19 febrero 2009

Juicius interruptus




La mañana era soleada aunque algo fresca. Ideal para mí. Lástima que tuviera un juicio pendiente. Subí la rambla de ese para mí desconocido pueblo costero. Alguien me dijo dónde estaban los juzgados con marcado acento catalán. Eso me facilitó llegar veinte minutos antes a mi destino así que tuve que hacer o perder o deshacer tiempo. Llevaba un libro de cuentos de un escritor mexicano, Juan Villoro. Leí durante esos minutos con la concentración a medio gas. Cuando el reloj me lo sugirió cerré el libro y fui a que me viera el médico forense. Recordé el día anterior. Yo estaba bien. Sin hematomas ni rasguño alguno. Intenté que mi sobrina de cuatro años me golpease el rostro y ella lo hizo pero fue insuficiente (aunque ella lo disfrutó mucho). También se lo pedí a P. pero ella sólo lo hace cuando le interesa y mi actitud se lo sugiere. Al final quedó claro que soy un fracaso autolesionándome. No comulgo con el masoquismo.

La médico forense me vio. ¿Y qué había que ver? Nada. Dos minutos de consulta. Este juicio en el que me estrenaba como demandante estaba perdido.

Esperé en la tercera planta a que me llamasen.

De pronto apareció el sudamericano. Estaba buscando el lugar del juicio y no me reconoció. A mi alrededor no había cámaras ni seguridad alguna. Mi único recurso eran los gritos, las piernas o saltar por la ventana. Pero el tipo se fue.

Al cabo de un rato regresó con una pareja joven. ¿Sus abogados? No. Tenían un aspecto desastrado que los delataba como simples amigos del acusado. Y no me equivoqué. El novio pasó a enfrentarse con otro joven rapado y malcarado que pululaba por allí. Pero antes vimos algo digno de un buen anecdotario. Unas señoras mayores salían de ganar un juicio. En voz alta y muy gárrula se ufanaban de haber humillado a la oponente que perdió por falta de pruebas. La alguacil, enfadada, les interpeló: “¡Cállense señoras, que todavía le haré de testigo a la denunciante! ¡Es que no aprenden!”

El sudamericano rió de buena gana y se quedó a charlar con la joven que esperaba a su novio, el que entró a juicio. Este debió ganar porque salió al poco con el pulgar hacia arriba. El rapado salió después y dando un portazo. Su aspecto de skin psicópata era un marketing espantoso para ganar juicios.

El sudamericano despidió a sus amigos y entonces se volvió hacia mí. Se acercó. Se sentó a una silla sin persona de distancia de mí. Me miró otra vez. Me reconoció. Después, con timidez, dijo: “Así que eres tú el del otro día. No te había conocido. Mira, me siento muy avergonzado. Tienes que entender. Doce horas de trabajo. Un mal día. ¡Qué vergüenza! Y delante de mi esposa y mi niño. Te pido perdón. Lo siento mucho. Eso no debí hacerlo así”. Juntaba sus manos a la vez que hacía un amago de ponerse de rodillas. Yo hablé con él con calma. A la luz de esa mañana soleada y fresca las cosas se veían de otro modo. Y el juicio estaba perdido de todas formas.

Salió la alguacil y preguntó por nosotros. Al vernos así, tan “acaramelados”, preguntó si realmente queríamos seguir con el juicio. Y bueno, pues fue que no. Y entonces entró a por algo y salió de la sala de juicios con una sonrisa y asegurando que los jueces estaban muy contentos con nuestra decisión. Nos hizo darnos la mano. Todo el mundo sonreía. Hasta la gente que esperaba para juzgar o ser juzgada.

El tipo me invitó a desayunar y dijo que a ver si nos encontrábamos para recoger la sentencia y así invitarme a comer. Había tenido que pedir libre en el trabajo pero el próximo viernes tenía más tiempo. Me contó también algo de su vida. Era colombiano. Trabajaba doce horas al día en un restaurante cara al público. Insistía en decir que sentía vergüenza por lo ocurrido.

