25 octubre 2010

IKEA, por hacer algo

Mi amigo había cogido la baja por depresión. El trabajo había superado su nivel de estrés. Era el tipo de historia con la que me podía identificar. De hecho, estuve tentado de volver a pedirle el tipo de pastillas que le recetaban. Luego recordé mi auto-promesa de no regresar a la química. No de un modo continuado.
Noté que mi sentido del humor le resbalaba más de lo habitual. El humor negro no hace tanta gracia cuando te levantas con el pie izquierdo. Se vengó, eso sí, muy bien. Me pidió que le acompañase a IKEA. Allí estaría en su terreno. Es el tipo de lugares que me deprimen a mí.
Le comenté algo sobre Camus y sus teorías sobre el suicidio y se volvió a vengar corrigiéndome la pronunciación (ya sé que se pronuncia algo así como Camí). El suicida no odia la vida, odia el modo en que lleva la suya. M. se quejó de que alguien que tuviera un Nobel resultase tan obvio.
Le comenté que las pastillas no solucionan la vida. Lo soluciona que la realidad cambie a un nivel cuántico. Que el mundo se altere y todo suceda como quieres que suceda. Que puedas estar en más de un sitio a la vez o en el que te dé la gana y te saltes el causa-efecto y que si puteas a tu jefe, él necesariamente no tenga por qué putearte a ti y no digamos tu pareja… En fin, le propuse llevar la vida de los electrones. Un mundo en el que todo sucede como a ti te da la gana es un mundo sin necesidad de pastillas. Pero más allá de mi imaginación y de mis momentos etílicos… eso no es posible. En cualquier caso lo de las pastillas es cierto. La depresión sólo es una reacción razonable a una putada de la realidad. La química sólo está para aturdirte, para engañarte un poco a ti mismo, para vivir el mundo feliz de Huxley.
Mientras el ambiente de IKEA vencía mis últimos restos de optimismo pensé en mi amigo y en mí. La misma generación. Contemporáneos del desánimo. Autocomplacientes y engreídos. Orgullosos de su cultura y de su intelecto. Irónicos. Convencidos de la estupidez habitual y reinante. Complejos, muy complejos.
Recordé que en el tercer mundo, en las sociedades primitivas, en el pasado… la depresión apenas existía.
La gente que vive en guerra o tiene que trabajar duramente por ganársela no tiene tiempo para esos ataques de lo que antes se llamaba nostalgia. ¿Depresión en otras épocas? Sólo por parte de los reyes y nobles, de los más ociosos, claro, los que tenían las necesidades cubiertas. Felipe V y su hijo, atacados de lo que antes se llamaba “nostalgia” sólo se aliviaban un poco con el canto del castrati Farinelli. Estos dos lo tenían todo hecho. Nosotros, mi amigo y yo nos aliviamos con las series, películas y libros que de pequeños no podíamos tener. El hecho de piratear con facilidad por internet nos ha conseguido todos los sueños de ocio que teníamos en la infancia y ahora que los tenemos… ¿Qué? Ni un ápice más felices que cuando éramos críos.
Estoy seguro de que si tuviéramos todas las mujeres o el dinero del mundo no nos dudaría mucho la alegría. Siempre acabo intuyendo que la felicidad esta en otro sitio que no piso yo. En el lugar de la gente que desprecio por imbécil con sus religiones inverosímiles, sus supersticiones no menos estúpidas, su cortedad de miras…
¿Son los organismos básicos más perfectos o aptos para la supervivencia?
Allí estábamos mi amigo y yo. Altamente complejos. Con una infelicidad de lo más retorcida.
La próxima vez que me lleve a IKEA le ahorro el suicidio.      

