03 agosto 2008

Dos estados de ánimo en Pest



A veces me siento como éste o como Hulk. Depende de lo bien que duerma.


Nietzsche ya lo sabía. La mente es esclava del cuerpo. Y yo también lo supe en mi segundo día en Budapest.

La noche anterior me había querido recuperar de la fatiga del día anterior así que me dispuse a dormir de un tirón. Pero de madrugada me despertó un zumbido cerca de mi oído. Algún mosquito se alojaba en la misma habitación que yo. Debía tener pensión completa y se quería servir su buffet libre con mi sangre. Yo me introduje bajo la sábana para intentar dormir y no escuchar ese zumbido que no soporto. Pero entre el ruido de los grillos y el calor, mi descanso ya estaba resultando un fracaso. El día siguiente entregaría un ser humano ligeramente más primitivo que el que suelo ser a la humanidad que me rodease. De mal humor y cansado no estaba preparado para tener una filosofía optimista y turística de la vida. Estoy seguro que las crónicas más entusiasmadas de viaje se harán en hoteles de lujo. ¡Es que así ves de color de rosa incluso Irak!

El desayuno no fue mucho más grato. La comida me repelía desde las mesas. Salchichas fritas y enormes (esto no es una alusión erótica) me rechazaban. Macarrones con el aspecto de haber estado antes en algún estómago humano, cereales de los más baratos, crema de cacao de saldo, un café con leche con el color de haber estado antes en el cubo de fregar de las limpiadoras o haber sido recogido de los charcos de un campo lleno de barro, comidas grasas para no perder el ritmo del colesterol tan necesario en esas zonas…

Allí no convertí la media pensión en pensión completa. De hecho se redujo a unos decimales de pensión.

Por suerte no tuve que preocuparme de que me quitasen la bandeja. No te daban bandeja de ningún tipo en la entrada. Y en cuanto al sitio… No había casi nadie en ese cutre comedor con una pequeña lámpara de araña que parecía más grande sólo porque un espejo sobre ella la duplicaba de un modo que hubiese horrorizado al gran asustadizo de los espejos, Borges.

Cogí el metro de la ciudad. Allí no me multarían. Casi todas las entradas estaban cubiertas por dos tipos que incluso te ayudaban sin decir palabra, eso sí, a comprar tu billete y validarlo. El billete se compra por línea y sin derecho a transbordo con una duración máxima de una hora si no recuerdo mal. Se compra en estancos cercanos, en máquinas que casi nunca funcionan o en una taquilla. Los vagones son casi de juguete, muy pequeños y escasamente iluminados. Sólo tienen tres líneas o así como en Praga. En un lado de la calle vas para un lado y en el otro lado de la calle vas para el otro. Imagino que si cambias de dirección tienes que volver a pagar.

A pesar de lo mal que comen observaba muchos individuos de gimnasio, fuertes, con las cabezas rapadas. No sé si había una convención nacionalsocialista cerca o es que es la moda del lugar pero me encontraba esos musculosos fuertotes por toda la ciudad. Por suerte no se metían con nadie ya que no era recomendable tener problemas con ellos.

Entonces me llovió, dí unas cuantas vueltas más sintiéndome tan airado como la tormenta y al final, lleno de furia regresé al hotel.

Viendo cómo el día anterior España había ganado el mundial por el canal internacional de TVE y encogiéndome de hombros porque me importaba menos que nada, me quedé dormido.

Y entonces desperté sobre las cinco. Ahora, después del “reset”, me sentía mejor. Salí a la calle y cogí el metro hasta el puente de las cadenas. Dejé que el frescor de la tarde y la pureza de un ambiente al que la lluvia le había limpiado el polvo me corriesen por la cara o me entrasen a través de la camiseta. Era relajante.

Ya no había chiringuitos ni feria en el puente. Sólo viandantes, coches que pasaban y hacían vibrar siniestramente ese suelo colgante y yo, mucho mejor de ánimo que por la infausta mañana.

El sol se estaba yendo sin molestar. La lluvia estaba definitivamente agotada. No quedaban nubes en el cielo. En mi cerebro tampoco.

