30 julio 2009

Carta


Se fue. Me dejó de recuerdo un buen rato en mitad de una noche sin más sonidos que los nuestros. También me dejó el cuerpo como después de una paliza. Pero se fue. Y aproveché para comer cebolla, ajo y salsas picantes de las que dejan rastro en cualquier aliento. Esa semana sólo tenía que usar la boca para comer. Mis besos, por ser exclusivos, debían quedar aplazados. Tiempo habría de regresar al Colgate, la fruta y la disciplina de la higiene.

Se fue o te fuiste (porque sabes que te escribo a ti) para dejarnos un espacio que siempre pido pero sobre todo para ganarse o ganarte el tuyo. Una libertad con moderación pero por encima de todo, una libertad de mutuo acuerdo, pactada y con sus reglas. Un paréntesis no tan largo que mate por falta de alimento el amor, ni tan corto que apenas se note. Algo más equilibrado. Te fuiste para que volver a vernos diese más la impresión de milagro que de rutina. También lo hiciste para no mezclar las vacaciones con el lugar dónde mal vives, para alejarte del techo que te recuerda el día a día tras día de movimientos repetidos y sorpresas con cuentagotas que a menudo ni siquiera son agradables. Un hasta luego porque adiós nos queda grande. A no muchos kilómetros de mí. Sólo los que caben en una hora y media de tren de cercanías con retrasos. Si volases poniendo países de por medio ya te estaría llamando. Supongo que la psicología hace mucho. Seis días sin ti son igual de largos estés en Turquía, Rusia o la Costa Brava. Y como no estás te conjuro con palabras públicas de blog para que tú me conjures cuando te lleguen al portátil vía Internet. Seguimos juntos de algún modo. Imposible saber la cantidad de escenas bonitas y espantosas que nos separan del seguro fin. Pero de momento, para nosotros, la distancia no es separación.

Ahora vivo y paseo sólo, como si pudiera visitar un futuro en el que ya no estaremos juntos o retroceder a un pasado en el que no te conocía.

Fue bonita la última noche que nos vimos cuando comprendimos que ya nos estábamos echando de menos incluso abrazados. Y también lo es saber que entre nosotros hay algo que ha sobrevivido a las peores pruebas y las ha superado con nota. Otros en nuestro lugar ya ni estarían. Otra en tu lugar ya me hubiese devuelto el infierno que te presté.

No podemos temblar sólo porque compres un billete para la vuelta de la esquina. No después de haber sobrevivido a tantas guerras y a tan escasa paz.

El Domingo te llamo.

28 julio 2009

"Bella del señor" y Albert Cohen


“Bella del señor”. Albert Cohen. 1968. Un libro difícil pero necesario. Si no eres un lector curtido o no has podido pasar del primer tomo de “En busca del tiempo perdido” de Proust o no has llegado a la mitad del “Ulises” de Joyce, “Bella del señor” te horrorizará.

En mi edición de bolsillo (es un decir, no hay bolsillo que resista semejante novelón) más de seiscientas páginas de apretada e intensa prosa dejan testimonio de las obsesiones personales del autor. Tres personajes y sus pensamientos son toda la acción que necesita este escritor para hablarnos del amor pero sobre todo de sus terribles efectos secundarios: el desamor. Descreído del romanticismo, para él dos amantes que se besan son dos amantes que “unen sus tubos digestivos”. El amor además, encierra sus paradojas. Si se tiene, aburre; si no se tiene, se busca.

También habla de esa pasión como de una estrategia donde gana el más astuto, el más consciente, el menos enamorado, claro. Y a pesar de todos esos desaires contra la novela cursi y el amor de postal, Cohen no es un amargado. Su ironía es lúcida pero no desencantada. Acepta el desamor como acepta que morirá algún día o el odio antisemita que sufrió en sus propias carnes (hay uno de los más hermosos cantos a su pueblo en una parte del libro).

