29 agosto 2008

Mi bonito pueblo odiado



Ella me pone más que Jennifer López


En un lugar de Cataluña de cuyo nombre no quería ni acordarme fui profundamente infeliz. Era un pueblo costero, aparentemente alegre. Pero yo trabajaba allí. Y me aburría profundamente. Como el escritor Thomas Bernhardt, hubiese podido escribir obsesivos libros sobre lo que me desagradaba de ese lugar. Dónde otros eran felices en vacaciones yo me deshidrataba atendiéndoles. Estaba en una multisala. Tenía nueve razones para odiarla. El público era odioso. Muchos de los empleados no me eran mucho más simpáticos.

El lugar en el que vivo, una zona del cinturón de Barcelona, ya me parece un agujero infecto de cucarachas y ratas humanas que se mezclan con las de verdad. Odio a los niñatos y yo he sido transportado a uno de los infiernos de Dante plagado de estos (curiosamente también eran nueve los círculos del averno los que nos retrataba el italiano en su libro clásico). Pero de aquí puedo salir cuando quiera. Y en mi casa no siento que estoy en ningún lugar en concreto. A veces me imagino mirando por la ventana y viendo el Sena o el Big Ben de Londres. La realidad es que sólo veo al cabrón jubilado de mi vecino dando martillazos en el maletero de su coche a los objetos que se encuentra en la basura.

Pero en ese pueblo era distinto. Tenía que trabajar allí. Me sentía como Sean Penn en “Giro al infierno”, en un pueblo dónde todos eran personajes detestables empeñados en hacerle la vida imposible al protagonista. O como en “Las colinas tienen ojos”, “La matanza de Texas”, “10000 maníacos”… Atrapado en una pesadilla de terror rural. Incomprendido por el ambiente. Totalmente ajeno y lejano del prójimo más cercano. Constantemente amenazado.

Todos me parecían imbéciles. Sólo toleraba a los imbéciles amables. Los otros me amargaban los días.

Los compañeros eran en buena parte del lugar y en buena parte me parecían seguidores de la filosofía reinante: filosofía de la subnormalidad y el analfabetismo. Capaces de hacer una cuestión de estado de los líos de cualquier persona, de criticarla por sus gustos, de vomitar ante cualquier posibilidad de que el tema tratado fuese cultural o les hiciese pensar. Pocos se salvaban y yo me sentía condenado. No se pueden acumular tantos odios y seguir siendo feliz.

Una noche soñé que el pueblo se hundía por culpa de un gran tsunami. Veía sus calles bajo el agua y con los chalets de la montaña convertidos en primera línea de playa.

Creo que en ese sueño sonreí. Aunque yo era uno de los ahogados que flotaban por allí.

Pero ocurrió algo.

Ella y yo comenzamos a intimar.

Ella era de allí pero parecía de ningún sitio. Al principio no encontré las diferencias, tan ciego estaba. Luego, en las largas horas de aburrimiento y combatiéndolo con nuestras conversaciones fui apreciando detalles que nunca me había parecido verle.

Un día fui contento a trabajar.

Supongo que ese día ya estaba enamorado.

Ese día hice buena la frase de Lawrence Durrell en su “Cuarteto de Alejandría”: “Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes”.

Ahora preferiría que el Tsunami arrasase otro lugar. Si creyese en Dios le diría algo así como “¿Pero has visto que Sitges se parece a Sodoma y Gomorra? Si tienes pensada alguna desgracia pásate por allí. En este pueblo no se está tan mal. Hay mucho amor y eso. Definitivamente en Sitges te están retando”.

Eso le diría.

Porque ahora trabajo en el mejor de los pueblos y he aprendido a nadar para no ahogarme. O a estar con ella que es como mi flotador.

De momento y hasta el próximo hundimiento.

26 agosto 2008

Día perfecto (erotismo playero)


Las playas se vivían de otra manera en tiempos de Sorolla



El lecho conyugal es una toalla sobre un colchón de arena. Los dos lo compartimos como si durmiéramos en una noche con sol y una temperatura de más de cuarenta sobre la piel y de quinientos en la ingle.

