30 noviembre 2010

Yo, ese garrulo instruido

Siempre sucede igual. Me hago promesas que incumplo en cuestión de días, a veces de horas, según cómo de minutos… Pero esta vez era diferente. He batido mi record particular de meses sin discutir o pelearme con nadie. Es decir, lo había batido. Ni siquiera con mis vecinos. Sin necesidad de leer las creencias religiosas de nadie o seguir al Dalai Lama cuya religión, a pesar de la buena prensa que tiene en este país es tan retrógrada y absurda como todas. Los Lamas tienen una organización por castas de lo más lamentable y si naces en la escala cucaracha pues… nada, así te quedas, cucaracha y hasta la próxima reencarnación. Nada de mejorar y usar el esfuerzo personal. Simplemente servir a los que están por encima de ti. Perfecto. Y luego que me hablen de la paz mundial. Así cualquiera está en paz. Si dices que sí con la cabeza y asumes servir a otros es normal que no te discutas nunca pero esa idea no me parece muy lúcida. Si estoy descontento lo demuestro. 
Yo uso la paz porque es necesario para mi tensión. Si quiero dormir necesito vivir tranquilo. Si quiero evitar que me lleven más veces a juicio también. Normalmente los juicios son a horas en las que yo todavía estoy durmiendo y es un gran inconveniente levantarse pronto para coger una cédula judicial o sencillamente para ponerte delante de unos jueces o juezas, rebuscar entre mis mejores caras de bueno y defenderte de alguna acusación. Creo en la paz por motivos personales y egoístas.     
Todo esto viene porque el Jueves estaba en el metro con una amiga que sólo me aporta paz y calma. Hablábamos de novelas. Yo he aparcado un momento la literatura japonesa y estoy ahora con los premios Goncourt franceses. También hablábamos sobre por qué la novela de zombis que escribo parece más realista que una sobre mi vida que he terminado y que no me convence nada. Bueno, mis habituales charlas sobre literatura y artes variadas mientras hacíamos tiempo para que me preparase uno de esos platos que me gustan tanto. Y no, no es que solo esté con ella por su cocina. Ella también me utiliza porque cada cierto tiempo aparece su ex a inventarse cosas que se ha dejado en su casa y le monta algún follón(no le pega pero le grita mucho sin razón ni motivos) y mira tú por dónde, el Jueves era el día contra la violencia de género. Así que hablábamos de temas trascendentales, sobre la posibilidad de que la civilización avance. Yo dije que sí, que el ser humano en algunos países ya no es el que era. Hay científicos que dicen que nos estamos volviendo más pacíficos y yo lo creo. No veo en Barcelona la misma violencia en las calles que cuando nos visitaban los vikingos o los piratas moriscos del mil después de Cristo. O hablando de Cristo, del ídem que se montó cuando Herodes ordenó la matanza de los inocentes. Le decía todas esas estupideces mientras no quitaba el ojo de tres adolescentes de entre dieciséis y diecisiete años que insultaban a todo el mundo (un señor mayor le dijo algo a uno porque fumaba en el vagón y allí empezó todo). No paraban de gritarle al señor y luego a una señora y luego uno de ellos, no me lo podía creer, le tiró la colilla a una niña de siete años porque sí… Así que una vez más me olvidé de mis promesas y de mis teorías y hasta que era el día contra la violencia de género (pero ninguno de ellos era mujer así que…) y me acerqué mientras mi amiga me intentaba coger del brazo y yo me la sacaba de encima todo el tiempo y cuando el primero, el más chulo, se me encaró le solté un bofetón con la mano abierta que lo tiró al suelo. El resto se quedaron impresionados pero aún querían algo. Me dio igual, yo ya funcionaba en modo toro con el capote delante. Cuando cogí al segundo del cuello me entendió y me entendieron. Fin de la diversión por cuenta ajena. Le grité con mi voz (muy grave, muy intimidadora cuando grito según quienes me conocen) que en la siguiente estación se bajaban. Todo eso lo hacía mientras intentaba averiguar dónde estaban esas  cámaras con las que luego acabas saliendo en un telediario de la sobremesa. Pero no pasó nada. Los chicos me hicieron caso y se bajaron en la siguiente estación tal y como les forcé a hacer (también me quedé con su cajetilla de tabaco por si alguien la quería en el vagón pero todos pasaron de mí, me miraban como si estuviera loco, ya he dicho que la violencia en nuestros días y nuestra sociedad intimida mucho).
Mi amiga me pegó bronca pero luego, mientras comíamos me dijo que si podía dormir en su casa el Sábado, que regresaba su ex. Le dije que sí pero que debía cambiar de ex. O por lo menos cambiar la cerradura de la puerta.
Aunque nadie me crea soy un ser humano pacífico. Muy de letras.