Sobre un argumento de casos individuales nos habla de lo universal. Una mujer aburrida por culpa de un marido más aburrido todavía cae en las redes de un Don Juan profesional, un cazamujeres que conoce bien los resortes de la psicología femenina (las desea a la vez que las desprecia cuando las tiene). Nada especial el argumento. Pero luego descubrimos el mejor libro que se ha escrito nunca sobre el amor. No es cosa mía, la crítica fue unánime en su momento por más que aquí se le conozca poco.

A partir de un delgado argumento, el escritor no siente rubor alguno en perder más de cuarenta páginas explorando los pensamientos de una chica que se arregla para su amante, o treinta más en los pensamientos del amante que pasea y diserta para sí mismo sobre lo débiles que son las mujeres y el hecho de que le amen por ser un bruto, tener una buena dentadura ( piensa que poseer treinta y dos huesecitos en la boca marcan el inicio del amor igual que no tener dos pueden marcar la imposibilidad de lograrlo porque una mella no es estética) o por decir tal o cual mentira en el momento adecuado…

Casi todo son largos monólogos y algunos sin puntuación para hacer más creíble el paisaje mental de los personajes.

En su libro se ríe y se lamenta por igual del amor pero es evidente que nunca ha podido vivir sin él.

Albert Cohen murió en Ginebra en 1981. Para mí, este verano del 2009 ha estado más vivo que nunca. Por eso se escribe, supongo. Para permanecer cuando ya no estás.

25 julio 2009

Un final razonado


El lema de los sindicatos me va quedando claro


El suspense es innecesario. Perdí de un voto contra el sindicalista vendido. Siete a seis. Mis votos a favor están tan claros que lo mejor es mantenerlos en el anonimato. Los siete en contra son fáciles de entender.

Uno del interesado, el sindicalista. Tres de los encargados.


El sindicalista embustero le explicó a las palomiteras que una compañera que no les cae bien las iba a denunciar a ellas por moving y que yo la apoyaría en el juicio (eso es tan falso que me resulta increíble que lo pudiera creer nadie). Pero una lo creyó. Y así perdí el quinto voto. La maniobra me resulta tan sucia y barata que si la veo en una película resoplo de indignación por la falta de imaginación del guionista.

El sexto voto es el de una persona que ya había considerado falsa, que me habían dicho que era falsa, y que a pesar de todo tenía el cincuenta por ciento de mi credibilidad cuando decía sin que yo se lo pidiera que me iba a votar. No me sorprende así que tampoco me indigna. Ni me enfada. Ni me cae peor por eso.

Como tampoco me indigna ya el séptimo voto de un operador que me odiaba o las maniobras de mi encargado. Ellos no engañan, sólo cumplen su papel.

Lo indignante es que alguien a quien conozco desde hace unos seis años, el sindicalista que hasta hace cosa de un año ni sospechaba que estuviese tan decantado por cubrir los intereses empresariales (debería actuar desde la patronal, no desde un sindicato obrero) haya caído tan bajo. Ha mentido.

Me encantaría que contase la mentira delante de mí y frente a las engañadas.

Y a pesar de todo un dato positivo. Hace dos posts hablaba sobre una persona de la que no esperaba nada. Buenos compañeros desde hace tres años me parecía, a mi pesar, una veleta que giraba dependiendo del lado que soplase el viento (su novio, el sindicalista, yo…). Pero a pesar de todas las presiones no quiso decantarse por nadie. Ni siquiera ocultó su voto. En blanco. No lo tenía claro y demostró que no lo tenía claro en las urnas. Con sinceridad.

Esta derrota con trampas no me ha enseñado ninguna humildad.

Mi compañera sí.

Es bueno cuando la gente te sorprende para bien. La costumbre no suele ser esa.

24 julio 2009

Antes de la conclusión


El juego sucio empeoraba. Cada ataque contra mi credibilidad era respondido con nuevos argumentos por mi parte para defenderme y un posterior contraataque de la oposición (más sucio si cabe). El último que me llegó me recordó maniobras plagiadas de Hugo Chávez. Se rumoreaba que si yo salía elegido las sesiones golfas y matinales se incluirían dentro del horario normal y no se cobrarían como extras. También que los descansos para la cena se harían recuperables. Maniobras despreciables pero casi rutinarias para mí que conozco a ese encargado desde hace cuatro años y esto no aporta novedades a su discurso. En cualquier caso suelo tener argumentos y me sobran palabras. Si no se frecuenta la mentira es fácil defenderse.

