30 junio 2010

Sobre aquel encargado que tuve

A veces nos daba su peor cara

Era mi encargado. Pero sólo ese puesto le afeaba la perspectiva que como persona pudiéramos tener de él. Contra todo pronóstico, parecía buen tipo. Algo amanerado por los gestos, acobardado por todo y por todos y mirando de reojo más que de frente. Pero sin contar esos detalles nacidos quién sabe de qué trauma infantil, era un superior bastante agradable. Nos explicaba veinte veces lo mismo. Recuerdo que para explicarme cómo se abría aquel cine me repitió muchas veces la manera de usar la llave del candado de la persiana. Podíamos pensar que nos trataba como a imbéciles pero cuando nos decía que a él le había costado mucho más, veíamos que tal vez era él quién se trataba como a tal. Era un superior con complejo de inferioridad. Muchos de ellos lo son pero la mayoría lo demuestra abusando de la autoridad. Carlos, nuestro encargado, sólo abusaba de nuestra paciencia para tratar retardados.
El año nuevo que cogió su primera baja y tuve que cubrirle vi por primera vez que a menudo los idiotas declarados suelen reírse bastante de los que no nos creemos tan imbéciles. Y le cubrí durante mucho tiempo.
Al parecer le habían pegado una paliza. Los guardias de seguridad de los locales de lesbianas que frecuentaba cuando se emborrachaba o mezclaba sus pastillas contra la paranoia y la esquizofrenia con alcohol, le solían acarrear esos problemas y sobre todo aquellos hematomas. Todo su aspecto de hombre frágil se transformaba. Jekyll bebía sus pócimas y se hacía Hyde y quería imponer su ley y entrar sucio, apestando a fiesta rancia y sin lavar de una o dos semanas (que luego comprobábamos en nuestro propio trabajo y en nuestras narices), y ligar con chicas que precisamente no necesitaban chicos (una buena parte de ellas al menos). Pero es que a Carlos sólo le gustaban gordas, lesbianas y autoritarias, como la única novia que tuvo durante el único año de su vida de más de cuarenta años. No era un hombre feo pero la carrocería no siempre es suficiente. Cada vez que hablaba ahuyentaba cualquier posibilidad de tener una relación. Y él buscaba relaciones que no le buscaban a él.
Y luego, el resto de la plantilla veterana nos puso a los nuevos en autos. Unos decían que era gay, otros que a su madre se le había caído al suelo de pequeño, otros que testigo de Jehová (y esto era cierto pero no sé si estaba relacionado con su personalidad apocada). Su paranoia consistía en pensar que todas las mujeres del mundo se sentirían atraídas por su belleza pero que debido a que todas eran lesbianas tenían un lenguaje secreto (un lenguaje que solo conocía él), que se seducían entre ellas y por despecho le fastidiaban a él. Cuantos problemas tuvimos cuando les gritaba a las palomiteras del cine donde trabajábamos cargado de rabia bañada en sudor nuevo y añejo: “¡Has intentado ligar con esa clienta! ¡Pues esa clienta era mía! ¡Me ha mirado primero a mí! ¡Y tú la quieres para ti, zorra!¡Conozco vuestro lenguaje secreto de lesbianas!¡A mí no me la dais!”
En fin… Era un buen encargado si tu sexo era masculino porque si eras mujer… Tenías bronca cada día. Aunque fueses una amable taquillera de sesenta años.
Al final lo echaron por la justa denuncia de una compañera.
A veces, cuando me pregunto si estoy loco me acuerdo de Carlos y sé que soy más o menos excéntrico pero estoy en mis cabales. No escucho voces ni veo confabulaciones o lenguajes secretos que sólo yo conozco.
Carlos era el mejor de los encargados que he tenido porque con él hacía lo que me daba la gana. Entiendo que no fuera el mejor encargado para mis compañeras.
Me dijeron que ahora trabaja de Guardia de Seguridad. No me sorprende. Es el gremio adecuado para un paranoico. O para el que no puede trabajar de casi nada.

