29 septiembre 2008

Revolución


G. nos mirará así cuando acabe sus vacaciones


Llevábamos tres años de mentiras. El encargado nos había manejado y le habíamos dejado hacerlo por diversas razones: ignorancia del convenio, cansancio, miedo, estupidez…

G. se había rodeado de una plantilla cuyo mayor valor no era ser más puntual, o ser más eficiente ni más inteligente. Su mayor valor era que no le replicaba a nada y se dejaba robar. Sólo unos pocos le conocíamos mejor y sabíamos que llegaría nuestro día. Pero debíamos tener cuidado. Una de las frases que recuerdo de G. me lo resumió como persona para siempre: “Soy un rastrero y me gusta serlo”. Me la dijo durante un juego de paint ball hace un par de años, justo antes de demostrarlo ( le dije que me había quedado sin munición y me disparó a quemarropa todas esas bolas de pintura a presión causándome hematomas de gran importancia y un derrame en la pierna. Yo le llame hijo de puta y a punto estuve de pegarle con la culata del rifle en la boca pero recordé en el último segundo que era mi encargado).

Esta semana se dieron varias circunstancias. G. se había ido de vacaciones. Dos lacayos sin más poder que el que G. les dejaba, simples marionetas de este, nos dirigían. Estas marionetas habían hecho enfadar a los compañeros negándoles derechos que ya tenían como días de convenio o personales a los de media jornada (estos tienen derecho a la mitad de días que los de jornada completa pero desde luego no a que se les nieguen por completo). La gente estaba cansada también de que les metiesen más horas que las que ponía en su contrato semana sí, semana también y apenas notasen la diferencia en la nómina. Y a que les dieran el horario de trabajo el Domingo para la semana siguiente y no mensualmente para poder organizar un poco la vida.

Descontento, un cabecilla de vacaciones(en Malta, creo), dos lacayos sin muchas luces pero con mucha tontería encima, unos cabroncetes como ciertos compañeros y yo sin miedo al despido y con un total rechazo a las injusticias… Todos esos ingredientes estaban en la receta del plato que se cocinaba: motín en la empresa.

Yo leía “La condición humana” de André Malraux y me sorprendía con las luchas de los comunistas chinos contra el gobierno en la primera mitad del siglo XX. Esos tíos se arriesgaban a que los quemasen vivos en los hornos de una locomotora de un tren. ¿Y nosotros le debíamos tener miedo a perder un trabajo de mierda y a un gerente al que le habíamos puesto el mote de uno de los piratas del caribe por sus múltiples abordajes a nuestros derechos? No. El miedo nos hace esclavos. Era el momento de atacar al capo. Y de la manera más rastrera. Cuando no estaba. Él nos lo había enseñado. Somos discípulos de su escuela, meros principiantes. ¿Riesgos? Una vez dio una lección porque antes de que hubiera revolución alguien delató el complot y echó a un trabajador fijo. Típico terrorismo de despacho. Sólo asustó a los más miedosos. Creo que a casi todos menos a dos o tres de nosotros. Pero ahora había más valientes en las filas. Algunos incluso sin contrato fijo. Gente que lo tenía todo que perder menos la dignidad. Todavía les veo entrando a ver “Ché, el argentino” para darse ánimos.
Escribimos una carta exigiendo derechos y recriminando engaños. Y se la entregamos unos pocos a los dos lacayos.
Nos llamaron a los dos más representativos al despacho. En un tono amable los lacayos nos dijeron que no tenían poder para darnos lo que pedíamos. Que esperásemos al capo y que cuando volviese de las vacaciones le pidiésemos a él lo exigido. Claro que sí.
Creo que es ilegal tener un encargado que te pide deberes pero al que no le puedes exigir tus derechos.

Por si acaso lo registré todo en una grabadora.

Nuestra lucha ha empezado, prácticamente está en su prólogo.

Curiosamente estamos todos más animados, parece que nos guste más el trabajo.

Supongo que las rebeliones están para sacudir un poco el aburrimiento.

Eso mientras no rueden las primeras cabezas. Y las segundas cabezas tengan miedo y comiencen a inclinarse humilladas…

23 septiembre 2008

Juzgado




P. y yo habíamos pasado la noche anterior haciendo ejercicios gimnásticos el uno sobre el otro para relajarnos(o por lo menos yo). Pero la satisfacción no me evitaba la fatiga y el cansancio de una noche previa a un juicio.

