30 julio 2008

Soy un virus en Budapest


Ya no me siento así salvo cuando llega la hora de ir a trabajar



La primera vez que supe algo de manera consciente sobre Budapest fue en una entrevista que le hicieron a Rocco Sigfredi sobre una película que filmaba allí. Decía que las chicas Húngaras eran las más guapas del mundo y además no les costaba desinhibirse frente a la cámara. Claro, en los países pobres eso suele pasar, no te cuesta menos desinhibirte pero necesitas hacerlo. Normalmente la gente que dice que no haría tal o cual cosa por todo el dinero del mundo es gente que nunca ha estado en una situación demasiada apurada y desconoce sus límites. El actor y director porno aprovechaba la dramática disposición de esas chicas para hacer sus propios negocios.

Pero Rocco tendría razón en algo ya que Budapest fue la capital del porno hasta que según dicen, fue desplazada por Praga(de la República Checa es Silvia Saint). Yo no he notado nada de eso en este viaje. He visto que hay muchos night-clubs o locales de strip tease en la zona pero no me han llamado especialmente la atención. Mi agotamiento físico durante el viaje me ha llevado a sentirme como esos judíos de los campos de concentración nazi que más tarde, cuando se les preguntaba por sus deseos sexuales allí decían que ni por asomo los tenían. La lucha por la supervivencia era más importante. El instinto sexual es poderoso pero sigue situado en la segunda posición y por debajo del de seguir respirando. Imre Kertesz, ya que estoy en el tema, es un famoso premio Nobel húngaro y explica muchas de estas vivencias en sus libros sobre el holocausto.

En fin, que el servicio de limpieza no tuvo que preocuparse por quitar repulsivas y sospechosas manchas propias o ajenas en las sábanas de mi habitación. Pasé por esas ciudades más casto y puro que todos los santos y patrones que se ven en sus iglesias. Y desde luego, mucho menos homosexual que sus curas.

Ni siquiera me importó demasiado el buen nivel estético de ciertas húngaras que pululaban por la ciudad.

El domingo que llegué había un festival de música en el famoso y bonito puente de las cadenas. Relativamente reciente, se construyó en 1849 y después de ser dinamitado por los nazis tuvo que reconstruirse justo cien años después. Ese Domingo había puestos dónde vendían los siempre espantosos y terribles souvenirs, feriantes, chiringuitos dónde la comida más grasienta e insana del mundo atraía de todos modos a la gente que tal vez había perdido el gusto a fuerza de emborracharse o de sufrir una insolación por el calor que hacía…

En un escenario un señor de unos cincuenta años bien llevados cantaba una música pop- rock con leves aires años cincuenta mientras un grupo de jóvenes parejas mixtas bailaban detrás suyo. Ellos con tupés, ellas con ropa retro. Todos lo hacían muy bien en conjunto. Yo llegué para ver las dos últimas actuaciones y una canción, “Made in Hungría”, me gustó especialmente. Si no hubiese escuchado la siguiente hubiese ido tarareándola toda la tarde. El problema es que sólo retengo la última melodía que escucho. “Made in Hungría” se perdió por algún lado de mi cerebro y me quedó la canción que yo no deseaba.

En general la gente húngara parecía más amable que la de Praga. Y más alegre.

Me fui a tumbar a la hierba, cerca de dos bonitas lesbianas húngaras que mostraban su amor abiertamente. ¿Y a mí que me pasaba que me daba igual y pasaba de absolutamente todos los reclamos eróticos aunque no fuesen para mí?

Por la noche decidí volver al hotel y me atreví a buscar un metro. En Budapest funciona el más antiguo del mundo y se nota. Parece haberse quedado como empezó. Viejísimo.

Mientras yo buscaba el transporte no percibí que alguien me buscaba a mí. Lo vi en los ojos de otra persona que miró detrás de mí. Al parecer un tipo que iba muy pegado a mi espalda me buscaba el trasero pero no para tocarlo sino para llevarse mi cartera. Por suerte la cartera siempre va delante de mí por más que estéticamente eso sea una abominación y en ciertas fotos parece que mis bolsillos sean las cartucheras de un pistolero o las de una mujer con problemas de sobrepeso.

El supuesto raterillo se fue cuando se vio sorprendido.

Bajé al metro preocupado. Sólo en estas ciudades y sin un buen grupo de gente que te acompañe tienes que estar atento a todo. Estas más expuesto que una bacteria o virus en un cuerpo sano y lleno de anticuerpos que sólo buscan eliminarte.

Y claro, dudo mucho que la vida erótica de los virus sea muy buena.

Así se entiende todo un poco mejor.

28 julio 2008

Basílica en Budapest


La plaza de esta basílica es ideal si no has ido a la playa y quieres coger algo de color



Salí al sol de la mañana con el ánimo bajo y el sol alto. No había conseguido dormir en el hotel. Lógico. La habitación no tenía persianas, sólo unas cortinas que se movían con la brisa dejando pasar billones de fotones a través de la ventana hasta mis párpados.

En el hotel me habían dado un pequeño mapa dónde los nombres de las calles se veían borrosos por lo que tenía que adivinar más que seguir la posible ruta hasta el centro turístico.

Después de ver una enorme plaza, la de los héroes (Hosok Tere) dónde las estatuas de los reyes de Hungría me miraban apostadas y elevadas sobre un semicírculo de pedestales, decidí bajar por una calle en línea recta repleta de embajadas y bancos hacia el río. De momento quería ser cauteloso con los transportes de la zona no me fuera a caer otra multa por descuidado o por no dominar el nuevo idioma(ver anécdota en Praga).

Después de varios kilómetros de caminata llegué hasta la Basílica de San Esteban. Este hombre fue el primer rey cristiano de los húngaros coronado por el papa Silvestre II en el año 1000 de nuestra era.

Yo la basílica la conocía mejor por postales, documentales, películas y por un comic reciente de superhéroes dónde estos se enfrentan a unos magos allí mismo (Shadowpact). Es un edificio muy bonito que da a una plaza amplia y soleada, demasiado soleada en verano.

Entré dentro para ver cómo se rezaba por esa zona. A lo mejor lo hacían diferente. Llevaba la revista de historia con el demonio en portada que me había prestado mi cuñado. A pesar de que la he pasado por diversas iglesias durante estas vacaciones no la he visto arder ni cuando toqué el agua bendita que tienen en casi todos estos centros. Yo tampoco me he quemado por hereje ni he sufrido la ira divina de un modo especial (aunque ser multado en Praga y ser timado en Hungría se parecen a una sanción). Creo que en líneas generales, ninguna entidad superior me estaba maldiciendo por no tener fe en ella. Ante esto veo dos posibilidades. La primera es que Dios ya no es un tipo cruel y sanguinario que destruye a los herejes por no creer en él. La segunda es que Dios no sólo no ha existido nunca sino que sigue sin existir. Eso convertiría todos esos edificios religiosos en mero esfuerzo infructuoso. Aunque claro, si alguien se siente reconfortado con esos temas…

Los turistas hacían fotografías todo el tiempo mientras una pequeña legión de fieles no se dejaba alterar demasiado por los flashes de las cámaras y escuchaban embelesados al cura. Parecían estar acostumbrados a posar y rezar sin demasiado esfuerzo.

