30 agosto 2010

Un mensaje en el móvil me moviliza


Esperaba que acabase el calor. Llevaba días irritado contra el sol. Una rabia bastante estéril. El sol no tiene intenciones. Estaba sentado y de fiesta mirando un episodio de “House” y con el pantaloncillo del pijama como único vestuario, cuando sentí que el móvil vibraba suavemente sobre la mesa del comedor. Antes de que alcanzase el borde y se rompiese contra el suelo (para lo que lo uso…) lo agarré con rabia y esperando algún tipo de publicidad en forma de mensaje. Pero no. No era eso. Sólo unas frases. Primero las leí y luego les busqué un nombre. Así que durante unos segundos: “¿Quieres que quedemos?” fueron una pregunta que no supe responder más que con un “depende”. Sólo quedo con buenos amigos y algunas mujeres. Si se presenta el caso. Y el caso apenas se presenta.
Pero el mensaje no tenía nombre. La referencia era un número que no tenía en la agenda del móvil. Le envié la lógica respuesta. “¿Quién eres?”. Me respondió. “Perdona, soy S., semana pasada…” No tuve que pensar demasiado. He ido reduciendo el círculo social. Antes era un circo en todos los sentidos. Ahora tiene el tamaño de una canica. S. era la chica que seis días antes había estado follando conmigo en las escaleras de su casa. La que luego no me dejó pasar de la alfombrilla del “Bienvenidos” de su puerta porque dentro estaban sus padres dormidos (o no, depende del grado de atención que le pusieran a los orgasmos de la hija). Sí, sólo podía ser ella. Así que me lo tomé todo tal y como me lo dictó mi madurez. Di un salto de alegría, me golpeé la rodilla contra la silla y pensé en no dar una respuesta tan rápida como desesperada. Pero si estás desesperado actúas como un desesperado. Le respondí en unos segundos “claro, no tengo nada que hacer ¿A qué hora?”. Ella me dio o se dio cuatro horas de margen.
Salí corriendo hasta la ducha. Si llegaba a la cita sudando que fuese sudor nuevo.
Me preparé. Me volví a desesperar cuando mi ropa preferida estaba en la lavadora. Busqué mi fragancia preferida de Ralph Lauren, un regalo caro que hago durar porque esa en especial ha dejado de hacerse aunque la firma siga, me olvidé del final del episodio de House (y ojo que soy tan fan que dejaría la heterosexualidad por Hugh Laurie, el actor principal), me miré delante del espejo sin llegar nunca a un acuerdo conmigo mismo…
Antes de salir a la calle recordé mis habituales monólogos de bar con los amigotes o las amiguitas o alguna ex, o los apreciados amigos virtuales:
-          No tiene sentido estar con una persona sólo para follar. El sexo es más corto que la vida. Está sobrevalorado. Unos cuantos orgasmos y luego… ¿Qué? ¿Aburrirte de cafetería en cafetería? ¿Hablar de nada con alguien que te inspira lo mismo? Es absurdo. Yo si estoy con alguien es por algo más que porque tenga un buen par de tetas o un culo.
Mientras salía y pensaba en mi monólogo interior pensé que me estaba arreglando mucho. Que se me veía muy ilusionado. Que algo no cuadraba con mi filosofía.
Durante aquella noche y la charla anterior a los dos polvos y la posterior no hubo un sólo segundo dónde no pensase que aquella chica, borracha o no, no tenía nada que ver conmigo. Me arriesgaría a decir que incluso pensé que era del todo imbécil.
Pero no tanto como yo saliendo a buscarla igual que si fuese al encuentro de Monica Belucci.          

