28 agosto 2013

Paisajes mentales, Amor III.

Entre nuestros mil epílogos estuvo el del concierto. Una noche entrañable de la que ella, sin embargo, no me pidió el recuerdo. Su entrada se quedó y permanece al cabo de tres años en uno de los bolsillos de una americana marrón que no suelo usar, parezco un profesor de historia cuando la llevo. Ni siquiera debí ponérmela aquella noche. Dudé tres veces frente a la puerta de casa, la hice esperar varias veces y salí de mi piso como el que sale de un probador. Primero demasiado negro en la ropa, después demasiado serio, por último "venga ya, da igual, haremos tarde para el concierto". Luego hacer tiempo cerca de la sala de conciertos dividida en tres, unos garajes venidos a más muy populares por nuestra zona. Como casi nadie esperaba a nuestro siniestro y poco conocido ídolo, el que fabricó nuestra banda sonora amorosa durante unos años sin él saberlo, nos fuimos a entretener en el barco de un parque cercano, un lugar ideal para los que detestan que haya gente cerca. Ella se me sentó encima, como siempre. Siempre obligándome a ladrarle a los viejos que pasaban y se enfurecían porque el amor actual fuera tan evidente y exhibicionista. Yo hubiese preferido mostrar menos pero el tono quejoso de esos abuelos me molestaba lo suficiente como para ahuyentarlos con amenazas desganadas pero suficientes. Y ella entonces me ponía su pequeña mano en la boca y me la tapaba para que dejase de comportarme como un poligonero en efervescencia aunque nunca se me bajaba del regazo para contentar a los vejetes. Eso ya no. Pero aquella tarde de invierno era fría, oscura y árida para casi todo el mundo. Y esperábamos al ídolo calentándonos con la magia de las manos y los labios. Como dos amantes en Siberia. Ella aprovechaba para preguntarme lo que le interesaba. Nos veía ya tan precarios que siempre le interesaba el futuro y me interrogaba con miedo. No sé por qué me envió más tarde todos esos mails de nostalgia de lo nuestro cuando lo nuestro sólo se redujo a su miedo a perderlo y mis ganas de acabarlo(casi siempre). Y después, mirar el reloj, darle dos palmadas en las nalgas y decirle que ya era hora de acercarnos otra vez a la sala por si acaso, porque los dos queríamos ver de cerca al que sólo conocíamos por Youtube o sus discos. Tengo que decir que nada me endiosa más a una persona que su música si esta me gusta. Después de todo sí que voy a ser un creyente y un converso hacia algún tipo de doctrina. 
En la cola la gente hablaba en nuestro idioma. Creíamos que era un personaje tan minoritario que sólo le veríamos nosotros pero había un buen puñado de admiradores que incluso le copiaba el aspecto. Ella y yo nos callábamos para escuchar algunos fragmentos de conversaciones y luego nos mirábamos y sonreíamos con complicidad. 
Después entramos en la sala, ella se pidió un tequila y yo la dejé darme clases para beberlo enternecido, me divertía hasta su lengua lamiendo la sal sobre su piel antes del trago y el gesto arrugado, los guiños por el fuego del alcohol. 
Hablamos con dificultad, encaramando nuestros decibelios sobre lo alto de los de las canciones que sonaban en los altavoces cercanos, tan grandes como nosotros, intimidatorios, demasiado poderosos para nuestras pequeñas orejas. 
Y luego empezó casi sin aviso. La música cesó, se apagaron las luces, la gente se acercó de golpe hasta la valla de contención, ella aplastándose ya contra una chica, yo aplastándome contra ella y tratando de jugar al tetris con mi erección y el hueco entre sus nalgas. 
Y durante más de una hora vimos o entrevimos al ídolo. Abrazados la una frente al otro. Entre sombras. Le gritamos. Como era de ambos no me puse celoso. Cantamos hasta dónde nos permitía el inglés y sobre todo la memoria. Le imploramos nuestras preferidas, las cantó si le vino en gana o si estaban en el programa.  Pasamos de fotos o filmaciones porque ya había una decena de personas que se entretenían con eso y podríamos ver colgado el concierto desde varios puntos de vista en youtube, eso estaba hecho, porque la realidad se vive en la realidad y no detrás de una cámara. Nos quedamos afónicos. Nos dejamos drogar por el mareo de la situación. 
Cuando salimos el frío volvió a recordarnos que el verano sólo había sido posible en la sala de concierto.
Salíamos tan eufóricos que parecía que nada podría nunca fallar entre nosotros.
A veces nos gustaba contarnos hermosas mentiras, ¿Por qué no?