Salí con tiempo para llegar a mi hora y por si había imprevistos. ¡Y vaya si los hubo! Fui al juzgado de la otra vez y yo no estaba citado allí sino en otro que se situaba a varios kilómetros de camino a paso rápido. Me faltaban veinte minutos para el juicio. Comencé a bajar apresuradamente por las calles buscando algún taxi que no aparecía ni por casualidad. Estaba convencido de que el juicio ya estaba perdido. La lluvia, el estrés y las calles cortadas estaban a favor de mi vecino y de su puerta. Tal vez no debí golpearla con aquel martillo. Pero ahora era tarde para eso. Ya no se trataba ni de su palabra contra la mía. Era su palabra contra mi propia estupidez. A ocho minutos de las doce treinta (hora del juicio), yo estaba en el número doscientos cincuenta de la calle de los juzgados situados en el número dos. Ni corriendo llegaría a la hora.

A y veinticuatro vi un taxi libre en un semáforo. Entré en él y le dije al taxista que si podía recorrer toda esa calle rápido porque tenía un juicio y tal y cual… El tipo apenas respondió. Se puso en marcha. Era un tipo gordo, reservado, barbudo, tatuado, con una gorra, un poco autista… En los semáforos aprovechaba para leer una revista sobre tatuajes y se entretenía con los anuncios de contactos. A y treinta y dos estábamos llegando a los juzgados pero no sabía cual era el edificio. Él que parecía haber sido juzgado muchas veces desconocía por completo esos lugares mientras que yo, que parezco no haber roto un plato en la vida ya íba por mi segundo juicio. Las engañosas apariencias.

Entré apresuradamente en el edificio más concurrido de gente y acerté. Me presenté en la entrada, pasé por un control con bandejas y arco magnético y registro muy parecido al de los aviones y cogí el ascensor hasta la segunda planta. Allí estaba mi enemigo que debió de sufrir una gran decepción al verme aparecer. Pasaban cinco minutos de las doce treinta. No habían llamado a nadie todavía. Varias personas esperaban como mi vecino en el pasillo sentadas o de pie. Mi acusador estaba tenso. Se quedó de pie.

Yo me senté junto a un hombre de unos cincuenta años con “El país” en la mano y que con ironía me preguntó si yo era el suyo. ¿El suyo? ¿Su qué? ¿Su amigo secreto? ¿Su abogado? No sé. Tal vez le habían acusado y desconocía a su acusador. Eso pasa a menudo. Yo le expliqué que mi “pareja de baile” era el tipo con cara de subnormal que se daba vueltas por el pasillo con los pantalones por encima del ombligo (un centímetro más altos que el año pasado, la jubilación sigue su paso inclementemente).

A y treinta y siete, dos minutos después que me sentará, un tipo salió de la puerta frente a la que esperábamos y dijo mi nombre en voz alta. Me pidió el carnet. Llegué justo a tiempo y por muy poco.

Dos minutos más tarde ya nos llamaban a los dos para el juicio. Todavía me latía el corazón rápido por las carreras (me siento como Wilt Smith en la película “En busca de la felicidad”, siempre corriendo para llegar a más sitios de los que me permite el físico).

Entramos en la sala. Dos señores y una señora con toga. El tipo de los carnets detrás nuestro nos indicó que nos sentáramos. Yo a la izquierda y el acusador a la derecha. Fue el primero en levantarse y explicar su versión. Fantástico. Fue más balbuceante que nunca. A los letrados les costaba entender lo que decía o explicaba. Ya se que el retardo mental de sus hijos es plenamente heredado y buena parte de la culpa es suya por procrear con genes defectuosos.

- Gilivecino: Estaba rompiendo nueces en la casa de al lado.

- Juez: ¿Quién rompía nueces?

- Gilivecino: Mi vecino. Y entonces este individuo(me señaló a mí) gritó y me llamó hijo de puta y subió y me dio un martillazo en la puerta y me la destrozó.

- Juez: ¿Usted le vio?

- Gilivecino: Sí, yo estaba en la mirilla de la puerta y le vi.