La libido me viene como una inspiración. El verano estimula la secreción de testosterona. Y además ella está más guapa. Me lo está enseñando casi todo. El tanga sólo cubre lo justo para que no hablemos de nudismo. Pero la erección es inevitable. Especialmente cuando descubro su rostro viniendo hacia el mío, cuando nos besamos y siento su lengua y algunos pequeños granos de arena (esa sensación que pensé que nunca sentiría desde que abandoné las latas de berberechos baratos) en mi boca. Las manos van haciendo su sendero entre la piel y buscando el mejor acomodo, siempre entre curvas. Ella se separa entre sorprendida y divertida y me pregunta sabiendo la respuesta que qué es eso que ha sentido golpeándole el ombligo.

Luego se sitúa sobre mí para tapar lo que la ha golpeado en el ombligo.

Tardo en estar presentable para los que miren hacia mi bañador.

Vamos al agua. Durante unos segundos tengo la visión del paraíso concentrado en su culo. Tengo que avanzar más rápido para que los bañistas no perciban las muestras de lo que siento en la entrepierna una vez más.

En el agua nos volvemos a besar. A las olas les molesta un poco nuestra felicidad así que nos abofetean sin dejarnos más que segundos de tregua entre golpe y golpe. El agua ha decidido acabar su viaje en nosotros. Somos el rompeolas más caliente de la playa.

Nos volvemos a besar. Y a mordernos. La sal nos condimenta la piel.

Sus pechos aplastados contra el mío no me dejan ni construir una frase coherente. Sólo digo onomatopeyas de comics que la hacen reír(Glup, Glup, cuando me ahogo, slurp slurp, cuando le paso la lengua por el cuello…). Pero como decía cierto escritor “el humor mata el erotismo” así que cambió las tonterías que digo por mis manos buscando su excitación.

Cuando salimos del agua estamos peor que cuando entramos. Las playas nudistas son insuficientes(y esta ni siquiera lo es). Se hacen necesarias las playas orgiásticas.

Hace un calor terrible. El sol nos hace sudar mucho.

Afortunadamente ese día no sólo sudaremos por culpa del sol.

Podemos acabar el día en su casa.

Eso lo hace perfecto.

20 agosto 2008

Me arreglo para los demás


Se arregló para salir de fiesta pero se fué a una laguna sin mucho ambiente


Una frase que no entiendo: “Me arreglo para mí, no para los demás”. Y no la entiendo porque imaginemos que esa persona que se arregla para sí, no para los demás, no sale esa tarde o ese día de casa, se queda limpiando el polvo y pasándole un trapo a los muebles, cocinando para ella eso sí, o limpiando el baño durante dos largas, sudorosas y casi insoportables horas de verano. Ahora intento imaginarme a esa persona que se arregla para ella misma, nunca para los demás, vistiéndose con su mejor vestido comprado en por ejemplo Mango y saliendo un par de horas a la peluquería y gastándose una buena pasta para que no la vea nadie, sólo ella misma al final del día. Un día de faenas de casa que estropearán todo ese arreglo que nadie habrá visto. Sencillamente no me lo creo.

¿Y eso de arreglarse para uno mismo cómo funciona? ¿Te pones delante del espejo y te quedas dos horas hipnotizado como Narciso cuando se quedó lelo mirando su imagen en el agua? Porque entonces sí que es por ti. Ahora, si arreglarse para uno mismo es buscar que los demás te digan cosas agradables y lo bien arreglado que estás y lo guapo-a que estás o te sienta tal prenda y entonces, claro, uno mismo ya se siente bien aunque con un poco de trampa y con ayuda de los demás, entonces ya entiendo mejor la frase.

Porque digamos lo que digamos y aunque Platón asegurase aquello de “si esperas hacer lo que los demás quieren que hagas, nunca harás nada”, somos animales sociales. Incluso los más psicópatas como yo necesitamos, pensamos y hasta nos apoyamos un poco en el otro. El prójimo, no nos gusta admitirlo, nos condiciona en mayor o menor medida. Y si nos arreglamos es porque fuera hay alguien que nos va a mirar. Si te quedas sólo en casa y no esperas a nadie relajas la actitud, te olvidas del mantenimiento.

