26 octubre 2009

Basura


El pasado se empezaba a notar en los armarios, me chuleaba con su peso de objetos olvidados, de caos creciente, de “busca algo y pásate dos horas hasta encontrar otra cosa”. Como tenía algo de tiempo pensé que era hora de ordenar un poco la casa. No tengo el mal de Diógenes, no acumulo montañas de inutilidades (o eso creo). Si guardo algo es por dejadez, no por estima del objeto. A veces llevo barba porque olvido que me crecen pelos en la cara.

Mis únicas vacas sagradas a la hora de tirar objetos son los cómics, los libros y las revistas de historia o ciencia. El papel impreso me suele mirar con ojitos de cordero degollado y lo devuelvo a sus estantes o sus cajas bajo la cama. Dicen que hay que conocer el pasado para no repetirlo pero si no lo depuras de vez en cuando, tendrás que dormir fuera de tu casa por falta de espacio. Y ojo con ese pretérito que también mata. Si no te actualizas puedes intoxicarte con medicinas o alimentos caducados.

Sí, tenía que entrar con mi machete en esa selva de materia innecesaria y tirarla a la basura o buscando la polémica, subirla hasta el piso cuarto y ofrendarla a los pies de la vecina que me acusa de sacar basura a mi rellano (no dice nada sobre ponerla en el suyo).

En la cocina descubrí que sólo hay que comprar comida para los próximos días y a ser posible aquello que te guste sin buscar ofertas. Si pierdes de vista un alimento al que no le prestas atención llamas al mal tiempo o en su defecto a las cucarachas (mi mayor fobia). Los restos orgánicos son un reclamo para mis pequeñas pesadillas de seis patas así que ya no como ni sobre las teclas del ordenador. Esos insectos pueden ver despertada su codicia. Sus antenas se las saben todas. Los únicos seres vivos que se alimentan hoy en día de mí son las bacterias, los mosquitos hembra y mi pareja.

En el cuarto de baño descubrí algo que evitó el estrés de mis días. Cada vez que tenía los ojos llenos de jabón e intentaba coger a ciegas el champú de un estante de la ducha y cerrarlo, varios botes de plástico vacíos de antiguos champús caían sobre mí. Tuve la revelación de tirar los botes vacíos cuando no les quedaba absolutamente nada dentro y dejó de pasarme esto. Duermo mejor.

Con la librería tuve problemas. De todo lo que sobraba apenas puede tirar algo. Busqué una solución intermedia. Compré cajas de plástico grandes y cerradas de los chinos, reordené publicaciones y las situé debajo de la cama. Algo me impide tirar eso a la basura, ya lo dije. Mis vacas siguen siendo sagradas pero al menos no las tengo mugiendo y desordenadas por mi cuarto. Se esconden debajo de la cama. Sólo puedo tirar los cuadernillos de los testigos de Jehová que aparecen de vez en cuando en la alfombrilla de la puerta, la publicidad de las pizzerías cercanas y las páginas amarillas porque uso las virtuales. Un día de estos de estos haré lo mismo con un libro de Dan Brown que tengo.

En cuanto a la ropa, como me sobraba armario sólo me deshice de dos camisas tan viejas que después de situarlas junto al contenedor pero por fuera para que las vieran los mendigos, incluso estos rehusaron ponérselas y sólo desaparecieron cuando pasó el camión de la basura. Los indigentes también tienen su orgullo. Será porque cada vez hay más arribistas en esto de la pobreza. Desgraciadamente.

Bueno, he limpiado la casa. Está más limpia, más Zen. Todo fluye mejor y se limpia antes. Algunos de mis trastos no eran tan inútiles como mis camisas viejas. Recuerdo que a los pocos minutos de arrojar dos bolsas de mis desperdicios, un señor usaba una especie de caña de pescar en el contenedor y se premiaba con algo que una vez fue mío y ahora sería suyo. Al parecer, la crisis ha convertido la basura en algo que como la energía ni se crea ni se destruye, se transforma(o por lo menos cambia de manos).

Hace tiempo que el término basura es relativo.