Más o menos fue así. Estaba nervioso y apenas sabía cómo expresarse. Se sentó rápidamente y me tocó salir a mí a explicarme. Esta vez era delante de un micrófono. Me sentía como en el club de la comedia pero mi telonero había sido bastante mejor que yo. Lo de pasarse todo el tiempo en la mirilla de la puerta era muy bueno. Yo sólo dije que efectivamente subí al primer piso acompañado de otros vecinos que también oían ruido, que efectivamente ese día ¡Y sólo ese día! Mi vecino no era el culpable y además yo fui el primero en señalarlo y que luego mi enemigo, aprovechando la reunión aprovechó para decirles a todos que el rasguño de la puerta era de un martillazo que yo acababa de hacer. Yo lo negué y me fui. Fin de la historia.

- Juez: ¿Golpeó usted su puerta con un martillo?

- Yo: No, ni siquiera tengo herramientas en casa. Si hay que reparar algo lo hace mi padre. Yo soy un inútil con las manos. Sólo leo y escucho música… (es fácil contar mentiras cuando se parecen tanto a la realidad).

- Juez: ¿Había vecinos con usted esa noche?

- Yo: Sí, pensé que los traería mi acusador pero ya veo que no.

- Juez: Ya puede sentarse.

Me senté. Y recordé el martillazo en la puerta. Porque al menos un martillo si que tengo. Es de mi padre, en realidad. Lo dejó por ahí. La única mentira entre todas las que había dicho el otro cabroncete.

Me hicieron levantar una vez más para decir si tenía algo más que alegar. Respondí con un escueto no. Mi vecino quiso alegar algo que nos demostró a todos, por si dudábamos, que el síndrome de Down no siempre se lleva en la cara, también lo llevas por dentro:

-Gilivecino: Bueno, mi vecino no puede venir pero tengo un papel firmado dónde dice que yo no hacía ruido esa noche, que era él el que cascaba nueces.

“Tú si que tienes el cerebro cascado”, pensé yo. No hacia ni dos minutos que yo mismo afirmé que el dichoso vecino cascaba nueces. El gilivecino tenía un papel dónde afirmaba lo que yo también afirmaba. El juez casi ni le escuchó.

Lo que sí escuché yo fue la sentencia de absolución que la próxima semana iré a recoger. El juicio duró entre cinco y diez minutos. Los jueces debían tener ganas de tomarse su café con leche y sus cruasanes. En líneas generales se habían portado muy bien. No me miraban casi a la cara (como los médicos), tal vez para no dejarse engañar por las estafadoras apariencias pero habían sido muy amables.

Salí contento. Ya no llovía. No sabía dónde estaba pero con un MP3 puedo llegar a cualquier sitio. Decidí tomarme el día libre. Nunca falto al trabajo y el trabajo me falta a mí mucho el respeto así que me tomé la tarde libre. Llamé al más ingenuo de mis encargados:

- Oye, no puedo ir a trabajar. Me han hecho un arresto domiciliario de un día injustamente. Ya te contaré. Ha sido terrible.

- No te preocupes. Lo importante es que tú estés bien.

- Claro, claro. Estoy bien. Sólo algo indignado…

¿Bien? ¡Estoy de maravilla! Y esta noche a ver los conciertos de las fiestas de la Mercé con una que está de baja.

Así va el país.

19 septiembre 2008

Acusado


Un chistecillo para quitarle importancia al asunto


Fui a ver a un abogado amigo de una amiga. Sólo para que me asesorase un poco.

Tenía la oficina a una hora en tren más transbordo de metro. Me costó bastante llegar hasta allí. Al llegar me recibió una gordita sudamericana que dijo que estaba arriba, en su despacho. La oficina no era tal, sólo un piso dónde una niña, en el comedor, saltaba aburrida y sola y con el televisor apagado sobre un sofá. Creo que era la hija del abogado.

Subí por una escalera de caracol hasta la oficina dónde a duras penas podía separar tanto la silla de la mesa que no tocase contra la pared. En esa caja de cerillas esperé a que terminase de hablar con alguien sobre un evento cultural que estaba organizando o asesorando. El lugar era austero. Tenía un portátil sobre la mesa y una carpeta con el mechero, los lápices y un bolígrafo encima que el abogado, mientras hablaba por el móvil, organizaba y reorganizaba una y otra vez distraídamente. Cuando terminó me preguntó por mi caso. Intenté ser breve:

- Tengo un problema con un vecino jubilado desde hace cinco años. Trabaja sobre mi piso y hace ruido. Hemos discutido muchas veces. Me llevó a juicio el año pasado porque le llamé hijo de puta y le amenacé. Salí absuelto de aquello porque no tenía pruebas. Este año me acusa de haber golpeado su puerta con un martillo. Daños a la propiedad.

