libro de ensayos que llevaba. Era interesante. Hablaba sobre viajes y griegos y todo eso. Pero antes de sumergirme en la lectura que ya había interrumpido al tener que abandonar el metro, vi algo que me horrorizó. Daba vueltas por la ventana. Era lo que menos quería ver porque me aseguraba una o varias pesadillas. En ese día de primavera el horror se filtraba por una rendija de la realidad y como en las películas de Hitchcock encontraba el suspense en lo cotidiano. Una cucaracha de poco más de un centímetro se movía por la ventana del autobús. Y yo odio las cucarachas. Son mi kriptonita. Son mi lipotimia asegurada. Son la variante del miedo que en lugar de hacerte correr te paraliza.

Intenté alterar la realidad a nivel cuántico. Ordené a las moléculas del escenario que me rodeaba que hicieran desaparecer la cucaracha. Lancé ordenes mentales para que se fuera hacia la señora cincuentona oriental que seguramente la trataría mejor que yo y hasta pensaría(a lo budista) que era un familiar suyo reencarnado. Pero la cucaracha hacía amagos de largarse cuando ya estaba regresando hacia mi lado. No sé qué quería esa bicha. ¿Buscar comida en ese desierto de cristal superduro y transparente? Puede que ni eso. Tal vez sólo quería intimidarme a mí. Vamos al jugar con el tipo de gafas que quiere leer y sin embargo ya no puede porque se ha quedado con el libro abierto inservible y sólo tiene ojos para mí. Y así pasé un rato de espanto cotidiano. Después la perdí de vista en uno de los recodos del ventanal aunque eso era más siniestro si cabe. Podía aparecer por cualquier lugar.

Llevábamos unos diez minutos de viaje o puede que menos, perdí la noción del tiempo. También la noción de que el tipo gordo, calvo y cuarentón que tenía al lado estaba frotando su pierna contra la mía, después había puesto uno de sus dedos sobre mi rodilla, ahora avanzaba el siguiente, ya estaba toda su mano sobre mi muslo derecho… aparté bruscamente la pierna como una mujer ofendida y acosada. Una medida muy poco eficaz para los pretendientes audaces y desinhibidos. Volvió con el juego de mi mano es como una arañita que va poco a poco subiéndose a tu rodilla y luego más arriba hasta…

Definitivamente el tipo no sólo era gordo, algo que odio en la gente. El tipo era gay.

Una mañana de sol amable, ni demasiado agresivo ni frío. Una mañana en la que sólo iba rodeado de mucha gente y por lo tanto bien acompañado y supuestamente escoltado. Una de esas mañanas en las que no piensas que pueda pasar absolutamente nada más que compres unos comics y te tomes un café en una cafetería. Y sin embargo una mañana en la que el horror acechaba y se transformaba en un tipo encerrado entre dos fobias: las cucarachas y un tipo gordo y maricón que le buscaba el paquete en un autobús público.

Me levanté para poner fin al horror:

- Disculpe, es que hay una cucaracha ahí que me da mucho asco. No soporto las cucarachas.

El autobús llegaba ya a su destino. El tipo todavía miró hacia mi pierna como desesperado por no soltarla pero se levantó y me dejó el espacio suficiente para salir apresuradamente de allí. Su media sonrisa lasciva parecía más una invitación que una despedida.

Pensé en la audacia de ese hombre. ¿Vio mi horror por la cucaracha y le pareció poco masculino? ¿Vio que mi libro hablaba sobre griegos y se quiso animar a practicar uno conmigo? ¿Tendrá Ozymandias razón cuando dice que mi chaqueta negra de piel no es muy masculina?

¿Dejaré de vivir anécdotas en los autobuses y por fin me dejarán leer en paz?

3 comentarios:

Ozymandias dijo...

Si es que vas provocando con tu aire intelectualoide de postín. Tendrías que haber hecho como hacen los hombres de verdad: capturar la cucaracha y masticarla con tus dientes mientras le arrancabas los ojos al gay por toquetearte y a la señora asiática por...¿por ser asiática?. Que alguien que ha visto Rambo tantas veces no sepa enfrentarse a estos peligros cotidianos...

Anónimo dijo...

La tecnología me agarró falla en este blog... No te gustan las cucarachas??? A mi tampoco, no puedo ni matarlas del asco que me dan asi que llamo a mi hermana para que las saque (ella es menos que yo)... Asi que te apoyo, quien dijo que los hombres no le pueden tener panico a las cucarachas?? Eso no los hace menos hombre... ¿o si?.. En fin...

Gracias por tu comentario... Me parece bien que hayas conocido tanto a mujeres como a niñas, es bueno saber de biodiversidad... Respondiendo tu pregunta (lo mas probable es que no haya sido una pregunta en si sino un aclaramiento) he visto a hombres que prefieren niñas, tal vez les gusta sentirse necesitados o agobiados... Gustos varios...

Espero verte por alla otra vez, por mi parte seguire pasando por aqui porque me gusto la narrativa de este post...

Saludos y besitos anti-insectos para ti... =)

P.D: y si al gordo tambien le daban miedo las cucarachas y solo estaba tratando de que lo protegieras porque te vio muy macho??? jejeje

Fabiana...

Houellebecq dijo...

Un saludo, fabiana y no dudes que estaré por tu blog más a menudo. Y por el de nuestro conocido común, eros que últimamente no actualiza demasiado.