Nos despedimos con otro apretón de manos y la promesa de que no volvería a intentar matarme. “Al menos no delante del niño, ja,ja”.

Qué mañana tan agradable…

17 febrero 2009

Un nuevo gilipollas en el trabajo


Sergi es tocayo mío pero hasta ahí llegan las similitudes entre él y yo


De apariencia robusta pero retaco y cabezón. Todavía no sé si pasa o baja de los 20 pero eso de la edad sólo es una fecha en el DNI.. Mentalmente solo esta al nivel de los que pueden ver películas aptas. Nuestro nuevo compañero entró con fuerza. La primera valoración sobre su persona me la dio Natalie, una compañera paraguaya, en la cafetería más cercana al cine: “Sergi, taaa, es muy gracioso, ya lo verás”. Lo que no me dijo Natalie es el tipo de humor por el que apostaba el nuevo compañero. El primer día, incluso, tuve la todavía ignorada suerte de saberlo poco. Sergi se enganchó a otro compañero y estuvo dando vueltas por las salas con él mientras yo visitaba las mías con P..Pero pronto tendría que conocerle. Fue en la puerta, cuando rompía entradas a los clientes y les hacía chistes y gracias a las chicas más jóvenes. Sus preferidas son las de 13 años, probablemente las únicas que le ríen las tonterías. Imagino que a lo largo de su vida, obligado por las circunstancias, Sergi ha ido bajando el listón con las mujeres y se ha ido resignando a ligar con niñas o retrasadas.

M. una compañera de más de 20, edad con la que no se lleva bien Sergi, le dijo hace poco: “Oye, tío, que tus bromas no me hacen gracia ni a mí ni a nadie”. Y vale que a M. tampoco le hace gracia por ejemplo Woody Allen pero es que Sergi sólo le saca sonrisas a las criaturas que consigue no asustar ni enfadar.

En la puerta van pasando chicas y niños, les para y por ejemplo les obliga a cantar “Chihuahua” si quieren entrar a la sala, les abronca y amenaza antes de que ni siquiera abran la boca, les pregunta temas personales, les dedica piropos gárrulos a las niñas que van sin padres, nos cuenta machadas y mentiras que no creemos y que al nacer de la mentira improvisada ni siquiera hacen sonreír… Entre nosotros nos miramos buscando adoptar una expresión facial que por lo menos sea educada.

Ayer nos contaba cómo cuando huía de la policía por exceso de velocidad les enseñó el culo a los agentes. En el informe policial decía que se leía que les había hecho gestos “obscénicos” a los policías. Se abren cuatro posibilidades: la policía no sabe escribir, él no sabe hablar, todo es mentira o una mezcla de las tres primeras teorías. Sergi, en cualquier caso, siempre apuesta por la anécdota epatante. No importa que sea verosímil. Hace poco comentaba que una chica en la puerta del cine le había tirado los trastos (y todos queríamos que entre esos trastos que le tiraron hubiera algún ladrillo para su cabeza) y M. , siempre a la caza y desmonte del capullo le dijo que ella conocía a esa chica y ya le preguntaría que qué tal. Sergi se puso rojo y se apresuró a decirle que no lo hiciera con excusas más torpes que sus bravuconerías. En fin…

Pero el Domingo descubrí algo diferente. Yo estaba cabreado una vez más por una de las habituales trampas de G., el encargado. Así que mientras lanzaba obscenidades y generaba verbalmente imágenes de tortura contra este, Sergi escuchaba con atención. Se fue. Al cabo de un rato vino jactándose de cómo estaba vacilándole a los encargados. Les había llamado criminales por el mismo motivo por el que yo me había quejado. Me sentí acompañado en la protesta. Aunque fuera por un loco que como se sabe y al igual que los niños, suelen decir siempre la verdad (Sergi es loco, niño y borracho en el mismo pack). Fue placentero observar las caras de disgusto de los encargados. Que les critique un fijo vale pero un recién llegado…

Sergi ha conseguido caerle mal a casi todo el personal en muy poco tiempo. Y sin embargo, incluso él tiene su razón de ser. Cuando sepa por qué existen las cucarachas y mi vecino tendré todas las explicaciones que necesito para seguir viviendo en regla.

