10 agosto 2013

Paisajes mentales. Borrachera I

Eramos dieciochoañeros, si no recuerdo mal. Tanto que daba asco. Y además eran las fiestas del barrio. Estas ocupan dos fines de semana más los días que hay en medio. Los vecinos que viven junto a los chiringuitos, las carpas, las atracciones de la feria y los tablaos las viven tan a tope que ni duermen.  Pero ya lo he dicho.  Dieciocho años y fiestas. Nosotros no queríamos dormir ni dejar que lo hicieran. 
El grupo de chimpancés que viajábamos por aquellas noches solía ser en su núcleo de tres o cuatro el mismo. Ocasionalmente se sumaba o se descolgaba alguien. Pero los tres o cuatro centrales parecíamos tener el bono para todos los días, nos sentíamos principales en esas fiestas. Yo llevaba ocho noches non stop  y pretendía llegar hasta el final invicto por el cansancio. Al día siguiente cerraría las fiestas con fuegos artificiales y los suspiros del vecindario insomne.
Ocho días de alcohol moderado y cerrando ya la fiesta con algo más, echándolo todo y aprovechandolo casi con desesperación. Alimentados y reforzados, es un decir, por las patatas bravas o con ketchup, el algodón de azúcar, los perritos calientes y la amplia gama de delicatessen en aceite mil veces requemado que nos ofrecían los chiringuitos. Estos se ofrecían como parques temáticos y se reconocían por títulos encabezados por la palabras amigos. Amigos de la música, amigos de Andalucía, amigos de Ecuador... Y los voluntarios trabajaban entre amigos y me imagino que sin sueldo. Pero con muchas sonrisas.Llenos hasta la bandera sin imaginar un futuro en el siglo XXI dónde por fin la palabra crisis significaría algo. Con vecinos visitantes de otros barrios y fiesteros profesionales buscándose entre ellos.
Abrimos juerga con una jarra de cerveza gigante para todos. Jugábamos al aguante, a ver quién soportaba más tiempo el trago. Recordándolo lloro por mi hígado. Y luego, cargados de alegría etílica con un punto de cretinismo ya estábamos listos para los autos de choque. Si bebes hay que conducir. 
Dos del grupo se habían peinado igual ese día. Eso obligó a que alguien les pusiera algún mote y el de hermanos maricones pareció el más adecuado esa vez. Solo por eso. Por vestir igual la cabeza. A otro se le llamaba quinielo por tener una bicicleta que llevaba escrito 1x2 así que...  
A uno de los hermanos maricones le tocó pasar un mal rato. Otro del grupo le agarró del brazo en los autos de choque y lo sacó del vehículo. En el recuerdo nos queda verle a gatas por la pista mientras los coches intentan evitarle o le pitan o el vigilante va por él para abroncarlo. Al salir de allí alguno de los nuestros se peleó con otro y tuvimos que esperar a que terminasen. 
A esa edad, hasta que no se mata alguién todo es divertido.