En la entrada de la basílica había una máquina dónde tu mismo te podías servir unas monedas religiosas poniendo tus monedas turísticas en una ranura. También había un punto de información dónde se te vendían otros souvenirs. Creo que puedo entender la ira de Lutero cuando se vendían bulas para esquivar el infierno. Una religión echa por los pobres y para los pobres en la que se empiezan a redimir sólo los ricos es una religión que huele a estafa. Si Lutero se hubiese dado una vuelta por esa basílica hubiese sido algo más que protestante (Criticante, cabreante, pateaculoscristianoseante…).

Salí tan ofendido como siempre de ese centro sacacuartos. En la calle, una gitana gorda exponía unos manteles de mesa tejidos a mano y los extendía frente a ella con los brazos en alto, casi emulando una crucifixión. Intentaba vender a los turistas el fruto de su esfuerzo o el de su familia a pleno sol. En caso de que fuesen robados también suponían un esfuerzo para ella y su familia. Así que verla vender el género mientras retostaba todavía más su ya de por sí morena piel me parecía agotador. En una hora solo la ví vender uno de esos manteles. Fue a una señora que al llegar hasta su marido y enseñarle el género provocó una discusión. El hombre no estaba nada entusiasmado con la compra. Pero la gitana, muy profesional, dejó al matrimonio discutiendo (su negocio ya estaba cerrado) y siguió exponiendo el género a nuevos posibles clientes mientras el sol caía sobre ella en vertical.

Si pasáis por la basílica la veréis. ¿Quién se merece más vuestro dinero de turistas, ella o los chiringuitos de venta de souvenirs que han montado dentro de la basílica?

Yo, ante la duda, no se lo dí a nadie.

23 julio 2008

Bienvenida húngara de un taxista otomano


Plaza de los héroes en Hungría. La primera vez que la ví me caía de sueño.


El tren me alejaba de Praga y me llevaba a Budapest. Me sentía feliz. La República Checa no había sido un desastre pero ya me estaba aburriendo esa gente tan arisca. De lejos escuchaba las voces llenas de vida de los argentinos que me acompañaban en ese viaje. Me hacían sentir muy acompañado. Buena gente.

El vagón era confortable. Una cama con litera (dormí o intenté dormir abajo). Baño con ducha y hasta un enchufe para la maquinilla eléctrica. Agua en dos vasos de plástico cerrados por una tapa como si de una tarrina se tratase, jabón, servilletas… ¡todo gratis! Bueno, ya había pagado el viaje (mil y pico de coronas más unas setecientas más por el suplemento del vagón con cama).

Las luces de los trenes, los edificios y las estaciones que pasábamos se filtraban fugazmente por una parte de la persiana que no había bajado del todo. Pero no importaba demasiado. Fuera estaban de juerga y yo con el traqueteo del tren tampoco estaba por dormir demasiado. Escuché algo de música, leí el libro de la berlinesa que se me solía caer de las manos, un poco de la revista de historia con el demonio en portada… El sueño debió ser tan fugaz que tuve la sensación de haber pasado toda la noche despierto.

Sobre las seis treinta de la mañana sonó un pitido insistente. Pulsé un interruptor dónde se veía el icono bien evidente de un reloj despertador. Cesó el suave pitido innecesario. Yo ya me había despertado con la luz del sol que se filtraba por la rendija de persiana mal bajada. No sé por qué no me quise precintar de la luz por completo. Supongo que no quería quedarme dormido demasiado profundamente.

A los pocos minutos llegó un señor que me avisaba que en breve llegaría a Budapest-Keleti, mi estación. Si seguía en ese tren podía acabar en Brasov o Bucarest, ciudades de Rumania que ya he visto y de las que por cierto, tengo muy buen recuerdo. Pero en esta ocasión tocaba Hungría. El revisor que me avisó era muy dulce y amable, tal vez la oveja negra de los checos.

A las siete y tres minutos de la mañana ya estaba pisando el suelo húngaro.

La estación tenía un punto de información fantástico que sin embargo estaba cerrado. No pude agenciarme un mapa.

Como tenía cambiada algo de moneda del lugar decidí coger un taxi. Un tipo oscuro y de aspecto otomano se me acercó “¿Taxi?”. Yo dije que sí e introduje mi equipaje en su maletero. Luego entré en el coche. Antes de arrancar sorprendí una mirada de lagarto astuto en los ojos del otomano que miraba a sus compañeros como diciéndoles “ya veréis, a este pardillo lo timo yo”.

El tipo no puso el taxímetro y eso tampoco me gustó. Sabía que no me cobraría lo justo ni mucho menos lo legal. De todos modos estaba cansado. Tampoco quería discutir con el tipo. Él sólo me hablaba en un inglés con fuerte acento húngaro para que yo no pensase demasiado como hacen todos los timadores. Simpático como solo puede serlo quién quiere algo de ti me advirtió contra los carteristas en Hungría, me dijo que llevase la cartera en el pantalón por la parte delantera, que no sacase la billetera cerca de nadie, luego me preguntó si yo era inglés y cuando le dije que español me hizo la pelota y dijo que todos los húngaros estaban con el equipo español que ese día jugaba contra Alemania. ¡Pues qué bien!

Me dijo que el taxi me costaría seis mil y picos florines húngaros (HUF). Yo ya sabía que cada euro son doscientos y pico florines así que tampoco me pareció desacertado pagar unos veintitantos euros por el traslado de la estación al hotel. ¡Pero es que ese traslado no fue ni de diez minutos! Con el cansancio no puedo asegurarlo pero apostaría que apenas fueron algo más de cinco minutos. En fin, pagué sabiendo que lo hacía por un timo. No quería discutir aunque normalmente sí quiero hacerlo, es mi deporte favorito.

En ese momento quería entrar ya en mi nueva y última habitación en tierras eslavas y me fui a la recepción del hotel. Allí una mosca gorda y horrible zumbaba y se golpeaba insistente contra una cristalera que no la dejaba pasar. ¿He dicho lo mucho que odio los insectos?

El recepcionista del hotel apenas sabía inglés pero sí sabía el justo para entender mi nombre y darme la llave de la habitación que me tocaba. También le dio instrucciones a un joven con aspecto de ser víctima del voo doo y no estar allí más que de cuerpo presente que me hiciese de porteador hasta el primer piso dónde me alojaba.

El zombi me llevó las maletas hasta la habitación.

