28 agosto 2009

Variaciones atmosféricas en el alma


El Lorenzo pega sin tregua este verano

Me despierto con sueño por culpa del calor. En mi caso se trata de algo ideal para el malhumor. ¿Por qué no cedí anoche a la tentación de las píldoras del sueño? Las drogas son buenas. Huxley o de Quincey, dos grandes, estarían de acuerdo conmigo. El mejor de los mundos posibles, incluso desde el punto de vista epicúreo, sería uno dónde los estupefacientes no creasen adicción o tuviesen desagradables efectos secundarios.

Pero el malhumor apenas le deja movimiento a mi pensamiento. Me viene una filosofía de lo macabro. Pienso en alguien que me desagrada y disfruto imaginándole con una bala en las tripas, una muerte horrible donde puede pasar dos horas de agonía mientras sus miserias intestinales se mezclan con la sangre, la infectan , va viendo cómo la vida se le va, es consciente de que es así y le duele mucho…

Con el café me despejo. Un RedBull sería ideal pero mi sistema nervioso es fácilmente influenciable. Tal y como voy se podría llenar mi ciudad de crímenes. Algo me dice que salir en la sección de sucesos del periódico es menos satisfactorio que salir en la de cultura por alguna novela. Me entretengo con esa imagen. ¿No hay que atraer los pensamientos positivos? La cafeína me despeja y el mal rollo me cambia de canal. Ahora me veo haciendo lo que realmente me gusta: escribiendo y viviendo de ello. En apenas unos minutos y con el estómago más amueblado gracias al croissant de la cafetería cambia toda una filosofía de vida. El aire acondicionado del local ayuda bastante. El mundo es ahora acogedor.

Pero luego salgo al sol sin tregua de las dos últimas semanas. Todo el optimismo se me evapora junto al sudor. No puedo con el calor. Me sube la tensión que ya es alta de por sí por culpa de la Fluoxetina o Prozac. Empiezo a ver el mundo como en blanco y negro. Paso del color digital de las últimas superproducciones de Hollywood al blanco y negro de las de la era del cine mudo. Nietszche y sus ataques de rabia producidos por las cefalalgias me parecen razonables. Vuelvo a ser un ser humano antipático e inmisericorde con la gente. Una rumana me pide dinero a la entrada del supermercado y la miro mal. No le doy nada. En otras circunstancias tampoco le daría nada pero por lo menos no la miraría mal.

Junto a la sección de carne del supermercado me regresa la felicidad. Sé que no queda bien que un tipo observe durante tanto tiempo unas salchichas envueltas en plástico de la nevera pero es que la temperatura me devuelve el amor por el género humano. Pienso en mi futuro y lo veo perfecto. Creo que paso por una situación envidiable. Casi me saco el móvil para charlar con la persona que quiero para explicarle que lo tengo todo claro y que ahora sí, nada puede ir mal en nuestra vida. Me cambio a la nevera de los helados, eso sí. Los congelados me terminan de arreglar el ánimo. A este paso comenzaré a besar a todo el mundo, incluso a los asquerosos niños que berrean junto a su no menos asquerosa madre.

Salgo a la calle y el calor me asfixia. Respiro un poco peor. Me empiezo a sentir definitivamente deprimido. Al llegar a casa, con la insuficiencia del ventilador no me sube el ánimo. Intento solucionarlo viajando en pantalón corto y a pecho descubierto por las habitaciones del hogar pero el calentamiento global parece haberse vuelto individual y particular o haberse reunido en mi casa. Paso el día, bastante perruno, sin dirigirme la palabra ni a mí mismo. Desprecio el rostro sudoroso y como acabado que me muestra el espejo.

Por la noche el somnífero me aleja de una realidad demasiado caliente y antes de irme con Morfeo, cuando las menores temperaturas de la noche me dejan tranquilo, una sonrisa y algunos pensamientos optimistas me regresan.

El citado Nietszche tenía razón cuando decía que la mente es esclava del cuerpo.

Yo no puedo ser feliz en Agosto. No sin aire acondicionado.

20 agosto 2009

Frente a una balsa de aceite


Estoy en el puerto observando barcos y unas aguas francamente sucias. Los pocos peces que veo deben ser una rama mutante y acuática del cerdo capaces de respirar basura. Como los pesque alguien hoy, muere el que se coma ese pescado. Me los imagino con los tres ojos del que vive cerca de la central de Springfield.

Me entretengo pensando en lo divertido que sería arrojarse a esas aguas oscuras y pestilentes. No me gustaría morir ahogado pero en ese océano de contaminación no duraría mucho. Las gaviotas vuelan alto para que no les salpique esa porción de Mediterráneo aceitoso y repleto de combustible más otros diversos elementos de la tabla periódica incompatibles con nosotros, con el carbono del que estamos hechos. Y ojo que estas aves no me parecen nada higiénicas y me preocupa su peligroso vuelo y evoluciones sobre mi desprotegida cabeza. Por lo demás, la gente que me rodea parece feliz. Claro que yo para ellos tampoco debo parecer muy infeliz. No he venido a echar unas lágrimas aquí, sólo a que me de el aire. Se sientan en los bancos junto a mí y si me descuido o dejo de esconderme detrás del libro que utilizo ocasionalmente como escudo, son capaces de buscarme conversación. Por eso voy a los bancos dónde hay gente acompañada y no dónde hay solitarios de pega que se equivocan buscando la compañía de uno que realmente quiere estar sólo.