25 junio 2010

Adiós a la magia


Me han contado que una tía mía, de la que recuerdo que era bruja, se está muriendo. Sus artes no eran muy ostentosas. Sanaba males de ojo con oraciones susurradas en el oído del “agredido” de palabra a la vez que gesticulaba cruces sobre su rostro o su cuerpo. Yo era un crío en la época que observaba ese espectáculo. Normalmente creía lo que veía. Incluso lo que me contaban. Toda la fe de mi vida se acumuló en mi infancia.
Mi tía no cobraba por librarte de un maleficio. Ni siquiera te pedía la voluntad. Y los pacientes solían sanar. Se notaba porque ya no lloraban. Era bruja por afición. También por tradición familiar. Poderes hereditarios.
Me fascinaban sus historias de terror de pueblo. En sus labios no eran menos reales que el telediario de las tres. Tan reales como las pesadillas que me aseguraban por la noche.
Una vez una vecina me pidió que le diese a probar de mi granizado de limón. Yo le dije que no. No era avaricia infantil, sólo escrúpulos prestados de mi madre. No me gustaban los labios de desconocidos sobre mi caña. Horror ya superado a la saliva ajena. Pero la vecina sólo vio un niño egoísta. Me maldijo con un “que te siente mal”. Y yo me lo creí. Me sentó fatal.
Mi tía se puso como una furia. Para ella no era mi culpa por dejarme influenciar. Para ella era un maleficio clarísimo. Falta de ética profesional entre brujos. La vecina se iba a enterar. Que maldijera a su puta madre. Bajó hasta su piso y se enzarzó en una pelea más bien terrenal, muy física, con uñas y dientes sobre la piel del enemigo. Por supuesto, lo hizo después de pasarme sus rezos sanitarios y asegurarse de que me repartía suficientes cruces de magia blanca por el cuerpo como para que se me pasase el mal de ojo (que derivó en mal de tripa).
La vecina perdió el combate. Yo mejoré rápidamente.
Años después me quedan de ella estos recuerdos cada vez que alguien la menciona.
Yo no creo ya en nada más allá de lo que veo o toco y a veces ni eso. Pienso… luego tal vez y sólo tal vez exista (aunque los personajes ficticios también se creen reales así que…).
A todo hecho fantástico le suelo encontrar una explicación. Estoy atiborrado de ciencia y ni siquiera creo que el talismán de la razón sea infalible.
A veces he tenido sueños que me han parecido premonitorios. Otras veces escribo algo que me pasa poco después. Pero sigo justificándolo todo mediante el recurso de la casualidad. Si lo supiera mi tía se avergonzaría. Yo era su aprendiz de brujo preferido. Ella sí creía en mis sueños de adivinación. Decía que yo era el heredero de la magia de nuestra familia.
Poco después de escribir este post he sabido que ha muerto y he cambiado el final del post.
Ahora sí que es un punto y final definitivo.
Descansa en paz. No creo en brujas buenas o malas pero sé que algún tipo de magia sí que se va contigo, querida tía.

22 junio 2010

Un mal día


Estoy aquí, sentado en una silla pero aparte de eso no sé qué más hacer. Hay una ventana que mira hacia fuera pero es aburrida, hoy sólo pasan al vecino frente al capó de su coche y sus golpes, y sus herramientas y mis ganas de atropellarlo y dar marcha atrás y volver sobre su cabeza de adoquín.
Tengo algunas tareas pendientes. No estaría mal limpiarme de nudos en la garganta a la altura del cuello. O ingerir valeriana por si acaso y por si los ojos abiertos a oscuras.
Tengo la sensación de que todo es nada. Como siempre pero peor porque hoy me faltan hasta las ganas.
Hace un año comencé una depresión que maté en noviembre. Olvidé rematarla y por eso escribo.
Con todas las botellas de vino, pastillas y drogas a mi disposición yo escojo sentarme en esta silla. Pero sólo porque tengo delante el ordenador.
Hay días cómo hoy en que visto de luto porque se me ha muerto alguien que podría ser yo. Ni por bala ni por sobredosis. Sólo porque después de la muerte no hay nada pero antes parece que tampoco. A veces.
Nos limitamos a fingir que algo importa un poco para no aburrirnos. El problema es que a veces levanto la tapa y descubro la verdad. O la venda se me resbala por culpa del sudor frío.
En mitad de este aburrimiento conozco el lado malo de la inmortalidad. Ser por siempre no es posible porque sería una crueldad hasta para el habitual sadismo con que nos trata la naturaleza.
A ver si con suerte mañana, además de despertar, resucito.
Esta silla es un ataúd bastante incómodo.

