28 diciembre 2010

Hace cosa de una semana y media...

En el comedor de la empresa llega S. y todos enmudecen. Me recuerda algunas películas de vampiros cuando todos comen y beben tranquilamente en una taberna y entonces el recién llegado dice que si alguien conoce al Conde Drácula y todos callan y demuestran que es un viejo, viejísimo conocido, miran con horror al recién llegado y le hacen sentir culpable sin una acusación clara. Pues así ocurre cuando llega S., se sienta a mi lado y me saluda y me elige como compañero porque sabe que a mí ese tipo de miradas asustadas de la gente no me afectan, estoy acostumbrado(normalmente las consigo diciendo lo que pienso en voz alta y francamente fuerte cuando estoy enfadado). Son miradas de cervatillos asustados frente a los faros del coche pero en este caso la expresión no les hace justicia porque no deberían temer nada. Ellos y sus murmullos o silencios sí resultan siniestros. En fin… Qué difícil es tratar con los grupos humanos. Morales y éticas tan variadas, tan poco compatibles, tan hostiles contra otra que no sea la propia…  
S. sabe que algo pasa y que lo que pasa está relacionado con ella. Hay murmullos. Detesto la gente que te observa mientras habla en voz baja sin dejar de mirarte. La mala educación toma su forma más provinciana en este tipo de actitudes infantiles. Sé que ahora todo esto es por ella, que no es por mí. Pero igual me da rabia. Y debería aceptarlo. Es inevitable. Sólo hablan en voz baja los cobardes, o sea, casi todos.
S. también me habla en voz baja pero en este caso es razonable. Cuanta menos información tengan sobre ti en el trabajo, mejor. Y de ella ya tienen más que de sobra. Que es antipática, que no hace esfuerzos por caer bien, que es más directa que yo (lo cual ya roza una psicopatía aguda), que odia a todo el mundo y si trabajan con ella más… En los descansos habla conmigo porque dice que yo no voy de falso, así lo expresa y porque se ríe con mis “gilipolleces”.
- ¿Qué pasó anoche?- me pregunta ella.
Se refiere a la cena de empresa de la noche anterior. Información reservada para ella pero no para la veintena de observadores que la vieron borracha.
S. bebió como todos pero le sentó peor. A mí me salvó la comida. Tenía tanta hambre que el alcohol no me cayó tan mal como otras veces y me mantuve sereno. Pero ella perdió la cabeza. Lo supe cuando delante de todos comenzó a repetir un mantra entre lágrimas: “Estoy sola, estoy sola, nadie me quiere”. Y cómo después de la cena ya se fueron dispersando todos y los pocos que quedamos fletamos un coche para llevarla a casa. Una compañera conduciendo, otra con la que había pasado la cena haciéndole ojitos de copiloto y mirándome y haciéndome ojitos a su vez en el coche (a veces pienso que no tendría vida sexual o amorosa sin trabajo), S. semi-incosciente y con su cabeza en mis rodillas y la boca arruinándome el pantalón nuevo con su coctel de baba, alcohol regurgitado y bilis… Nada importante claro. Los pantalones se lavan. La fama de la pobre chica lo tiene más difícil con el tipo de gente que la rodea. Porque al día siguiente todo fueron críticas. Cualquiera diría que había  matado a su padre. ¡Solo era una borrachera!
Le explico lo que sucedió pero me salto esa parte en la que nos cuenta la mayor de sus verdades, que nadie la quiere o siente que es así. 
Decir siempre la verdad es una pedantería, afirmaba Borges. Yo creo que a veces incluso es una crueldad. 

20 diciembre 2010

La innombrable

Quedamos para tomar algo pero en realidad se trata de una excusa para hablar. Hace tiempo que no le veo. La última vez fue un café rápido. Hablamos de Ella. Ella estaba conmigo. Ahora Ella está con él. Antes de estar conmigo ya había estado con Él. Después de él… Mi vida está llena de preocupantes puntos suspensivos. Los tres trabajábamos y ligábamos en el mismo sitio. Pero esa historia ya está contada. A él lo echaron, Ella se fue, yo no pude aguantar en un barco que no se hundía pero igual nos ahogaba…
El camarero nos interrumpe la intimidad muy poco, lo justo para pedir un par de bebidas. Ella está en Birmingham cuidando niños. Los dos sabemos que de eso le sobra  experiencia. Pero no hablamos de Ella. Tenemos muchos temas. Compartimos una buena amistad. De hecho no comprendo ciertas lealtades que consigo despertar en algunas personas. Él siempre me contó que estaba con Ella. Yo no le conté nada cuando ella estuvo conmigo. Esos cambios de brazos fueron muy repentinos y muy poco legales. En algún momento no coincidimos en la misma cama los tres de puro milagro pero bueno, es que él se conformaba con hacer del coche su apartamento y yo tengo otros estilos… Pero ahí seguimos. Él tan amigo y yo lo mismo. Será que a mí Ella me importó más que a él. La diferencia entre su relación con Ella y la mía es que lo suyo no fue una relación, solo un rollo. Uno muy intermitente. Yo soy el jugador y a él le encanta estar en el banquillo.
Mientras me habla de su nuevo trabajo y sus nuevos éxitos se me va la memoria hasta mi reciente entrevista con Ella. A como él vuelve a repetir los mismos viejos errores que le llevaron a perderla. A ser tan guapo que sólo sirve para darse placer en primera persona y descuidarla a Ella. No seré yo el que le explique que en una pareja el sexo es cosa de dos y no una masturbación asistida. Ni tampoco le chivaré que ella sí cree en la importancia del tamaño. Al menos cuando no supera ciertos mínimos. O cuando el resto del hombre no mueve ni un dedo por suplir esa carencia genital, por buscar alternativas. Sería de mal gusto hacerme el macho delante de él. Sobre todo porque algo me dice que cuando ella me habla mal de la polla de mi amigo en realidad lo que le molesta es que no la respete lo suficiente, o la trate como algo más que un rollo o cualquiera de estas circunstancias tan poco halagadoras. Si él la quisiera de verdad yo no sabría del tamaño de su pequeño pene inofensivo. Esto me hace pensar que nunca le debo dar motivos a una mujer para que se vengue de mí. Otra anotación mental es que no es bueno que dos amigos hayan estado con la misma mujer. No si quieren conservar cierta intimidad. ¿Qué pensará él mientras hablamos de todo menos de Ella?
Porque si hay algo que no dudo es que precisamente porque no hablamos de Ella ni un segundo es porque no podemos dejar de pensar en otra cosa.
Entre mi amigo y yo hay un tabú no pactado pero asumido.
En la mesa dónde tomamos esas bebidas somos dos para los que miran pero mi amigo y yo sabemos que no cuentan al tercer personaje, el fantasma que no ven mientras se ríe de nosotros. Esa que cuida niños en Birmingham.   