Allí, al ver que no le daba propina regresó al mundo de los vivos y comenzó a explicarme detalladamente los servicios de la habitación:

-Tienes televisión, tienes servicio dónde si tiras de la cadena sale agua, tienes un grifo para lavarte las manos, la cama tiene una sábana, la ventana tiene unas cortinas que puedes correr y descorrer, hay un cajón en esa mesita que se abre, si le das a ese interruptor se enciende la luz…

Yo estaba de mal humor por el cansancio y el timo del taxista. Tampoco tenía monedas sueltas, sólo algunas monedas minúsculas que no había podido quitarme de encima en Praga. Tuve que soportar esa tensa situación que se produce entre un cliente y un botones cuando este espera que le paguen algo por sus servicios y el cliente no puede hacerlo.

Afortunadamente duró poco y se fue. Cuando conseguí monedas le dí propina con retraso para que se comprase algo o pagase al responsable del voo doo que le estaban haciendo y se liberase de ese aire ausente que llevaba todo el tiempo por recepción.

Esa mañana no podía estar peor. Timado, cansado y de mal humor. ¿Podía ser peor?

Bueno, al entrar en la bañera puse el agua caliente hasta el punto de convertirla en un baño turco con el que sudé incluso debajo del agua. Cuando más relajado estaba se me ocurrió mirar hacia el techo y entonces ví que toda situación es digna de empeorar siempre. Por más que pienses que no es así.

Había una cosa verde. La cosa verde estaba viva. La cosa verde era un insecto. El insecto era un grillo aunque lo mismo daba que fuera una mosca o un mosquito.

¿He dicho lo mucho que odio los insectos?

20 julio 2008

Sueltos de Praga


Esta foto la he cogido prestada de una página que dice Praga enamora, los praguenses no. Verdades como puños.


- Estaba, una vez más, destrozado y hecho trizas sobre un banco. En esta ocasión en el castillo de Praga(siglo IX). Había subido a pie. Y las adoquinadas calles de Praga no son un camino suave ni amable para nadie. En esos momentos intentaba pensar si una phone card de 150 coronas que te permitía hablar quince minutos con un teléfono casero de España o menos con un móvil era un buen negocio. Me estaba convenciendo de que no lo era cuando vi el monumento ese. Los veo en muchos lugares desde que leí “Ángeles y Demonios” de Dan Brown. En dicha novela el escritor de Best Sellers nos habla con convicción sobre los Illuminati, una sociedad secreta que en 1776 se fundó en Baviera. Querían un nuevo orden universal (como todas). Algunos de sus símbolos como el del búho han llegado al mismísimo billete de dólar. El de la pirámide con el ojo que todo lo ve es un símbolo masón o algo así que también aparece en el billete americano.

En la novela Dan nos habla de unos monumentos como el que tenía yo delante. Una piedra alargada acabada en pirámide que se puede ver por todo el mundo. Intenté recordar si “Ángeles y demonios” decía algo sobre Praga pero creo que el libro sólo se centraba en Roma. Le hice una foto al monumento. Luego me fui a buscar un agua para paliar un poco la deshidratación que me amenazaba el cuerpo. Supongo que Dan Brown debe viajar con gente que le da agua todo el tiempo, le lleva en limousine turística o le pone un paraguas en la cabeza para que no le queme el sol. Eso te permite pensar en símbolos y órdenes que amenazan este mundo tan peligroso en el que vivimos. Al menos por lo que se lee en sus libros.

- El cielo estaba despejado. En cuestión de veinte minutos se puso negro. Cinco más y se puso a diluviar. El carácter seco y brusco del clima me recordaba una vez más al de los habitantes de esa bonita aunque seca ciudad.

- Un tipo gordo se me sentó al lado en una pizzeria. Allí la gente se te sienta al lado aunque no te digan nada. Un señor mayor revoloteaba cerca de la mesa de unas jóvenes turistas que lo miraban y se reían entre ellas. Había mesas libres pero el señor quería sentarse con ellas como el tipo gordo se quiso sentar conmigo (y ya sabemos por pasados blogs lo que me puede ocurrir a mí con los tipos gordos). Es posible que el carácter de los habitantes de esa ciudad sea muy seco pero tal vez están cansados de ser así. Tal vez ese sea el motivo por el que tímidamente se van acercando a la humanidad. Se sientan a comer en silencio con la gente. Claro que el señor mayor no dejaba de mirar los escotes de las jóvenes. Supongo que sus motivaciones eran otras.

- Paso por el lado no turístico de Praga. Es como la misma ciudad pero sin maquillar y después de haber pasado una mala noche. Todo tiene su lado oscuro.

- En el senado hay carteles muy bonitos y leyendas dónde se ve la liberación de los nazis y cómo tuvieron que irles detrás a los rusos por semejante favor. El remedio fue casi peor que la enfermedad. Para tener amigos como los rusos mejor te liberas tu solo. Lo hicieron en el 89 del comunismo. Seguro que si vuelven a necesitar que los liberen de los nazis le pedirán ayuda a Senegal.

- Estuve por el famoso barrio judío. Muy bonito pero todo costaba dinero, claro. En eso los judíos no se diferenciaban mucho de los checos. Puede que sus cementerios dentro de la sinagoga fuesen más bonitos pero tengo que añadir que los cadáveres judíos estaban tan muertos como los cadáveres de cualquier otra religión. De momento el pueblo elegido no parece nada del otro mundo. Sus gentes parecen tan mortales como las nuestras. Eso sí, más perseguidos en general.

- Visité uno de los centros comerciales más grandes que he visto nunca. Allí me fijé en la pantalla de un televisor que retransmitía el España Rusia cuando todavía empataban. Un ruso simpático me facilitó el resultado al verme interesado en el asunto. Al cabo de una hora regresé y el ruso, muy serio, no me quiso mirar ni a la cara. España ganaba por unos cuatro goles.

- Españoles en la plaza central se habían puesto a gritar con la bandera española a modo de capa por todo el lugar. Una vez más intenté esconderme y disimular mi nacionalidad. Esta vez me dediqué a ensayar el acento rumano por si me preguntaban de dónde era.

- Un indigente checo se sentó en la calle y comenzó a tener espasmos nerviosos en el suelo. También metió su mano dentro de la chaqueta para parecer manco. Luego se levantó para comprar un bocadillo y dejó de ser manco o sufrir espasmos. El marketing ha llegado incluso a ese sector.

- Encontré una mujer simpática en Praga. Sabía algo de español porque su hija lo estaba estudiando. Me dedicó más sonrisas que todos sus compatriotas juntos. Me estaba vendiendo algo, claro.

- El día antes de la salida todavía no me habían facilitado los billetes de tren para salir de Praga. Tuve que llamar a la agencia en España para ver qué pasaba. Al final se solucionó el tema. La estación de trenes era muy cutre, pensé que estaba en el plató dónde se filmaba algo sobre la segunda guerra mundial. Ya en el tren (con una locomotora de museo) los revisores me mandaron a un lado y otro haciéndome equivocar todo el tiempo de vagón. Unos argentinos que iban jadeando detrás de mí tenían el mismo problema. Los revisores se escondían de nosotros o miraban nuestro billete y nos mandaban al otro lado del tren dónde otro revisor nos decía que regresásemos al vagón opuesto. Fue kafkiano. Esos tipos se mofaban de nosotros. Salí de Praga sudando y agotado en el tren cama. Mi veredicto sobre el carácter de los checos no podía ser más negativo. Por contraposición subió mi cariño hacia los argentinos. En Praga y en esas condiciones su acento era como música en mis oídos. Casi sentí que éramos de la misma nacionalidad.