La frase “me arreglo para mí mismo” me suena orgullosa. Algo así como yo no me dejo llevar por los demás. Pero es que los demás nos mueven aunque opongamos resistencia. Si no nos dejásemos llevar por los demás muchos saldríamos en pelota picada a la calle, otros reventaríamos el cráneo del vecino que nos incordia (nos dejamos llevar por lo que dirá nuestro prójimo el juez), robaríamos para no trabajar, no seguiríamos ninguna regla o convención social. Y claro, entonces seríamos tan libres como nuestra fuerza física nos lo permitiera.

Los demás nos importan. Y creo que también nos arreglamos por ellos. Y si no, que alguien me explique ese arreglarse para uno mismo. ¡Pero si uno mismo es la persona a la que sólo veo cuando me afeito!

16 agosto 2008

Chesil Beach


En los libros amarillos de Anagrama(escritores extranjeros) he encontrado grandes autores


El último libro de Ian McEwan suma una nueva obra maestra a las anteriores de este autor. Son bastantes ya. En este caso no llega ni a las doscientas páginas. En ese espacio de novela corta nos narra la noche de bodas de una pareja de poco más de veinte años un día de Julio de 1962. Sólo eso. Y con tan poco material construye una historia que oscila entre el horror, el suspense y los pensamientos más profundos sobre las relaciones entre hombres y mujeres o sobre un tiempo y un lugar históricos. Como ocurre con los grandes escritores, de lo pequeño e intrascendente extrae reflexiones profundas sobre el alma humana. En este libro sobre cómo un simple detalle puede marcar una gran diferencia.

El personaje es un individuo de clase baja que desea llegar a su “primera vez” a toda costa. Ha esperado al amor de su vida y a la noche de bodas para tener su primera experiencia y el miedo a lo desconocido y a si estará a la altura se une a la excitación de poder acceder por fin a la ansiada cavidad femenina. Ella, por el contrario, viene de una conservadora y elegante familia dónde no se ha hablado de sexo ni para explicarle a la niña lo que hacía el perro aquel encima de la perrita aquella. Ella siente cierta repulsión cuando él le introduce la lengua en la boca a pesar de estar absolutamente enamorada de su recién estrenado marido. Pero el sexo la horroriza. Es lo único que empaña la felicidad de su boda.

Y con esa oposición entre los deseos de los cónyuges, McEwan nos cuenta una historia dónde el suspense de la historia se alivia con la entretenida historia en flashbacks de las biografías de ambos. El estilo me recuerda al de “Expiación” otro de sus libros que fue llevado al cine con bastante inteligencia hace apenas un año. Vemos los puntos de vista por separado de ambos protagonistas y cotejamos los pensamientos del uno y del otro alrededor del mismo hecho vivido por ambos.

El gusto nabokoviano por el detalle es casi obsesivo, como suele ocurrir en todas las novelas de McEwan. Lo prueban las páginas que le dedica a un pelo del pubis de la chica que sobresale de la braguita y que su pareja se enrosca en sus dedos, juega con él, le produce una dulce y cálida sensación a ella que le disuelve brevemente el miedo y que le hace creer durante unos segundos que podrá superar su horror al sexo. La escena se alarga sobre ese en apariencia nimio detalle generando una tensión el lector que, como en mi caso, tiene serios problemas para no mirar las dos últimas páginas del libro y saber si Florence, ayudada de Edward, consigue por fin tener un orgasmo o por lo menos, si no tenerlo, sí aparcar su miedo y hasta su repugnancia ¡Qué paradoja! por el cuerpo del hombre que mas ha amado en su vida.

No suelo reseñar libros porque leo muchos y no quiero convertir esto en un blog literario. Aquí prefiero ensayar mi propia literatura. Si escribiera sobre literatura abriría otro alternativo (aunque el escritor Quin Monzó dijo alguna vez que los literatos no deben criticar nunca a otros literatos porque están influidos por sus propias ideas estéticas y eso los hace demasiado subjetivos). Pero esta no es una crítica sobre “Chesil Beach”. Sólo es un piropo al libro que más me ha gustado en lo que llevamos de año.

De Enero hasta ahora sólo llevo veintiséis.

09 agosto 2008

Entre las sábanas


Cuando duermes sólo te despiertas más inteligente.