- ¿Es cierto?

- Bueno, tal vez. El día que ocurrió volví a por él pero unos vecinos míos se sumaron a mí en la escalera. A ellos también les molestaba el ruido. Al llegar a su planta descubrimos que el ruido no lo hacía él, lo hacían sus vecinos. Por primera vez este hombre era inocente. Pero aprovechó para comentarles a mis acompañantes que yo había golpeado su puerta. Esta sólo tenía un agujero astillado, no más grande que una moneda de euro. Al día siguiente se presentaron los Mossos d,Esquadra a tomarme los datos. Meses más tarde llegó esta citación.

El abogado me miró divertido. Tenía su gracia que el vecino afirmase haber estado “casualmente” en la mirilla de la puerta y me “viese” golpearla. La imagen era ridícula. ¿Está todo el día espiando por la puerta? Me aconsejó llevar un testigo por si el vecino llevaba otro. Si yo quería defender mi inocencia me costaría unos trescientos euros que él rebajaba a doscientos cincuenta. Esta inocencia tenía un descuento de cincuenta euros. Teniendo en cuenta que la otra vez me defendí muy bien y el vecino demostró ser un gran cretino, decidí pensar lo que haría. No me juego la cárcel aunque dos juicios ya me hacen sentir íntimamente emparentado con el “Vaquilla”. Sólo me arriesgo a pagarle los daños al vecino y a una multa. Algo que sería humillante y le daría al cabrón el derecho a seguir haciendo ruido sobre mi cabeza. ¿O no? Bueno… Pues eso es lo que me preocupa.

El próximo Martes a las doce treinta vuelvo a ser el acusado.

Como veis no doy la total certeza de haber sido yo el del martillazo (que me hubiese gustado darle a él en la cabeza y no en la puerta).

Ya contaré toda la verdad y nada más que la verdad cuando esto haya acabado.

Iré solo y sin abogado.

17 septiembre 2008

Discusión de pareja


Es difícil escuchar algo inteligente en mitad de una discusión


Estoy un poco nervioso mientras el tren me lleva hasta ella. Llevo un libro encima pero me he dejado las ganas de leerlo en casa. Las perdí mientras leía esos mensajes instantáneos en el Messenger dónde ella me lanzaba varias acusaciones más o menos justas (más algunas del todo absurdas) en mitad de uno de esos enfados suyos. Esos arranques de ira le transmutan el amor en odio en mucho menos que un paso. Y ahora, sentado en el tren y con el inútil libro de Schopenhauer en la mano, no puedo dejar de responder mentalmente a las frases que me ha escrito.

Yo también me enfadé. Pero ya estoy más calmado. Según algunos estudios recientes el sistema límbico de las mujeres tarda más tiempo en llegar a su estado natural que el de los hombres. El cerebro reptil, el de las emociones, nos juega malas pasadas. Ella debe estar odiándome todavía y rebuscando en su cerebro nuevas acusaciones, algunas demasiados añejas como para ser usadas en este juicio, para lanzármelas al rostro.

En un enfado ellos se calman antes. ¡Y menos mal! Yo enfadado no solo no razono sino que invalido todos los milenios de evolución que me han llevado hasta el siglo XXI. Por eso Hulk me fascina tanto. Me identifico con un científico que enfadado se convierte en un monstruo verde de más de dos metros de altura y que lo rompe todo a su paso.

Sé que si discutimos en directo puede ser peor que por el Messenger y en diferido. Hay más riesgo de que nos dejemos así.

Bajo del tren pensando que después de una hora, al menos uno de los dos (yo) ya está en condiciones de dialogar civilizadamente.

La veo esperando en el andén. Me hace un gesto con la mano.

Me acerco impaciente por leer en su rostro alguna señal de que no está tan enfadada como cuando tecleó “estoy hasta los huevos”(unos huevos que no tiene) o “esto no lo aguanto mas” o “sólo me quieres para…”.

No se la ve muy alterada. Pero su rabia es contenida. Demasiado. Se expresa por otros canales.

Cuando me da la mano ya sé que se está firmando la paz. No hay palabras entre nosotros. Ella simplemente me sugiere que vayamos hasta un lugar dónde nos podamos sentar. Yo decido buscar un banco. Si usamos una cafetería se puede romper la vajilla además de mi cabeza. Mejor discutir en un lugar sin objetos arrojadizos o cortantes. Con las palabras ya nos desgarramos bastante.