Me entrego a mis placeres. ¿Los estoy recuperando? Pienso maneras cómodas e indoloras y mejores de suicidio pero ninguna me va. Y además estoy traicionando al hedonismo, la Epicúrea escuela a la que siempre he pertenecido. Según él sabio griego, los mejores placeres no vienen acompañados de consecuencias negativas. Imaginar la disolución de mi ser en la nada puede resultarme un pensamiento de lo más agradable pero encuentro que el proceso puede estar cargado de efectos secundarios y demasiado dolor. También puede haber fallos producidos por el instinto de supervivencia que todavía sobrevive en mí (valga la redundancia). Este no me deja ir más allá del más acá (que ahora consiste en un mar de suciedad y peces plebeyos y arrabaleros pero una brisa marina muy agradable).

Me giro. Veo en cuclillas a un tipo con el que trabajé hace años y que se ganó mi desprecio por motivos que expliqué en un viejo post y que no vienen al caso. El tipo, Ricard y su cara de mongólico es inolvidable y el tiempo apenas la ha cambiado. Se le ve incluso más joven. Esta gente debe hacerse mayor de otra manera.

Ahora está filmando unos barcos que entran en el puerto. Su estulticia facial se acentúa. Por la edad que le recuerdo debe tener unos cuarenta y pocos y lo único a lo que se dedica en este momento es a hacer el capullo y filmar aburridos vídeos privados de cargueros en el puerto de Barcelona. Es como el perro de Houellebecq, capaz de ser feliz jugando toda la tarde con una pelotita. Ja,ja.

Lo he conseguido. La primera risa que alguien me saca este verano. Breve pero sincera. Y sin pastillas.

De todos modos Ricard parece muy feliz con sus barquitos en video digital. Es para verlo. El hombre fluye tanto con esa tarea que ni me ve.

No es la primera ni la última vez que lo pienso. El que se está equivocando soy yo.

12 agosto 2009

Universo deprimido


Parece increíble pero mi problema ha sido el exceso de suerte. Como la Tierra a la que Júpiter, ese gigante gaseoso que la protege y salva de cometas y meteoritos (aunque uno gordo se le escapó y tuvimos que despedirnos de los dinosaurios sin ni siquiera habernos presentado), así me sentía yo. Pleno como un planeta azul lleno de vida rotando sobre sí mismo y protegido por la diosa Fortuna. En mi sistema solar, dejándome calentar por una estrella, pero sólo por una, aunque hubiese lejanas constelaciones cargadas de posibilidades ardientes y claro, de muchas más estrellas. Yo feliz con mi estrella siempre que llevase falda o pantalón pero por favor, que no le colgase nada por debajo del pubis.

A lo mejor alguna vez se me partió la órbita y salí sin querer del sistema que me albergaba amoroso. Tal vez caí bajo la órbita o atracción de otra estrella. Pero Júpiter o la suerte o mi buen hacer me protegían de los golpes. Los pocos que recibía los encajaba bien. Una buena atmósfera a mi alrededor me salva o salvaba de los peñascos arrojados contra mis intereses. Sólo algunos huecos de meteorito me habían dañado levemente el corazón pero sin llegar al núcleo. Seguía girando feliz sobre mi eje.

Así, dejándome calentar por otra estrella, he seguido girando alrededor y sin olvidar nunca el espacio de habitabilidad planetario. Si te avanzas mucho hacia tu estrella te quemas como Mercurio o Venus. Si te alejas mucho te enfrías como Marte o más extremadamente como Plutón. No, lo ideal era seguir una ruta adecuada o cuidarme de los satélites que no le acaban de caer bien a la estrella de turno. Pero de pronto una amenaza de calentamiento global en mi ecosistema, una crisis existencial, unos cometas laborales destructivos y apocalípticos hacia mi órbita que mis institutos de observación vieron pero no tomaron demasiado en cuenta, una tormenta solar de mi estrella oficial(una muy gorda porque cientos de tormentas se suceden en ella a diario) y la amenaza de que la estrella olvidada adquiriese memoria y quisiese atraerme de nuevo a su órbita(los sistemas de estrellas binarios no son buenos para este planeta que os escribe), los rayos cósmicos de un día a día que no me gusta… Mi atmósfera se estaba volviendo irrespirable.

Cuando llegué a la consulta vestido de negro, con barba de días no contabilizados por culpa de la mala memoria o del estrés que la produce, cuando la doctora dejó de escucharme durante esos cinco minutos en los que le interesaba más la pantalla dónde leía mi historial clínico que lo que le decía y me miró a los ojos, no me dejó hablar más. Tal vez, al igual que en el corazón, se me veían los impactos de tanto meteorito que no había visto llegar porque siempre son estrellas fugaces y no puedo cazarlos antes de que me toquen. El planeta que la observaba estaba desolado y como sin vida.

Estoy de baja. Giro sólo en un vacío de píldoras verdes y otras blancas para el sueño. Recibo explosiones de plasma de estrellas lejanas que se acuerdan de mí pero que saben que todavía estoy lejos. Ni siquiera me interesa su calor. En el fondo deseo que no se les agote la paciencia ni los rayos ni el calor o colapsen sobre sí mismas, se conviertan en agujeros negros indetectables para mí. También me gustaría que los terremotos, tsunamis y movimientos de la corteza terrestre de mi cerebro me dejasen sentir que la vida es tan bella como cuentan las películas simplonas. Pero vivimos en un planeta en absoluto y riguroso peligro. Entre la espada de la crisis y la pared del cambio climático. El mío además, con la serotonina a la altura del asfalto.

P.D. Y la prohibición temporal de no tocar Internet que yo me acabo de saltar.