22 noviembre 2010

Lo que no se ve resulta más interesante

Cada vez que me reúno con mi amigo el cantante recuerdo aquello que decía Ana María Matute de “la infancia es más larga que la vida”. Nos reunimos para que le recomiende comics en la biblioteca, luego vamos a tomar algo y acabamos en algún lugar de nuestro pasado común. Sí, el presente también se explica, nos ponemos al día, él me publicita su grupo y me pregunta por las canciones de su último CD o si me gustó el concierto ese que hizo en Razzmatazz, conocidas salas de Barcelona. Pero cuando más nos reímos es regresando al pasado por más que ese recurso esté muy trillado. Nuestros recuerdos parecen ser como el MP3, no se rayan. Yo tengo ventaja sobre él porque llevaba diarios. Cuando no recuerdo algo lo leo escrito por ese que fui yo escribiendo sobre aquella experiencia apenas unas horas después de que pasara.
Mi amigo permanece invariable. Parece el personaje que retraté hace tiempo. Cuando recurría al arquetipo de buena persona en los diarios o en alguna novela le retrataba a él o a un sucedáneo suyo. Conozco alguien más así pero he tenido que rebuscar mucho entre la gente que conozco. Normalmente me gusta escoger a mis amigos y dejar que los enemigos me escojan a mí. Y suelo elegir amistades que vistas en una película de tan buenas parecerían tontas. Pero me consta que en la realidad no lo son. Y si les queda algo de ingenuidad el tiempo se la va quitando a tortas.
Mi amigo sigue enfrascado en su conversación, es sobre su música. Yo le critico positivamente el grupo. Me gusta la voz que le ha puesto a lo David Bowie y el tono oscuro de las guitarras a lo Interpol. En cuanto a las letras no las puedo juzgar porque están en inglés y así en seco y entre instrumentos se me escapan bastante. Mi preferida se llama “My vision” y trata, me cuenta, sobre lo que escondemos las personas. Entonces la conversación se anima. Me pregunta si no tengo la sensación de que todos escondemos algo. Bueno… le digo, si realmente escribiésemos lo más vergonzoso que se nos ocurre, sobre el alcantarillado de nuestra mente y sobre esas extrañas fantasías y deseos más perversos que afortunadamente solo se quedarán ahí… habría más de uno que iría a la cárcel. Sólo por escribirlo. De lo que mostramos al prójimo, incluso al más cercano, hasta lo que nos guardamos hay todo un mundo. En el sótano y bajo llave del subconsciente quedan toneladas de basura que debemos aceptar porque está ahí por algo pero no sé muy bien para qué.
Dice que le he explicado su letra y lo que quería decir mejor que él. ¿En serio? ¿Él también? Por supuesto, los personajes planos sólo salen en nuestros comics de superhéroes. Él también esconde. En palabras de Paul Valery “lo más profundo del hombre es la piel”. Más allá de la apariencia… sólo estamos nosotros engañándonos. O yo creyendo que existe alguien sin grises. Pero no importa. Para vivir en sociedad seguimos sus reglas y en condiciones normales no pasamos ciertos límites. Todo lo malo que ocurre en el pensamiento es como ver una película slasher como “La matanza de Texas” o tener una fantasía sexual pervertida: dice mucho sobre todo lo malo que hay en ti pero también te está sublimando ciertas tendencias, no trasciende del pensamiento. En Japón, país de personas educadas y con bajo nivel de delincuencia, el arte es agresivo (incluso sus dibujos animados lo son). En el arte se satisface el lado animal que hay en todo hombre-mujer.
Mi amigo tiene su música, cada vez más dura y agresiva. Yo mis letras y el gusto por películas que suelen prohibir al poco de salir.
Tomar café y charlar a mediodía y recordar esas viejas anécdotas es maravilloso. Él sigue siendo un gran tipo.
Mejor no seguir caminando más allá de las apariencias.