Encontramos un banco. Delante de un centro de esos de Rayos Uva que te broncean tan rápido como te hacen perder la elasticidad de la piel y te generan arrugas prematuras en el rostro. Mientras me imagino las personas que están pagando allí dentro para que los cocinen al’ast, ella se me sienta encima y comienza a besarme la cara, los labios, el cuello… Yo respondo como puedo y del mismo modo evitando lugares como el escote o lugares más comprometidos. Que quiera reconciliación no significa que me haya perdonado.

Después de un buen rato de querernos sin palabras ni explicaciones… las daremos. Ella sus acusaciones, yo las mías. Luego las disculpas por la parte que nos toca. Más tarde, ya más tranquilos, se levantará la veda de las cafeterías. Además, allí también sirven tila y no sólo excitantes con cafeína.

La pelea habrá terminado.

Según Cortazar toda discusión en una pareja es un acto preerótico.

Puede que tenga razón. Los besos saben mejor, como nuevos, después de esas discusiones.

De todos modos preferiría calentarme con una peli porno que siendo insultado por el Messenger. Raro que soy yo.

15 septiembre 2008

Lo que soy


Proteo, el Dios que cambiaba de forma


Antes de Internet escribía pero las hojas mecanografiadas no salían de casa. Ahora escribo y en unos segundos tengo lo que pienso en la red. Sé que ocasionalmente me leen amigos, familiares y desconocidos. Sólo llevo bien que me lean estos últimos. Aquellos a los que trato en persona aparecen cuando menos lo espero preguntándome por tal o cual asunto extraliterario que he escrito en el blog. Algunos han leído una entrada de hace dos años y me preguntan de quién hablo y por qué le hice lo que explico a tal o cual persona. Cada cierto tiempo tengo que dar explicaciones por algún asunto “blogero”. Al final he llegado a la conclusión de que lo mejor es decir que muchos posts son inventados. Escribo porque me gusta y cuando no tengo sobre qué escribir me lo invento. Pero da igual Siempre habrá alguien con quién te sueles tomar el café que aprovechará el silencio después de haberse comido el croissant para preguntarte: ¿Por qué dijiste aquello sobre X? ¿No crees que te pasaste un poco? A veces X es una persona que se ha pasado conmigo en vivo y en directo. Yo sólo me he desfogado un poco diciendo barbaridades hiperbólicas sobre ella en algún post. Barbaridades que no pretenden sentar cátedra ni llevar a la hoguera a nadie. Solo jugar un poco con la ironía y sobre todo con las letras. Y siempre admitiendo que siempre que se escribe o se opina sobre alguien hay mucho de fantasía y muy poco de verdad. La verdad última sobre cualquiera nos sobrepasa. Cómo en “Ciudadano Kane” un ser humano a ojos de los demás es más polimórfico que Nai. Cada persona te ve de un modo distinto. La imagen que tienen los demás de ti responde a un instante subjetivo.

En un estudio reciente leía que antes de conocer a alguien, si te hablan mal de esta persona, ya tendrás un juicio y un prejuicio muy difícil de romper sobre ella. Si encima te ven robándole la pelota a un niño pero nunca te ven jugando emocionado con tu sobrina de cuatro años, serás un monstruo absoluto en la mente de esa persona.

En mi trabajo cara al público hay dos tipos de clientes: los que me odian porque me conocieron en un mal día y los que me adoran y con los que tengo una pseudoamistad muy buena porque me conocieron un día en el que me sentía más contento.

Luego está la gente que me lee por Internet. ¿Qué pensarán de mí? Pierrot me dio algunas pistas: “Cuando te leo me pareces bastante hijo de puta”.

¿Y qué pienso yo de mí? Pues no estoy muy seguro. Unos días siento que me puedo codear y tratar de tú a los dioses del Olimpo. Otros no me atrevería a mantenerle la mirada ni a un mendigo (y es lo más recomendable ya que entonces, según dicen, no te sueltan). Pero también siento que todo es más complejo.

La gente categoriza demasiado.

Para los demás no pasamos de ser más que meros personajes arquetípicos de una obra de teatro. Estoy seguro de que alguien sólo me conoce por ahí “como el tipo aquel al que le gustaba Depeche Mode o David Bowie” y toda mi vida se reduce en su mente a esa verdad. Si ahora le dijera que me gustan también otros grupos de música quedaría decepcionado. Rompería su matemática íntima.