Hastiado, me saqué del tablero pidiendo mis últimos días personales. La última semana antes de las elecciones me dediqué al ocio, contuve la posibilidad de escándalos sexuales muy habituales en política(a duras penas), reduje el nivel de estrés con valeriana… Mi vida personal era más tempestuosa que la profesional pero esa es otra historia. Al menos podía ver este tema con perspectiva.

Llegué al trabajo un día antes de que se formase la mesa electoral con el más antiguo de la empresa, el mayor y la menor.

N., una compañera, me informó de las últimas novedades. El despacho gastaba sus últimos cartuchos mezclando mentiras con intimidación. Cómo aburre la vida cuando sorprende tan poco…

Mi compañera aseguró que la intención de voto seguía siendo buena: “Soy tu representante oficial en la barra de las palomitas, en chuches tienes, tal vez, a X., en taquilla a esa otra ¿O no? Bien. Acomodadores tampoco van mal. A ver qué pasa mañana…”

Lo que pasó “mañana” es fácil de resumir. Las elecciones serían tres días más tarde. Los miembros del sindicato estaban indignados con las noticias de los chantajes y vendrían para apoyarme estos días. El sindicalista de la oposición seguía compartiendo cafés y sexo metafórico con los encargados. Un asco.

Pero lo peor era el rostro de algunos. Controlados por el miedo como la opinión pública americana cuando Bush necesitaba una guerra, empezaban a decantarse por el despacho o por el voto en blanco. Empezaba a sufrir el lento deterioro de mi fuerza de apoyo sumada a la posible abstención de algunos por vacaciones o festivos (esto era lo peor). No las tenía todas conmigo. Ni a todos tampoco.

Sólo la frase de aquel poema que tanto me gusta: “No te sientas vencido, aún vencido”.


Campaña, esquizofrenia y otras decepciones


Todo el hombre moderno se resume en "El grito" de Munch
Estaba haciendo campaña. Tenía dos o tres allegados que se ocupaban de ahorrarme trabajo y la hacían por mí. Pero me gustaba acercarme un poco a los votantes. Al menos a los difíciles. Con ellos no tenía nada que perder así que por qué no intentar lo imposible…
Ella era la novia de alguien que no solo deseaba que perdiese en las votaciones como enlace sindical de la empresa. También me deseaba ver arrojado desde el campanario de la iglesia del pueblo. A mí y a mi novia. Habíamos tenido diferencias y yo las había resuelto mediante la manufactura, es decir, por el uso más plebeyo de las manos. Pero con la novia que no lo sabía todo y sólo lo intuía todavía podía hablar. Ella también trabajaba en la misma empresa. Mi discurso fue sincero. Primero le expliqué los motivos por los que no se debía votar a un sindicalista que es amigo de los encargados. Sé que parece increíble que este tipo de obviedades se deban explicar pero en el otro cine de la empresa se presentó un encargado y salió elegido porque caía bien. La realidad está llena de estos absurdos. Si Hitler viviera tendría votantes en su país. Más de los que imaginamos. Y mis contrincantes no son tan siniestros como el Führer.
Terminé con la explicación y ella pareció convencida pero no me decía nada sobre lo de votar así que me mostré lo más conciliador posible.

- Sé que tu novio no votaría nunca a un tipo como yo. Dirá algo así como “yo a ese gilipollas no le voto”. Pero no importa. Es comprensible. No nos llevamos bien. Por más que yo estoy para defender el derecho de los trabajadores por encima del de los jefes. Incluso sus derechos serían más defendidos por mí que por el otro vendido. Pero de todos modos no importa. También entiendo que tú no me votes. Tu pareja es lo primero. Mira, nos conocemos desde hace años y mi amistad por ti va a seguir siendo la misma. Entiendo que no quieras tener problemas con tu pareja. Te ha pedido en matrimonio ¿verdad? Con eso no se juega. Después de esto, votes a quién votes a ti no te lo tengo en cuenta. Por eso no te preocupes. Yo sólo te explico por qué no se debe votar a X.


