18 abril 2010

El cine no es mi arte preferido pero lo parece




Cuando me compré el disco duro multimedia con 500 gigas le dije al de la tienda: “Aquí hay más de lo que necesito, por lo menos el doble”. El de la tienda sonrió pero me dirigió una mirada extraña, tal vez irónica, tal vez aburrida (creo que era la hora de la merienda para los del eslogan de “yo no soy tonto, claro que no, lo eres tú”). El bocata de chorizo que le vi comerse en unos minutos me confirmó la segunda teoría.

En casa instalé el Ares Vista y comencé a bajar unas películas que me interesaba ver de la cartelera. Con estas es difícil evitar los Screeners y se ven muy mal pero algunas ya están ripeadas y con subtítulos. Me centré en estas. Además, algo de inglés sí sé y una buena parte del cine actual se reduce a traducir “Crash, boom, Bang”.

Luego recordé mis viejas películas de vampiros y zombis que marcaron mi infancia. Cuando tenía bajadas cinco recordaba unas veinte más. El cine apenas se vertía en mi ordenador que ya lo estaba trasladando al disco diro multimedia, única manufactura necesaria pare verlo en televisión.

A veces leía una noticia en un blog de cine y recordaba que tenía agujeros en mi colección de Polanski o de Woody Allen y los llenaba. Luego recordé que Clint Easwood siempre había sido ídolo de adolescencia como actor y de director en mi más o menos madurez.

Cuando un amigo me dijo que ya no se publican libros de ciencia ficción recordé lo mucho que me gustaba también ese tema y me resigné al cine y comenzaron a caer largas sagas de Space Opera y algunos clásicos de la historia mundial (aunque no consigo tragarme entera “”2001, odisea del… sillón de mi casa dónde no soy capaz de pasarla de un tirón y pienso que Kubrik tomaba drogas en esa época, es una intuición mía”).

Cuando el Ares iba ya por las quince bajadas simultáneas y yo trataba de no ponerlo en veinte para no agotar el ordenador… recordé lo mucho que me gustó la última de Lars Von Trier y codicié el resto de su cine. Y de ahí fue fácil pensar en otros maestros europeos que me gustaron hace tiempo como Chabrol, Rohmer, Bergman, Dreyer, Fritz Land (que también trabajó mucho en América), Antonioni, Rosselini, casi todos los alemanes expresionistas… y una buena ristra de recuerdos que fui haciendo de algunas tardes de cine club público o en casa.

Y de allí me fui sin darme cuenta a Japón y recordé la veneración que le tengo a Mizoguchi. Y a unas cuantas películas de Kurosawa. Y a Ozu o Nagoshi Osima más algunos animes que tampoco están mal. Y de Japón a China con Zhang Yimou.

El disco duro se iba llenando y yo pensaba que bueno, hay películas que se ven y luego se pueden borrar y ya está pero y si…. ¿Algún día quiero verlas de nuevo y han desaparecido de todos los discos duros del mundo porque un holocausto climático ha acabado con casi todo el mundo menos conmigo y un par de perros y gatos que me puedan hacer compañía?

Me costaba decidirme a pesar de que en ciertos géneros como el del terror la basura sin pretensiones y sin un ápice de arte se prodiga bastante. Pero hay fotogramas que además del talento del director llevan el amor que les tiene mi nostalgia.

Cuando vi que ciertos maestros como John Houston o Mankiewitz habían sido muy prolíficos pensé que tendría que comprar otro disco duro o seguir con las grabaciones en DVD. Toda una declaración de intenciones esta, penada además por la SGAE. Si esto lo leyeran más de cuatro gatos (dos de los cuales sobrevivirán en ese holocausto del que escribía antes) tendrían una gran confesión para enchironarme o hacerme pagar una buena multa que a fin de cuentas es de lo que se trata.

Siempre puedo decir que estaba ensayando lo que debo escribir en mi perfil bloguero que desde que empecé este y abandoné el otro por problemas de censura y de gentuza que lo censuraba, lo tengo muy abandonado.

Curiosamente mi vida consiste en bajar todo eso y no ver nada.

Sólo “Perdidos” para no perderme con lo que será uno de los más decepcionantes finales de la historia de las series mundiales.



08 abril 2010

Mi visita a Madrid del año pasado




La última vez que fui a Madrid lo hice con ganas. Me estaba discutiendo bastante con Barcelona. Haber nacido y vivido toda una vida en un lugar te hace amarlo pero en los malos tiempos también le echas la culpa de tus malos rollos.

En Madrid había estado en dos ocasiones anteriores. De las ciudades extranjeras y españolas que había visto esta era la que más me gustaba. No podría explicarlo. Mi primera visita fue hace mucho tiempo, para acompañar a mi pareja de entonces, para arreglar unos documentos de extranjería que tenía por aquella época… Fueron un par de días bastante agradables.

La segunda vez fue por un viaje de placer (aunque el placer tampoco faltase en la primera ocasión).

Y ahora sólo quería pasar algunos días del verano disfrutando de la feria del libro.

Mi cuñado, el que nos consiguió la casa para pernoctar en un lugar céntrico, cerca de un El Corte Inglés con una plaza llena de niñatos que me tocaban las narices con sus monopatines(de eso también tengo en Barcelona), decidió que viéramos algunos lugares agradables de la ciudad. Yo iba a decirle lo que amaba su ciudad pero no me dejó expresarlo:

- Yo sé que hay mucha competencia entre Madrid y Barcelona pero Barcelona también es una ciudad muy bonita. Lo malo que tiene es que no puede crecer más, las montañas hacen que vaya más y más gente y no se pueda extender y la densidad de población aumente pero tiene mar… ¿Es un lugar al que me gusta ir!

Intenté decir que me quería olvidar de mi “bonita ciudad” pero no me dejó hablar. Me debió ver cara de nacionalista catalán.

Luego me presentó al dueño de un restaurante que conocía muy bien. Cuando le dije que yo era de Barcelona y me dispuse a decirle que me alegraba mucho de estar en Madrid no me dejó decir nada:

- Barcelona… ¡Los catalanes! Gente muy trabajadora. Pero aquí, aunque nos guste más la fiesta no nos dormimos, no… Y ya sé que nos consideráis rivales y todo eso pero no debería ser así. Barcelona es una ciudad muy bonita que…

A este paso me iba a llevar a todos los madrileños a Barcelona para hacer apología de la ciudad. Yo no quería flores a mi tierra. Soy más traidor que Céline. Yo quería olvidar la absoluta depresión que por culpa del estímulo-respuesta psicológico relacionaba con mi ciudad natal. Quería olvidar que existía Barcelona. Aunque fuese por unos días.

El taxista que nos llevó de un lugar a otro nos preguntó a N. y a mí que de dónde éramos y le dije que de Barcelona:

- ¡Pues mira, dirán lo que quieran, pero yo no tengo nada contra los catalanes! Esa es una ciudad que…

Y ya no pude decirle lo mucho que amaba su ciudad. No se lo pude decir a ningún madrileño.

Mientras tanto, ese verano, los políticos seguían crispando y azuzando Cataluña contra la capital de España y viceversa.

Los políticos… Qué hijos de puta todos ellos.