16 noviembre 2010

Aburrido

No era mi amigo pero se aburría y me llamó para salir. Yo le dije que sí aunque fue un error. Nos conocíamos poco y descubrimos que lo mejor hubiera sido no conocernos nunca. Para él la noche era tan larga que podía continuarla a pesar del día y del sol. Yo no cojo el sueño sin una mínima garantía de oscuridad. A él no le importaba dormir. Yo no me esfuerzo por ser simpático pero sí por ser antipático cuando me falta el sueño…
Eran las cinco de la mañana y estábamos llegando a un callejón sin salida. Yo quería ir a casa mientras él me recitaba su listado completo de locales “abiertos hasta el amanecer” y mucho después. Como yo no quería continuar hizo lo último que debió hacer, llamarme aguafiestas y sobre todo aburrido. ¿Aburrido? Recordé a los cuatro idiotas a los que nunca he querido ver más en mi vida que me han llamado aburrido sólo por no plegarme a sus necesidades.
Para empezar no soy un payaso de circo para ir distrayendo a la gente. Para continuar el que acusa a otro de aburrido entra en una paradoja. Si el que se aburre es él… ¿Por qué me llama a mí aburrido que me sé distraer sólo? Es como el que se pasa la vida diciendo de tal persona que es tacaña pero él no solo no te presta dinero por lo que también es tacaño sino que además te lo pide. Es la táctica del ladrón que dice que has robado tú para desviar la atención.
Pero era su noche. Su noche de alcohol y tabaco y sospechosas visitas continuas al baño que le dejaban las pupilas dilatadas, una noche dónde su ocurrencia más inteligente y divertida había sido indicarme que dejase la chaqueta en su coche y así me ahorraría la incomodidad del guardarropa. Todo lo demás, lo veo como en fogonazos, una larga retahíla de imágenes en las que aparece este conocido acercándose borracho a mujeres que lo miran sin verlo en el mejor de los casos o que si lo miran, lo miran como a una rata en el camino, de este conocido poniéndome la mano por encima del hombro (con las confianzas de un amigo veterano) empujarme hasta el siguiente local y decirme que allí va a ser todo increíble (y luego es todo bastante verosímil, nada increíble, no pasa nada que no se pueda esperar y en realidad no PASA NADA) y así toda la noche de bucle, digo de fiesta con ocasionales y bien puntuadas insinuaciones para que me vaya con él de putas y yo que no, que no haga trampa y que le dé una oportunidad a su físico que él también puede ligar (pero va tan borracho que no me lo creo ni yo, sólo intento evitar tener que esperarle en el coche mientras se desahoga en un local dónde no voy a entrar ni como acompañante ni van a dejar que lo haga). Imágenes para el olvido. Pero el aburrido soy yo. El aburrido que se entretenía con poco o casi nada hasta que llegó él para sacarlo de su casa(de la que no debió salir) para buscar una emoción fuera de la que carece por dentro.
No quiero dejarme convencer más por estas almas huecas, siempre lo digo y otras tantas veces me olvido que lo digo. Estoy acostumbrado a tratar con la psicología del aburrimiento infantil. Mi sobrina tiene seis años y mejor capacidad de convicción.  Este tipo no logra convencerme de que la diversión camina a su lado y no al mío.
 Le digo que el aburrimiento es mutuo, que después de las cinco de la mañana se me acaban las reservas de chistes de patio de colegio, que el sexo gratuito es mejor que el comprado y hombre, que no lo dé todo por perdido. Cuesta pero me deshago de él.
Antes de dormir cuento excusas para nunca volver a quedar con gente que te acusa de algo porque no eres como quieren ellos que seas. Me hago la dulce promesa de no estar a la altura de lo que piensen de mí. 
Es tan aburrido seguir el guión que te imponen los demás…