- No… Si yo… A ver, yo ya le dije a mi novio que votaría a quién quisiera. No tiene nada que ver que seamos pareja. Yo tengo derecho a votar a quién quiera. Y bueno, a él tampoco le cae tan bien X.. Si te tengo que votar te votaré.

Bueno, era un voto de los calificados por mis compañeros como imposibles. Más no se podía hacer. Regresé a mi puesto de trabajo.
Allí traté de imaginar si aquella lata de coca cola que le arrojé a la cara a su novio o cuando le agarré del cuello y le llevé hasta la pared (creo que no le pegué, no lo recuerdo muy bien porque no era yo el que hacía eso, era mi otro yo) serían determinantes en contra de mi política.
Por lo menos nadie me puede calificar como un político insincero. Sólo esquizofrénico.
El problema es saber sobre la sinceridad de los votantes. La intención de voto podía ser buena hasta que llegasen a las urnas y todas sus buenas intenciones se demostrasen como educadas pero falsas sonrisas ante un interlocutor apasionado como yo.
Cuando se trata de valorar la sinceridad del prójimo lo mejor es no pensar.
Si eres lúcido, ahorra amarguras.

22 julio 2009

Afilando cuchillos


En la realidad los buenos no están tan definidos como estos. Por más que lo intenten (y lo intento)


Decidimos probar una nueva táctica contra el gerente. Empezaba a tener la sensación de vivir en los dibujos animados del Coyote contra el Correcaminos. ¿Quién era el Coyote y quién el Correcaminos? También hacíamos buena esa frase que escuché en “Batman, el Caballero Oscuro” y luego en otros lugares: ¿Qué ocurre cuando un objeto imparable choca contra un objeto inamovible? ¿Quién era el imparable? ¿Quién el inamovible? ¿Quién era Batman y quién el Joker? Cuando pasamos de la ficción a la realidad la moral se convierte en arenas movedizas. El bien y el mal sólo son opiniones y subjetividad. Yo era El Coyote pero a veces… también Batman.

Mi nueva táctica fue ganar puntos de poder en plan rolero ( aunque nunca he jugado a rol intuyo su espíritu).

Me presenté en UGT para enlace sindical de mi empresa. En realidad, lo hicimos J. y yo. De todos modos el gerente había desvirtuado tanto a mi compañera frente al resto de la plantilla y la había acosado tanto y le había practicado un moving tan rastrero que de momento sólo yo parecía un candidato posible. “Te votaré a ti”, dijo ella “pero defiende mis derechos y no te vendas ¿Eh?”

El tipo del sindicato nos dijo que tuviéramos cuidado. En la empresa había un operador sindicalista de la CGT (cines y espectáculos) que era un pez gordo en el negocio. Dijeron lo que ya sabíamos: “¿Toma café con el gerente y vive bien? Está vendido a los del despacho. Se intentará presentar en cuanto sepa lo de las elecciones”. Seguramente.

Mi intención de voto según los primeros y rudimentarios sondeos que practiqué era buena. Me sorprendió incluso un compañero con el que tuve algunos enfrentamientos (este último año no he podido controlar casi a mi bestia, a mi Hulk, a Mr. Hyde… he involucionado a las cavernas por motivos que darían para muchos post pero también para muchas reclamaciones). Este compañero, a pesar de todo, dijo que me votaría dando por zanjado los oscuros episodios pasados con él.

Como había que anunciar el día de las elecciones el tipo del sindicato se presentó y preguntó por la encargada. Pronto supieron allí que J. y yo éramos candidatos. A esa causa, su efecto. Tan predecible y limpio como esas matemáticas adivinatorias que suelo defender desde mi blog. El sindicalista vendido salió a la luz después de otra sesión de café con los encargados. Se presentó a enlace a pesar de ser un impresentable.

