08 julio 2008

Praga

Un lugar anodino de Praga sin turistas porque no hay nada especial que ver


Desde el avión Praga se veía muy bonita. Pequeños pueblos aislados los unos de otros por hermosos bosques eran como el preludio a una capital que me interesaba desde que leí el primer libro de Kafka que me gustó: “El proceso”. Aunque yo no iba precisamente al campo. Yo iba a una ciudad con 1,9 millones de personas en su área metropolitana que pronto se iban a incrementar levemente con nuestra llegada, la de unos cuantos turistas más, ávidos de nuevas experiencias que les alejasen del día a día de los jefes y los horarios y de vivir como unas cucarachas recién salidas de “La metamorfosis” del autor citado más arriba.

Esta bonita capital es capital de la República Checa. Si no quieres que sus poco amables gentes te peguen un bofetón actualízate y no les llames checoslovacos. Checoslovaquia murió en el 93. Los eslovacos están ahora tomando sus propias cervezas independientes de las cervezas checas. No sé si después de tanto tiempo para separarse de los vecinos alguno todavía tendrá las narices de hacer turismo en el país del que se escindieron.

A la gente le gusta poner apodos, sobre todo si esa gente es muy de pueblo así que esta ciudad tiene sus apelativos: “corazón de Europa” “ciudad dorada” “madre de todas la ciudades” y cosas así para que te resulte más atractiva delante de un folleto turístico.

Su bandera parece una bandera española a la que le hubiesen cortado una de sus dos bandas rojas.

Al llegar al aeropuerto salí buscando al que me buscase a mí con un cartelito dónde estuviese mi nombre precedido de Sr. No fue así. Ni señor ni nada. Don pelagatos. Me tuve que resignar al cartelito de Iberojet, la compañía que me organizaba las vacaciones. Un tipo sudamericano se presentó y me dijo que era el encargado de facilitarme unos billetes de tren para ir de Praga hasta Budapest y que ya se pondría en contacto conmigo. Me presentó al conductor. Un tipo gordo, grande y de pocas palabras y estás totalmente en checo, ni un mísero “hello” en inglés. El tipo me dio un folleto cargado de sugerencias de excursiones caras en español y me introdujo en su furgoneta. Allí supe gracias al cartel que habían colocado en el respaldo del conductor que una huelga por los precios de la gasolina tenía un poco paralizado el país. Me pedían disculpas por unas molestias que no sufrí ya que no tenía ni idea del camino que había entre el aeropuerto y el hotel y no se me hizo demasiado largo(y eso que el tipo no dijo ni “mu” a pesar de su aspecto vacuno que más te daban ganas de torearlo que de preguntarle nada).

Pasamos por un pasaje verde y por alguna que otra construcción con alambre de espinos que me hizo recordar ciertas películas sobre nazis. El sitio prometía.

El conductor mudo me dejó en el hotel y entonces ya parecí detectarle un embrión de sonrisa al despedirse. Si esperaba propina lo tenía claro. Para eso tenía que reírse de corazón.

No hacía demasiado calor. Clima templado mientras los españoles se cocían al fuego lento de la verbena de San Juan.

En la recepción del hotel se me recibió sin demasiadas alharacas. Creo que incluso con un poco de asco pero eso son impresiones subjetivas mías. Estos checos, ya lo había leído por ahí, no son gente especialmente simpática. Son educados pero de una manera calculada. Ni un milímetro de cordialidad de más no sea que les vayas a pedir veinte euros prestados. Sentía que les molestaba que les hiciesen preguntas de cualquier tipo.

Y sí, los chicos y las chicas eran guapos-as. Si no la selección natural, por lo menos la selección de personal habían hecho un buen trabajo. Pero el carácter eslavo… bastante a juego con el clima fresco. Siempre que recuerde Praga pensaré en una fotografía que vi sobre el puente más viejo de Europa, el de Carlos. En la fotografía se veía el puente en invierno y sin personas, nevado… daba frío incluso mirándolo en verano. Sus gentes me recuerdan mucho esa nieve.

Salí a comer algo picado con los tipos estos así que terminé en un restaurante italiano dónde se me trató muy bien y la “calzonne” estaba de muerte. Estuve a punto de no entrar porque en el menú de fuera había visto dos moscas muertas entre el anuncio de los platos del día y los postres pero me moría de hambre. El horror pasado en el avión me había abierto el apetito. Ya probaría la comida de esos lares otro día o en los desayunos del hotel. Ahora me acuciaba el deseo de llenar el estómago así que comí en ese restaurante junto a una iglesia barroca(San Cirilo) que habían restaurado varias veces y consagrado a santos diversos. Evidentemente no me paré a visitar la iglesia. Ni siquiera la fotografié. Y es que te lías a hacer fotos de iglesias y no te llegan los megas de la cámara y encima te aburres hasta lo indecible. Están las occidentales y las orientales(ortodoxas) y si pasas de los unos y de los otros, con un par de fotos por cabeza ya vas sobrado. Luego me pasé la tarde caminando hasta el centro y preguntando lo justo y comprando lo justo para ir familiarizándome un poco con el ambiente. De momento ya tenía las primeras impresiones. Si una ciudad se mide por sus gentes, Praga la tenía pequeña. Quiero decir que ya entiendo la afluencia de turistas en España. Aquí por lo menos no te miran como a una rata de cloaca que se está comiendo la comida del bebé y unas salchichas que compraste para la cena cuando les preguntas algo. En España hay otro trato. Pero no quería ser antropocentrista. Mucho menos españolocentrista. Nada de prejuicios. Ellos sabrán por qué tienen tan mala leche en tierras dónde las vacas pueden pastar tan bien. A mí me interesaba ver la ciudad de mi querido Kafka. Y no me dejaría intimidar por sus gentes.

Por más que el “corazón de Europa” se me estaba atragantando.

¿Será que Europa no tiene corazón o si lo tiene es así de duro?

4 comentarios:

Hannah dijo...

Me gustó mucho tu comentario en el blog de la mesa que cojea y ahora me gusta más tu blog. Tal vez sea casualidad pero yo también he estado en Praga. ¡Y sola! Y hace dos semanas. Tal vez podríamos haber coincidido de conocernos. ¿No crees? ¿O aún estás allí?

LaLongoria dijo...

jeje, yo creo que lo que les pasa es que no saben cómo llevar eso del turismo.No están acostumbrados, y reaccionan así.Te lo dice una vasca.A nosotros nos pasó, nos cambiaron la siderurgia por el turismo y somos muy secotes.Creo que vamos aprendiendo, pero hasta hace poco poníamos cara de marcianos cuando nos preguntaba un extranjero por un museo.

Houellebecq dijo...

Interesante reflexión. No lo había pensado. Como verás en el resto de las crónicas de este viaje, esa sensación agridulce que me producen esas gentes me llega a agobiar un poco. De todas maneras intento no juzgarles. Ni les conozco a todos ni conozco a ninguno en profundidad. Y la barrera del idioma nos hace marcianos mútuamente.

pierrot dijo...

Ahi en cambio, en Tunez están muy acostumbrados al turismo, recuerdo una vez que estabamos de camino a los Oasis de montaña de Tamerza, en un todo terreno, los chicos jovenes que habían por ahi rondando cuando vieron a la vista nustros coches 4*4 nos acorralaron, se peganban como lapas intentando verder mapas, collares, piedras del desierto, etc...lo tienen todo preparado para cuando lleguen los ingenuos de los turistas, te timan como quieren