01 diciembre 2012

Una cita en Barcelona (I)


Aunque estoy ocupado en tareas absurdas pero pesadas hoy empiezo a escribir el relato de mi última cita sin prisa pero sin pausa. Lo haré como algunas otras veces, por entregas, para no fatigar al lector y para no fatigarme yo mismo. Deshabilito los comentarios hasta que acabe de contarlo por el mismo motivo (pero si no os gusta que lo haga tenéis el final de la historia para sugerirme que no os deje mudos en ningún caso o para que no lo vuelva hacer). Yo seguiré merodeando por vuestros blogs ya que me gusta todavía más leer que escribir.
Supongo que la semana pasada tenía que haberme puesto con esta historia pero es que entre una y otra cosa mi “amiga” de Andalucía no había vuelto a aparecer más que para dar largas y alegar problemas logísticos en sus mensajes. Que si tenía que avisar a su madre de que le preparase habitación en Barcelona, que si no podía tendría que hablar con su hermana... Y es que ella siempre había sido de la ciudad condal hasta que alguien de Córdoba la hizo cambiar primero de ciudad e imagino que luego de vida. Debo decir que Córdoba es una ciudad que conozco muy bien o que conocía. Hace años que no la visito. Sí sé que Lali allí, por mucho que haya cambiado la región, no habrá podido hablar catalán. Recuerdo que por teléfono siempre me decía cuando introducía algún castellanismo, “A la Lali sólo se le habla en catalán”(dicho esto en catalán,claro). Y a mí lo de hablarle catalán no me parecía ni bien ni mal. Sí que me desagradaba que hablase de ella misma en tercera persona. Para eso ya esta la gente como Belén Esteban y famosillos de medio o cuarto de pelo de la televisión más infame.
Pero el Domingo pasado no tenía nada que hacer. Normalmente, cuando no tengo nada que hacer, no hago nada. Pero ese día estaba aburrido de no hacer nada y las tardes de Domingo son tristes para casi todo el mundo...
Por la mañana fui a tomar algo con J. y mirar libros y comics a un rastro del ocio que hay en Barcelona, el Mercado de San Antonio (o de Sant Antoni si pasáis por aquí y os queréis meter en el bolsillo a los pelmazos independentistas de “me quiero quedar sólo arando mi pequeño huerto”).
Por la tarde me duché sin más intención que la meramente higiénica y sin pensar o aventurar contactos íntimos. La soledad produce hábito y puede deteriorar la pasión.
A medida que avanzaba la tarde y las siete, hora en la que había quedado, se me iban disipando las ganas de salir. No me gusta ir a ciegas a ningún lugar. Nunca me ha gustado. Si hubiese estado desesperado tampoco me hubiese gustado pero estando más o menos tranquilo la idea cada vez me gustaba menos. A veces me pasa que acepto alegremente y entusiasmado una invitación y cuando llega el momento es lo último que quiero hacer, acudir a ese compromiso que yo mismo he aceptado con ganas.
Pero cuando me comprometo cumplo y cumplí. Es el equivalente a taparte la nariz cuando vas a tomar una medicina de mal sabor. Cuanto menos pienses sobre eso más rápido pasará el mal trago. Y eso suponiendo que yo fuera hacia algún mal trago salvo el hecho de que todo el tiempo en metro y camino del Paseo de Gracia del centro de la ciudad la pregunta estaba ahí: ¿Qué hago quedando con esta mujer? Una mujer a la que conozco de varias llamadas blogueras de hace años y de una última llamada surrealista.
Cuando llegué cinco minutos antes de la hora ella ya estaba ella allí. La reconocí a pesar de que en la memoria solo tenía aquella fotografía borrosa. Hay gente a la que se le adivina el pensamiento por el lenguaje corporal. Ella explicaba con todo su ser que era una persona que esperaba a alguien. También el hecho de que se miraba el reloj cuando llegué.

  • ¿Lali?- le pregunté por si acaso.

  • Sí- se dio la vuelta bruscamente y sonrió casi automáticamente, casi en defensa propia o a la defensiva- ¡Sergio! ¡Cuanto tiempo...!

Sí, mucho tiempo. Tanto que ahora la Lali ya no hablaba ni en catalán. Bueno, puede que un poco pero ya no me lo exigía.
El otro dato interesante es que ella estaba más nerviosa que yo y eso me relajó.