10 diciembre 2010

Plan de vuelo: quedarse en tierra

El Viernes, Dios no ayudó a los que madrugaron. Yo dejé lo de coger el billete de avión para Madrid para última hora pero esta no llegó. En el aeropuerto se detuvo el reloj. Allí suelen volar los aviones pero esta vez el tiempo se quedó en tierra y no avanzó, congelado.
Había colas de damnificados que hubiesen tenido que decir mucho más que yo. Por culpa de los descontroladores aéreos. Colas de gente en El Prat que tenían más agravios por los que ponerse frente a la chica del micro para Telecinco, Antena3 o el resto de canales y reporteros. Yo no cargaba ni bebés, ni una pareja quejica, ni responsabilidades, ni una idea clara de lo que iba a hacer este puente. Sólo regresé por donde había venido y en taxi. Prometiéndome que miraría al otro lado del espejo y buscaría las excusas de los dueños del aire. Pero luego, viendo que los pastores de aviones se habían tomado la huelga por su mano y no les importaban nada de nada los derechos de los inocentes, decidí que a mí sus excusas me importaban ya lo mismo que a ellos les importaban los demás, nada. Que los tomase el ejército o un martillazo en la cabeza, me daba lo mismo. A mí no me iban a hacer perder el control de los nervios en ese aeropuerto.
Un primo que salía de casa de mis padres para su casa en Murcia me dijo que si tenía un plan roto él me podía prestar uno nuevo. Que en seis horas estábamos en Murcia. Yo le pregunté que si además de ver a la familia lejana había algo más estimulante y me dijo que sí.
La noche del Viernes España estaba en estado de alarma y yo también. A través de la ventanilla del coche veía figuras borrosas y recordaba los anuncios de la Dirección General de Tráfico. Todo eso me hizo evitar mirar la aguja de la velocidad del coche de mi primo. Sólo le pregunté “¿Tú tomas mucho café, verdad?”  
Llegamos sin más incidentes ni una sola multa de tráfico a Lorca. Tenía familia que me esperaba para saludarme con mucho interés. A pesar del sueño que me faltaba me gustaba toda esa efusión y las ganas por verme, sentirme un poco como Lady Gaga.
Los días han pasado rápido, he estado de fiesta, he vuelto a ser el abstemio más bebedor del planeta, he conocido toda la gente extraña que acostumbro cuando salgo por las noches (les atraigo, son iguales vaya donde vaya, creo que la gente extraña es una secta con sus propios códigos y saben quién les va a escuchar educadamente), he regresado a esas primas a las que amé en mi adolescencia y ahora no me parecen nada del otro mundo pero nos seguimos queriendo mucho (no sé dónde estaba el morbo de poder engendrar una prole de idiotas consanguíneos), a los amigos y amigas de cuando veraneaba por allí, a beber de noche y apartarme del grupo cuando me agobiaba (de ahí que mi soledad atraiga extrañas compañías), a los besos ruidosos de mis tías y la puesta a punto y actualización de la telenovela casera de mi árbol genealógico… Esta familia lejana es como regresar al pasado.  
He regresado a Barcelona después de un fin de semana tan largo que me han parecido tres. Sin haber dormido o navegado por internet (leer sí, mucho, regresé en autocar y me leí el último de Paul Auster y empecé el de Mario Vargas Llosa entre cabezadas).
Los controladores ya han vuelto al redil.
Dejaron de controlar aviones para controlar por defecto las vidas de muchos que pasábamos por allí.
No creo en Dios pero me gusta fantasear un infierno dónde los controladores esperan un avión por los siglos de los siglos amén. Y eso lo digo yo que a fin de cuentas no me quedé sin plan. A ver qué piensan los que de verdad lo han sufrido.