21 agosto 2013

Paisajes mentales, Amor

La lluvia nos aguaba la tarde pero no la fiesta. Yo llevaba paraguas.
Me acerqué a la estación para separarme de ella una vez más.
Ella había pensado algo. Me lo había dicho en un colchón sobre el suelo que resultó más cómodo que un colchón sobre las cuatro patas de la cama. El suelo siempre es menos duro que la vida y al parecer favorece la espalda. En ese colchón habíamos empezado una nueva sesión de amor que no terminé porque yo, clásico y arcaico de mí, pienso que en el sexo dos no follan si uno no quiere(o da la impresión de estar lejos de ti a pesar de que le estés abrazando). Así que el sexo que no se rubricó con ningún orgasmo dio inicio a otra conversación. Algo constructivo que ella necesitaba decir. Ya lo he dicho, ella había pensado algo.
Empezaríamos de cero. Ahora no estábamos juntos pero no había grandes diferencias. Había sexo, quedábamos el uno con el otro, nos dábamos explicaciones y sólo hacía unos minutos que habíamos discutido por algo que no venía al caso. Lo dicho. No seguíamos juntos pero todo parecía seguir igual.
Y desde ese momento, poco a poco y como en los viejos tiempos empezaríamos saltándonos los lugares más desagradables de nuestro amor, nada de turismo gratuito a los celos por su parte o por la mía ni de viajes inesperados al infierno de los insultos, los gritos y el teatro de guerrillas para goce y disfrute de los transeúntes y sobre todo de los aburridos compañeros de trabajo que vivían su vida a través de la nuestra, que lo más cercano que sentían a la pasión era saber la última sobre ti y sobre mí. Querías que puliéramos defectos y todo sonaba bien. Parecías una buena entrenadora. Al menos en la práctica y con pizarra delante. Pero las cifras que llevábamos detrás eran espantosas. Dos años a uno coma siete discusiones por semana me quebraban las escasas matemáticas (que soy de letras). En cualquier caso mi intuitiva estadística me decía que era mucho discutir. Uno coma siete o coma cinco. A veces te dejaba dos veces en una semana pero la siguiente sólo una. Tú me dejaste también unas cuantas veces. Para nosotros decir “lo dejo” era como decir “me voy a tomar un café y enseguida vengo”. Con lo bonita y amable y educada que había comenzado nuestra relación, muy a lo “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen. Pero había derivado en “Orgullo y prejuicio y zombis” (o fantasmas y resucitados del desamor que regresaban a cada frase exclamativa que nos dedicábamos), una parodia sin demasiada gracia de lo nuestro.
Una vez te recomendé “Lunas de hiel”, mi preferida de Polanski y casi de cualquier otro cineasta. Amo esa película casi tanto como me agobia. Es demasiado sincera como para dejarme dormir tranquilo y a ratos parece que se ríe de mí o de ti o de cualquier relación entre un hombre y una mujer que empiece con buen pie, se quede coja al poco y llegue a la invalidez en menos. Todavía estabas y estás a tiempo de pedírmela. Habla sobre el paso de un milímetro que hay entre el amor y el odio. Te sonará de algo.
Y luego salimos convencidos de lo nuestro y tú respondiste algo que no me gustó y yo reaccioné dejándolo otra vez y tú no viste el “me voy a tomar un café y enseguida vengo” y me retuviste cerca de la estación de aquel cine.
Aquello no era una segunda parte ni una tercera. La cuenta se perdió hace tiempo.
Podíamos llorar por no reír pero nos abrazamos otra vez a pesar de lo incómodo del paraguas y el libro que siempre me acompaña (nunca me discuto con mis libros).
La lluvia cesaba brevemente sobre nuestras cabezas y la tela impermeable del paragüas.
Nos abrazamos sin futuro, sin esperanza y al final sin lágrimas (ya había mucha agua alrededor, nos temíamos lo peor y puede que una inundación).
Al día siguiente hizo sol. Pero esa maldita tormenta no terminó. Nunca termina.
¿De qué nos servía comenzar de cero cuando pasábamos tan rápido al cien?