17 julio 2008

Escalera al infierno


Escaleras del metro de Praga



La primera vez que me encontré con unas de las escaleras mecánicas de Praga quedé muy sorprendido. Con la inclinación de una pirámide azteca y los suficientes metros de bajada como para rodar durante un buen par de minutos, el peligro era real. La velocidad era escandalosa. Nada más subir sufrí el tirón de la mecánica. Me sentí como el superhéroe Silver Surfer surcando el espacio pero no el interestelar si no el viciado de esos metros tan profundos. Es como si el checo se hubiese ensañado con la tierra y prefiriese construir hacia abajo en lugar de hacia arriba. Supongo que los constructores de ese metro querían una plataforma petrolífera y sacarse un dinero extra pero vieron que allí no había nada y lo dejaron en transporte suburbano. Al menos los habitantes de esas bonitas casas bajas de la ciudad no sentirán vibraciones cada vez que les pasa debajo el tren subterráneo.

Yo disfrutaba dejándome llevar por esas escaleras. Ya que no hago rafting ni puenting puedo presumir de practicar deportes de riesgo no menos dignos.

El billete me había costado 28 coronas. Tenía una hora y media según el billete para deambular por esos subterráneos. Al parecer iba por tiempo. No entendía nada de lo que decía la máquina automática pero le eché dinero hasta que me sacó el ticket.

Al día siguiente apuré. La línea de metro en Praga es fácil de entender. Sólo tres líneas muy bien conectadas y rápidas(A, B y C o si lo prefieres Verde, Amarilla y Roja) con derecho a transbordo. Yo usaba mucho la línea amarilla y en cuatro estaciones sin esperar más de cinco minutos cada tren, ya estaba caminando por la plaza del centro antiguo dónde hicieron barbacoa con un hereje y ahora venden unos dulces que me gustan mucho y unos pinchitos con cerveza que no llegué a probar pero tenían buena pinta. Esta facilidad engañosa del metro me hizo comprar un billete de 18 Kc. Ahora tenía veinte minutos para usarlo. Sobrado, muy sobrado.

Encontré en esas fantásticas escaleras de todo. Dos enamorados, aprovechando que no había nadie en las suyas de subida se sentaron y se fueron besando mientras los escalones les desplazaban hacia arriba. Tenían un buen montón de metros para besarse. Una japonesa detrás de mí en las de bajada se abrazó a su novio conmovida por la romántica escena. Los enamorados turistas no se encontraron con ningún checo haciendo uso de su carácter checo que les patease el culo por estorbar el paso.

También vi otro turista joven y descerebrado bajando en dirección contraria y desafiando la gravedad mientras sus compañeros de las otras escaleras le reían la gracia. El rostro de la gente que estaba en mis escaleras era de miedo. Con esas escaleras no se juega. Si se cae alguien arriba tiene más de cincuenta personas que pueden caer con él como fichas de dominó humanas.

En un metro del centro escuché unos gritos horribles y gárrulos. Tres adolescentes gritaban como verduleras y decían no se qué de perder su metro. Fue mi primer contacto con españoles en Praga. Me prometí no decir ni una sola palabra en español a nadie. Sólo inglés y si me preguntaban por la nacionalidad ya me haría pasar por italiano o por judío de Hungría.

Probé otro día un billete en el que te decía que tenías derecho a quince minutos. Sólo diez coronas.

De hecho el penúltimo día apuré todavía más y usé el billete más sencillo, pasar de comprar ninguno. No ocurrió nada a pesar de las cámaras que te vigilan todo el tiempo. Me estaba integrando plenamente al transporte suburbano de la ciudad.

El último o el penúltimo día vi lo que significa ser mayor en Praga en toda su crudeza. Una señora de unos sesenta años (no tan mayor) no se atrevía a bajar las escaleras. Miraba horrorizada esos escalones que se movían tan rápidos y la inclinación de ese terreno metálico y móvil como una promesa de caída segura. Alguien intentó ayudarla pero ni por esas. De hecho, esa persona estuvo a punto de caer con ella. Mi pensamiento en esos instantes fue: “¿Quién será más rápido, estas dos mujeres rodando por las escaleras o yo corriendo hacia abajo?”

Supongo que la señora nunca llegó a bajar por allí y cogió un taxi. O eso o ahora no debe estar viva.

Pero lo peor estaba por llegar. Ocurrió cuando me disponía a despedirme de la ciudad. Y del modo más inesperado.

El último día Praga me cayó con todo el peso de la ley. O con una parte de su peso, pongamos el cincuenta por ciento.

Había comprado un billete de 10 coronas y bajé por mi parada habitual de la línea amarilla. Dos tipos uniformados me pararon. Me pidieron en inglés el billete (se veía que yo no era de allí por lo que es más habitual que te controlen más). Yo se lo dí sin ningún problema. Pero de pronto uno de ellos se puso nervioso. Dijo que no estaba bien, que ese billete no servía en Praga. Cómo yo no entendía el motivo me sacó un folio dónde decía en inglés que mi billete era el de niños. Los adultos pagan un mínimo de 18 Kc no de 10. ¡Noooo! ¿Y yo que sabía? Si quisiera colarme no compraría el billete infantil, sencillamente no compraría ninguno. Pero nada. El otro tipo me pidió el pasaporte y yo le dejé el carnet. Al parecer si no pagas te cogen esa documentación y te llevan a comisaría. Sales de allí cuando tienes el dinero. ¿Y si no lo tienes qué? ¿No sales nunca?

La multa era de 700 coronas o 30 euros. Afortunadamente tenía dinero para comprar mi libertad pero ya me chafaron el último día en su país.

“That’s my job” dijo el segundo tipo devolviéndome el carnet. Sí, claro, su trabajo consistía en romper los sueños de los turistas ignorantes como yo. Ya me podía haber pillado el día anterior que no llevaba billete.

Esa noche me iría de Praga con mucho gusto. Primero hacían sentir como una cucaracha a Kafka y ahora la tomaban conmigo. Si hubiese sabido leer checo… Pero un cursillo de esa lengua todavía es más caro que la multa por no pagar el billete. Me quedo con la multa, merecida o no.

Lo siento pero tengo que decirlo. ¡Os merecíais el comunismo!

Si Stalin levantara la cabeza os lo mandaba cogido de la mano de Fidel Castro y os metía un régimen que ni el de Corea del Norte.

La multa te daba derecho a un máximo de seis horas de metro.

De todos modos no me confié y compré un par de billetes más de 18 coronas.

No quería ni una sola moneda más de este país en mis bolsillos.

