23 septiembre 2008

Juzgado




P. y yo habíamos pasado la noche anterior haciendo ejercicios gimnásticos el uno sobre el otro para relajarnos(o por lo menos yo). Pero la satisfacción no me evitaba la fatiga y el cansancio de una noche previa a un juicio.

Salí con tiempo para llegar a mi hora y por si había imprevistos. ¡Y vaya si los hubo! Fui al juzgado de la otra vez y yo no estaba citado allí sino en otro que se situaba a varios kilómetros de camino a paso rápido. Me faltaban veinte minutos para el juicio. Comencé a bajar apresuradamente por las calles buscando algún taxi que no aparecía ni por casualidad. Estaba convencido de que el juicio ya estaba perdido. La lluvia, el estrés y las calles cortadas estaban a favor de mi vecino y de su puerta. Tal vez no debí golpearla con aquel martillo. Pero ahora era tarde para eso. Ya no se trataba ni de su palabra contra la mía. Era su palabra contra mi propia estupidez. A ocho minutos de las doce treinta (hora del juicio), yo estaba en el número doscientos cincuenta de la calle de los juzgados situados en el número dos. Ni corriendo llegaría a la hora.

A y veinticuatro vi un taxi libre en un semáforo. Entré en él y le dije al taxista que si podía recorrer toda esa calle rápido porque tenía un juicio y tal y cual… El tipo apenas respondió. Se puso en marcha. Era un tipo gordo, reservado, barbudo, tatuado, con una gorra, un poco autista… En los semáforos aprovechaba para leer una revista sobre tatuajes y se entretenía con los anuncios de contactos. A y treinta y dos estábamos llegando a los juzgados pero no sabía cual era el edificio. Él que parecía haber sido juzgado muchas veces desconocía por completo esos lugares mientras que yo, que parezco no haber roto un plato en la vida ya íba por mi segundo juicio. Las engañosas apariencias.

Entré apresuradamente en el edificio más concurrido de gente y acerté. Me presenté en la entrada, pasé por un control con bandejas y arco magnético y registro muy parecido al de los aviones y cogí el ascensor hasta la segunda planta. Allí estaba mi enemigo que debió de sufrir una gran decepción al verme aparecer. Pasaban cinco minutos de las doce treinta. No habían llamado a nadie todavía. Varias personas esperaban como mi vecino en el pasillo sentadas o de pie. Mi acusador estaba tenso. Se quedó de pie.

Yo me senté junto a un hombre de unos cincuenta años con “El país” en la mano y que con ironía me preguntó si yo era el suyo. ¿El suyo? ¿Su qué? ¿Su amigo secreto? ¿Su abogado? No sé. Tal vez le habían acusado y desconocía a su acusador. Eso pasa a menudo. Yo le expliqué que mi “pareja de baile” era el tipo con cara de subnormal que se daba vueltas por el pasillo con los pantalones por encima del ombligo (un centímetro más altos que el año pasado, la jubilación sigue su paso inclementemente).

A y treinta y siete, dos minutos después que me sentará, un tipo salió de la puerta frente a la que esperábamos y dijo mi nombre en voz alta. Me pidió el carnet. Llegué justo a tiempo y por muy poco.

Dos minutos más tarde ya nos llamaban a los dos para el juicio. Todavía me latía el corazón rápido por las carreras (me siento como Wilt Smith en la película “En busca de la felicidad”, siempre corriendo para llegar a más sitios de los que me permite el físico).

Entramos en la sala. Dos señores y una señora con toga. El tipo de los carnets detrás nuestro nos indicó que nos sentáramos. Yo a la izquierda y el acusador a la derecha. Fue el primero en levantarse y explicar su versión. Fantástico. Fue más balbuceante que nunca. A los letrados les costaba entender lo que decía o explicaba. Ya se que el retardo mental de sus hijos es plenamente heredado y buena parte de la culpa es suya por procrear con genes defectuosos.

- Gilivecino: Estaba rompiendo nueces en la casa de al lado.

- Juez: ¿Quién rompía nueces?

- Gilivecino: Mi vecino. Y entonces este individuo(me señaló a mí) gritó y me llamó hijo de puta y subió y me dio un martillazo en la puerta y me la destrozó.

- Juez: ¿Usted le vio?

- Gilivecino: Sí, yo estaba en la mirilla de la puerta y le vi.