Decidí bajar las escaleras del puente hasta abajo, hasta unos bancos que daban al Danubio y desde dónde pude ver llegar la noche y las luces del puente que verdaderamente lo embellecen. Durante unos segundos el puente tiene un tono verdoso alienígena de lo más bonito. Luego se va al amarillo y así se queda. Si alguien me hubiese hecho una fotografía con mi pareja desde atrás en ese banco me hubiese sentido como en el póster de la película “Manhattan” que decora mi dormitorio, una de Woody Allen. En blanco y negro.

Cerca, un joven borracho tocaba un inexistente piano con una colección de latas de cerveza a su lado, los barcos de turistas lanzaban sus propios relámpagos en forma de flashes de cámara dirigidos hacia el puente, fotógrafos de caballete se apostaban cerca de mí para retratar dicho monumento con paciencia de expertos, algunas parejas discutían en otro idioma pero con los gestos internacionales de incomprensión entre hombre y mujer… La vida a mi alrededor me parecía un poco menos extraña. A esa hora y en ese lugar y con mi nuevo estado de ánimo me sentía menos extranjero en esa tierra.

En ese día me había sentido bien y mal. Todo había dependido de que hubiera dormido bien o hubiera dormido mal. La máxima de Nietzsche era real. El cuerpo marca la pauta de tus emociones.

Pensé lo mucho que le debían doler las muelas a Stalin para ser como había sido.

9 comentarios:

Nai dijo...

Mmmmmmm no tiene por qué yo duermo fatal y no estoy de mal humor aunque tengo muy mala leche xDDD

Houellebecq dijo...

Tu mala leche es producto de algo. Si no es por no dormir será por otra cosa. Bueno, voy a leer qué has hecho este fin de semana que los Lunes toca .

LaLongoria dijo...

Yo, más que bipolar soy cuatripolar. Será porque, además de no dormir, me afecta el calor, el hambre y los ruidos. Así todo prefiero cuando me pongo de mala leche a cuando me pongo triste ( no me soporto en este estado).
A ver hoy lo que toca....

Houellebecq dijo...

¿Y quién no? Me paso la vida huyendo de la tristeza(a lo mejor por eso la tristeza me quiere tanto). Estar de mal humor no me gusta y me quita años de vida pero la prefiero a lo otro. De todas maneras, bien dormido y bien... otras cosas, yo ya soy feliz.

Nai dijo...

juas ya te conoces mi blog mejor que yo xD

A mi también me pasa lo mismo, me paso horas con algo en las manos pensando si será lo apropiado, de hecho el otro día nos pasó eso con una camiseta que decidimos no comprar por si no se la ponía.

Con el que más me pasa éso es con D asique un mes antes de su cumple o de reyes me planteo qué le puedo comprar porque por lo general tengo mala suerte. Si busco una película se agotará, si pido algo por internet se perderá... cualquier día quebrará la fábrica o algo xD

Y sí, me lo he pasado bien peeeeeero me ha cansado muchísimo, menuda paliza de no dormir y esas cosas...

Beso!

Hannah dijo...

Yo el mal humor me lo quito sólo de una manera. Pero necesito un hombre que me ayude. A ver si adivinas de qué hablo, querido Hou. Un saludo a todos desde Grecia. ¡Yo también estoy de viaje!

Hannah dijo...

Sí, Nai, y luego están los que lo tienen todo en esta vida. A esos, cómo no les regales una novia-o... Pero claro, hay regalos que no se dejan comprar.

Helena dijo...

Yo también me identifico con jekyll pero sólo en su personalidad mala todo el tiempo. Besos.

Maya dijo...

Cuerpo-mente. Es el estado físico el que repercute sobre el estado anímico o viceversa?
No olvidemos que luego está el factor "la mala semilla" que decía Polansky.

Yo no tengo mala leche y casi nunca estoy de mal humor. Pero a veces, como en Un día de furia, me gustaría coger la escopeta y liarme a tiros.

Me lo estoy haciendo ver ;)