14 julio 2008

El milagro de los panes y los peces(o como transformar media pensión en pensión completa)


Aquí me hubiese cortado más con el buffet libre



No dormí del todo mal a pesar de lo que me cuesta hacerlo en otra cama que no sea la mía y sin un silencio razonable y una oscuridad absoluta (y sobre todo cuando sé que por la mañana no tengo nada que hacer porque tener que madrugar por algo también me perturba lo suyo). Como iba por libre podía levantarme cuando quisiera. Eso sí, antes de las once para aprovechar el desayuno del hotel. Menos “cuando quisiera” de lo esperado. El día anterior, además de comer en una pizzería había cenado unas patatas Pringles con sabor a cebolla que me llevé de España, unas galletas digestivas de “Día” y unos frutos secos muy salados que me hicieron beber más agua y en esta ocasión fui un suicida y me atreví con la del hotel pero claro, tampoco era “El Cairo” así que no pasó nada. Ya compraría más Aquabona por unas pocas coronas en la calle. Estaba contento. Me había dormido viendo el canal internacional de TVE (único que tenían en castellano) y la selección española no iba mal en la Eurocopa (aunque lo cierto es que paso mucho del futbol y hasta del nacionalismo pero allí me hacía gracia). La ducha también me había dejado listo para el mejor de los sueños. Ahora me enfrentaba al desayuno del hotel. En un comedor cargado de ventanales que lo hacían más amplio y que daban a unos cuantos árboles más una porción de urbe, una joven checa me preguntó por el número de habitación no fuera que se les hubiese colado un vagabundo de la calle y yo no fuese cliente. “Room two hundred for”, le dije. Ella me lo agradeció con esa cordialidad tan avara de los checos y me dejó en plena libertad por el buffet libre. Mejor haber traído un león de la sabana africana. Tenía que convertir mi media pensión en pensión completa. A saber los precios que me iban a cobrar por almorzar en estas tierras. Mejor me llenaba el estómago al máximo para no acabar hipotecándome en un restaurante porque alguien me había cobrado el alquiler de los cubiertos o algo así (ver post anterior). Leche con cereales, pastitas resecas con pasas y bizcocho(del montón), panes variados que aderecé con mantequilla y mermelada de cereza no demasiado buena para mi gusto, queso ahumado y sin ahumar(ambos tan grasientos que tuve que lavarme luego las manos para salir en condiciones a las calles de Praga y no ensuciar el disparador de la cámara fotográfica que me habían prestado), mortadela, zumo de naranja y manzana para bajar un poco la comida, café, algo de chocolate para no deprimirme en un ambiente tan frío… Hubo un momento en que me levanté a por el zumo. Dejé la revista de historia que me hacía compañía en los ratos muertos con su demonio en portada en una silla para decirles algo así como “Eh, que estoy aquí”. No sirvió de nada. Al regresar me habían quitado la bandeja y habían arreglado la mesa para que se sentase otro. Per yo ni caso. Me senté en el mismo lugar y seguí comiendo sin bandeja pero con cubiertos limpios. No había demasiado público en el lugar. Pocos me vieron abusar del buffet y uno de los que había, un japonés delgado y sonriente se cargaba la bandeja con el doble de comida que yo sin perder la sonrisa. En fin, para no gustarme la comida de allí no estuvo mal. Y es que en Praga te puedes sentar en uno de sus restaurantes y debes tener en cuenta varios detalles. La comida está presentada en el menú en gramos. Si pides un plato de ghoulas de ternera, en la carta verás “ghoulas beef, 100 g.------ 1400 Kc”. No sé si está pesada al detalle pero ya te haces una idea de la porción que te va a tocar. Cuando te sientas te pueden traer pan para picar o un aperitivo o cualquier otra tontería para abrir el apetito por la que te pueden cobrar aunque no la hayas pedido y el precio oscila entre poco y mucho sólo que este último precio es el que más éxito tiene. Lo mejor es decirles amablemente que te lo retiren del plato o menos amablemente que se lo metan en el culo. También te cobran al final otros conceptos como servicio, IVA y esas cosas. La propina suele ser de un veinte por ciento que en mi caso fue de un 0 por ciento en la mayoría de lugares(o me sonríen como es debido o no hay propina). Un día comí en un lugar de esos masificados para turistas dónde había auténtica comida checa. No me hacía gracia la idea pero hay que aprender un poco sobre el lugar que visitas(al menos gastronómicamente). El personal te iba echando en una bandeja que te prestaban en la entrada lo que le pidieses. Yo cogí una ensalada que una señora antipática me pesó en una balanza. Luego en una cola enorme pedí un ghoulas de esos para ver qué era. Pedí el de ternera con patatas. Luego busqué un asiento libre y allí me fui. Como allí la gente será antipática pero comparte las mesas de cualquier comedor, se me sentaron dos alemanas gordas que no habían encontrado otro lugar mejor que junto a mí. Una de ellas sacó su propia botella de agua. Bien hecho. Yo había cogido una coca cola por la que a saber cuanto me cobrarían. El ghoulas no me gustó demasiado. Era una salsa de color pardo con carne que si hubiera elegido con arroz en lugar de patatas no se me hubiese instalado en la barriga como un yunque pesado que me hacía sudar y me dificultaba caminar por las calles de la ciudad. Pero no me quejo de aquello. Al menos me cobraron un precio razonable por todo eso. No volvería más porque no me gustaba pero la broma había salido más barata que en España. Y nada de probar la sopa de ghoulas. Si el ghoulas no me gustaba y la sopa nunca me había gustado el resultado de pedir una mezcla de ambas sería como sumar uno más uno, el resultado era matemáticamente cierto: podía salir vomitando del restaurante. Ese fue mi único y verdadero contacto con la comida real del lugar. El resto de desayunos no fueron tan voraces. A medida que avanzaba la semana decaía mi apetito y me llenaba antes. ¿Echaban engordantes de ganado en los cereales? No me gustaba el carácter eslavo ni me gustaba su comida ni el exceso de pan o salsas pesadas con que condimentan sus comidas. Sí me gustaba la ciudad y una porción de su literatura clásica y moderna (Kafka, Milán Kundera muy buenos y Rilke estaba por descubrir). 2 a 2 de momento. Claro que si pensamos en ese capitalismo voraz y cobrarte por ir al servicio… No. Si sales de viaje con prejuicios regresarás a tu casa sin saber nada y con un buen montón de dinero tirado a la basura. Con ir a comer MCDonalds, Kentucky o comida italiana(en Austria, República Checa o Hungría encuentras restaurantes italianos como en España chinos, parecen la gastronomía oficial) ya podía sobrevivir. ¡O desayunando como un salvaje por las mañanas!

11 julio 2008

¿No lo has visto?


Aunque Kafka nació aquí no notas nada especial cuando entras en su casa, sólo que te timan un euro.



Mi itinerario sigue un mapa dónde hay grandes monumentos marcados. Lo bueno de Praga es que tiene colocado casi todo lo que hay ver en una sola zona. Todo bien ordenado para no ir haciendo viajes aquí y allá sin ton ni son ni usando el metro cada pocos minutos. Aún así son kilómetros para caminar.

