21 noviembre 2009

Con toda mi alma


Estaba haciendo mi camino de Santiago personal por Barcelona. Quería hacer deporte y distraerme con las cuatro gigas de música bajadas en los últimos tiempos de una Mula lenta y testaruda pero finalmente eficiente. También paré en varias librerías. Tenía el alma triste. Claro que luego pensé mejor lo que estaba diciéndome a mí mismo. ¿El alma? ¿Pero eso existe? Por lo que sé la versión oscila de los cristianos a los budistas pasando por los musulmanes y todas la civilizaciones de maneras leves pero significativas. Para la tradición judeo-cristiana en el alma tenemos los instintos, los sentimientos y emociones. El hombre alberga también ahí su conciencia. No me extraña que Nietzsche escupiese contra esa idea como algo arbitrario y totalmente desprovisto de fundamento. Mientras pagaba los comics al tipo que me atendía como un zombi sin alma no podía evitar pensar algo así. Pongamos que a este tío le gusta jugar a la videoconsola, leer tebeos y está enamorado de una vecinita a la que no se atreve ni acercarse pero en líneas generales es un buen tipo, un dependiente mediocre pero buena persona, este año ha apadrinado un africano de por ejemplo Guinea Ecuatorial. Entonces llego yo en un día de ira y sin venir a cuento le pego un golpe con una barra de hierro que alguien se ha dejado para que yo experimente con mis ideas en una obra cercana. Y bueno, el tipo no muere. Sólo se desangra un poco y le ponen unos puntos. Pero sobrevive. Claro que ahora no es el mismo. No recuerda a su vecinita, no sabe jugar ni al parchís y eso sí, se ha vuelto un cabrón en primer grado. Ahora disfruta masturbándose en portales u obligando a que le masturben las chicas que tienen la mala suerte de pasar solas frente a su caverna oscura a malas horas. No sólo se convierte en violador sino que deja de pagar a su niño africano. ¿Dónde está el alma de este hombre? Sus antiguos instintos son los mismos pero no hay conciencia que los retenga. Parece que hay un intruso en su cuerpo. ¿Ha muerto su alma y se ha instilado el alma de un ocupa? Porque este caso es inventado pero existen casos similares y aún superiores a lo que explico. Ya se sabe lo que se dice sobre realidad y ficción.

Dejando de lado las teorías marihuaneras de Platón que decía que teníamos dos almas(una en el tórax y otra en el abdomen) y esas otras exóticas sobre un alma que juega a la oca y va de cuerpo en cuerpo y se reencarna hasta en mis odiadas cucarachas, la mayoría de la filosofía occidental ha tendido a darle un aire como de “El alma soy yo” a la cuestión. Pero luego, mientras paseaba entre miles de almas barcelonesas, recordé “El quimérico inquilino” de Polanski. Allí se pregunta si él será él mismo sin un brazo y claro que sí. Y luego piensa si le quitan el otro brazo, y las piernas y el abdomen… Y sí. Piensa que seguirá siendo él mismo. ¿Cuándo dejará de serlo? ¿Dónde empieza y acaba el alma? ¿O dónde empieza y acaba él? Interesante cuestión ¿No seremos maquinistas programadas sin más como deja entender el realizador freak Todd Solonz en “Palimpsestos”? Pues algo de eso pienso. Imaginémonos que decido coger una correa, me la ato al cuello y el otro extremo a una superficie medianamente sólida. La piel de la correa aprieta. Siento que se me hinchan los ojos mientras cuelgo como un pelele de ese fuerte hilo que me llevará al más allá como se fue el genial Foster Wallace(recomendación absoluta desde aquí para la lectura de sus novelas pre-suicidio). Siento que me estallará la cabeza. Me ahogo. Me duelen hasta las encías. Pierdo levemente la consciencia de que yo soy yo y entro en un estado como de estar dormido y con sueños. Veo pasar estrellas, puntitos por mi visión… pero no estoy ni despierto ni dormido. Y luego, al cabo, el instinto o la mala suerte o el cabo de la correa no se agarra bien a la reja y me descubro con un terrible malestar en el suelo. Durante unos segundos salgo a tientas de ese conato de muerte tan cutre. En ese instante solo siento el malestar por la falta de oxígeno. No sé quién soy como a veces te puede haber pasado después de una noche salvaje. O puedo tener peor suerte y la ausencia de oxígeno continuada en mi cerebro me ha causado daños cerebrales. No estoy muerto pero ahora soy retrasado. Veo los dibujos del “Clan” y los disfruto más que mi sobrina de cinco años. Mal ejemplo. Eso ya ocurre sin necesidad de daños cerebrales.