24 agosto 2010

Dos sobre tres

Me preguntó qué leía en la parada del autobús. En una mano llevaba una bolsa con libros de una amiga y en la otra Borges. Me quedé parado. No la conocía pero no estaba mal. El cabello ondulado y castaño parecía acaparar todo el humo de los incendios de este verano (pero sólo era el de los cigarros). Por cómo articulaba también estaba borracha. Yo no podía decirle que leía lo que leía porque a ella no le importaba. Eso era evidente. Le dije que algo sobre fantasía. Ella se rió. Luego llegó el autobús. Había mucha gente. Estábamos de pie. Yo me apoyaba en la barra. Ella dejaba caer su espalda sobre la mía. Me convirtió en una especie de colchón vertical. Yo seguía con mi libro pero ya no leía nada. Sólo interpretaba a uno que lee. ¿Te molesto? Me preguntó. La miré mejor. Le dije que no pero mentí un poco. Me incomodaba.
El maquillaje corrido le hacía más negros los ojos en las comisuras. Había llorado en algún momento de la noche. O en todos. Tenía los ojos hinchados por un dolor superior al de las hostias. Así que cuando me preguntó si la acompañaba a casa que estaba a diez minutos de casa y le daba miedo no le dije lo que pensaba: debería darte el mismo miedo que te acompañe un extraño. Pero claro, un extraño con libros debe parecer menos amenazador.
Caminamos hasta su barrio. Mucho mejor que el mío. De lo mejor de Barcelona. Qué confirmación de que ser pijo no te da la felicidad. Ella habló incoherencias y yo la escuché haciéndole creer que la entendía. Sólo entendí que su edad eran 26.
El portal de su casa estaba abierto. Llegamos hasta su escalera en el primero. Allí me pidió un momento más. El que le costó no encontrar las llaves de casa. Le pregunté si vivía con sus padres o alguien. Me dijo que sus padres estaban en un apartamento en la playa. Me dijo que la acompañase un poco más y que cuando se le pasase el mareo ya llamaría a alguien que le podía dar las llaves. Así que hablamos. Me volvió a preguntar por el libro y volví a no responderle. Comenzó a fumar y me contó una historia sobre un hombre malvado. Creo que era el responsable del desastre en su maquillaje y hasta el de su borrachera. Al cabo de un buen rato, cerca del amanecer y cuando me hablaba de otra tontería se paró en seco, me miró, dijo algo así como “que  se joda” y se me tiró encima y me dejó más catatónico que en la parada del autobús. Sentí su lengua mezclada con alcohol jugando con la mía. “Eso, que se joda”, pensé yo que seré tonto pero no tanto y que sí, esta chica sí que me gustaba. Lo curioso es que en los últimos tiempos no consigo que si hago algo con una mujer no esté borracho uno de los dos. Pero mejor ella. Cuando le toqué con el dedo corazón entre las piernas descubrí con sorpresa que su flujo era más rápido que mis erecciones.
Como no la conocía y todos tenemos un pasado y el suyo no lo conocía y el mío se me está olvidando busqué un condón en la cartera. Entré con las mismas ganas con que ella me esperaba. El sexo es coquetería. Crece el deseo cuando ves que el otro te desea. Y ella parecía desearme. Aunque fuese un deseo etílico. Ella se fue primero y luego llegué yo. Acabamos sudados pero felices. Tanto que no tardó en llegar la segunda parte. No era la primera vez que lo hacía en los escalones de un rellano. El que se me clavaba en los riñones me ha dejado más huellas que sus uñas. Pero casi no lo sentía. El mundo dejó de ser un rellano para transformase en unos rizos castaños ahumados y una boca alcohólica.
Mientras esperábamos el tercero vi que nos habían observado. Una cucaracha que no entendía de barrios pobres o ricos. Mi mayor fobia. Mi compañera comenzó a gritar. Yo me quedé petrificado. No hubo tercera parte pero yo esa noche sólo esperaba tumbarme en la habitación de casa y recordar la agradable cena que había tenido con una amiga. Puede que leer. No estaba como para quejarme a la vida cuando por esta vez me había dado más de lo que le había pedido.
Mi compañera “encontró” las llaves y me dijo que me fuera en silencio(cuando era ella la que había gritado antes), que podía despertar a sus padres. No importa, le dije. Para según qué cosas no importa que me mientan.    

17 agosto 2010

Sin el roce también se hace el cariño


Por fin cumplo una promesa y ceno con mi amiga sin derecho a roce. Es en su casa. Música suave, un plato que mezcla la verdura y el arroz y que apenas necesita sal para estar delicioso. No le pregunto cómo lo ha hecho porque sé que nunca lo conseguiré.
Nos ponemos al día con nuestras vidas respectivas aunque solemos hacerlo por mail o teléfono. Ella sigue sin asimilar una ruptura reciente. Dice que no le importa pero cuando critica a su ex sé que le importa muchísimo. Luego se arrepiente. Pide perdón. No suele hablar mal de nadie. Ni siquiera de los que le hacen daño. Y como habla de su ex le cuesta mantener su buen ánimo así que me pregunta por la mía. Por qué la dejé. Que es absurdo dejar a alguien y no saber por qué (alguien me lo dijo ya en este mismo blog). Como nunca me obliga a confesar nada, se lo acabo diciendo todo. No sé si tengo una amiga o una psicóloga.
-          Porque me mentía siempre. Mentiras pequeñas para no enfadarme, mentiras medianas para que no pensase mal de ella y mentiras enormes para vengarse de mi supuesta falta de atención. Todavía me miente aunque ya no estoy con ella. Me llegan ecos y ato cabos y sigo encontrando que todo en ella era mentira menos que me quería.
-          ¿Y cómo sabes que eso no era también mentira?
-          Siempre estaba ahí. Sus mentiras eran por pasión (aunque no siempre) y lo único que me solía pedir es que estuviera con ella. Recuerdo que una vez no tenía preservativos así que dejé mi orgasmo en sus manos. Cuando “desperté” del placer y abrí los ojos la descubrí mirándome a los ojos con un amor… Me dijo que le gustaba mirarme cuando me corría.
-          Magnífica y romántica anécdota. Me hubiese gustado más si no estuviésemos cenando. Pero sí, la falta de confianza es lo peor.
Nos seguimos riendo un rato más. Nos conocemos desde siempre. Por eso nunca hemos ido a más. Pero me gusta hablar o quedar con ella porque me relaja y hace que me olvide de cualquier odio. Y porque se lo puedo contar todo en confianza. Por más que no le doy la dirección del blog. La anécdota del pasado post se la explicaré de aquí a un par de meses, cuando me avergüence menos. La anécdota que tuve al salir de su casa se la cuento al día siguiente por teléfono y muy emocionado. Prefiero ir a mi ritmo. Ya he comentado mil veces que este blog no es para mis conocidos. Se han ganado a pulso que no les fíe mis frases.
Mi amiga me pide que me quede a dormir en su casa, en una cama pequeña que tiene. Me la vende como muy cómoda pero no me gustan los lechos ajenos. Especialmente cuando sólo son para dormir. Y además, no es bueno prestar una cama a un macho en celo. Te puede ensuciar las sábanas.
Me llena una bolsa de libros japoneses que me recomienda por más que yo llevo el mío de Borges. Le haré caso y los leeré pero primero le cito algo sobre el libro de los seres imaginarios de Borges que estoy leyendo: “Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben.”
Estas leyendas son muy machistas. Aunque sea mujer, siempre he sentido que mi amiga es una Lamed Wufnik. No sé si hay un Dios que evita aniquilarnos gracias a esa mujer. Pero sí sé que el mundo funciona mejor con gente que te transmite tan buenas vibraciones como ella.     