Sólo gente cercana como mi madre o por ejemplo Pierrot o algunos otros me conocen bien.

Y por eso me quieren tanto como me odian.

08 septiembre 2008

Elfos



Es un elfo pero no parece que esté en España


Estaba viendo una exposición sobre arte renacentista pero había otras cerca. Todas de libre acceso. La de arte chino abstracto me pareció como si los chinos, hartos de que los engañasen, me quisieran engañar a mí. Pasé por las cien obras a toda prisa, apenas leyendo los letreros y lo expuesto. El aburrimiento abstracto es igual que el ortodoxo. Me dirigí a una exposición del dúo de chicas Momu & No Es: “1979-1982. Las Guerras Élficas”. La idea me gustó. Usando la historiografía intentaban explicar un período oculto de la historia de nuestro país. Mediante un servicio de información por bluetooth, videos, un refugio élfico, una fosa común para elfos con su estudio arqueológico anexo y un videoclip y entrevista con el último testimonio vivo de este conflicto me mostraban una guerra civil entre esta raza de cortos de talla que los acabó por extinguir. En el período 1979-1982 los elfos la liaron buena en nuestro país y ya sólo nos han quedado sus cabelleras en la apresurada fosa común que hicieron antes de desaparecer.

La exposición consiguió que creyera en los elfos durante dos segundos. Puede que más. Al entrar en el refugio élfico, un tipo de talla diminuta y de aspecto extraño miraba unos televisores que había en esa especie de cabaña de madera dónde la bombilla te rozaba la frente. Pensé que era parte de la exposición y lo miré intensamente. Cuando él me miró y se movió y le ví leyendo el texto explicativo de la exposición comprendí que era un visitante. ¿Se había mimetizado el espectador con lo que veía? ¿Era un superviviente de las guerras élficas? Su calzado gastado y su aspecto sucio me inclinaban por lo último.

Salí enriquecido por la idea. Recordé una anécdota que contó el escritor Fernando Marías en la presentación de un libro suyo hace años sobre un documental falso que hizo dónde incluía cangrejos gigantes irradiados y cómo la gente llamaba a Televisión Española para preguntar si eso había ocurrido realmente. ¡Qué fácil es inventar y no digamos manipular la historia!

Al salir me senté en un banco a tomar el aire a unos cuantos metros de dónde el elfo me observaba a mí. Rodeado de arte intentaba aventurar la cantidad de dinero que cobra esta gente por jugar a todo esto. ¿Se ganan la vida con estas exposiciones?(bueno, los chinos ya sé que tienen que pasar un cierto tiempo de “reeducación” por “recomendación” del estado rompiéndose la espalda en tareas agrícolas).

Pero los occidentales cobran.

Porque si es por eso yo me apunto. Abro una ventana en un museo que da a una calle concurrida y la llamo “Gente” o para fomentar la polémica que vende mucho, genero un montón de penes virtuales penetrando vaginas bajo un torrente de alcohol barato que caiga de una fuente en forma de botella de cerveza y la titulo “Objetivos masculinos de la fiesta” o dejo una habitación vacía dónde no haya nada y la titulo “Nada” y con recochineo la titulo “Timo”.

Supongo que esto es más complejo de lo que yo imagino. Desconozco mucho de este mundo.

De todas formas la exposición de los elfos me ha estimulado la imaginación.

Supongo que estaba un poco deprimido después de ver veinte veces el motivo “La virgen y el niño” de los renacentistas y los elfos son más fotogénicos que la oscura religión católica.

Necesitaba mentiras luminosas.

03 septiembre 2008

Aburrimiento


El aburrimiento te ahoga


Un viejo y pésimo libro de Anne Rice me sorprendió en los noventa. En “La momia”, un inmortal que lleva ese nombre ni siquiera pierde su tiempo infinito durmiendo, no lo necesita. Y me impresionó porque ya pensaba entonces que si una vida humana se hace tediosa en ocasiones… ¿Cómo se puede distraer una momia de dos mil años que ni siquiera duerme la siesta? El Marqués de Sade lo tenía claro, follando de una manera más guarra y desagradable que la anterior. Pero claro, no veía que su libertinaje no era una rebeldía contra el mundo. O que no lo era tanto como el fruto de las muchas horas de no tener nada que hacer más que meterse consoladores en el recto en sus largos años de cárcel. El tipo estaba aburrido. “La momia” es ficción. Sade es realidad. La vida puede ser corta pero si no te ocupas haciendo algo se te puede hacer larga.