18 octubre 2010

A veces estoy mejor callado (mejor me dedico a escribir)

Terminé de hacer las paces con una amiga. Últimamente me muevo entre la guerra de exterminio y el armisticio. Nada de puntos medios. El equilibrio es algo que perdí sin haber aprendido todavía a usarlo.
Aprovechando el leve momento de calma me fui a pasar una tarde a casa de una amiga. Me pidió que necesitaba un hombre esa tarde pero no por placer sino por defensa. Su exnovio amenazaba con regresar a casa a por unas cosas y era un tío bastante violento. Bien. Más de dos horas de tranquilidad es demasiado para mí.
Aproveché para devolverle unos libros japoneses que me dejó este verano pasado. Los de Banana Yoshimoto, a pesar del nombre, no estaban mal. Una escritora que hace historias entretenidas sobre casi nada. Minimalismo japonés del bueno. No toda esa narrativa nipona empieza y acaba en Haruki Murakami (también está Ryu Murakami). En fin. Repasada y aprendida la historia del Japón ya estoy con mis lecturas propias atrasadas.     
Mientras veíamos un programa dónde una señora denunciaba a su suegra por permitir una impura transfusión de sangre a su hijo, Testigo de Jehová, yo tuve que abrir la bocaza y opinar. Sé que mi amiga se considera creyente y que por eso no hablamos de religión. Nuestras ideas en ese terreno son como el día y la noche. Pero tuve que decir que me parecía terrible que una señora acuse a la abuela de su hijo por salvarle la vida y que le importe más la religión que cualquier cosa. Ella respondió que no todas las religiones son iguales. Yo dije que sí, que todas son iguales y que la diferencia entre secta y religión es ninguna, sólo cuestión de popularidad. Ella dijo que no tener nada en lo que creer es triste. Yo le respondí que creer en algo por miedo tampoco es muy alegre. Ella respondió que la religión hace más espirituales a las personas. Yo respondí que en televisión veíamos el ejemplo de que hacía más fanáticas a las personas (la congregación rechazaba al niño por tener sangre impura). Ella volvió con que todas no eran iguales. Yo le dije que los ateos somos más multidisciplinares, más flexibles, que los que creen sólo en su Dios son más cerrados y cada vez menos tolerantes. Ella me preguntó si yo la consideraba así. Yo le dije que no, que a ella no, pero que no era lo común. Ella dijo que entonces me callase. Yo le dije que esa no es una respuesta, “que te calles” sólo puede ser una buena respuesta si eres el Rey de España y aún así da un poco de vergüenza como argumento. Ella dijo que se estaba mosqueando. Yo le dije que el gerundio era incorrecto porque ya estaba mosqueada. Ella me mandó a la mierda. Yo le dije que “qué espiritual” con retintín. Ella me dijo que si creyera en Dios me iría mejor en la vida, que ella tenía muchas cosas que agradecerle. Yo le dije que me hace gracia la gente a la que violan, torturan, y casi matan pero luego sobreviven más o menos hechos polvo y le agradecen a su Dios que les haya salvado (pero se olvidan que su Dios también los puteó primero, ¿por qué no les ayudó antes?). Ella dijo que a ella no la habían violado ni torturado. Yo estuve a punto de hablarle sobre su exnovio, la peor putada que le ha gastado su divinidad, un tipo que sería en palabras del poeta Vallejo “como el odio de Dios”… pero me muerdo la lengua y me callo. Ella también se queda callada. Son unos momentos de verdadera tensión. Las guerras de religión son una plaga desde que el mundo es mundo. Yo ni siquiera pretendo que ella cambie. El problema es que ella sí quiere que cambie yo. Y eso no puede ser.
En las películas de Hitchcock un pequeño detalle cotidiano convierte la vida de un hombre o mujer en un infierno. En la vida real puede ser hasta un estúpido programa de televisión. O no saber callarse a tiempo.            