Creo que nos decimos “buenas noches” sobre las tres de la mañana. Hace calor. Eso no ayuda demasiado a dormir. Pero el ruido del ventilador medio cascado que yo he puesto con temporizador tampoco es demasiado relajante. Lo único que puede relajarme lo suficientemente como para dormir es el ejercicio reciente realizado. Estimulante y muy sedante. También está ella, su agradable cercanía.

Me doy la vuelta para observarla en ese momento en el que no puede quererme porque tiene la excusa de que no es ella. ¿O sí? A veces sueña conmigo, me lo ha dicho, pero esos sueños no siempre son agradables. Me vuelvo a dar la vuelta. Pensar en eso o en cualquier otra cosa en esos momentos es como perder cualquier esperanza de conciliar el sueño.

Como contar ovejas me aburre pero no me duerme, busco algo diferente para abandonar la vigilia. Me invento un post pero me está gustando tanto que me siento cada vez más despierto. Busco otra ocupación más soporífera. Normalmente si me invento un cómic de superhéroes me duermo sobre la tercera página. A veces no tengo tiempo ni de colocarle los diálogos.

Y entonces ella se da la vuelta. Me golpea con su pierna derecha. Queda en la posición de un futbolista que golpea con fuerza el balón solo que ella no es un futbolista pero yo sí me siento como el balón. Bueno, un movimiento del sueño, tal vez sólo intenta ocupar una posición más cómoda. Le doy la espalda y busco la posición fetal en homenaje a los nueve meses que pasé en el vientre de mi madre. Y de nuevo otro golpe. Esta vez no lo recibo porque ella se ha girado hacia el otro lado. Tal vez no ha encontrado su posición ideal todavía.

¿Por dónde iba? Sí, tenía la primera página del cómic. Sólo el título y una viñeta con superman volando por los rascacielos de Metrópolis y repartiendo tortas de acero entre los delincuentes cuando “plas”, voy yo y recibo un guantazo de ella. Se ha dado la vuelta de nuevo y esta vez en mi dirección. Su brazo ha ido hasta mi rostro y lo ha encontrado. Intento mirar si está dormida o es que se lo hace para poder darme una paliza sin consecuencias. Pero no. Su respiración parece la de un durmiente. Algo me dice que todo eso me lo hace el subconsciente de ella. Y entonces se gira de nuevo y dejo de verle la cara. Me aparto un poco para que una de las piernas no me golpee con el talón. Después de todo parece que no voy a dormir demasiado. Y la culpa no la tendrá el calor.

Descubro la frecuencia de sus movimientos. Suele girarse para un mejor acomodo cada dos o tres minutos. El giro es rápido y muy difícil de esquivar. Las posiciones que adopta ocupan buena parte de la cama, mi territorio disminuye a menudo que avanza la noche, me sitúa sobre el precipicio de esta y sé que dos palmos hasta el suelo no son mortales pero me pueden hacer daño si no pongo las manos para amortiguarlo. Si caigo de la cama y estoy dormido me arriesgo a perder la nariz y nunca podré sostener unas gafas.

Intento adaptarme a la coreografía y cuando ella gira hacia un lado intento acompañarla en el mismo giro y en la misma dirección. Y así duermo y me despierto a ratos. Recuerdo una estadística que dice que las parejas casadas suelen ser más tontas porque su sueño está sujeto a más contratiempos y eso disminuye la atención diurna. Yo debo estar cerca de ese límite en el que no sabes si reírte de mí o buscarme un profesional que me cure la tontería.

Una cama de pinchos parece más accesible para dormir que esto.

Y por fin llega la mañana. Noto como ella se levanta para ir al servicio pero antes me da un beso en el brazo y lo acaricia con cariño. Luego se me acerca y se me abraza mientras sigue dándome besitos cerca de la oreja. A mí me sorprende un poco.

¿Cómo me puede querer tanto despierta y tan poco cuando duerme?

06 agosto 2008

Souvenirs(final del viaje)


El souvenir es para mí el peor de los recuerdos de un país. Como su indigencia.