Más o menos fue así. Estaba nervioso y apenas sabía cómo expresarse. Se sentó rápidamente y me tocó salir a mí a explicarme. Esta vez era delante de un micrófono. Me sentía como en el club de la comedia pero mi telonero había sido bastante mejor que yo. Lo de pasarse todo el tiempo en la mirilla de la puerta era muy bueno. Yo sólo dije que efectivamente subí al primer piso acompañado de otros vecinos que también oían ruido, que efectivamente ese día ¡Y sólo ese día! Mi vecino no era el culpable y además yo fui el primero en señalarlo y que luego mi enemigo, aprovechando la reunión aprovechó para decirles a todos que el rasguño de la puerta era de un martillazo que yo acababa de hacer. Yo lo negué y me fui. Fin de la historia.

- Juez: ¿Golpeó usted su puerta con un martillo?

- Yo: No, ni siquiera tengo herramientas en casa. Si hay que reparar algo lo hace mi padre. Yo soy un inútil con las manos. Sólo leo y escucho música… (es fácil contar mentiras cuando se parecen tanto a la realidad).

- Juez: ¿Había vecinos con usted esa noche?

- Yo: Sí, pensé que los traería mi acusador pero ya veo que no.

- Juez: Ya puede sentarse.

Me senté. Y recordé el martillazo en la puerta. Porque al menos un martillo si que tengo. Es de mi padre, en realidad. Lo dejó por ahí. La única mentira entre todas las que había dicho el otro cabroncete.

Me hicieron levantar una vez más para decir si tenía algo más que alegar. Respondí con un escueto no. Mi vecino quiso alegar algo que nos demostró a todos, por si dudábamos, que el síndrome de Down no siempre se lleva en la cara, también lo llevas por dentro:

-Gilivecino: Bueno, mi vecino no puede venir pero tengo un papel firmado dónde dice que yo no hacía ruido esa noche, que era él el que cascaba nueces.

“Tú si que tienes el cerebro cascado”, pensé yo. No hacia ni dos minutos que yo mismo afirmé que el dichoso vecino cascaba nueces. El gilivecino tenía un papel dónde afirmaba lo que yo también afirmaba. El juez casi ni le escuchó.

Lo que sí escuché yo fue la sentencia de absolución que la próxima semana iré a recoger. El juicio duró entre cinco y diez minutos. Los jueces debían tener ganas de tomarse su café con leche y sus cruasanes. En líneas generales se habían portado muy bien. No me miraban casi a la cara (como los médicos), tal vez para no dejarse engañar por las estafadoras apariencias pero habían sido muy amables.

Salí contento. Ya no llovía. No sabía dónde estaba pero con un MP3 puedo llegar a cualquier sitio. Decidí tomarme el día libre. Nunca falto al trabajo y el trabajo me falta a mí mucho el respeto así que me tomé la tarde libre. Llamé al más ingenuo de mis encargados:

- Oye, no puedo ir a trabajar. Me han hecho un arresto domiciliario de un día injustamente. Ya te contaré. Ha sido terrible.

- No te preocupes. Lo importante es que tú estés bien.

- Claro, claro. Estoy bien. Sólo algo indignado…

¿Bien? ¡Estoy de maravilla! Y esta noche a ver los conciertos de las fiestas de la Mercé con una que está de baja.

Así va el país.

4 comentarios:

Perséfone dijo...

Pues no sabes cuanto me alegra que todo hayas salido más o menos bien. Ahora a esperar la sentencia que por supuesto, nos contarás la semana que viene ¿No?

Al menos ya te has quitado esos nervios de encima.

Por cierto, suelen decir que la lluvia es un buen augurio, aunque para el gilivecino también lloviera...

Un abrazo.

Houellebecq dijo...

Muchas gracias, Perséfone. La sentencia la recogeré la próxima semana pero ya sé que es de absolución. Y lo mejor de todo es que cuando pierde, el gilivecino deja de hacer ruidos y se está más callado, como si temiera que la justicia le cayera encima en cualquier momento. Han sido años de guerra fría y no tan fría pero este año parece que se controla más con sus trabajitos. Ya no hace tanto ruido.

LaLongoria dijo...

Después de la tensión la distensión. Gran estado el que se produce después de solucionar las incertidumbres.
A lo que has hecho yo no le llamo "revestir la realidad", directamente has creado una especie de "cuarta dimensión", martillo si martillo no...
Yo también me alegro de tu absolución. Ahora es cuando tu vecino se merece otro martillazo.

Houellebecq dijo...

Ya no necesito un martillo. Probablemente necesite un hacha. La que se necesita para hacer leña del árbol caído. Aunque lo curioso es que no lo necesito. Ya me siento realizado con esta victoria. Los daños en su puerta los paga él.
Ah, lo que daría por ver la conversación con su mujer cuando llegase a casa...