Sergi le da sentido a la expresión “tonto útil”. Por eso no ha conseguido caerme tan mal como sería de esperar en estos casos. Conmigo tiene un par de oportunidades más. De todos modos estará poco tiempo con nosotros. Pronto se lo llevarán por “obscénico”. La pederastia está muy condenada en los tiempos que corren.

12 febrero 2009

El ataque del hombre sapo


Yo quiero una vida tranquila y bucólica como esta pero el desastre me persigue

El cordón en la puerta indicaba que la sala de cine no estaba todavía abierta al público pero un niño frente a su madre parecía querer abrir la puerta. Le dije que no pasase pero el niño no paraba de llamar a su padre. Miré hacia la sala y no vi a nadie, al menos en el pasillo. Entré en la sala y no vi nada pero ante la insistencia del niño me fijé mejor y lo encontré. En un lateral, frente a lo que podría denominarse como un palco, un hombre sentado y silencioso esperaba inmóvil y sentado en una butaca. Le invité a salir de la sala, normas de la empresa y todo eso, el tipo parecía un señor respetable desde mi posición. Salí sin darle mayor importancia al asunto. Fuera dí unas vueltas y me acerqué a charlar con el compañero de la puerta: “Hay un tío que va a la peli del chihuahua ese que cuando le he dicho a su mujer ‘sala cuatro a mano izquierda’ me ha preguntado si intentaba ligar con ella”, me dijo. “Un tío simpático”, pensé, “espero que haya salido de la sala”. Pero no. Al regresar estaba él sentado, su hijo de pie y hablándole y la señora también de pie. Le invité nuevamente a salir, hay gente que necesita aparatos para la sordera y todavía no lo sabe. Pero al parecer me escuchó. No salía porque no le daba la gana. A esos razonamientos siguieron los míos, reiterativos sobre lo de “son normas de la empresa”. Pero él lo único que razonó es que yo era gilipollas. Eso me mosqueó algo así que amenacé con expulsarlo de allí. El tipo insistió en que yo era gilipollas. Y sí, a veces me comporto como uno pero no precisamente en ese instante y desde luego no me dedico a tiempo completo a la gilipollez. En fin, los ánimos se calentaron y le grité y el me gritó y bajó las escaleras hacia mí con el escaso lastre de su mujer que le tiraba del brazo izquierdo y le gritaba algo así como
“Juan Carlos, no, Juan Carlos, no”. Pero esa masa grande, gorda y fea de oscura humanidad se abalanzó sobre mí y antes de que le dijera algo más y por sorpresa me lanzó un torpe pero malintencionado derechazo al pómulo izquierdo. Yo me pude apartar algo pero todavía me intentaba recuperar de la sorpresa cuando el abominable hombre de Sudamérica me empujaba contra el muro de contención de la sala y me tiraba por encima desde una altura de un metro setenta o así. Yo me agarraba a él pero él se despegaba bastante bien, deseaba verme caer de espaldas. Una vez en el suelo y mientras intentaba recuperarme de la sorpresa y de la posición horizontal ví como el tipo levantaba unos hierros dónde colocamos los alzadores para los niños. Entre quince o veinte kilos de peso lanzados hacia mi hermoso rostro. Me dí un revolcón sobre la moqueta para esquivarlos y lo logré por poco y también porque la señora seguía lastrando al iracundo marido. Los revolcones sobre cualquier sitio se me dan bien. Aún intentó lanzarme otro y tuve que revolcar y esquivar de nuevo pero jugar a “Indiana Jones en busca del arca perdida” cansa así que al final conseguí levantarme, rodear el muro y enfrentarme a él. Le paré un par de golpes, siempre subvencionada mi seguridad por la de la tal María que no paraba de llamarle Juan Carlos y ralentizarle pero él como si se llamase Bernardo, pasando de todo.