18 junio 2010

Isabelle Hupert, Palestina y mis batallitas



Vuelvo a estar solo. Lo llevo bien porque lo decidí yo. Pero necesito los estrógenos de una mujer que contrarresten mi testosterona. Después me critican, no sin razón, la violencia de mis escritos. Cualquiera que me lea pensará que soy un Punk o algo así. Pero es que mi vida o yo no damos para menos. Hoy he ido a ver la última de Isabelle Hupert. Antes de ver a mi querida y elegante actriz francesa entré a comer en un restaurante Palestino (cierto amigo mío judío se cabreará cuando me lea pero yo no tomo partido por nadie, odio a todo el mundo y muy democráticamente).
No había mucha gente. Sólo una pareja con un tipo delgado y muy extraño y muy sucio. No sé si estaba bien de la cabeza. Cada vez que él o su mujer terminaban un plato lo dejaban en otra mesa cercana. Pedí mi comida. Todas esas cocinas (Libia, Siria, Palestina, ¡incluso la judía!) comparten muchos puntos en común. Había Falafel o Shawarma en la carta. Bien.
De pronto el tipo se giró y dejó un plato a medio comer que parecía un nido de arañas (imaginando un universo alternativo dónde las arañas hacen nidos) pero que sólo era una seca tortilla de espinacas con piñones.
Yo, de natural escrupuloso y mucho más cuando como, no supe qué decir por la sorpresa. ¿Asentamientos de los restos de la comida de otro en mi mesa? La chica me miró como diciendo: lo siento, él es así. Si, sí, el sería así pero yo también soy de esa manera. Ya he hablado de mis problemas con la testosterona y no tenía pareja que me calmase.
- ¿Oye, puedes quitar tu plato de mi mesa? – le dije al tarado.
- Luego…
Sorpresa. Incredulidad. Mirar un momento el empapelado dónde un muro de piedra pintado tenía inscripciones sobre Jerusalem y la palabra Peace bien visible. Sí, peace, peace mis cojones y con perdón de todos-as menos del imbécil que me dejaba su comida en la mesa.
Cogí el plato y como si fuese una tarta del cine cómico se lo estampé en la cara al colonizador de mesas ajenas. Ya se sabe. Es la historia de la humanidad. Un tío que quiere expandir sus dominios. Otro que está tranquilo en su casa y lo quieren echar unos colonizadores agresivos. Yo en este caso sólo defendía mi mesa. Pero ni la mediación diplomática de la camarera evitó que cayésemos al suelo enzarzados en un bochornoso toma y daca de hostias en estéreo. Menos mal que el rodillazo que le regalé entre las piernas lo dejó a un lado boqueando y como sin aire durante un rato. Fuera de combate por juego sucio. La guerra duró apenas dos minutos.
Su compañera pagó y lo sacó de allí mientras el gallito me seguía amenazando desde su frágil esqueleto y desde su más frágil mente.
La camarera me dijo que era un habitual del local y que solían tener muchos problemas con él. Pero lo decía como una anécdota sin demasiada importancia. Sería imaginación mía pero se la veía curtida en guerras peores.
Después me fui a ver una película francesa subtitulada con la Hupert. Lenta, con planos largos y silencios significativos, adormecedora.
Una película tranquila y pausada, mucho más de lo que nunca será mi vida.