10 octubre 2010

Prensa y etiquetas

Vuelvo a remover la prensa de distintas ideologías. Hasta dónde me llega la memoria siempre barren para casa. No hay concesiones al contrario. La información no debería ser parcial pero siempre lo es. Está escrita por sujetos luego eso la vuelve subjetiva. El problema es el grado de subjetivismo.
Nunca he pasado por un régimen dictatorial que pueda recordar aunque mi país, como el de cualquiera, lo haya tenido. Es por eso que desde que tengo uso de razón (no demasiado tiempo ya que sólo la uso en las grandes ocasiones) la prensa de mi país es “libre”.  Y esa es la primera etiqueta con la que tropiezo. ¿Libre? Si trabajas para un periódico de izquierda nunca hablarás bien de la derecha. Tampoco de los anunciantes que te patrocinan. Si trabajas para uno de la derecha no aceptarás como válida ninguna opinión de la izquierda y cuidarás también a tus empresas anunciantes. Eso no me parece muy libre que digamos. Pero es que la misma etiqueta ya es una prisión en sí. Con la política pasa como con la religión, que cada uno la entiende como puede o como quiere. He visto gente con ideas francamente comunistas y viceversa apoyando un partido derechista, pura desinformación. En los pocos debates que tengo con conocidos se me ha acusado de toda la gama de ideologías posibles que hay entre la ultraderecha y la ultra izquierdista. Yo personalmente no me pienso alinear en ninguno de esos equipos, ni siquiera en los más centrales. Al final todo se reduce a meterte en un grupo y adoptar como propias las ideas de otros. No me da la gana. Si vas por libre te quedas con lo que te gusta de aquí y de allí. Y además, he descubierto que cuando apoyas a un partido apenas escuchas lo que dice el otro y si al otro se le escapa como por casualidad algo inteligente te lo vas a perder. Sólo porque tu credo o idea o política o vete tú a saber qué hermetismo nacido de todo ese etiquetaje te hace ver una parte del mundo pero te prohíbe la otra.
Y que conste que todo esto no es a favor del cambio de chaqueta, es diferente. Yo tengo mi coherencia a nivel interno. Es sólo que las ideologías grupales dan pena cuando no dan rabia o asco. El otro día me indigné viendo cómo a Vargas Llosa se lo quieren apropiar todos desde que le dieron el Nobel. Los de derecha subrayan algún artículo que dicen haber leído, los de centro izquierda que es un triunfo de las letras ¿españolas? por haberse nacionalizado de aquí, los peruanos que son los que más derecho podrían tener a decir algo al respecto apenas salen hablando tímidamente por las noticias de la prensa española. Y qué bueno cuando los escritores dicen que el triunfo es de Mario y de nadie más. Él hace grande a su país y a su continente y no al contrario. Amén por eso último. Se puede ser individualista sin ser excesivamente egoísta. Es que si te alinean a un lado u otro serás el malo o el bueno por motivos que ni siquiera podrás controlar.
Con todo esto digo que ya no creo en la prensa. Incluso en las dictaduras había más criterio para leerla (por lo menos sabías contra quién luchabas, imagino). Ahora, con la posibilidad de leer lo que quieres se te puede pasar por alto que tu periódico preferido no es infalible y que su información debería ser criticada tanto o más que la contraria (es más fácil que te engañen tus amigos a que te engañen tus enemigos).
Así que me levanto, leo la prensa de mi país sin pensar mucho en su ideología. Luego me voy a leer titulares de cualquier lugar del mundo sobre el tema que me interese y si no entiendo su lengua la traduzco con Google (y trato de montar el puzle de traducción que consigo).  Finalmente pienso analíticamente sobre toda esa variedad de enfoques.  
Al final no tengo la verdad absoluta. Pero sé que estoy dos peldaños por encima de los que la buscan desde la exclusividad de una ideología o una etiqueta.
Razón tenía el poeta que dijo que “el mundo es ancho y ajeno”.