10 noviembre 2010

Ficciones reales

Leyendo un post en “Tunoeresinteresanteparamí” recordé algo. Sobre pornografía impresa.
Debía tener doce o trece años cuando descubrí a Helga en un solar. Estaba algo manchada y deteriorada entre las páginas de aquella revista pero el poster a doble página la mostraba abierta de piernas hacia mí(seguro que pensé que sólo era para mis ojos como la película de James Bond), con los dedos como uve invertida abriendo sus labios mayores y mostrando el primer sexo femenino que vi (sin contar el de salida), con los pezones duros, probablemente alimentada su erección pectoral con hielo. Rubia y con ojos de gata del este. Nada que perdurase en mi ideal de mujer posterior. Imagino que cualquier otra en su lugar y haciendo algo similar me hubiese impresionado del mismo modo. Sólo la retengo en el recuerdo porque fue la primera, la que no se olvida(como si me olvidase de alguna, como si fuesen tantas como para permitirme perder la memoria). Helga no era virgen ni a nivel de personaje ficticio de revista. Acumulaba mugre antigua de otras manos, las del que la debió arrojar a ese solar para buscarse otras amantes compradas en el quiosco. Hoy en día no me acercaría a una revista así ni con máscara de gas pero en esos tiempos me la llevé a casa. La tuve por allí sin que lo supieran mis padres como una semana, el valor no me hizo conservarla más y sólo porque los comics de superhéroes me la defendían de miradas ajenas. Pero era un amor que no podía ser. Sabía que más tarde o más temprano mi madre no aceptaría ese rollito que me había encontrado en la calle. Si a duras penas aceptaba que acumulase Batman o Spiderman mucho menos iba a dejarme con Helga, una mujer sin apellido y con el nombre inventado.
La devolví a su solar y traté de esconderla bajo unas piedras. Allí teníamos mis amigos y yo una chabola construida a medias con la carrocería de un tractor y unas maderas. Era nuestra casa del árbol entre escombros y sin vegetación, ni siquiera árbol.
Un día llegó una especie de gorila gordo, un chico dos o tres años mayor que nosotros que nos echó del lugar porque sí, porque era gordo y porque los fuertes sin cerebro deben demostrar que poseen algo aunque solo sea fuerza. De lejos le grité algo así como “gordo de mierda, eres un hijo de puta” pero esa cobardía tardía tuvo un castigo como Bonus por actuar sin mucha heroicidad: al día siguiente Helga ya no estaba. En fin. Aquel amor de una semana fue muy real. A veces pienso en la intensidad de ciertas emociones en ciertas épocas de la vida.
Cuando dicen que el Marqués de Sade fue más salvaje en su mente que en su vida lo creo. Este hombre escribió cientos de barbaridades pero todas o casi todas estuvieron en su cabeza. En su vida real cometió excesos, alguno de los cuales acabaron en la muerte accidental de alguien. Asesinar y violar, bien poco o nada. En su mente sin embargo y por poner ejemplos aleatorios, cosas como un tipo al que cuelgan y alguien llega corriendo para beber el fruto de la última erección y eyaculación del ahorcado. Sería cómico de no ser tan asqueroso y no resulta más asqueroso porque no se lo cree ni él.  Pero con esto quiero decir que pasó a la historia más por lo que pensó que por lo que efectivamente hizo.
Es por eso que a veces me pregunto si Helga no fue más de verdad que algunas mujeres de verdad que tuve conmigo. Más de verdad, más satisfactoria y hasta más morbosa. Afortunadamente solo hablo de las secundarias, claro, no llego a los extremos onanistas de Dalí.
Los niños se conforman con poco. Qué suerte. 

