23 mayo 2012

El pasado te persigue si le dejas

Como me aburría en la biblioteca me dediqué a buscar un viejo amor de infancia con las herramientas que brinda la Administración. Siempre quise saber qué había sido de aquella compañera de clase a la que perdí la pista cuando mis padres se mudaron de barrio por motivos laborales. Soñé con ella mucho tiempo y años después regresé al lugar de los hechos(es un decir, no ocurrió nada ni pudo ocurrir porque sólo tenía seis años cuando me enamoré de ella y ocho cuando se acabó el “idilio platónico”).  Creí verla desde un autobús pero seguro que fue el deseo que tenía de que así fuera. Aquel amor que “fue” quedó perdido en el tiempo y en al menos veinte kilómetros de distancia.
Descubrí en el ordenador que había tres mujeres que respondían a esos apellidos y a ese nombre en Cataluña. Al menos a tres apuntadas a la red de bibliotecas. Mi jurisdicción no va más allá de las tierras catalanas. Le pregunto al ordenador si hay alguien que se llame y se apellide así y él me regala una dirección, un teléfono, en ocasiones un mail, documentos que tiene en préstamo(si los tiene) y alguna incidencia si la ha habido (ha perdido siete carnets, nos debe un libro, suele subrayar novelas). Parece poca información pero hace poco indagué sobre mi compañera M.. Es vergonzoso decirlo pero invadí profundamente su intimidad. Uno de los libros que tenía en préstamo era “Cómo afrontar una separación de pareja” y ya me parecía un perfecto resumen de lo que ocurre ahora en su mente. Mucho más que todas las conversaciones que podamos haber tenido.
El caso es que tenía tres posibles teléfonos con el amor de mi infancia desperdigadas por la región. Estaba ante la duda que tiene Terminator buscando a Sarah Connor (pero él simplemente llamaba y cuando no era ella les pegaba un tiro y a por la siguiente, no es mi estilo).
Cambié de juego y me puse a buscar a mis vecinos y vi lo que esperaba, no verlos. No tienen carnet de biblioteca o se lo hicieron el día que se inauguró la del barrio y como repartían cava pues allí estuvieron, luego “adiós, gracias, hasta nunca ¿Una biblioteca? ¡Qué ajco!”.  
De vez en cuando llega alguna chica que me interesa especialmente y ociosamente se me va la vista a su nombre, su edad  y su dirección y luego la olvido. Es indignante pero si un simple colaborador recién llegado como yo puede acceder a tantos datos sin pasar ni el más mínimo test psicológico y en una simple biblioteca, no quiero pensar lo que pueden hacer en lugares dónde regalamos más información como hacienda, un banco o ciertas páginas de Internet en las que tienes que registrarte. 
Así que finalmente observé los tres nombres. Una vez más. Tres lugares distintos dónde podía vivir o no ella. Luego apagué el programa y el ordenador y me fui a casa.
Cuando dije que fue mi amor de infancia lo dije subrayándolo y entrecomillándolo. 
Dónde hubo amor pues la verdad… no queda nada.