08 octubre 2010

Día de la convivencia

Cuando sale, el hijo del vecino le dice que no vuelva a pulsar el timbre de casa de sus padres hasta quemarlo. Que no le dé martillazos a su puerta. Que no le llame hijo de puta porque ellos no son los que hacen ruido. Él mira al otro y le dice algo así como que no le importan sus peticiones, que si su padre le molesta, él seguirá molestando a su padre. Luego sale de la portería dejando una última imagen para el hijo de su vecino, el dedo corazón muy erguido entre su puñado de dedos replegados. Le añade un “¡Que te jodan!” por si aquel no se da por enterado.
La calle frente a su edificio está sucia. Los perros de los gitanos que hay cerca han vuelto a convertir en una alcantarilla ese lugar. También hay basuras varias de cuando se sientan allí y comienzan con sus fiestas de palmas y cante flamenco que él desprecia hasta los huesos. Se enfada. Se intenta llevar bien con sus vecinos gitanos pero ellos no parecen querer llevarse bien con él. Una gitana le quiere vender unos calcetines y él le dice que trabaje en vez de robar en fábricas. Ella le amenaza con traer a su familia a por él y él le dice que no vive en esa zona, que buscar un equipo de búsqueda es muy pesado, que serán horas de averiguar dónde vive y luego esperarle otras tantas horas más. Que lleva toda la vida riéndose de esas amenazas de gitanos de mierda. Lo hace para enfadar más a la otra y lo consigue pero este no es el payo tonto al que está acostumbrada. Este la mira y le grita como si quisiera pegarle. Y ella se aparta haciendo el gesto de locura universal, con el dedo índice girando a un centímetro de la sien.
Entra a comprar agua en el colmado pakistaní y el dependiente aceitunado se le acerca y le recrimina algo. Que las palomitas que le pidió están abandonadas en el estante mucho tiempo y que por qué no las ha comprado, que ya no viene tanto como venía antes. Debe irle mal el negocio. Él le aparta y le dice que no puede comer palomitas por un embudo, que las irá comprado a su ritmo. Y luego decide que otro día se las comprará a otro.
Otra vez en casa los vecinos de Santo Domingo le ponen su salsa y su reggaetón como si estuviesen de fiesta de fin de año. Él sale en calzoncillos de casa, como el increíble Hulk (su “animal” totémico) y les amenaza y les insulta y hasta casi poco le falta para pedirles los papeles que a juzgar por la prisa con que bajan la música tal vez no tengan.   
Finalmente se tranquiliza. Se va a su ordenador y chatea, escribe blogs o comenta en otros. Conoce a mucha gente que le cae bien y con la que le gustaría vivir. Él convive mejor en internet porque no convive. La vida de los otros está lejos y no hay que sufrir sus comportamientos. Es una vida fácil pero engañosamente agradable. Cuanto más solo está más enfermedades padece. Últimamente se resfría mucho. Pero él se ríe de las teorías que hablan de la necesidad de convivir que tenemos los seres humanos y de que eso es bueno hasta para nuestra salud física.
Y chateando con una chica, ella le llama cariñosamente como la gitana de los calcetines le insultó en otro tono esa misma tarde. Es una de sus preferidas. Con la que más habla… No es ella pero podría haberlo sido. Reflexiona. Mañana a lo mejor le compra un par de esos calcetines a la que conoce en persona. Pero sólo en caso de que él entienda algo de todo esto.    