Con una intención de voto por parte del electorado baja pero con unas malas intenciones muy elevadas. Lo primero que hizo fue denostar a UGT. Decir que si yo les representaba desde ese sindicato perderían derechos y hasta… ja,ja,ja seguro que les bajarían el sueldo. Bien. Patinazo por su parte. Yo no estoy afiliado a ningún sindicato. Soy el mayor defensor de la individualidad (aunque ahora, paradojas del destino, quiero representar a una manada). Al igual que Vargas Llosa me alisto junto a los enemigos del folklore y el arte anónimo de los pueblos. Sólo creo en el yo. Y a pesar de todo tengo convicciones. No debí leer nunca esa frase del tío Ben a Peter Parker(Spiderman): “Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

Si mis compañeros me elegían no tendrían el liderazgo de un superhéroe. Pero si el de alguien que puede que piense que lo es y por tanto, no está a la venta.

Votos en contra: Dos encargados con derecho a voto, el sindicalista vendido que se puede autovotar, tres o cuatro compañeros tibios o dudosos, un compañero al que golpeé el año pasado y probablemente su novia por adhesión romántica…

Y aún así no bajaba mucho en las estadísticas. Pero claro, nunca me ha gustado pensar que algo es seguro hasta que realmente ya lo tengo en la mano. De momento sólo tenía un buen plan y un puñado de esperanzas.

15 julio 2009

Preparando el campo de batalla


Harto me tiene Ares


Con ese sol nada podía ir mal. Nuestra estrella tiene alguna vitamina para el optimismo.

J., su novio y yo habíamos quedado para visitar el sindicato. Creo que todos fuimos puntuales así que nos recibimos con sonrisas. Fuimos hasta el local dónde nos asesorarían con leyes y nos armaríamos para la venganza.

Después de hacer, deshacer o perder el tiempo que tardó en llegar el sindicalista con café o té, entramos J. y yo. Su novio se quedó en la cafetería jugando con la PSP.

Fuimos al despacho sindical.

El tipo era cordial. Mucho más teniendo en cuenta que de los dos, sólo J. estaba afiliada. Le daba tiempo a mirarnos a los dos a los ojos en el transcurso de cada frase. Intentaba infundir confianza y respeto todo el tiempo.

Le mostramos nuestras dolencias. Como un doctor nos sugirió remedios, no panaceas. Nuestras fantasías de mantear, apuñalar o defenestrar al gerente no eran recomendables. Había que centrarse en lo posible. El “superyo” debía controlar al “ello”. La venganza ofrece hoy caminos más civilizados que en los tiempos del Conde de Montecristo.

Yo tenía el convenio en la mano. El tipo en su pantalla del ordenador. A veces era yo quién le sugería tal o cual punto para que lo mirase el sindicalista. El conocimiento ya estaba en mí de una manera socrática (en mí y en el convenio subrayado hasta la demencia por mi compañera) pero al hablarlo con el experto… no sé, como que afloraban nuevas ideas (House necesita un equipo de médicos para acabar dando él con la solución a pesar de todo). Mientras conversaba con aquel amable hombre se me ocurrían improvisadas ideas que me armaban de confianza.

Fuimos anotando todo aquello que pudiera amargar o perjudicar más a nuestro jefe.

Descubrimos que sólo te pueden hacer “moving” si te dejas. Conociendo las leyes en plan Michael Moore un empleado también puede devolverle ese “moving” al superior. David y Goliath comenzaba a ser el único mito verosímil entre esas paredes. Y nuestro jefe ni siquiera es un gigante.

Salimos satisfechos al sol que nos alimentaba la felicidad.

J. estaba contenta. Yo tampoco me sentía mal. No se había presentado ninguna batalla, no se había ganado nada ni se había dicho algo… pero ahora éramos más sabios. Sabíamos que la información no está para brillar o destacar más en una reunión de amigos jugando al Trivial o a quién sabe más. La información, por encima de todo, es un arma contra el prójimo, casi siempre hostil en el mundo laboral.

Aunque para hostiles mis cojones cuando se indignan.

