23 agosto 2013

Paisajes mentales, Amor II

Una tarde, tres o cuatro años atrás:
Un rincón en el recinto de la biblioteca pero apartado de ella por un vestíbulo almacena varias máquinas expendedoras de bebidas y unos taburetes altos junto a una pequeña barra alta de madera dónde apoyarse. Mientras tomas algo entre el fragor de carpetas de estudiantes cercanos puedes distraer la atención de tu vista con el ventanal que da al exterior, ese caminito en semicírculo de tablones que lleva hasta la biblioteca.
Allí parecemos estar firmando los últimos tratados de paz tras una larga semana de rupturas diplomáticas. Ella me ha estado insultando repetidas veces. Hacía un mes que la dejé y siete días atrás se comunicó conmigo para amonestarme por una falta post-relación mía que luego no resultó ser tal, que sólo fueron habladurías del único lugar en el que se han inventado toda una mitología sobre ella y sobre mí: nuestro lugar de trabajo.
Ella en persona sólo viene para devolverme algunas cosas más un regalo que le “asqueaban” y que estaban arrinconadas en su habitación. Esos objetos le recordaban demasiado a mí. De ahí que le asqueen de ese modo. De ahí que cuando voy a esperarla y la veo y me ve y no hay escupitajos acompañados de insultos o de manos imantadas hacia mi rostro me sorprendo. Mucho más cuando sugiere que si puedo acompañarla a la biblioteca, que tiene que estudiar psicología.
La parte más importante de la conversación está como entre bastidores. Somos dos actores que después de interpretar la obra de su relación hablan detrás del escenario sobre sus actuaciones respectivas y critican lo bueno y lo malo sobre su trabajo en ellas y sobre lo que no les parece mal(o sí) de la actuación del otro. En su interpretación me descubre un par de detalles desconocidos en nuestra relación que casi me desmontan de la silla. Los secretos salen a la luz cuando al parecer no hay nada que perder y además no importa si hacen daño. Ella no descubre apenas algo nuevo sobre mí y mi conversación fotocopiada de otras con ella es casi la misma. La única diferencia es que ahora parece creer más en mis palabras.
Ella necesita un té y deja caer algunas monedas en la ranura de la máquina. Algo espumoso que se le antoja café cae en el pequeño vaso de plástico y me pregunta. Lo miro, lo huelo y le aseguro que ningún café del mundo (y aún sabiendo que el de máquina sólo oscila entre malo, muy malo o destruye-entrañas) a pesar de su muy escasa calidad, puede oler a limón. Ambos concluimos en que efectivamente es algo que se puede considerar té a falta de una definición mejor y que a mí me recuerda un agua caliente con miel y limón.
Seguimos hablando. Debemos alzar la voz sin darnos cuenta y aunque no discutimos subrayamos algunas frases lo suficientemente alto como para que un guardia de seguridad se nos acerque y nos pida un poco de moderación. Ese hombre debe haber escuchado algunos trapos sucios y se debe compadecer de nosotros porque nos amonesta con educación y yo, sensible a los buenos modales, le digo que procuraremos bajar la voz y admito la culpa. El guardia de seguridad se aleja con tranquilidad después de posar brevemente su mano sobre mi hombro con un gesto amigable entre caballeros que no necesitan llegar a otro tipo de duelos si ambos son razonables y el profesional no regaña por gusto y aún cuando lo hace con razón, lo hace también con delicadeza.
No podemos alzar mucho la voz así que tampoco sacaremos de madre la conversación. Siempre que no somos pareja hablamos ella y yo con tranquilidad. A pesar de que nuestra relación ha sido un camino sembrado de guerra y muy digno como futura adaptación al cine (de haberla alguna vez) en caso de ser interpretada, por actores de carácter, hablamos como si sólo fuéramos un par de buenos amigos que se reunieran después de mucho tiempo a contar sus viejas batallitas.
El problema es que tanta amabilidad altera ciertas reglas que teníamos pactadas de antemano y rompemos las barreras autoimpuestas para no reiniciar lo que yo maté.
Ella vuleve a decir que yo le doy asco. Yo le digo que no quiero volver a comenzar con ella porque nuestra relación era un error que se demostró cuando conseguimos batir un Guiness de los récords discutiendo más que ninguna pareja en el mundo.
No sé qué hacemos besándonos con tanta pasión.