Pongamos que me río por todo. Incluso cuando la factura de la luz me dice que tienen que venir a ver el contador porque un hijo de puta ha estado arrancando los papelitos del rellano dónde yo anotaba religiosamente y mes a mes la lectura mensual. Ahora, por culpa de un desalmado pagaré varios meses de golpe. Pues nada. Mis daños cerebrales hacen que me ría y en lugar de Ja,ja,ja diga Jo.jo,jo que queda más estúpido. ¿Qué ha pasado? ¿El nuevo idiota soy yo? ¿Sigue mi alma ahí? ¿Se puede fraccionar tu esencia como el pago de la contribución urbana? ¿Es el alma un invento humano sobre el que Nietzsche, tal y como dije, podía escupir con razón? ¿Es igual el alma del niño que fui a la del siniestro adulto en que me he convertido?

Qué difícil es creer en algo en estos tiempos tan Cartesianos.

17 noviembre 2009

Hola ¿Qué tal?


Iba a visitar a mi madre por el barrio que me vio nacer. Nadie me avisó que los riesgos eran evidentes. Me encontré con un “medio amigo-medio conocido” de la infancia. Los años nos habían cambiado pero no hasta el extremo de quedar desfigurados. Nos reconocimos inmediatamente. Él era dos años mayor que yo.

Le dejé que rompiera el hielo ofreciendo su mano. En los viejos tiempos nunca nos hubiésemos saludado así. Antes bastaba con un “eh, tío ¿y el capullo de tu hermano?” Ahora ni sus dedos abrazando los míos transmitían algo más que reconocimiento y una tibia sonrisa. Había un paréntesis bastante grave de experiencias entre su vida y la mía. Y luego estaba lo poco que recordaba en esos momentos sobre los viejos tiempos en común. ¿Éramos muy amigos? No demasiado. Él era mayor. Dos años en la infancia y adolescencia son como un par de décadas para los adultos. ¿De qué hablaba con él? El minutero se puso en marcha y ensayé un inteligente mantra que uso cuando pienso lo que debo decir: eeeeeeh… Luego, como este no funcionó usé el infalible: Pueeeeeees… Y lo rematé con un “cuanto tiempo” desapasionado que consiguió un asentimiento de cabeza afirmativo por su parte. Los primeros tres segundos de encuentro se habían salvado por puntos. ¿Pero qué podíamos decirnos aparte de esto? Yo recordé en un flash lo subrayado en mi memoria respecto a él. Tres cosillas nada más:

  1. Aquel día que yo estaba tan borracho que alentaba risas y bromas en mis compañeros de fiesta y hasta alguna que otra pelea con las paredes de ladrillos de un colegio, él me llevó en ese triste estado a casa. Fue el principio de mi casi abstinencia alcohólica posterior.
  2. Estaban jugando a tirar balones a la gente y yo fui un daño colateral que pasaba por allí. Él me preguntó si estaba bien y dijo que me apartase de ese juego tan bruto.
  3. Le recuerdo explicándome el mapa de manchas sobre los asientos de su automóvil. “Esta de aquí es de una corrida de la paja que me hizo X que saltó por encima de su cabeza y cayó justo en ese sitio. La otra mancha es de cuando me la comía Y. y se le derramó un poco por un lado de la boca. Esta otra… No sé. Es que el coche no siempre lo llevo yo. También están mis hermanos ¿Sabes?”

Y poco más. Después comenzamos a separarnos. Un “hola y adiós” desde lejos hasta ese día, en esa calle, a una distancia tan íntima que no podiamos decir hasta luego con la mano y largarnos. No después de no habernos visto las caras durante al menos un par de años. Obligados a decirnos algo por tácitas fórmulas de cortesía urbana.