No compré souvenirs en Budapest. En realidad no me gustan los souvenirs de cualquier país. Necesitas llevarte un recuerdo de allí y coges lo primero que ves pero todo es horrible y muy similar vayas dónde vayas: imanes para la nevera con una fotografía o leyenda del lugar visitado, camisetas que el buen gusto recomienda almacenar en el armario, reproducciones en forma de llavero de los monumentos del lugar, ceniceros que se llevan incluso los que no fuman pero tienen un cuñado que sí, platitos decorativos, figuras… Todo me parece espantoso. Y el drama se acentúa cuando tienes que regalarle algo a alguien. Si ya me cuesta hacerlo cuando es un conocido y estoy en mi país y tengo una idea de lo que le puede gustar… ¿Cómo llevarle un recuerdo de esa ciudad? Después de todo, los recuerdos sólo se los lleva el que la visita. Para mí una brizna de hierba del parque dónde estuve mirando pasar gente puede significar algo. Para alguien que mire esa hierba fuera de mí sólo es hierba y puede que algo de vandalismo contra la naturaleza. Los recuerdos más significativos que me llevo de un lugar no son sus souvenirs. Son las imágenes que se me quedan en la mente.

Ese último día vi el Museo Nacional de Historia de los magiares (los húngaros proceden de ese grupo étnico que se asentó por la zona en una buena parte aunque ya sabemos que allí, como en casi todos los países hoy en día, hay una buena variedad étnica). No me arrepentí. El museo va de menos a más. Una vigilante me seguía todo el tiempo, tal vez por si me quería llevar alguna moneda desgastada cristiana u otomana o tal vez un pedazo de iglesia con asientos y todo que se exponía allí (aunque me gustó más la motocicleta con dos muñecos nazis sobre un suelo adoquinado que exponían en las salas del siglo XX o una metralleta de la primera guerra mundial con su buena ristra de proyectiles colgando del cargador). Había muy poca gente pero yo le saqué mucho partido al lugar. Me pasé unas cuatro horas leyendo letreros en inglés sobre la historia Húngara desde que el católico San Esteban los gobernó en el año mil hasta la conquista otomana o tártara, las épocas de grandeza intelectual y artística, el Imperio Austrohúngaro, los masones, la repartición entre varios países aliados en la segunda guerra mundial del país que lo redujo bastante(los rumanos se llevaron casi toda Transilvania así que ahora el conde Drácula tiene otra nacionalidad que la húngara si no recuerdo mal de mi visita a Bucarest), el rechazo a Napoleón… Una historia muy interesante pero que acabó destrozando por completo mis piernas y regalándome un mini-esguince que me llevé hasta Barcelona.

En la cafetería del local me comí un par de pastitas de chocolate y frambuesa frías que me gustaron mucho. Ese día me reconcilié con el país.

Desistí de comprar nada. Tal vez en el aeropuerto pero… Allí todavía había menos souvenirs de interés.

Los mejores souvenirs, ya lo he dicho, me los llevo en las neuronas.

Algunos los dejo escritos en el blog por si se pierden.

03 agosto 2008

Dos estados de ánimo en Pest



A veces me siento como éste o como Hulk. Depende de lo bien que duerma.


Nietzsche ya lo sabía. La mente es esclava del cuerpo. Y yo también lo supe en mi segundo día en Budapest.

La noche anterior me había querido recuperar de la fatiga del día anterior así que me dispuse a dormir de un tirón. Pero de madrugada me despertó un zumbido cerca de mi oído. Algún mosquito se alojaba en la misma habitación que yo. Debía tener pensión completa y se quería servir su buffet libre con mi sangre. Yo me introduje bajo la sábana para intentar dormir y no escuchar ese zumbido que no soporto. Pero entre el ruido de los grillos y el calor, mi descanso ya estaba resultando un fracaso. El día siguiente entregaría un ser humano ligeramente más primitivo que el que suelo ser a la humanidad que me rodease. De mal humor y cansado no estaba preparado para tener una filosofía optimista y turística de la vida. Estoy seguro que las crónicas más entusiasmadas de viaje se harán en hoteles de lujo. ¡Es que así ves de color de rosa incluso Irak!