17 junio 2010

Pendientes del facebook



Le teníamos en busca y captura por el Facebook. Mis amigos y yo le conocimos durante un par de años de nuestra adolescencia y después se fue. No dejó teléfonos de contacto ni direcciones. Sólo el recuerdo de esos dos años. El de su apartamento dónde íbamos a dormir los fines de semana cuando sus padres se iban a la costa. Los primeros pases de cine pornográfico que veíamos allí y las risas cuando su actriz preferida, esa de la que se había enamorado, le ponía celoso “actuando” en pantalla. Era diferente. Decía que le gustaba la música, la literatura y lo artístico en general. Y era cierto. Su vida era una Performance continua. Aquel día afeitándose a cuchilla y con espuma delante del espejo de la farmacia, ese otro invierno saliendo de la piscina y con el amplio pecho al aire (decía que no tenía frío pero su salud opinaba lo contrario porque se resfrió), aquellos bocadillos que me introducía en el buzón porque su llave, desgraciadamente para mí, lo abría, aquella obsesión por filmar una película, aquel cambiarse de nombre y llevar uno nuevo y artístico cada dos por tres…
Pasaron los años y no supimos nada más de él. Hasta hace poco. Uno de mis amigos coincidió con una familiar suya que le pasó su tarjeta artística. Era fotógrafo. Tenía Myspace, blog, Facebook, flicker… no le faltaba nada de lo que la red ofreciese. En uno de sus perfiles leí que aspiraba a filmar una película, que algún día lo haría. Era el de siempre pero con otro nombre. Se lo había vuelto a cambiar.
Le enviamos invitaciones por Facebook el Domingo. Seguimos sin saber de él. Mis otros amigos apuestan por el pesimismo y dicen que si no ha querido contactar antes, tampoco hay motivos para que lo desee ahora.
Yo voy apostando cervezas a que responderá más tarde o más temprano. Soy el más optimista.
Más teniendo en cuenta que una de mis últimas discusiones fue por esos bocadillos que me introducía en el buzón y salí detrás de él con una navaja multiusos abierta.
Pero sigo creyendo en la amistad. Todos discutimos de vez en cuando con nuestros amigos y nos acabamos arreglando.
Cuatro días y el Facebook sigue silencioso salvo por las burlas de mis otros amigos:
- Ese tío pasa de nosotros. Estamos muertos para él. Y tú más, navajero de mierda.

13 junio 2010

Discusiones caseras y consecuencias


Vuelta a tomar posiciones. Como he vuelto a discutir con N. pierdo el comedor y ella la habitación con mi biblioteca y el ordenador. Asumimos nuestro lugar en la casa de un modo tácito y sin hablarlo. Yo acabo durmiendo en la habitación pequeña y ella en la de matrimonio. Esto tampoco se habló demasiado pero algunas palabras me hicieron sospechar que debía ser así: “Esta noche duermes en la habitación pequeña, subnormal”. Mi astucia me hizo adivinar lo que se esperaba de mí.
Mis sueños siguen siendo grandes y megalómanos a pesar de que la cama es estrecha.
La cocina y el servicio son neutrales. El recibidor es el trampolín a tanta tontería cuando la puerta de la calle es de ida con un billete de vuelta demorado por todo el día.
Me duele más perder la charla que el sexo. Sobre todo cuando me adapto fácilmente a cualquier vagina comprensiva pero no a cualquier conversadora. Para un rato de sudor, gemidos y esfuerzos me vale todo lo que lleve falda (y esté homologado como rigurosamente femenino y sin trampa ni cartón ni mucho menos una operación). Para el desayuno con tertulia en una cafetería la necesito a ella. Pero hay que esperar a tiempos mejores. O a ella se le pasa el enfado o a mí se me invierte la masculina tendencia de no expresar emociones con palabras (no expresarlas en vivo y en directo porque en diferido, por escrito y en blog se me va la fuerza por la tecla). El alto el fuego me hará recobrar ese comedor y algunos programas como “El intermedio” que veo por internet con Wifi a ráfagas, con inalámbrico de ese que te hace perder los nervios.
Menos mal que no me gusta el futbol. No soportaría ver la imagen congelada de mi equipo por culpa de la mala señal de mi operadora.
De momento solo tomo partido por la reconciliación con ella.
Ella que esta fuera y cocinándose algo ajena a lo que escribo sobre nosotros.