Salí de la sala gritándole que a ver si tenía huevos de quedarse allí y esperar a los de seguridad porque desde luego la película no se la íbamos a pasar. Pero él decía que me íba a denunciar a mí por… no sé, supongo que por apartarme para que no me aplastase el cráneo con unos hierros.

Llegué hasta mis encargados. El encargado masculino se puso en marcha llamando a los de seguridad. La encargada mujer(y madre de dos hijas) dijo que me sentara y que me distrajera mirando algo en el ordenador. Sólo le faltó traerme una piruleta y darme un besito en la frente. Pero yo quería ver el final de esta película. Me fui para la sala con el encargado y los dos tipos de seguridad del centro ya estaban allí. La señora de la limpieza limpiaba, observaba y recopilaba datos para que al cabo de diez minutos todo el centro comercial supiera lo que me había pasado. Juan Carlos estaba tirado en el suelo gritando “María, María, que me quieren matar por ser sudaca”. Los de seguridad nos miraban al encargado y a mí desconcertados y con los brazos en alto para que viéramos que no hacían nada, sólo retenerle y esperar a los Mossos.

Y luego llegaron los mossos, la ambulancia con dos tipos que aunque vieron que yo estaba bien (como los niños parezco de goma, me caigo y me golpeo pero no me aparece ni un hematoma) me recomendaron acudir al hospital y luego denunciar al tipo ese por si él me denunciaba a mí y la liábamos.

Y sí, en el hospital se pusieron de mi parte y me apuntaron un hematoma en el pómulo derecho y contusiones en la espalda solo porque dije que me golpearon allí pero lo cierto es que en mi cara no había nada. El médico, un sudamericano del lado del bien porque a veces la realidad también es políticamente correcta, dijo que veía que tenía inflamado el pómulo derecho. ¿Lo veía? Yo íba con P., una compañera que me acompañó todo el tiempo y en mi cara no había nada. Si acaso la rabia de estar tres horas en una sala de urgencias escuchando las bromas de un trío de gitanos garrulos que no sabían leer los carteles de “se ruega silencio”.

En el informe aparece mi temperatura corporal, mi ritmo cardíaco. ¿Tienen sensores para detectar algo así? Es que el médico, cuando le dije que estaba bien dejó de observarme y se dedicó a escribir el informe y enviarlo a comisaría. Al parecer uno de los dos que me llevaron en la ambulancia explicó lo que me había pasado y pidieron un trato especial para mí, exagerar el informe y que me quedase bien bonito y presentable de cara a una denuncia. Positivo para mí pero indicador de lo tremendamente inmoral que es el mundo en el que nos movemos.

Por la noche denuncié en la comisaría del pueblo donde había sucedido el incidente y acompañé hasta casa a P. que había estado allí todo el tiempo acompañándome a mí.

Mientras regresaba en el autobús de madrugada hasta casa ya se me había pasado la rabia y las ideas homicidas. Por algún motivo no podía dejar de darme pena la mujer sumisa que cuando llegó la policía se apartó a un lado y sólo se dedicó a observar en silencio la escena. Su marido se lo había ordenado así.

También recordaba el niño solitario en mitad del pasillo. Hacía tiempo que no veía tanto miedo en la cara de un niño. Suele pasar cuando eres un espectador demasiado precoz de la locura y la tragedia de los adultos.

También ayuda que tu padre sea aficionado a la bebida.

06 febrero 2009

Uri



¿Mis héroes en crisis?


El otro día vino a visitarme al trabajo un amigo que antes era compañero de trabajo, Uri. En sus tiempos se fue a trabajar a un sitio mejor y se preparó para lo que realmente le gustaba, la fotografía. Actualmente va haciendo cosas aquí y allá. Y de vez en cuando me visita. Vino con su niño de nueve meses. Un bebé guapo con los ojos grandes y azules del padre y el cabello rubio de la madre argentina. Uri es israelí.