Me compro una botella de agua “Aquabona”(marca de allí) con gas que me gusta bastante. El sol no es agresivo pero hacer la ruta de Santiago en Praga deshidrata. Todo lo visito a pie y las horas avanzan inclementes por mis piernas.

Tras pasar una exposición temporal y urbana sobre animales exóticos, la Ópera y la torre de la pólvora dónde los checos acumulaban el invento chino para que les dejasen en paz los de fuera, llego hasta una plaza central, el viejo ayuntamiento de la ciudad vieja de Praga dónde sé de oídas que tengo que ver el reloj astronómico. ¿Por qué? Ni idea. Grupos de turistas miran hacia arriba mientras sus guías les dicen un montón de cosas que parecen muy interesantes pero que a mí me suenan a chino, alemán o senegalés (no tengo la suerte de encontrar grupos españoles a los que acoplarme). Por eso no espero a que el reloj marque una hora para ver los muñequitos con Jesucristo y los doce apóstoles dando vueltas por allí. Simplemente me rasco la cabeza, miro con gula ciertos dulces azucarados que se cocinan en un restaurante cercano y me voy a pedir uno por algo así como un par de euros(50 Kc).Más tarde averiguaré en casa que el reloj data de 1410 o que en esa plaza ajusticiaron y quemaron vivo a un hereje llamado Jan Hus. Ahora no queda rastro de aquello. Sólo una exposición temporal de una reconocida marca de automóviles y borrachos autóctonos buscando comida en las basuras. En un cuarto de hora ví como una joven demente, un grupo de tres indigentes y un vagabundo solitario revisaban la misma papelera. Todos se llevaron algo de allí a la boca menos el último que se encontró la “nevera” vacía. Los turistas miran entretenidos el espectáculo del hambre ajena mientras rellenan sus abultados vientres con la buena cerveza de Praga. Qué mundo cruel…

Luego me acerqué a la casa dónde nació Kafka. Ahora han montado allí una exposición por la que te cobran un euro y ya es mucho. En una reducida habitación más pequeña que el dormitorio de tu casa o el cuarto de baño de algunos hogares, han colocado unas cuantas fotografías con leyendas en checo e inglés sobre la vida de este gran escritor. En una vitrina exponen algunas ediciones de sus libros y si quieres comprar algo te puedes llevar unas bonitas cartulinas con un montaje artístico de su cara, su escritura y algunas otras sandeces oníricas. Naturalmente verás la exposición casi solo a excepción de la señora antediluviana que la regenta o como mucho algún otro pardillo como tú que haya picado. Lo mejor aquí es fotografiarse delante de la casa de este señor y seguir camino hasta el puente más viejo de Europa, el de Carlos IV.

Se trata de un puente del siglo XIV (gótico tardío) dónde han inventado un montón de leyendas para animar el espectáculo. Dicen que las estatuas de santos y demás que hay en él bajan de noche a darse un paseo cuando no hay nadie. ¡Pero eso es imposible! Si por allí siempre hay gente. Imagino que habrá una hora en que los viandantes estén tan borrachos que no verán las estatuas darse un paseo pero yo opto por no creerme la leyenda. Sólo bebo “Aquabona” con gas y no estoy para ese tipo de paparruchas.

Si te informas bien sabrás que puedes pedir deseos y demás en ciertas partes del puente. Pero en cualquier parte del mundo te encontrarás lugares acondicionados para pedir deseos así que puedes buscar cerca de tu casa uno y no preocuparte demasiado si has pasado de largo de estos lugares. En su defecto tienes las estrellas fugaces.

Cerca de allí puedes instruirte también con el museo de la tortura de Praga. A mí me faltan piernas para eso así que decido regresar al hotel.

¿Debería haber sabido más sobre la ciudad antes de llegar? Seguro que sí pero ahora que sé más sobre el puente o sobre el reloj astronómico y astrológico también se que podemos seguir viviendo y pasar muy buenos momentos en nuestra existencia e incluso tener hijos altos y sanos sin saber todo eso. Creo que hay un estrés del turista que le obliga a intentar ver el máximo de lugares en el menor tiempo posible y esto puede saturar algo. Ya sabemos que al llegar a nuestro país siempre habrá alguien que diga “¿Y estuviste allí y no viste tal sitio?” pero hay que olvidarlos. Seguro que dicho listillo no ha estado en otros lugares en los que tú has estado. Por ejemplo… ¡Oh! ¿Qué importa?

El día de visitas fue tan agotador que incluso ahora, rememorándolo, ya estoy cansado.

Si vas de viaje no olvides reservar un dinero por si pierdes la suela de los zapatos intentando acaparar la cultura e historia de un pueblo en cuatro o cinco días.

O si quieres callar las voces de esos listillos que piensan que hay que verlo todo.

09 julio 2008

Toilettes


Y si escuchas mucho el sonido del agua que baja por el Moldava te puede costar cinco coronas más.



Paseé por una Praga que dejó de ser capitalista hace casi veinte años. El comunismo era como Atila, no dejaba crecer la hierba por dónde pasaba. Eso sí, cuando se iba ya empezarían a salir algunas briznas. No conozco países que hayan ido a mejor después de que Stalin les haya pasado la mano y la ideología por encima. Si bien es cierto que el capitalismo no es perfecto y además se está cargando el planeta no puedo evitar sentir un poco de repulsa cada vez que oigo comunismo. Czeslaw Milosz, el premio Nobel polaco de literatura y actual difunto decía que otros sistemas diferentes del comunismo pueden ser imperfectos o desagradarte pero puedes decir que no te gustan libremente mientras que en el comunismo no se te deja disentir. Si no te gusta el sistema tienes que aparentar que sí te gusta y sonreír y jalearlo tanto o más que los que están a favor. O eso sucedió en el triste pasado de la maltratada Rusia, en mi opinión tan escalofriante o más que el pasado nazi-alemán o los sangrantes colonialismos europeos en África o Estados Unidos.

La ciudad se sigue despertando al capitalismo de un modo exagerado, eso sí. Todo cuesta dinero. Tienes la sensación de que te cobran incluso por respirar. El caso más paradigmático es el de las “toilettes”. En todas te cobran. Si la corona estaba a 23 por cada euro cuando llegué, te harás una idea si te cuento que entrar al servicio son cinco coronas por normal general. Hay lugares donde entrar en Kabina(creo que se refieren a un servicio con puerta y tal vez o no, cerrojo) cuesta 7 coronas(Kc). En otros te piden un suplemento y cuesta diez coronas el Papyra(papel) pero es que para eso hay que tener muchas ganas. No suelen estar muy cuidados. Retrocedes al comunismo si atiendes a su pestilencia y suciedad. Avanzas al capitalismo si ves que tienes que pagar por ellos.

Suelen estar regentados por señoras mayores o viejas que recuerdan a la madame de un prostíbulo. Estas se apostan en cuartuchos tan sucios como el servicio (alguno he visto limpio pero pocos) y si pasas muy rápido y sin verlas saltan hacia ti como las muchas arañas que hay en la ciudad y te ponen la palma de la mano hacia arriba de ese modo tan seco y agresivo de la gente checa pidiéndote la moneda de Praga. A veces están hablando cerca del servicio dónde deseas miccionar con otros individuos maduros que te cortan bastante el desahogo.