10 julio 2009

La imposibilidad del cambio


Esta misma nos puede matar

La historia demuestra que cualquier religión, filosofía, ciencia o en general cualquier expresión del pensamiento humano está sujeta a la inexorable ley de la renovación eventual. El cristianismo que profesó Jesucristo no es el que renovó Constantino siglos más tarde ni el de Constantino el de los diversos concilios que se han ido convocando con el tiempo. Ciertas “perturbaciones” en la sociedad han obligado a un lavado de cara eclesiástico y a una operación de marketing necesarios para mantener el negocio. En cualquier caso el tono prohibitivo y admonitorio de los viejos o los nuevos testamentos se sigue manteniendo. “Cambiar para seguir iguales”, sería la máxima a seguir. Y claro, ellos siguen tan hijos de puta como siempre.

Cierta cadena de supermercados franceses comenzó hace años con la filosofía del “todo más barato” para atraer público. Sus establecimientos no eran más atractivos que el alcantarillado de la ciudad y los productos parecían como recibidos de los comedores públicos para indigentes. Con los años, ya funcionando con un cierto éxito y acumulando colas de ahorrativos clientes frente a sus cajas registradoras, comenzaron a renovarse. Reformas de sus locales, mejor calidad de los productos, mayor higiene aparente, un servicio más eficiente para reducir el tamaño de esas colas o por lo menos para recortar los tiempos de espera… En definitiva, un cambio importante. Y esos supermercados han seguido manteniendo la filosofía y el motivo de su creación que era el todo más barato. Un auténtico éxito de adaptación a la idiosincrasia del país y a la de los tiempos de crisis que corren. Esencialmente siguen fieles a la idea principal de tratar con pinzas el bolsillo del cliente con escasos recursos económicos.

Cierta persona que conozco comenzó su andadura vital relegado al de compañero del colegio que sirve para desfogar la agresividad de los matones. Estos, justamente indignados y airados por no tener un cerebro que les permita decir o articular frases coherentes o aprobar más allá de la gimnasia, necesitan buscar tipos más perdedores que ellos a los que usar como saco de boxeo. Esta persona vivió una infancia y adolescencia de punching ball para este tipo de animales. Para no dejar de sumar desgracias tenía el mismo atractivo para las chicas que un bocadillo de hígado de cerdo.

Con el tiempo estudió, trabajó, ascendió, se hizo encargado, se puso fuerte en el gimnasio, se operó la vista y abandonó las gafas freaks que llevaba, comenzó a comprar camisetas ajustadas aunque algo amaneradas, se depiló, se cortó el cabello a la moda, etc. Realmente hubo un cambio importante en su vida.

Ya no recibe palizas habitualmente aunque se siguen riendo de él. Fiel a su filosofía de vida también sigue sin ligar. En fin… Los cambios radicales son difíciles.

A pesar de los ecologistas que con ojos amables aunque algo irritados por el humo de la marihuana la defienden a ultranza, la naturaleza es más bien torpe y escasamente imaginativa. No le puedes cambiar un río de curso sin que unas lluvias te lo devuelvan a su lugar habitual ahogando animales y personas que ingenuamente tuvieron fe en las bondades del drenaje. Hay como una imposibilidad de alterarlo todo o de girar ciento ochenta grados lo establecido. El cambio drástico parece no existir. Ni siquiera la gripe muta tanto que no se le descubran similitudes y por tanto remedios más tarde o más temprano ( la gripe porcina se asemeja tanto a otra de hace más de medio siglo que los vacunados por esas fechas pueden ser ahora inmunes).

En un mundo que parece en continua renovación y dónde los cambios se suceden frenéticamente y a golpe de modas, publicidad y consignas nuevas, el cambio es más un espejismo que una realidad palpable. Esa humanidad sigue siendo fiel a su esencial crueldad, su legendaria superstición (si no en la religión, en la ciencia y si no, en el tarot) y a su atávica estupidez. La única posibilidad de cambio real nos la ofrece el futuro con sus meteoritos apocalípticos, las estrellas cercanas que al morir nos acribillarán con los rayos Gamma que producirán sus explosiones o la segura muerte de un sol bajo el que nada nuevo sucederá hasta que nos elimine por completo de la existencia.

Aunque claro, ni siquiera la extinción de una especie es novedosa.