19 octubre 2009

El último comunista


Eric y yo tomábamos café y galletas en el comedor de casa. Estratégica e invariablemente mis manos seleccionaban primero las galletas de la caja con envoltorio. Son las que incluyen chocolate.

Él y su mujer intentaron decidir luego si querían té con menta o té de lima japonesa. Quise ensayar la democracia sobre el mantel de la mesa y usamos dos teteras. Todos contentos.

Eric es un cubano de veintipocos años (creo) que cambió su vida comunista por responder amablemente sobre la dirección de una calle a Ana, su actual mujer. Ella era una catalana que hacía turismo por allí y se llevó todo un “souvenir” romántico.

Sé que entre esa pregunta y el feliz matrimonio actual en Barcelona hay unos años de penurias, de mendigar permisos a los ariscos gobiernos, de autentificar el casamiento por amor y demostrar que no se hacía por una adquisición de nacionalidad, de esperas y separaciones con un océano de por medio y dos regímenes distintos. Pero gracias a eso yo podía disfrutar de un espécimen auténtico de comunista a domicilio. Si hubiese tenido un alienígena en mi casa o el fósil de un Pterodáctilo me hubiese interesado poco menos que por tener uno de los últimos comunistas reales del planeta. Cubanos he conocido varios pero todos huidos de Fidel, capitalistas en algunos casos y más papistas que el Papa o más amantes de la sociedad capitalista que los acérrimos autóctonos. Pero Eric no hablaba mal de Fidel Castro. Mientras diplomáticamente le buscaba el canal internacional cubano en la televisión digital, él contaba que de no ser por ese “dictador” muchos guajiros o campesinos se estarían muriendo de hambre ahora en Cuba. Plantar cara a los Estados Unidos les había aislado económicamente pero eran libres como sus cubatas. Yo pensé con cierta malicia “todos los cubanos tendrán algo pero ninguno tiene lo suficiente”. Y no lo pensé sin que él me diera la razón con su conversación. Allí no basta con trabajar para vivir. El cubano sale de su trabajo y tiene que trapichear para conseguir cubrir las necesidades. Si una empresa destaca y es competitiva se convierte en motor de otras que no van a ningún sitio y son como rémoras del crecimiento y de las que avanzan. Eric podía ser más o menos Castrista y admirarle y tratarlo ocasionalmente como un Superman caribeño pero el tipo es inteligente. Es matemático. Trabaja haciendo estadísticas para una empresa que usa electrodos y experimenta con los cerebros de la gente en psicología. Entre trabajo y trabajo escribe artículos para revistas científicas y así hace currículo. Su mujer es algo así como diseñadora gráfica para “Pronto” y tiene una amplia cultura humanística que choca frontalmente con la frivolidad de su revista. Son una buena pareja. Si el amor consigue mantenerles juntos el tiempo suficiente tendrán un niño con dos referentes interesantes y variados. Ciencia y letras y dos maneras de ver el mundo opuestas.

El caso es que Eric me cayó bien. Venimos de culturas muy diferentes pero yo limité mi habilidad toca- pelotas y él explicó esforzándose por la objetividad la forma en que veía a Fidel. De hecho, casi tuve que darle la razón en algo: los americanos no tienen por qué pedirles a otros países que aíslen económicamente la isla porque ellos lo hagan. Bien. Eric y yo podíamos unir el comunismo y mi capitalismo indolente y desapasionado sin enfrentarnos ni por las galletas (el tipo no tuvo inconveniente en comerse las que no tenían chocolate por más que él las hubiese traído).

Lo pasamos bien. Nos reímos. Compartimos gustos cinematográficos. Perdió jugando a un Trivial que tenía por casa y no le importó que ganase yo.

