30 noviembre 2011

La última vez que la ví (I)


Me insistió mucho con eso de que "claro, como ya no estábamos juntos pues nada, no pasaba nada, que podíamos quedar sin malos rollos". Fueron varios mails en ese tono apacible y conciliador. No hubiese sospechado que daba por terminada nuestra relación salvo por ese último email y esa última frase "por cierto, ¿podríamos dormir juntos un par de noches?". Y ahora puede haber quién diga que soy un mal pensado y que donde ella dice dormir tan solo significase dormir. Pero lo que sabía de ella es que dormir nunca había significado dormir. Ni siquiera cuando teníamos toda la noche por delante. Siempre practicábamos una vigilia muy militante. Apenas descansábamos un par de horas para evitar el romanticismo de ver amanecer.
Pero de todos modos quedamos. A plena luz del día. Salir para tomar un café no era comprometerse a nada.
Estaba esperándome en la parada del tren que nunca ha sido la suya. Llegó allí y al no verme se bajó del vagón. La vi sonriéndome desde un banco del andén. Cuando me acerqué para darle dos besos en las mejillas me agarró y me besó en los labios. Su única concesión a la mesura fue que no llegó hasta el interior de la boca. Porque claro, ya no estábamos juntos. Lo de los labios era porque le parecía que un beso en las mejillas era muy poco para lo que nosotros habíamos sido. Le parecía deprimente que nos besásemos como primos hermanos. Supongo que no recordaba lo tremendamente incestuoso que he sido con mis primas a lo largo de mi vida.
Me preguntó que por qué no la estaba abrazando. Yo no formulé la pregunta pero me pregunté por qué tenía que hacerlo si no había un "nosotros". El caso es que mientras esperábamos el siguiente tren hubo algunos abrazos. En uno de ellos le descubrí que se había tuneado la nuca con un tatuaje leve. Se echó hacia atrás con vergüenza, como si yo le fuese a recriminar algo: “no, fue una tontería, es una pequeña luna de origen...” no recuerdo lo que dijo, yo estaba asimilando todavía la situación que de momento estaba atascándoseme en la garganta en forma de nudo. Tengo problemas para desanudar los que se me forman en la tráquea y a veces pasan al estómago.
Me preguntó si la veía más vieja. Jugaba a lo seguro, con veintipocos años no hay degradación posible salvo en caso de una muy mala vida. Le respondí que no, que estaba como siempre. Y no mentí. A nivel físico y mental. Porque también me preguntó si la veía más cambiada a nivel de comportamiento. Si antes era impulsiva ahora lo era más pero en líneas generales era muy fiel a sí misma. No conozco a nadie que actúe así con sus ex al primer segundo de verles.
Cuando llegó el tren entramos y recorrimos el viejo trayecto conocido hasta el centro de la ciudad. Hablábamos tan cerca que eso no era una charla, solo un largo abrazo disimulado. Pero claro, ya no estábamos juntos.
Y qué raro, porque yo no veía ninguna diferencia entre ese no estar juntos y el estar completamente enrollados.

13 noviembre 2011

Amor pasión o amor calmo

Sólo me vuelvo indeciso ante las decisiones importantes. Y hace años tuve que escoger. Dentro del amor tenía la seguridad de mi pareja de siempre. Con inconvenientes. La relación estaba estancada y se movía por rutinas. No había muerto el amor pero aún vivo, se notaba poco. Y el sexo era más abundante en la pantalla del ordenador que en mi casa.
En el trabajo que también me tenía quemado pero en otro sentido, sin embargo, se escondía una historia que cambió la mía. Allí encontré la pasión de los besos y el amor y las discusiones por celos y hasta algún guantazo que me llevé en mitad de toda esa pasión porque bueno, porque ella era apasionada.
Y así tenía un juicio en mi mente. A favor o en contra. A un lado de la balanza el amor tranquilo aunque real de toda la vida con algún que otro aliciente como esas mañanas leyendo a la vez con los cuatro pies sobre la misma silla o la libertad de dejarme espacio para mis ocupaciones. Del otro lado de la balanza la novedad, el sexo sin límite(incluso un poco excesivo, lo suficiente como para sentirme como un gladiador derrotado en la arena y pidiendo clemencia con dos dedos a la emperatriz o... como un limón exprimido). Cien por cien acción sin nada de reflexión ni compatibilidad. No recuerdo si a mi nueva amante le dije las palabras de Clarice Lispector que por entonces me obsesionaban: "sólo se comprendían cuando se besaban. Pero la vida era más larga". No me hubiese entendido. Ella no entendía las negaciones ni las aceptaba. Para ella no existía la palabra dimisión así que no podía salirme de sus brazos sin pagar peaje de lágrimas, amenazas de suicidio o como poco alguna crisis de ansiedad.
Pero tenía que decidir. Tres es mucho. Para mí a veces incluso dos.
O la madurez y lo conocido y la mujer que me conocía y a la que conocía o por el contrario la puerilidad, el amor irracional, la pasión con cadenas(y muy poco tiempo libre) y probablemente el desastre en un futuro no muy lejano.
Según Schopenhauer aplaudimos en las obras de ficción cuando la pareja pasa por encima de las convenciones sociales y hasta renuncia al dinero y la posición social o a comer por el amor pero que eso es malo, que sólo estamos aplaudiendo a la naturaleza(el instinto) y que ese instinto nos usa como marionetas para sus siniestros fines: la reproducción.
Yo tomé el camino de Schopenhauer. Entre pasión y convención me aferré a lo segundo. Aquellas pastillas verdes antidepresivas me ayudaron bastante a elegir, eso sí. Y también aquel día dónde semidormido bajo los efectos de otras pastillas blancas escuchaba discutir a mi primera dama con mi segunda dama que prácticamente había venido hasta casa para raptarme. Una escena absurda que me alegra no haber vivido del todo en mis cabales. Dos mujeres discutiendo a través de una mosquitera por alguien que se sentía como una bolsa de basura esperando el camión de la madrugada. Cuando era adolescente estas cosas me sonaban divertidas pero en la realidad son una pesadilla, coincido con Oscar Wilde en lo de "en la vida hay dos tragedias... no conseguir lo que quieres y conseguirlo".
La de siempre se quedó con el de siempre(yo mismo) y la recién llegada acabó en Inglaterra. Yo decidí que a partir de ahora seguiría la filosofía de las putas arrepentidas y la fidelidad absoluta.
Hace algunas semanas recibí, cuando la historia de los vecinos, dos o tres guantazos de la primera dama. Decía que se le habían quedado en el tintero por aquella pasada historia en la que casi me fugué de nuestra relación(nunca le he pegado a una mujer así que agradecería que ellas hiciesen lo mismo conmigo pero...).
Aquel otro amor apasionado sin compatibilidad me asustaba y lo dejé pasar. Aposté por lo que nunca apuesta el cine.
Entre el amor pacífico y el de las películas... ¿Con cual te quedas?