Luis Antonio de Villena, un escritor español, lo dijo hace tiempo en alguna conferencia: a veces siento hastío. Y le creo. Los poetas suelen hastiarse mucho. No así Nabokov que aseguraba que nunca en su vida adulta había sentido el aburrimiento. O Borges que a sus más de ochenta años le pedía más tiempo a la parca(que no le dio) para aprender lenguas nórdicas y leer los originales de sus viejos ídolos literarios. Y hablando de poetas o novelistas creo recordar que Bécquer hablaba sobre la sensación esa de estar de vuelta de todo, de estar cansado de la vida en su poema. Allí dice sentirse inmortal en esos momentos de cansancio en los que te parece que ya no te pueden sorprender con nada independientemente de que tengas veinte u ochenta años. Y es que el hastío, pienso yo, más parece un estado anímico producido por el ocio que una realidad objetiva. Puede que también tenga que ver con esos neurotransmisores que nos abandonan cuando estamos de bajón y hacen que le perdamos el gusto a todo. Porque son los que más tienen los que más se aburren. El aburrimiento es muy subjetivo. Si no te interesa nada no es que todo sea aburrido. El aburrido eres tú. “Las cosas no son buenas o malas, depende del punto de vista del que las mira” decían los griegos.

Tengo una conocida a la que no le gusta la música, la literatura y apenas el cine. Sí disfruta bastante con el cotilleo y con hacer daño de palabra a la gente. Este es un modo bastante poco recomendable de sacudirte el mal del cansancio vital. Podría hacerle un favor a la humanidad y hacerse un piercing con un cuchillo jamonero en el coño. El dolor te libera del aburrimiento de un modo casi automático. ¡Cuantas veces habré pensado en poner un brazo o una pierna en la vía del tren para matar el rato! Pero no es plan de hacer que la gente llegue tarde a sus trabajos. Y hablando de trabajo se recomienda para combatir este mal muy propio de niños, parados, de obtusos o de gente con pasta que no se quiere aburrir pero tampoco quiere trabajar que se entretengan ganándose la vida. Se dice que trabajando valoras más las cosas pequeñas(se referirán a los sueldos bajos), que le das más importancia a los días festivos(si no eres guardia de seguridad porque entonces solo los añoras y nunca los consigues), que te enriquece como persona(aunque no le veo enriquecimiento al hecho de cotillear sobre el jefe o vender a los compañeros para medrar). De todos modos estoy de acuerdo en algo. El trabajo evita el hastío. Si odias algo con todas tus fuerzas no te aburres. Tienes un objetivo: el de abandonar tu trabajo.

Pero es que a veces todo resulta repetitivo. Tengo un compañero de trabajo que lleva seis años diciendo la frase “me voy a ir” cada vez que le veo. Es un chiste porque nunca se va ni siquiera coge la baja. Se pasea por el trabajo con las manos en los costados y asegurando que se va a ir (es más un deseo que una realidad efectiva). Cuando la gente no sabe de qué hablar habla estupideces. Y yo el primero. Y es cierto que todos tenemos una gran historia que contar. Todos menos los individuos vírgenes como mi tercer encargado. Nunca me han interesado los historiales masturbatorios de los hombres. El gran problema es que nadie cuenta sus historias MAS INTERESANTES.

A veces siento que lo que leo, lo que veo o lo que escucho ya está como muy visto. Eso me suele pasar más en vacaciones y cuando no tengo dinero para pagar un viaje que me lleve lejos y me llene de incomodidades y me obligue a luchar por no perder una maleta, porque me den el alojamiento que me prometieron, por buscar un restaurante a horas intempestivas porque me muero de hambre, a largas caminatas con bultos a cuestas… Las incomodidades de la vida te resignan mucho. En esos instantes de agobio y huesos molidos no te aburres. Sólo quieres tumbarte en algún lugar relajado y sabes lo que vale un buen libro o una buena película si las disfrutas en posición vertical.

Creo que la vida es difícil para que no nos aburramos. Y si se tiene hijos es porque el aburrimiento ha llegado a un grado extremo. En esa fase se está buscando una flagelación unánime de los sentidos.

Gary Cooper decía que el secreto de la felicidad era pasarse todo el día trabajando y llegar tan cansado a casa que no pudieses pensar en nada. Supongo que lo decía porque era actor y no minero.