08 julio 2009

Los fotógrafos cutres


"El fotógrafo del pánico" la ví de pequeño y creo que era buena. Pero claro, es la crítica de un niño.



Este verano he viajado y he vuelto a encontrarme con los fotógrafos de temporada. Yo mismo he sido uno de ellos durante unos días de viaje ya narrados. Y en mi caso todavía más ya que la cámara digital era prestada. Pero… ¿Es posible salir fuera sin hacer fotografías? A simple vista y en buena parte de los casos turísticos parece que no.

Si paseas por cualquier lugar medianamente histórico de tu ciudad te los encuentras. Turistas haciendo fotografías y generando como una valla invisible que no puedes traspasar si eres mínimamente educado. El fotógrafo apunta a su objetivo (una novia, un amigo, un perro, un monumento, una tapa de alcantarilla…) y entre el objetivo y dicho fotógrafo se sitúa una franja de espacio que durante unos segundos tú, viandante sorprendido, no puedes traspasar. Eso si no eres un poco cabroncete y entonces decides que la calle es pública y atraviesas ese cordón invisible, ese “do not cross” efímero y entonces en una fotografía futura no deseada quedarás inmortalizado de perfil y con una sonrisa maligna mientras no dejas ver lo que el fotógrafo realmente quería captar. A continuación te pueden hacer desaparecer la sonrisa a golpes de mochila pero los turistas no suelen ser gente tan agresiva. Puedes arriesgar y abortar múltiples instantáneas de fotógrafos ocasionales.

Las cámaras digitales con sus muchas megas de memoria y la posibilidad de borrar lo que no te gusta han potenciado la fotografía irrelevante e imbécil. Deben existir millones de escritorios en todo el mundo con un cajón que alberga las fotografías idénticas de múltiples tipos de todas las nacionalidades haciendo el mismo gesto (poner los dedos en V, hacerle orejas de burro al compañero mientras este piensa que el fotógrafo sonríe de pura felicidad y no porque se ríe de él, agarrarse los genitales como si estos no se sostuvieran solos, sacar la lengua… en fin, sobreactuar rutinariamente). Los ejércitos de turistas y su espionaje consentido no suelen ser muy originales. Si las fotografías de moda, vistas unas cuantas, ya comienzan a ser repetitivas… ¿Cómo no lo van a ser las fotografías de cualquiera?

Y luego está la estupidez de lo que a veces se fotografía. Parece ser que fuera del hogar nos puede llamar la atención cualquier cosa. Monumentos cuya historia desconocemos pero bueno, parece un poco diferente. Probablemente en casa pasaremos esa fotografía en cuestión de dos segundos porque nos aburre. También nos puede llamar la atención la gente del lugar y luego veremos su rostro hosco y malhumorado mirando hacia nuestro indiscreto objetivo. O la fauna del lugar que en ocasiones es muy parecida a la de nuestra ciudad pero claro, no es lo mismo una ardilla austríaca que una ardilla madrileña. Mi padre suele odiar mucho las fotografías en las que sólo sale una fachada o una estatua o cualquier monumento y no salimos nosotros. No asume que se hagan fotografías a otra cosa que a las personas conocidas. Parece no entender que ese tipo de fotografías te las puedes hacer en casa y en calzoncillos si quieres y sin necesidad de salir mil kilómetros fuera de tu país.

Fotografiar letreros de tiendas o habitaciones de hotel es otra costumbre curiosa. O el transporte público o los coches de la zona… Todo vale hasta que alguien te dice que la fotografía que acabas de hacer a un camello cuesta dinero.

De todos modos es cierto que cualquier fotografía siempre será mejor en una postal o en un catálogo hecho por profesionales. Las nuestras demuestran nuestro ego y nuestra necesidad de tener nuestro propio punto de vista de lo que hemos visto. También el hecho de que no entendemos de calidad y no vemos la diferencia entre una fotografía dónde se respeta una buena iluminación, un buen encuadre o haber captado el mejor momento de otra que sale borrosa, desenfocada o con medio edificio que queríamos fotografiar mutilado porque “no cabe”.