Le pregunté por el trabajo y él me dijo que bien pero con inconvenientes. Si le hubiésemos preguntado a cualquier otro trabajador que pasase por allí hubiese dicho lo mismo. El tiempo estaba poniendo en su sitio nuestra relación: él era hermano de un amigo al que por cierto ya no veo. Solo eso. Un buen tío, por supuesto (ver los puntos uno y dos) pero ya está. Si no nos hubiésemos vuelto a ver puede que no nos hubiésemos vuelto ni a recordar.

Al final miramos nuestros relojes casi simultáneamente, como si quisiéramos sincronizarlos por algún motivo y yo le dije que tenía que ir a comer a casa de mi madre y él dijo que tenía que hacer algo que me importó tanto como a él lo de la comida con mi madre. Caminé aliviado y soltando el aire como si me acabasen de examinar.

Lo primero que mata el tiempo es la confianza. O la complicidad, no sé.

Es por eso que no dejo entrar a cualquiera en mi Facebook.

11 noviembre 2009

Sexo versus TV


La película prometía así que nos acomodamos. Al menos ese era el plan. Pero había factores en contra. Ella sólo tenía la parte de arriba del pijama. Estaba tumbada sobre mí, el culo sobre mi pecho. Su coño estaba a centímetros de mi rostro. Desde allí podía apreciar los matices conocidos e inéditos de ese lugar tan comprensivo con mis necesidades.

Cuando le comenté lo de la peca en la que no había reparado antes me dijo que todas las pecas de su cuerpo tenían un nombre o como mínimo un significado. La de su coño era el emblema de las chicas sexys. Una vez descifrada la peca sentí que se me agotaba la conversación. Los planos de la película pasaron a segundo ídem.

La morreé en su segunda boca. Sus labios verticales contra los míos horizontales. Supe que le gustaba porque se me hizo flujo en la boca. Mientras tanto comencé a crecer entre sus omoplatos. Dio inicio un lento pero firme apuñalamiento de su espalda. Ella respondió rápido a ese reclamo.

-Vamos a la cama- me dijo con la voz debilitada por el placer.

Y fuimos. La película seguía su ritmo mientras nosotros aumentábamos el nuestro y fatigábamos los muelles de la cama.

Me pidió que la follase por detrás y no pude negarme. La prefiero pidiendo eso que pidiéndome que baje a comprar algo o a tirar la basura. A veces ser generoso produce un gran placer y dar también compensa.

De una u otra manera acabamos siendo democráticos con el orgasmo y nos llevamos un par por cabeza. Regresamos al comedor. La película seguía. Intenté pillar el hilo. Justo lo estaba cogiendo cuando ella me agarró la polla. Bajó el pantalón de mi pijama para tratar con ella de tú a tú. Se la introdujo entre los labios. Allí dentro estaba condenada a crecer. ¿Otra vez? Dejamos el comedor y comenzamos a deshacer la cama ya deshecha. Un desorden al cuadrado y un placer al cubo. El último orgasmo me estaba llegando dentro de ella. Como la quería y además no quería que se llevase un mal sabor de boca de ese fin de semana la avisé. La eyaculación fue como un suicidio, un disparo que me dio en el pecho y a la altura del corazón. Ya lo dicen los franceses cuando hablan de ese periodo refractario que hay después del orgasmo en el que ciertas personas llegan a desvanecerse. Lo llaman le petit mort, la pequeña muerte. Pero luego resucitamos. Ella estaba abrazada a mí en ese advenimiento mío. Nos levantamos y fuimos al comedor. Las rodillas me temblaban al borde de la inoperancia.

La película estaba en los títulos de crédito.

Afortunadamente comenzaba otra. Desafortunadamente no se veían perspectivas de verla de principio a fin.

Afortunadamente existe el DVD y puedo ver películas cuando quiera. Al menos si estoy solo. De todos modos el cine que estoy viendo en los últimos tiempos es insoportable.

De ahí que ella y yo busquemos alternativas.