Pero lo peor me lo encontré en un Kentucky Fried Chicken dónde no debí beber tanta Coca Cola. Al entrar a los servicios había un señor que… ¡También cobraba! Te entregaba una especie de sello y te decía algo en checo que no entendías. Creo que significaba algo como que tenía derecho a entrar con ese sello más veces como si de la discoteca se tratase. Tal vez tuviera un tiempo de duración como sus billetes de metro de los que hablaré en otro momento.

Al entrar allí tuve miedo. Cada movimiento me parecía susceptible de ser observado y cobrado. Afortunadamente no necesitaba el papel pero… ¿Me cobrarían por lavarme las manos o utilizar el secador automático? ¿Y por mirarme en el espejo? ¿Por cerrar la puerta de la “kabina” que en otros sitios sale más cara? ¿Por mirar con curiosidad el aspecto de otro tipo extraño que había entrado? ¿Por abrir el grifo?

Salí de allí angustiado. Pensé que tal vez no me estaban cobrando en el servicio del hotel porque me reservaban una extensa nota de gastos el día de mi salida del mismo modo que te preguntan si habías consumido algo de la nevera. En este caso sería algo así como “¿Cuántas veces ha usado el servicio de su habitación, señor?” y entonces te fabricarían una interminable cuenta de gastos que no podrías pagar. O como en el proceso de Kafka se te juzgaría por ese delito que no sabías que estabas cometiendo y entonces no podría salir de Praga porque cuando tuviese dinero para pagar el servicio del hotel necesitaría dinero para pagar los servicios de la cárcel o me cobrarían por las violaciones allí sufridas, etc.

Pensé otra vez en el comunismo. En ese régimen te suelen encarcelar por causas ideológicas, o te fusilan o si les coges con el ánimo simpático te deportan a Siberia. ¡Pero por lo menos no te cobran por usar los baños!

08 julio 2008

Praga

Un lugar anodino de Praga sin turistas porque no hay nada especial que ver


Desde el avión Praga se veía muy bonita. Pequeños pueblos aislados los unos de otros por hermosos bosques eran como el preludio a una capital que me interesaba desde que leí el primer libro de Kafka que me gustó: “El proceso”. Aunque yo no iba precisamente al campo. Yo iba a una ciudad con 1,9 millones de personas en su área metropolitana que pronto se iban a incrementar levemente con nuestra llegada, la de unos cuantos turistas más, ávidos de nuevas experiencias que les alejasen del día a día de los jefes y los horarios y de vivir como unas cucarachas recién salidas de “La metamorfosis” del autor citado más arriba.

Esta bonita capital es capital de la República Checa. Si no quieres que sus poco amables gentes te peguen un bofetón actualízate y no les llames checoslovacos. Checoslovaquia murió en el 93. Los eslovacos están ahora tomando sus propias cervezas independientes de las cervezas checas. No sé si después de tanto tiempo para separarse de los vecinos alguno todavía tendrá las narices de hacer turismo en el país del que se escindieron.

A la gente le gusta poner apodos, sobre todo si esa gente es muy de pueblo así que esta ciudad tiene sus apelativos: “corazón de Europa” “ciudad dorada” “madre de todas la ciudades” y cosas así para que te resulte más atractiva delante de un folleto turístico.

Su bandera parece una bandera española a la que le hubiesen cortado una de sus dos bandas rojas.

Al llegar al aeropuerto salí buscando al que me buscase a mí con un cartelito dónde estuviese mi nombre precedido de Sr. No fue así. Ni señor ni nada. Don pelagatos. Me tuve que resignar al cartelito de Iberojet, la compañía que me organizaba las vacaciones. Un tipo sudamericano se presentó y me dijo que era el encargado de facilitarme unos billetes de tren para ir de Praga hasta Budapest y que ya se pondría en contacto conmigo. Me presentó al conductor. Un tipo gordo, grande y de pocas palabras y estás totalmente en checo, ni un mísero “hello” en inglés. El tipo me dio un folleto cargado de sugerencias de excursiones caras en español y me introdujo en su furgoneta. Allí supe gracias al cartel que habían colocado en el respaldo del conductor que una huelga por los precios de la gasolina tenía un poco paralizado el país. Me pedían disculpas por unas molestias que no sufrí ya que no tenía ni idea del camino que había entre el aeropuerto y el hotel y no se me hizo demasiado largo(y eso que el tipo no dijo ni “mu” a pesar de su aspecto vacuno que más te daban ganas de torearlo que de preguntarle nada).

Pasamos por un pasaje verde y por alguna que otra construcción con alambre de espinos que me hizo recordar ciertas películas sobre nazis. El sitio prometía.

El conductor mudo me dejó en el hotel y entonces ya parecí detectarle un embrión de sonrisa al despedirse. Si esperaba propina lo tenía claro. Para eso tenía que reírse de corazón.

No hacía demasiado calor. Clima templado mientras los españoles se cocían al fuego lento de la verbena de San Juan.

En la recepción del hotel se me recibió sin demasiadas alharacas. Creo que incluso con un poco de asco pero eso son impresiones subjetivas mías. Estos checos, ya lo había leído por ahí, no son gente especialmente simpática. Son educados pero de una manera calculada. Ni un milímetro de cordialidad de más no sea que les vayas a pedir veinte euros prestados. Sentía que les molestaba que les hiciesen preguntas de cualquier tipo.

Y sí, los chicos y las chicas eran guapos-as. Si no la selección natural, por lo menos la selección de personal habían hecho un buen trabajo. Pero el carácter eslavo… bastante a juego con el clima fresco. Siempre que recuerde Praga pensaré en una fotografía que vi sobre el puente más viejo de Europa, el de Carlos. En la fotografía se veía el puente en invierno y sin personas, nevado… daba frío incluso mirándolo en verano. Sus gentes me recuerdan mucho esa nieve.

Salí a comer algo picado con los tipos estos así que terminé en un restaurante italiano dónde se me trató muy bien y la “calzonne” estaba de muerte. Estuve a punto de no entrar porque en el menú de fuera había visto dos moscas muertas entre el anuncio de los platos del día y los postres pero me moría de hambre. El horror pasado en el avión me había abierto el apetito. Ya probaría la comida de esos lares otro día o en los desayunos del hotel. Ahora me acuciaba el deseo de llenar el estómago así que comí en ese restaurante junto a una iglesia barroca(San Cirilo) que habían restaurado varias veces y consagrado a santos diversos. Evidentemente no me paré a visitar la iglesia. Ni siquiera la fotografié. Y es que te lías a hacer fotos de iglesias y no te llegan los megas de la cámara y encima te aburres hasta lo indecible. Están las occidentales y las orientales(ortodoxas) y si pasas de los unos y de los otros, con un par de fotos por cabeza ya vas sobrado. Luego me pasé la tarde caminando hasta el centro y preguntando lo justo y comprando lo justo para ir familiarizándome un poco con el ambiente. De momento ya tenía las primeras impresiones. Si una ciudad se mide por sus gentes, Praga la tenía pequeña. Quiero decir que ya entiendo la afluencia de turistas en España. Aquí por lo menos no te miran como a una rata de cloaca que se está comiendo la comida del bebé y unas salchichas que compraste para la cena cuando les preguntas algo. En España hay otro trato. Pero no quería ser antropocentrista. Mucho menos españolocentrista. Nada de prejuicios. Ellos sabrán por qué tienen tan mala leche en tierras dónde las vacas pueden pastar tan bien. A mí me interesaba ver la ciudad de mi querido Kafka. Y no me dejaría intimidar por sus gentes.

