23 mayo 2010

Rancias derechas

En el gimnasio hablábamos de todo un poco. Yo le conocía de otro lugar pero allí nos reencontramos. Entre pesas, sudor y una monitora que estaba muy bien y un monitor que también pero para ojos más femeninos que los míos.
Mi amigo tenía un problema. Salía desde hacía un par de años con su novia y todavía no había… titubeaba… no habían… ella no quería hasta que se casasen... Sí, bueno, que ella no se dejaba follar y él arrastraba su calentón y su virginidad como una condena y un lamento que yo escuchaba como si una máquina del tiempo me hubiese llevado a la época Victoriana pero no, era el presente. Todo el mundo se estaba liberando. Incluso los curas. Pero ella no. Lo que tenía bajo las bragas era un premio, para un hombre siempre lo es, pero de los sobrevalorados en este caso. Su mentalidad puritana o católica o Victoriana como ya he señalado o vete a saber qué, le impedía pasar de los besuqueos y ocasionales y sobre todo desesperados manoseos sin más objetivo que el dolor testicular de mi amigo, a maniobras más acabadas. El sexo para luego, no fuera a ser que el macho se escapase antes de la boda por desaprobar el género.
No supe del final de esa historia hasta años después. Sé que se casaron y se sacudieron esa abstinencia. Estoy seguro porque dos hijas atestiguaban al menos dos polvos (sin contar las posibilidades fallidas que hubiera para acertar dos veces).
A él le encontré por casualidad y charlé. No hablamos de ese tema, claro. Era evidente que estaba superado. Y él se veía bastante más seguro de sí mismo. Ella había superado también su aire de mojigata o de monja de clausura de escapada y arrepentida de dicha escapada, con los ojos como platos ante la impureza del mundo circundante. Seguían siendo conservadores de derechas de las de antes (sin filtros dialécticos) y defensores de lo convencional hasta el punto que a ella le caía mal cualquiera que no comulgase con su credo aunque sólo fuera por hablar más alto de lo que el buen gusto (según su patrón limitado del buen gusto dictaba) ordenase.
Con los años y al margen de su orientación política él se había vuelto un poco golfo. Aprovechaba el exceso de trabajo para hacer alguna escapadita al puticlub (y se los conocía muy bien). Se reía rememorando esta o aquella mamada extramatrimonial, su placer oculto preferido.
Ella aún mantenía algo de su aura de catolicismo rancio pero las enseñanzas de Cristo se las pasaba por el coño. Delataba a los demás, no le importaba mentir de vez en cuando, era rencorosa y vengativa, desagradecida, no entendía ni un pimiento al prójimo y si ponía una mejilla mejor ponía la del que le había parecido a ella que la golpeaba (y no siempre era así, a veces era impresión suya).
Lo cierto es que la mentalidad de ciertos conservadores me supera. A su manera son más liberales que los ateillos supuestamente progresistas como yo. De hecho suelen pecar con más ganas e intención que yo. Y es que a pesar del título del blog poco puede blasfemar quién no cree en nada. Pero sí puedo hablar de las blasfemias de otros y de que a mí, a veces, también me escandalizan.
Como señalé más arriba, una pareja de derechas de las de antes.
Hipócritas a no poder más.

3 comentarios:

InfiniteRebel dijo...

Ja, ja,ja...Muy bueno!!!!
Un saludo de otra ateilla progresista.

Houellebecq dijo...

Ah, menos mal, creía que nadie decía nada porque todos mis lectores son de derechas (están invitados, por supuesto, no discrimino pero quiero un poco de todo).

Houellebecq dijo...

Y yo no tengo una orientación política muy clara. Diría que desengañado antes de haber creído.