10 junio 2010

Política de toda la vida


Cada año me paseo por una España más pobre. Sólo espero el momento en que toda esta miseria se reconvierta en algo constructivo. Algo como la muchedumbre cogiendo a todos los gobernantes corruptos y obligarles, con un cuchillo a la altura de los huevos, a devolver lo robado. Porque todo se reduce a eso. Las arcas no se vacían tanto por las enormes colas de parados como por esa lacra social que siempre ha estado ahí, los políticos chorizos.
No hay otros motivos para practicar la política. Sólo robar. Porque no tiene nada de atractivo ir con corbata cada día, levantarse pronto para trabajar, asistir a reuniones de bostezos y somnolencia sobre temas públicos y ajenos a tus intereses (el político está demasiado lejos de sentir empatía por una persona que depende de una nómina para llegar a fin de mes, es como gobernar un ejército de alienígenas), buscar las palabras más agradables para explicar a la plebe una subida de impuestos… Ser político es un asco. Por eso conocemos a tantos que han robado a lo grande (el dinero es goloso) y desconocemos a la mayoría que roba en pequeño, con discreción. Apenas existe el que se conforma con lo que tiene. Y en su cofradía debe ser el tonto del grupo, ese del que todos se ríen y el que obliga a dar codazos a los compañeros y sonrisas por lo bajo a su paso.
No nos dan ejemplo. No nos enseñan que robar es malo. Defraudar a hacienda es como un reto espartano, no es malo hacerlo sino que te pillen. Por eso cuando entro en una gran superficie y veo que no hay espías cerca y alguien arranca las etiquetas de los libros para que no los detecte el arco magnético no lo delato. El telediario nos muestra a diario que robar es una virtud de los inteligentes, de los más aptos.
En la Revolución Francesa se atacaba a un rey y su nobleza.
Hoy el enemigo es mayor.
Ni todos los ladrillos de las obras que ordenan hacer los ayuntamientos serían suficientes para la legión de cabezas de chorizos encorbatados que lapidaria.

06 junio 2010

El nuevo viejo nuevo viejo blog...


Me cuesta deshacerme de las cosas. Este blog es un ejemplo. Lo congelé para refugiarme en otro. Regresé para refugiarme del otro. Lo volví a congelar. Esa era mi historia como bloguero. Un enfrentamiento, una defensa, una huída por cansancio que no por miedo. Escribo sobre mí pero claro, yo interactuó con terceras personas, personas que se ven reflejadas del modo en que no quieren verse reflejadas aquí, del modo más sincero posible que conozco. Aunque no escribo para ellas, ni pongo sus nombres, ni es este un foro multitudinario dónde entren más de cuatro gatos (o gatas).
Podría hacer una relación más minuciosa y extensa que mi blog sobre los problemas que eso me dio. Pero no podía dejar de escribir. Sólo quería sacudirme el problema de ciertos lectores non gratos. Me refiero a gente relacionada conmigo que entraba a ver lo que me ocurría pero no a leerme. Esos que a la que leían algo que les disgustaba o malinterpretaban (suelen ser los más airados los que menos tenían que sentirse así porque sólo mostraba unos hechos fríos, luego si han hecho tal cosa… ¿Por qué enfadarse si sólo la anoto objetivamente? ¿Se avergüenzan de sí mismos?) encendían sus antorchas y venían buscándome. Y me encontraban. Normalmente con mi propia antorcha encendida para quemarlos a ellos.
Pero las guerras agotan. Y las victorias en esos actos bélicos suelen ser tan pequeñas y estériles que el otro día, charlando con otro adicto a los blogs cuyos problemas narré en el post anterior, hablamos de hacer un blog nuevo, de cambiar de aires. O de sitio en la red.
Pero había algo que me hacía resistirme a dejar lo escrito. Un blog de años. A ratos el diario de mi vida, a ratos el diario de los problemas que yo me creaba, a ratos el de mis ideas más o menos filosóficas y hasta el inventario de mis ignorancias que de esas también las hay y puedo admitirlas. Un blog que era como las viejas cartas de amor o las fotografías en el cajón, algo íntimo y querido.
Y del modo más sencillo se me ocurrió que podía seguir con lo mío sin abandonarlo del todo. A veces descubres que un problema aparentemente complicado tiene una solución sencilla.
Cambié la dirección del blog y luego el nombre. Me fui al buscador de Google y descubrí que escribiendo el nombre de mi nuevo blog ya no salía en la primera página. Lástima. Me permitía ver qué post mío se había leído recientemente. Pero era orgullo mal entendido. Yo ya había conseguido lo que quería. Me había zafado de los que tenían mi dirección anterior o me buscaban por el nombre del blog.
Ahora me toca un tiempo sin molestias. A escribir lo que quiera. Si escribes sin pensar en los demás (o en el garrotazo que los demás te guardan para cuando termines de escribir) sueles escribir mejor. Lo dije muchas veces. No tengo nada contra los seguidores virtuales que no me juzgan por lo que cuento sino por cómo lo cuento. Sé que no soy un dechado de virtudes y a veces mi ética entra en claro conflicto con la corrección política.
Pero necesito escribir lo que me dé la gana.
A ver a cuantas blasfemias llego en esta nueva encarnación.