Los sibaritas de la fotografía que ponen su cámara sobre un caballete y se pasan horas esperando no sé, el instante ideal, nos suelen humillar bastante. Creo que ni siquiera hacen la foto, sólo están para avergonzarnos o darse aires. A mí es que esos caballetes me impresionan bastante. Será porque no sé para qué sirven. ¿Es que no tienen pulso para sostener con firmeza la cámara durante siete horas?

Un inconveniente de esta afición desenfrenada por disparar a todo lo que se mueva es que el primer día puedes hacer doscientas mil quinientas fotografías y el segundo no te queda memoria en las tarjetas para hacer más, tienes que comenzar a borrar lo prescindible. Con lo difícil que es deshacerse de esa fotografía tan bonita que has hecho de una brizna de hierba con un gusano encima…

Y al final del viaje llegas a casa, ves el reportaje y luego te olvidas hasta la siguiente vez. También puedes mostrar a gente que no le interesa los monumentos que has retratado. Si bostezan cuando lleven mil fotografías no les culpes demasiado. Ellos no están obligados a sentir lo que tú. Tal vez por eso no han visitado el país al que tú has ido.

Yo he llegado a la conclusión que desde que ha desaparecido el carrete y tenemos casi barra libre para fotografiarlo todo, ya no nos vamos de vacaciones.

La cámara es el intermediario con el mundo real. No vemos la realidad directamente.

Nos pasamos el viaje detrás de un visor.

06 julio 2009

Terapia


Lo que más me ha gustado de ese viaje ha sido el sexo. Lo cierto es que hemos follado como conejos(al menos por la frecuencia ya que nuestras perversiones, posturas y rollo “hardcore” no es muy propio de esos animales, los seres humanos podemos ser más bestias que las bestias sin demasiada dificultad). Qué suerte tu nueva afición a las novelas de la desaparecida “sonrisa vertical”. Era leer cinco o seis páginas, mirarme con lujuria y atacar sobre una cama de hotel que temblaba y crujía con profesionalidad. Imagino que estas camas lo que más ven es precisamente eso, sexo.

También estuvo bien la arena blanca, tus pechos y tu culo al sol, el agua transparente, la noche de charla en el balcón con acompañamiento sonoro de las ranas de una laguna cercana, el buffet libre para romper cualquier dieta, algunos orgasmos míos y algunos tuyos(maravillosamente estridentes), nuestras iniciales en los botes de sal y pimienta del chino(tú la P, yo la S), nuestras noches con pesadillas más suaves gracias a la compañía que nos brindábamos, la imagen de ti como princesa de Disney alimentando pájaros con migas de pan en aquella terraza con piscina del hotel(buffet libre también para las aves), esa cala tan bonita de esa isla tan acogedora...

Todo aquello estuvo bien. Si acaso la pega de que todo pasa y que el calendario no se iba a detener. Y sobre todo el mal momento de la última noche con discusión. Yo buscaba mi soledad que no estaba en tus planes pero que casi siempre está en los míos.

Quería dejar atrás cualquier recuerdo de mi vida cotidiana. A veces prefiero quererte a distancia (aunque los orgasmos pierden mucho de ese modo). Pero tenía que huir. Así que regresé a mi hogar con la imagen de tu rencor todavía fresca en las pupilas. Estuve en casa un fin de semana, estuve en un apartamento de la Costa Brava, viajé a Madrid, regresé al apartamento de la Costa Brava y me reuní contigo, regresé al trabajo… ¿Conseguí algo con tanta fuga? No. Por más que lo intento siempre me llevo a mí mismo a cuestas. No sé cuantas vacaciones se necesitan para hacer eso que llamamos desconectar. Yo no soy capaz de hacerlo por completo nunca. Aunque todo este ajetreo me vino bien, la verdad, y lo de Panero en Madrid fue maravilloso.

Pero el balance es negativo. Dediqué más de un par de pensamientos a mi infierno privado.

Puede que te interese saber que sigo proyectando escapadas.

Esta vez no me importa incluirte de compañera si así lo deseas. Después de todo sí hay algo que me hace desconectar. ¡Es tan bonito el porno duro cuando hay amor!