01 noviembre 2010

El precio por ser cutre

J. hizo una chapuza con su moto y pudimos reunirnos con unos amigos la otra noche. Uno de ellos dijo que antes tenía que pasar por casa de su hermana a lo que J. dijo que si podíamos ir a otro sitio. Pero no. Que fuéramos a casa de su hermana. J. no quería ir hasta allí porque tenía algún problema con esa chica. “No te preocupes” dijo nuestro amigo, “ya hace tiempo que no hablamos de ti”. “Ya” dijo J. “pero tu hermana hace años que me llama hijo de puta, de hecho ya nunca me llama por mi nombre, sólo pregunta por el hijo de puta, que qué tal el hijo de puta y que si no me he muerto ya de alguna enfermedad mala y que qué coño hace la gente como yo viva y respirando y quitándole el aire y otros recursos a las personas que sí merecen seguir existiendo”. Alguien le iba contando a J. lo que A., la hermana, decía sobre él a quién quisiera escucharla. “Bueno, bueno”, dijo el otro “hace años de eso, mi hermana está ahora con un tío, ya estará todo olvidado, yo necesito pasar por su casa que me debe un dinero y si no hay dinero, esta noche tampoco hay fiesta. Tú si quieres puedes esperar fuera.”.
Fuimos hasta la casa de la hermana. Nosotros en la moto y el otro en el coche y guiándonos. El primo de J. estaba en casa de la chica y le dijo a J. que subiera, que no pasaba nada. El primo de J. debo añadir, es un cachondo malintencionado.
J. subió algo nervioso. En el ascensor me dijo que pasase yo primero al piso pero decidí cederle a él los honores. “Tú cuando la veas, naturalidad, habláis como si no hubiese pasado nada y listos. Eso sí, luego me explicas qué le hiciste para que te quiera tan mal”, le dije.
Nada más entrar J. por la puerta del piso la escuchamos a ella “Eso, el hijo de puta el primero. Como si estuviese en su casa el muy cabrón. Un pedazo de mierda a quién  nadie ha invitado a este piso” El hijo de pu… digo mi amigo, entró igualmente. Ya puestos…
Los tres cuartos de hora que estuvimos allí fueron largos. Ella nos invitó a tomar unas cervezas para poder lanzar indirectas y seguir poniéndole apodos a J. a las primeras de cambio. Era un poco incómodo para todos pero un infierno para J. Escuché como el marido le decía en un aparte a mi amigo, “no sé qué le has hecho a mi mujer pero debe ser fuerte porque nunca me ha dicho nada bueno de ti. Nunca la he visto así”. Ya,ya, dijo J. sin levantar la cabeza del vaso de cerveza como si encontrase algún refugio en la espuma.
Cuando salimos me contó la historia. Hacía años estuvo con ella. Luego se lió con otra y la olvidó. Una vez pasó con su moto (esa que nos solía dejar colgados) delante de ella, A. le saludó y él ni la miró ni se despidió ni quiso contactar con ella. Despedida a la francesa. Una actitud que he visto en ciertos hombres. Nunca le dicen que no a una buena pelea pero despedirse de una chica en condiciones…  
En mitad de la carretera la moto nos dejó colgados y acabamos en el coche de otro amigo.  
La de problemas que se hubiese ahorrado J. de hacer bien las cosas. Pero no. Aquí dónde vivo nos encantan las chapuzas y así nos va…