Sólo una anécdota me hizo dudar de la realidad a mi alrededor. Fue cuando dijo que antes de llegar a España encontró dos trabajos. Uno en Mallorca y otro en Barcelona. Pensé que cogió el de Barcelona por estar con su mujer. Pero también le pesaba que pagasen menos en Mallorca. Ana, irónica y divertida y con ganas de aguar fiestas dijo que se estaba volviendo muy capitalista. Yo me reí pero él no tanto. Tal vez había algo de cierto detrás de lo que decía su compañera medio en broma o medio en serio. Y recordé cierto primo mío que quiso seguir la carrera del sacerdocio y echaba pestes de los anuncios y del consumo pero como entretenimiento preferido visitaba conmigo el supermercado y se admiraba de lo que allí veía. Y recordé lo fácil que es convencer a quién nada tiene que tener mucho es más agradable pero lo difícil que es lo contrario. Para eso necesitas una dictadura y un control de los medios de información.

Sentí que mi último comunista auténtico se me escapaba entre las manos. Mejor dejar descansar la cámara de fotos para una mejor ocasión. Este ya tenía el virus mejor inoculado por los americanos.

Al parecer, con o sin crisis, el planeta Tierra tiende al capitalismo. O al suicidio, ya puestos.

13 octubre 2009

Gerontofobia


Ernesto Sábato publicó a principios de los sesenta “Informe sobre ciegos”. Allí usaba la ficción para mostrar una manía políticamente incorrecta desde el punto de vista actual y en especial de la ONCE. De todos modos la “manía” novelada le quedó muy resultona. Allí los ciegos montaban una organización contra la humanidad que aterrorizaba en su belleza y en su horror. Los ciegos eran el enemigo contra todos. Ni siquiera se salvaban los medias tintas como los miopes. La lucha era surrealista pero la vida a veces también lo es.

Mi manía no es literaria ni pretende ser tan resultona. Nace de algunas experiencias vitales.

El otro día, cuando la señora con la que discutí hace un par de posts me colocó un cartel frente a la puerta de casa amenazándome con una denuncia, la ira me devolvió al reptil que llevo dentro. El cartel me acusaba de poner basura en el rellano. Lo único que había sucedido es que había dejado unos libros para Unicef en una bolsa y durante media hora sobre la alfombrilla de entrada de mi casa para que al salir no se me olvidasen. Según la señora esto era basura abandonada de un modo habitual. Buscaba un motín del vecindario contra mí desde hacía días. Esa noche alguien que bien pudo ser ella arrojó pan mojado para las palomas salpicando la mosquitera de mi lavadero.

La señora esa, los jubilados ruidosos y trasnochadores sobre mi cabeza, el embaucador que me vendió el piso y quiso sacar más dinero del pactado a última hora y otros pájaros de prehistórico pelaje me llevan a fantasear con una novela como la de Sábato. O como “Diario de la guerra del cerdo” de Bioy Casares dónde ocurre algo parecido pero aquí las víctimas son los viejos y lo son de los jóvenes.

Sé que mi frente de batalla habitual son los adolescentes niñatos y luego los niños con padres incapacitados para educarles. Pero ahora estoy viendo una salida más razonable a mis fobias y la necesidad de buscar nuevos sacos de boxeo humanos con los que descargar mi agresividad.

Dicen que las canas merecen un respeto pero será en la sociedad japonesa. Yo no baso ese respeto al prójimo en su edad sino en el respeto que el prójimo me muestra a mí.

Leopoldo María Panero decía creer equivocadamente que los locos, por haberlo pasado mal en la vida serían mejores personas. Luego descubrió que eran más hijos de puta todavía que los cuerdos.

Yo he descubierto que si alguien es imbécil a los veinte años no deja de serlo por alcanzar la tercera edad. La incultura se puede ejercitar tanto como la sabiduría y hoy existen diversos métodos para ampliarla (planes de educación fracasados, televisión basura, literatura mediática, dejar opinar a los futbolistas…). El tema del mal es todavía peor. Sócrates relacionaba la ignorancia con la maldad pero yo sólo comparto con el filósofo la inicial de mi nombre y algún que otro episodio de griego activo(aunque hetero). El gusto por el mal y la hijoputez de la que hablaba Panero no se disipa con los años o con la experiencia. Se refinan los métodos. Si un adolescente es malvado por gilipollas(digamos que a lo socrático) un viejo puede sumar a su gilipollez natural el experto ejercicio y continuo de la maldad a lo largo de su extensa vida. Ha tenido más décadas de ventaja para ejercer la putada. Si a eso sumamos que la edad te hace perder neuronas y por lo que veo las primeras que mueren son las relacionadas con la ética, la moral o la vergüenza… ya sé lo que debe preocuparme.