10 agosto 2010

Una fiesta por obligación es peor que trabajar


Durante el último mes mi cuerpo ha cargado con más fiestas que en los últimos cuatro años. No en el sentido de “rito social para marcar un acontecimiento especial” sino en el que le daba Casanova: “dónde todos los integrantes estén de fiesta (sin marcar una ocasión especial), es fiesta”.
La otra noche dejé de pasar calor en la calle para pasar CALOR en una sala dónde me arrastraron con trucos y mentiras de todo tipo unos que dicen ser mis amigos de siempre.   
Como pez fuera del agua y “ahumado” por el tabaco de las docenas de noctámbulos que me rodeaban me dediqué a beber tequilas en la barra. Llevaba algunas cervezas de las que vendían unos pakistaníes muy simpáticos por la zona. También otras bebidas que había tomado en la cena. Pero el tequila era la horma del zapato que me faltaba. Cada vez que ingería la bebida en vaso enano hacía caras, me miraba en el espejo que había detrás de la barra. Entre dos botellas de JB que había en la estantería con el espejo detrás, veía mi rostro contraído por el esfuerzo de ingerir esa bebida tan fuerte. No me encontraba mucho más atractivo que el Golum del señor de los anillos así que dejé de beber tequila y cesaron esos gestos de asco que me afean tanto.
Luego perdí un poco el control de la nave. Apenas recuerdo como en fotogramas de una película con cortes y autocensura los pasos que me llevaron a caer en los brazos de una mujer de unos cuarenta en estado ruinoso. No era por los años que llevaba encima, hoy en día la cuarentena todavía es juventud. Era por la mala vida que debía llevar detrás. También recuerdo como si lo hubiese soñado, la risa de alguno de esos que dicen ser mis amigos y a otro de ellos con una señora que debía pesar más que él y yo juntos. El que se reía se pasó toda la noche riendo y bebiendo así que tampoco le envidio mucho. Beber y reír puede ser divertido pero si estás solo pierde mucho.
Recuerdo mejor que salí de aquella sala y sobre todo de aquellos brazos y de aquella boca y aquella lengua que no me sabían mejor que el tequila. Que el aire de fuera no era tan cálido como lo recordaba y la brisa mezclada con los efluvios de las alcantarillas fluyendo bajo mis pies me llegaron hasta la nariz y casi me hacen vomitar. Pero conseguí embridar el estómago. Los vómitos para mañana, cuando el cuerpo me recordase lo mal que me sienta mezclar seis tipos de alcohol diferentes (aunque sólo os he citado dos por resumir).
Mi amigo, el de la señora gorda, salió para ver si me pasaba algo. Creo que dijo algo así como “si tu no le cuentas a nadie con quién me he ido yo, yo no contaré a nadie con quién te has ido tú”. “¿Y a mí que me importa?”, pensé. Nos hemos unido fugazmente con dos personas tan tristes como nosotros, nadie que sea realmente feliz podría divertirse en un agujero tan sucio como ese en el que habíamos entrado.
Mi amigo se fue con la excusa de que tenía que ir un momento al coche a tomarse una rayita para “funcionar”. En fin. Si le buscas estimulantes al cuerpo para disfrutar es que te lo estás pasando realmente mal. Una carne que basa su sabor en la salsa es una mala carne. Pensé que tengo amigos o tipos que dicen ser mis amigos que se toman la diversión como una obligación, que la buscan dónde les dicen que será fácil encontrarla, que luego no la encuentran y se engañan con alcohol y drogas para alterar la realidad… También pensé que al día siguiente aceptaría la invitación de cena con mi amiga sin derecho a roce. A lo mejor no prometía emociones fuertes ni experiencias nuevas pero es que tampoco las necesito. No de este tipo. No conseguí sexo (la joya de la corona para el macho hetero u homo) y el premio de consolación, unos besos que no quería, se me aparecieron esa noche en una pesadilla.
Me regresó una arcada. No estoy seguro de que me la produjera el alcohol.