Por más que el “corazón de Europa” se me estaba atragantando.

¿Será que Europa no tiene corazón o si lo tiene es así de duro?

03 julio 2008

Aviones

Me gustaría volar así no en avión.



“El infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno” Benedicto XVI


El avión a Praga salió sin retrasos. Los aeropuertos están concurridos pero sin excesos. La crisis es algo real. La gente tiene vacaciones pero no tiene dinero para ir demasiado lejos. Ni siquiera con ofertas. Imagino que muchos de los que me rodeaban viajaban a crédito e intentando olvidar lo que les cobrarían de intereses a la vuelta. Ya no se vende el alma al diablo pero se la puedes hipotecar al banco.

Una vez en el avión intenté concentrarme en una revista de historia que me prestó mi cuñado, en un libro de una berlinesa que saqué de la biblioteca y que a las dos páginas se me cayó de las manos por aburrido, en la revista bilingüe del avión cargada de noticias que más parecen publicidad de empresas, en el menú ultracaro de la carta o el dossier informativo sobre Praga que había sacado de Internet. Eran mis desesperados intentos por olvidar que viajaba sobre inmensos depósitos de combustible altamente inflamable. También por no recordar mi temor casi medieval al hecho de que no es normal que algo tan pesado como un avión vuele. O que te lleve intacto de un lado a otro.

La revista de historia hizo muy bien su trabajo. Las últimas declaraciones del papa sobre que existe el infierno daban motivo a un repaso por todos los infiernos de la cultura occidental que me alejaron brevemente de la realidad. Disfruté mucho ese artículo. Eso fue hasta que se oyó decir desde la cabina del avión: “Avisamos a los pasajeros que vamos a pasar por una zona de turbulencias, manténganse sentados en sus asientos y con el cinturón abrochado” La fiesta empezaba. Después de una hora de relativa tranquilidad y de mirar de reojo el ala del avión por si algún motor estaba ardiendo o el ala se rompía por un lado o aparecían demonios verdes en la ventanilla, el verdadero horror podía comenzar. Hasta ahora sólo lo había imaginado. Pero las turbulencias eran algo real. Por lo que sé las hay leves, menos leves, graves, enormemente horribles. Se producen por cambios de presión en la atmósfera, porque hay aviones a reacción cerca y por otros temas que no me importan. Lo que me importa es que esas corrientes de aire invisible se pueden presentar sin que las esperes y darte el susto del año. Si te dan miedo los aviones tienes un motivo extra para pasarlo mal pensando en las turbulencias. Hay turbulencias extremas que incluso pueden causar daño estructural en el avión. Aunque las muertes que se han producido en avión normalmente han sido por culpa de pasajeros que no llevaban el cinturón puesto. Cuando el movimiento empieza los objetos se pueden ver desplazados de un lado a otro igual que en Poltergeist. Si ves que la azafata vuela con su carrito por los aires estás en una turbulencia extrema. Es un buen momento para empezar a creer en dios si eres ateo. No te salvará del desastre pero si crees en él por lo menos te sentirás aliviado.

Yo empecé a sentir el característico temblor. La gente comenzó a gritar a mi alrededor. Yo no, yo intentaba leer mi revista de historia. Desgraciadamente mi revista de historia se movía mucho y las letras se movían todavía más. Apenas podía ver mejor las fotografías sobre pinturas del infierno. Paradójicamente, el infierno para mí está en los cielos.

A través de la ventanilla veía pasar las malditas nubes cargadas con sus asquerosas corrientes de aire invisible como martillos pilones sobre el fuselaje de nuestro avioncito. No duraron demasiado tiempo pero se hicieron eternas. Una de ellas nos hizo sentir casi como en un ascensor que baja o sube demasiado rápido y lo notas en el vientre. Pero en los ascensores no estas sobre 11000 metros de caída en picado.

Cerca de mí una mujer gritaba escandalosamente para evitar que los demás nos tranquilizásemos algo. Su marido se reía para quitarle importancia pero su risa era bastante nerviosa y falsa. No hace falta ser muy hombre y no tener miedo pero sí por lo menos aparentarlo. El tipo, de un modo muy heroico disimulaba su propia turbación bromeando con el tema. Se reía mucho y descontroladamente. Me hubiese gustado que le contase un chiste en voz alta y así nos reíamos todos.

Pero todo llega y todo pasa. La muerte no me esperaba ese día. Tal vez en el próximo avión de regreso. Al menos aprovecharía los buenos euros que me había costado la excursión. Las turbulencias se fueron a molestar a otros que vinieran detrás. La fiesta de gritos y carcajadas de histeria cesó. Yo pude regresar a mi revista como si no hubiese pasado nada aunque leyéndome tres veces el mismo párrafo para entender lo que decía. Cualquiera que me hubiera visto desde fuera no hubiese notado nada. El más impertérrito de todos, el más tranquilo en apariencia. De no ser porque me pasé diez minutos buscando una religión o un dios que me pudieran ayudar en esas circunstancias ya podría decir que he superado el miedo a los aviones. Pero es que no me gusta esa sensación de impotencia que da estar en un lugar del que no hay escapatoria. Si pasa algo no hay muchas posibilidades de salir vivo de allí. Y tengo que poner toda mi fe en un aparato(falible) y en un piloto(más falible todavía) y en el hecho de que no haya turbulencias que me arranquen del cinturón en el que estoy agarrado. Demasiada fe para tan poco creyente.

Cuando el avión aterrizó la gente aplaudió. Me pareció un poco cursi. Yo no aplaudí. Se supone que es el trabajo de un piloto es llevarte sano y salvo a tierra. Si empezamos a aplaudirle puede parecerle una opción optativa (el aplauso es para lo que se sale de lo común para lo que es mejor de lo esperado). Un día puede decir “bueno, estoy un poco agobiado, paso de aterrizar bien, total, puedo prescindir de unos cuantos aplausos” y mandarte de cabeza al infierno. Porque en eso tiene razón el papa Benedicto XVI. El infierno existe si bien es cierto que para mí no es tan eterno. Dura exactamente los minutos que duran las turbulencias aéreas. Si me apuran lo que dura un viaje en avión.

Por suerte también hay paraíso: el de los aplausos de los horteras al tomar tierra.