04 octubre 2010

Vila matas, tu, yo y compañía

Apreciada tú:
El otro día pensaba quedarme en casa pero conseguiste hacerme sentir mal delante del ordenador. Dos de cada tres comentarios para moderar eran tuyos insultándome a mí o a los que comentaban este blog. Si alguna vez se me cuela un trol lo dejo pasar y le doy la bienvenida por eso de que la polémica alienta adhesiones pero tú no eres una trol. Tú insultas con conocimiento de causa y de individuo: yo. Te pido perdón por lo de imbécil. Ahora pienso que no eres imbécil (lo cual no significa que me hagas hecho pensar algo bueno de ti). Claro que esta vez no lo escribiré aquí.
Fui a ver la charla de Enrique Vila Matas en una biblioteca para mí desconocida, por la plaza Lesseps de Barcelona. No me apetecía coger el tren pero tu actitud me despertó las ganas de respirar un poco aunque fuera aire contaminado y me fui hacia allí. Un lugar que demuestra que una vida en una ciudad no hace que la conozcas por completo, pasa como con las personas. Me encontré allí con un lugar hecho por constructores que debían admirar a Picasso o Dalí, calles y carreteras de subida y bajada pero nunca un llano dónde relajarse. La biblioteca no era tan extraña. El único inconveniente que le vi es que el exceso de usuarios de todas las edades, razas y credos la hacían tan ruidosa como un zoco turco. Pero era enorme. Planta baja más dos pisos cargados de libros que podía sacar con mi carnet de la red de bibliotecas de Cataluña(y un auditorio en el sótano). Libros antiguos y modernos. Tuve un orgasmo intelectual y otro friki por los tebeos del segundo piso.
Mientras hacía tiempo para ver al escritor y leía sinopsis o miraba cubiertas de libros, me pareció ver que al lado de una estantería un cabello ondulado se ocultaba cuando moví mi cabeza en esa dirección. El corazón me dio un vuelco porque enseguida pensé en ti. Luego reflexioné que tus mensajes me habían vuelto paranoico. Bajé y me puse a la cola entre editores y agentes. Me senté de los primeros en el auditorio, cerca del escenario. Miré hacia la puerta y poco después de ver pasar escritores como Martinez de Pisón o el poeta Gimferrer te vi a ti, escritora reciente de panfletos insultantes contra mí. No estaba paranoico. O eso, o veo visiones, dime si me equivoco en el próximo insulto que me envíes por este blog, los leo todos antes de ignorarlos.
El escritor estuvo genial. Me gustó incluso más que leído. Y eso que dicen que es muy tímido. Tú me lo amargaste un poco, eso sí. De vez en cuando hacía como que me rascaba la oreja para disimular mis giros de cabeza y te veía a un lado de la sala junto a un señor con un bastón. Tal vez tu estrategia era quitárselo y golpearme en un descuido.
Cuando acabó la conferencia salí corriendo y empujé a dos o tres personas sin querer que me debieron tomar por un Hooligan de las bibliotecas. Subí al primer piso del local pensando que tú te irías, leí más sinopsis de libros… Te acabé viendo de espaldas como si buscases a alguien que podría ser yo (la biblioteca está más cerca de tu casa que de la mía pero te he hablado tanto de la ilusión que me hacía esta charla, de si me acompañarías a verla y del lugar dónde se haría que sospechar que tú no estabas allí por Vila Matas no es ser demasiado suspicaz, la verdad), desaproveché la oportunidad de tirarte por las escaleras ¿Ves como después de todo tengo buenos sentimientos? Subí corriendo hasta el segundo piso. Sé que no llevabas armas encima pero es que le tengo más miedo a las discusiones en público que a los navajazos. Todavía conservo un flamante y magnífico sentido del ridículo.
En fin, cuando me aseguré de que no estabas y comenzaron a echarnos de la biblioteca me fui por esa plaza torcida a oscuras (alguien programó mal la iluminación de las farolas) e imaginando un ataque que me podía llegar de cualquier sombra. Sólo se veían caras y cuerpos en el último momento que te sorprendían y alteraban los nervios.
Con todo esto quería decirte que te agradezco que sacudas la rutina de mi vida y me des material para el blog. El escritor que hay en mí te lo agradece. La persona normal que también reside a ratos en mí te dice que por favor, si quieres que charlemos como personas me envíes un mensaje racional y razonable y hablemos. Llámame convencional pero no me gusta que me sigan. Y aviso que cómo vuelvas a hacerlo no te llevaré a la conferencia de un escritor con sentido del humor. Hay una espantosa colección de arte moderno y entrada libre (espero que salida libre también) que me está llamando. Tú misma.       Atentamente
El receptor de tus insultos