Vivo en un vecindario de bestias prehistóricas más emparentadas con el Tyrannosaurus Rex que con el Diplodocus, es decir, carnívoros jurásicos (afortunadamente con dentaduras postizas).

La jubilación agrava el problema. Los desocupa. No contentos con atentar contra Telefónica asaltando sus cabinas a brazo armado de bolsa de plástico no reciclable y reventándolas para sacar el sobresueldo que cubra las carencias de sus leves pensiones (única virtud que les conozco, el terrorismo contra esta empresa), los jubilados buscan víctimas entre la población civil y muy ocupada o sin ganas de hablar con ellos. Hay mucho despecho. En el cine los buenos casi nunca son viejos (sólo en las películas de Clint Eastwood).

Y ahora siento que soy el objetivo de esta mafia. Como Roberto Saviano por escribir “Gomorra” y ponerse a los sicilianos en contra. Como Galileo por decir que la Tierra giraba alrededor del sol y ponerse al Papa a malas.

Como Salman Rushdie amenazado de muerte por escribir más de la cuenta sobre los musulmanes o Houellebecq juzgado por lo mismo.

Pero mis vecinos ni siquiera leen mi blog.

Si Lars Von Trier dice que la naturaleza es la iglesia del diablo en su última película yo digo que mis vecinos son sus acólitos. Ya oigo el aletear de sus alas de demonio frente a mi ventana. ¡Ah, no, que son las palomas que vienen a por el pan mojado!

05 octubre 2009

Nueva Acrópolis


¿Qué hacíamos en el vestíbulo de un segundo piso de un edificio de Barcelona perteneciente a una secta? Es fácil de responder. Esperábamos una conferencia sobre mi filósofo preferido, Epicuro. Llevaba toda la semana viéndola anunciada en las paradas de la 58 feria del libro. Una semana muy fructífera. Doné libros de los que me quería deshacer a Unicef y se vendieron antes de un día. Niños anónimos del tercer mundo tal vez me lo agradezcan. Ahí no acabó la aportación. También está el libro nuevo de Chesterton de la editorial Valdemar que les compré por dos euros y que supuestamente también ayudarán a criaturas necesitadas. Pero yo estaba en el vestíbulo de un piso esperando una conferencia, no lo he olvidado a pesar de la digresión.

La gente parecía de lo más normal. Estudiantes universitarios, algunos sudamericanos aburridos y personas de mediana edad bien vestidas. El vestíbulo ofrecía la posibilidad de comprar libros New Age de portadas a las que soy más alérgico que los gatos al agua. De todos modos me distraje ojeando un volumen que compendiaba a Marco Aurelio, Epicteto y Séneca. No les iba a comprar nada, por supuesto. Tampoco les podía robar algo ya que me hicieron dejar una bolsa con unos juguetes que le habíamos comprado a mi sobrina en consigna. Sólo contaba con los estrechos bolsillos de mi tejano para mangar algo.

Sobre las ocho y cuarto de la tarde nos invitaron a entrar. Pasamos por una biblioteca de verdad que no pude atender por falta de tiempo. También de autorización.

Entramos en un salón de sillas moderadamente incómodas. Nos pidieron ocupar los laterales por un motivo de orden. El señor que nos atendía en el umbral de la sala de conferencias tenía unos cuarenta y muchos bien llevados y sus gafas o el aspecto general me recordaban al de cualquier alemán en una película de nazis. Era amable pero me llegaba una cierta gelidez de su persona que tal vez tuviera que ver con su pose estirada o, eso nunca falla, la mirada sin expresión. El salón con capacidad para unas sesenta personas se llenó.