09 noviembre 2009

Con el día tonto


Llevo unas cuantas mañanas escapándome de los espejos. Mi reflejo no me echa de menos pero de vez en cuando vendría bien una ayuda para que el afeitado no me quede tan picassiano. Pero es que no tengo ganas de enfrentar unas cuantas verdades y si me miro a los ojos me acabaré diciendo lo que pienso. O se lo acabaré diciendo a los demás que todavía es más grave.

La mayoría de las culpas que rodean mi vida son en primera persona y no es que tenga buena o mala conciencia es que la tengo en busca y captura y con el subtítulo de armada y peligrosa. Pero pecados aparte sé que hago lo correcto. Según le decía Nabokov a sus alumnos más o menos: “Todos los que estamos aquí hubiésemos sido quemados en una u otra época de la historia porque la moral y las leyes han cambiado dependiendo del tiempo o el lugar”. Yo sin ir más lejos no hubiese pasado el examen de la Inquisición, Mahoma, el judaísmo o el juez Garzón. Ni siquiera apruebo el examen de mi pareja. Y no es que sea amoral, es que mi moral vive en un limbo ajeno al de las personas que he conocido hasta el momento. Y en cuanto a la conciencia me ocurre como a cierto personaje de cierta novela de Montalbán que “no me impide cometer pecados pero sí disfrutar de ellos”. Pero moral y conciencia tengo, desde luego. La mía. Más o menos depravada. De ahí que siga escapado de los espejos, como Borges.

Me levanté sin nada mejor que hacer que contemplar pero por más que la gente diga que para estar completo necesitas serle útil a la sociedad a mí no me importó rascarme un buen rato el ombligo y más abajo, que pica más. Puedo estar en algún tipo de crisis emocional pero sigo las consignas de Pere Calders, escritor catalán al que traduzco como buenamente puedo: “Si el hombre conociera su capacidad para procurarse momentos de placidez en las grandes crisis, no tendría tantos miedos y sería más feliz”. Muy cierto. Yo me procuré unos minutos de placidez con unos comics, una revista de historia y media copa de tinto como gustaba de hacer Oscar Wilde que al igual que yo, amaba el no hacer nada y lo defendía así: “Para Platón y Aristóteles la inactividad total siempre fue la más noble forma de la energía. Para las personas de la más alta cultura, la contemplación siempre ha sido la única ocupación adecuada al hombre” A lo que digo amén, tomo un sorbo más y trato de vivir mi desesperado Carpe Diem. Después me paso el refrán “una ley vino de Roma: que quien no trabaja, no coma” por dónde me paso las normas, la moral y hasta la conciencia ajenas y me preparo algo en una sartén(pero prepararse algo ya es trabajar… ¿No?). Intento pensar que si este no es el mejor de los mundos como decían en el “Cándido” de Voltaire si puedo hacer caso de aquella frase de “El crepúsculo de los dioses”: “Quién desprecia la vida que posee en beneficio de otra merece ser privado de la que ya tiene”. Difícil de seguir y difícil no desear estar en otro lugar o ser otro mientras friego los platos. Pero luego vuelve la placidez. El televisor del comedor tiene las pulgadas necesarias para inventarme sueños cuando no se me ocurren a mí.

Hace ya tiempo que estoy refugiado del trabajo, del amor y hasta de algunos amigos. Pero me tengo que sacudir el polvo y hacer algo y reinventarme como el superhombre de Nietzsche, David Bowie o el capullo del Dalai Lama. Tengo que hablar con mucha gente sobre muchos temas. Aunque no tenga nada que decirles. Yo no tengo la suerte de Wilde o Platón ni me puedo poner debajo de un árbol a ver el mundo pasar. Si pudiera lo haría, por supuesto. Pero es que el mundo, a la que te quedas quieto, te coge del cuello y si no te mueves te da collejas para que lo hagas.

Hoy no me apetecía nada. Tampoco me apetecía nadie. Y luego llegó la página en blanco y mis dedos con inquietudes.

También sé que si no sabes beber, lo mejor es el agua y no publicar un post hasta que se te aclare el entendimiento. Pero eso lo sabré mañana porque suelo llegar tarde a casi todo.