El desayuno no fue mucho más grato. La comida me repelía desde las mesas. Salchichas fritas y enormes (esto no es una alusión erótica) me rechazaban. Macarrones con el aspecto de haber estado antes en algún estómago humano, cereales de los más baratos, crema de cacao de saldo, un café con leche con el color de haber estado antes en el cubo de fregar de las limpiadoras o haber sido recogido de los charcos de un campo lleno de barro, comidas grasas para no perder el ritmo del colesterol tan necesario en esas zonas…

Allí no convertí la media pensión en pensión completa. De hecho se redujo a unos decimales de pensión.

Por suerte no tuve que preocuparme de que me quitasen la bandeja. No te daban bandeja de ningún tipo en la entrada. Y en cuanto al sitio… No había casi nadie en ese cutre comedor con una pequeña lámpara de araña que parecía más grande sólo porque un espejo sobre ella la duplicaba de un modo que hubiese horrorizado al gran asustadizo de los espejos, Borges.

Cogí el metro de la ciudad. Allí no me multarían. Casi todas las entradas estaban cubiertas por dos tipos que incluso te ayudaban sin decir palabra, eso sí, a comprar tu billete y validarlo. El billete se compra por línea y sin derecho a transbordo con una duración máxima de una hora si no recuerdo mal. Se compra en estancos cercanos, en máquinas que casi nunca funcionan o en una taquilla. Los vagones son casi de juguete, muy pequeños y escasamente iluminados. Sólo tienen tres líneas o así como en Praga. En un lado de la calle vas para un lado y en el otro lado de la calle vas para el otro. Imagino que si cambias de dirección tienes que volver a pagar.

A pesar de lo mal que comen observaba muchos individuos de gimnasio, fuertes, con las cabezas rapadas. No sé si había una convención nacionalsocialista cerca o es que es la moda del lugar pero me encontraba esos musculosos fuertotes por toda la ciudad. Por suerte no se metían con nadie ya que no era recomendable tener problemas con ellos.

Entonces me llovió, dí unas cuantas vueltas más sintiéndome tan airado como la tormenta y al final, lleno de furia regresé al hotel.

Viendo cómo el día anterior España había ganado el mundial por el canal internacional de TVE y encogiéndome de hombros porque me importaba menos que nada, me quedé dormido.

Y entonces desperté sobre las cinco. Ahora, después del “reset”, me sentía mejor. Salí a la calle y cogí el metro hasta el puente de las cadenas. Dejé que el frescor de la tarde y la pureza de un ambiente al que la lluvia le había limpiado el polvo me corriesen por la cara o me entrasen a través de la camiseta. Era relajante.

Ya no había chiringuitos ni feria en el puente. Sólo viandantes, coches que pasaban y hacían vibrar siniestramente ese suelo colgante y yo, mucho mejor de ánimo que por la infausta mañana.

El sol se estaba yendo sin molestar. La lluvia estaba definitivamente agotada. No quedaban nubes en el cielo. En mi cerebro tampoco.

Decidí bajar las escaleras del puente hasta abajo, hasta unos bancos que daban al Danubio y desde dónde pude ver llegar la noche y las luces del puente que verdaderamente lo embellecen. Durante unos segundos el puente tiene un tono verdoso alienígena de lo más bonito. Luego se va al amarillo y así se queda. Si alguien me hubiese hecho una fotografía con mi pareja desde atrás en ese banco me hubiese sentido como en el póster de la película “Manhattan” que decora mi dormitorio, una de Woody Allen. En blanco y negro.

Cerca, un joven borracho tocaba un inexistente piano con una colección de latas de cerveza a su lado, los barcos de turistas lanzaban sus propios relámpagos en forma de flashes de cámara dirigidos hacia el puente, fotógrafos de caballete se apostaban cerca de mí para retratar dicho monumento con paciencia de expertos, algunas parejas discutían en otro idioma pero con los gestos internacionales de incomprensión entre hombre y mujer… La vida a mi alrededor me parecía un poco menos extraña. A esa hora y en ese lugar y con mi nuevo estado de ánimo me sentía menos extranjero en esa tierra.

En ese día me había sentido bien y mal. Todo había dependido de que hubiera dormido bien o hubiera dormido mal. La máxima de Nietzsche era real. El cuerpo marca la pauta de tus emociones.

Pensé lo mucho que le debían doler las muelas a Stalin para ser como había sido.