El “alemán” dejó de hablar con sus amistades, dos tipos treintañeros de aspecto tan atractivo e hipermusculado como gay, y se dirigió al pequeño escenario junto a un piano, una reproducción de una Victoria de Samotracia a escala que seguro que es mejor visitar en el Louvre y un busto de un griego que no recuerdo pero que podía ser el mencionado Epicteto. El escenario era austero. Pequeño, con un simple fondo de cortina blanca para que destacase el orador y punto. Nada de lugares dónde reclinarse. Los que se subían tenían que dar vueltas sobre ellos mismos como leones en una jaula mirando a los asistentes. Sólo sus palabras y ellos podían destacar.

El “nazi” nos explicó un cuento sobre una mujer que abrió una caja de la que salieron todos los males de la humanidad y sólo quedó dentro de la caja la esperanza, una “esperanza” que “debemos mantener todos en nuestro interior”. De lo más positivo. En ningún momento se ahondó en la profunda carga machista del mito pero lo peor es que ni siquiera se mencionó que esa señorita tenía un nombre: Pandora. Ante tanta obviedad, palabra meliflua y escasa rigurosidad del discurso ya me temía una conferencia de segunda.

El presentador anunció a la invitada, una licenciada en Historia que daba clases. Desde luego no esperaba que la conferencia la diese nadie mediático. El presupuesto de una secta, la crisis y la necesidad de no gastar más de lo necesario en publicidad para tan pocos asistentes así lo requería. Detrás de nosotros una cámara filmaba la conferencia y hacía fotografías. ¿Tal vez estudiaban nuestras reacciones y a nosotros mismos a partir de la inclinación de nuestras nucas?

Salió la conferenciante, una chica sobre los treinta, de aspecto atildado y conservador pero con estilo. Una bonita blusa blanca y una falda estampada hasta los tobillos no dejaba escapatoria a la distracción. Se trataba de aprender, no de evadirse hacia fantasías eróticas o románticas.

La mujer no lo hizo mal. Con voz dulce y sin subir ni bajar el tono de voz, adormeciéndome a ratos con sus palabras, estuvo algo más de media hora hablando sobre mi filósofo preferido. El problema es que en su discurso trillado y plagado de lugares y mitos comunes sentía como si pasase por el camino que va de mi casa al trabajo: de tan visto que lo tengo no aprecio ni un ápice su verdad o la belleza del paisaje. Era una conferencia magnífica para niños de entre diez o doce años que no sepan nada de Epicuro pero no para mí ni para muchos de los que allí estábamos(más tarde escuché cómo una estudiante salía lamentándose a su acompañante de que la conferenciante había puesto palabras falsas en boca de Epicuro).

La mujer que conferenciaba hacía lo posible por mantener la atención. A veces hacía alguna broma blanda de profesor de primaria, de estas que no ofenden a nadie pero tampoco hacen mucha gracia, la verdad. El caso es que una parte del público sí parecía disfrutarlas y reírselas. El sentido del humor es relativo, claro.

Cuando terminó la conferencia nos animó a quedarnos porque anunciaban unos cursos sobre filosofía muy interesantes. Tres cuartas partes de la sala emprendieron el camino de la deserción. Yo con ellos, por supuesto. Los que se quedaron… Bueno, allá ellos.

La secta es Nueva Acrópolis. Lleva varias décadas funcionando. El primer paso es suave, nada parece delatarles. Se capta a los miembros después, en la fase de los cursillos. Antes de su escisión en dos ramas se les acusó de filonazis y ellos se defendieron diciendo que tenían una sucursal en Israel. “Pero también hubieron judíos nazis” les objetan otros. El periodista Pepe Rodríguez ya les denunció en su momento, si no recuerdo mal, por tenencia de armas de fuego cerca de niños.

Bueno, cualquier información al respecto se puede consultar por Internet. Yo no regreso ni aunque me hagan “Epicuro II, en busca de la felicidad”.

Sólo añadir que en ciertas partes de España ya anuncian sus conferencias sin añadir el logotipo de Nueva Acrópolis.

Estos tiempos de crisis son ideales para captar pardillos desocupados.

Y no me miréis a mí.