Cuando trabajaba con él era el más inteligente del grupo, el más activo, el más divertido, el más carismático y en ocasiones el más iracundo. Se fue de su país porque no le gustaba que le obligasen a ser judío. Él es más bien ateillo. Aquí comenzó a disfrutar tanto del jamón que se ganó a pulso y a bocados un exceso de colesterol. Todos los días iba al trabajo con esos bocadillos cargados de carne de cerdo con los que parecía vengarse de todos los religiosos de su país. “este jamón vuestro está de puta madre”, me solía decir con ese acento que muchos, para su disgusto, confundían con el acento francés. Otros confunden su nombre con el diminutivo de Oriol, nombre típico catalán. Su apariencia es la de un Doctor House menos alto y con gafas. Su carácter y su inteligencia también son muy Hugh Laurie.

En aquellos tiempos aprendí técnicas de lucha y defensa del ejército israelí. Supe que nuestro brazos y nuestros dedos tienen articulaciones que si se giran en el lado contrario para el que la madre naturaleza las ha diseñado, apenas necesitas esfuerzo para vencer al enemigo. Uri me retorció muchas veces el brazo. Como no tenía palestinos cerca tenía que entrenarse con alguien. Yo aprendí lo que pude porque también tenía mis propias guerras personales (todavía estoy por retorcer el brazo de esa raza que detesto y sobre la que escupiría: la de los niñatos-as). En fin, le eché de menos cuando se fue. Pero poco porque me vino a visitar muchas veces y siempre tenía alguna noticia suya en el correo con ofertas de trabajo: “tú vales para algo mejor que para esa mierda de trabajo, estás perdiendo tu tiempo y tu talento ahí”, me decía. Yo le citaba el personaje de Kevin Spacey en “American Beauty”, un hombre que puede ser feliz sin pretensiones y trabajando en un Mcdonald. “Pero tú no eres feliz, siempre te estás quejando”, me respondía él. ¿Para qué contestarle? Demasiado inteligente y razonable como para ofrecerle mucha resistencia dialéctica.

El otro día pasaba por allí, por mi trabajo. Era mi cumpleaños. Él dijo que pasaba por casualidad pero creo que de algún modo subconsciente debió pensar en eso. Estuvimos hablando de todo un poco. Estaba un poco enfadado con las noticias que da la televisión sobre su país. Él sólo sabe que su madre no puede ir a ducharse con tranquilidad ni muchas veces se atreve a estar mucho rato con el champú en la cabeza porque puede sonar una alarma que le indique que debe salir a un lugar despejado, que hay amenaza de cohete de Hamás. La última vez que hablaba con ella por teléfono tuvo que cortar la comunicación porque sonaba una de esas sirenas que invitan a los israelíes a salir de sus casas. “Ya te pasaré un video dónde un terrorista de Hamás coge niño palestino y lo usa de escudo humano. Eso no lo veo por vuestra televisión”.

Después de casi dos horas de charla inagotable recibió una llamada de su mujer. El niño dormía fatigado de las charlas de su padre y del amigo de su padre en el carro. Se tenía que ir. En ese momento hablábamos sobre la crisis y el trabajo. Le vi preocupado. Las cosas no van bien. Dijo que cuando pierdes el trabajo no pasa nada porque tienes el paro pero cuando pierdes el paro… el miedo también le alcanzaba a él. ¡A él! Un ídolo a seguir. Un hombre sin miedo. Un héroe real contra mis superhéroes del comic. Eso me preocupó a mí. Si él perdía los ánimos ya me podía despedir yo de mi esperanza. Pero nos teníamos que despedir. Nos saludamos estrechando las manos pero nos despedimos con un fuerte abrazo. Y me quedé pensando sobre todo esto.

Ojala mi encargado cabrón le contratase de nuevo. Si estuviera en mi mano haría lo posible por ayudarle. Al menos mientras capeamos esta crisis tan inusitada e incomprensible y de la que ya es evidente que nadie sabe cómo va a evolucionar(a veces veo el fin del mundo a corto plazo, al menos tal y como lo conocemos).

Al día siguiente me envió mails como en los viejos tiempos. Me alegró. Le vi tan optimista como siempre. Sólo dejará de luchar cuando esté muerto. Y no dejará de hacer bromas ni siquiera entonces.

Hay amigos que no son de toda la vida pero es como si lo fueran.