02 noviembre 2009

Halloween


Ayer aproveché mi estancia en ese bonito pueblo para visitar el cementerio. Lo único que me gusta del día de todos los santos es que pasan más películas de terror por algunos canales y le dedican más tiempo al horror… Por lo demás, nada.

El cementerio está lleno de gente mayor. Los vivos y los muertos. Es curioso cómo ese día se llena de personas que vienen a rendir cuentas con sus difuntos. Pero lo que hay en esas tumbas no es más que materia en descomposición, ya descompuesta o simples huesos. Ahí no hay nada que adorar. Y sin embargo hay tumbas más caras que otras. Los que pagan por eso parecen creer que se está mejor muerto con lujo que sin él.

Unos gitanos muy bien vestidos adoraban a su familia en la tumba más cara del cementerio. Muy propio de analfabetos. Gastarte lo que evidenciando su indumentaria no tenían para que su muerto tuviera lo más lujoso. A lo mejor en vida no le quisieron prestar ni cinco euros. ¿Debería respetar eso? No. Ni en gitanos ni en payos.

A propósito del respeto a los muertos digo lo que ayer dijo Martin Amis en una entrevista televisiva sobre la religión: “A la religión como al sexo no le puedes decir que no. Son inevitables. Pero no respeto la religión porque sólo representa la cobardía del hombre para aceptar que no hay nada más allá de esta vida. Sólo la tolero con paciencia. Con mucha paciencia”. Pues sí. Esa adoración de los muertos a mí me parece entendible y tolerable. Pero que no se me pida que la respete. Los viejos además, parecen acudir en manada porque tienen más desaparecidos en el campo santo y han visto su generación más mermada que los jóvenes. O no sé, quizás busquen un cursillo preparatorio para lo que inexorablemente y por estadística ven más cerca.

El caso es que ese lamentarse por los muertos me recuerda algo. Una vez en un trabajo, cuando nos despidieron a dos o tres que paseábamos por allí por esto de hacer recortes, me molestó la cara de tristeza de algunos compañeros. “Eh, chicos, que a vosotros también os pueden “recortar” pronto”. Pero ellos vivían como todo el mundo cuando está de vacaciones: sin creer que el futuro agorero les puede alcanzar a ellos. Y apenas tardaron dos semanas en despedirles. Lástima no haberles podido devolver la cara de tristeza que me regalaron en su momento. Con los muertos creo que ocurre algo similar. Les tratamos con más respeto como si nosotros fuésemos inmortales y no nos fuese a ocurrir lo mismo que a ellos en algún lugar inescrutable del devenir. “¿Quién en el mundo no sabe que todos los vivos están sometidos a un mayor o menor grado de envidia, mientras que a los muertos no les odia ya ni siquiera ninguno de entre sus personales enemigos?” dijo el orador Demóstenes en uno de sus discursos. Pues muy mal. Si alguien en vida me ha parecido un cabrón no creo que la muerte le confiera dignidad alguna. Si no me meto con él no es por respeto es sólo porque ya no se puede defender y porque lo cierto es que ya no hay motivos para atacarle. Pero que no me busquen de plañidera para un muerto que me haya hecho la vida imposible. Yo no creo en su más allá ni en el mío. Si tengo que tratar bien o mal a una personas mejor que sea en vida porque en la muerte sólo hay partículas disgregándose, vida reptante y gusanil alimentándose, algunas fotografías y recuerdos que algún día se perderán o morirán. En la muerte no hay nada con lo que tratar. Pero claro, volveríamos al tema de la religión e incluso al de la superstición que según los científicos es una necesidad humana. No la mía así que no sé qué soy.

Salí del cementerio sin ningún buen epitafio. Todos eran pobres y con la poesía tan muerta como los que allí descansaban. De todos modos y viendo la avanzada edad de los que murieron en esa zona me entraron ganas de quedarme para siempre en ese pueblo. Parece que la vida allí es más sana. Y no es que yo quiera más vida. Lo mío es por no llegar muy cascado al final. No importa cuando sea. Prefiero calidad a cantidad. También desaparecer antes que usar un andador.

Por cierto, un día magnífico el de ayer.