27 diciembre 2012

Una cita en Barcelona(IV)


Yo últimamente noto que percibo más detalles que hace años dónde se me escapaba hasta el color de ojos de la persona con la que hablaba(¿El color de ojos? Hasta el de la ropa que llevase puesta). Ahora noto que puedo mantener una conversación y percibir más detalles conscientemente y otros, curiosamente, rememorarlos o percibirlos en diferido y cuando los escribo. De hecho reescribir la vida es una manera de sacarle el polvo a lo que recuerdas. No perdemos los recuerdos. Los archivamos en neuronas polvorientas y de difícil acceso(pero a las que con un cierto esfuerzo podemos acceder).
En una primera cita puedes ver, si tienes la mente receptiva, el futuro con esa persona. Incluso a través del disfraz de rol que adopte dicha persona y sus mentiras para caer mejor, esas que solemos adoptar(o no) durante los primeros tiempos antes de bajar la guardia y que nos pillen los "pecados" y el verdadero yo, el de andar por casa.
Lali le pidió al camarero que le calentase más la leche del café, luego le pareció muy caliente y finalmente se quejó con dureza que había pedido sacarina y "que lo había dejado bien claro". No quise ponerla nerviosa pero yo, junto al aturdido camarero, tampoco recordaba que ella hubiese pedido sacarina o nada de lo que había requerido a posteriori. Nunca he creído que el cliente siempre lleve la razón. Sólo hay que seguirle la corriente como a los locos.
Tras solventar los escollos del café en su punto, me tocó un interrogatorio en primer grado y al que sólo le faltó bombilla contra mi rostro sobre mi vida. Todo el mundo quiere saber sobre el otro. Sólo digo que hay maneras y maneras y sus preguntas atropelladas me hacían pensar que estaba rellenando un formulario y no que estaba tomando tranquilamente un café con una posible amiga. Sólo le faltó pedirme un informe médico, los títulos académicos y un juramento de buenas prácticas. Yo le dí un breve paseo sin excesos retóricos sobre mi vida reciente y circunscrita a este último año que no ha sido de los peores pero tampoco de los mejores. Le hablé de mi compañera silenciosa, de mi trabajo en la biblioteca, de que yo también tenía una hermana con la que me había peleado pero no era tan grave y la navidad anunciaba ya posibles absoluciones.
Luego me preguntó sobre hijos, si quería tenerlos y sobre bodas. Esas son preguntas que no me gustan y que respondo con desgana, como el cantante que lleva tres mil kilómetros de viaje y quinientas ruedas de prensa dónde le hacen la misma pregunta siempre. Me muestro educado pero levemente seco, me identifico por si alguien lo ha visto con el personaje de George Clooney en "Up in the air". Al menos con el de la primera hora de película. Lacónico.
Ella siguió insistiendo y me pidió explicaciones de por qué no quería tener hijos y yo bordeé pero no caí en el "porque no me da la gana". Sólo saqué un par de balones fuera, le dije que en el mundo tiene que haber de todo y yo cubro el necesario cupo de raros que necesita la naturaleza para que ya estén cubiertos todos los papeles que tienen que repartirse. Y que las minorías de extraños o retrasaditos como yo también merecemos un respeto, tal vez algún día no seamos minoría.
Como seguía insistiendo con esos temas yo decidí asaltar al enemigo con un golpe bajo que me hubiese valido tarjeta roja desde fuera y le pregunté a bocajarro: "¿Y lo de llamarme para que follásemos por teléfono se te ocurrió sobre la marcha o surgió así de repente?"
Se puso más roja que la tarjeta que no me sacaron.   

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