20 agosto 2013

Paisajes mentales, culpables.

Lo observo desde la recepción de un bloque de oficinas que vigilo.Me parapeta un cristal grueso, tal vez seguro pero mejor no poner toda mi fe en eso. 
Él tiene la camisa abierta y enseña pecho con chulería. Camina con seguridad hasta que ella le intercepta. No deben tener más de diecisiete o dieciocho años. Ella está enloquecida por la ira. Levanta las uñas como una mujer pantera de cómic y se las dirige hacia la cara. Él se protege el rostro como puede, la agarra de los cabellos, enmarañados ya de por sí por la agitación de la carrera, la tira al suelo y le suelta una buena patada entre las costillas. Luego se prepara para darle otra cuando un tipo barbudo salido como por prestidigitación de una esquina se acerca hasta él y a su altura le golpea con su fuerza de mastodonte, con la contundencia que solo puede conseguir un hombre del tamaño de un edificio. El joven chulito se desinfla y ve como su rostro se va hacia un lado pero allí le espera el puño de otro individuo igualmente aparecido, un tipo calvo y rechoncho que parece venir en el pack con el barbudo, son amigos. Entre ambos se reparten las mejillas del joven. Luego el barbudo saca un teléfono para llamar a la policía, supongo. Y el joven no se defiende. Está aterrorizado. El calvo le suelta una hostia cuando le apetece. El barbudo también. Y les apetece bastante. Luego llegan la policía y la ambulancia. La joven aprovecha para tirarse al suelo como el futbolista dentro del área. Comienza a llorar desde el suelo. Eso la subraya más todavía como víctima. La policía esposa al joven y lo introduce en la trasera del vehículo. Cierran la puerta y lo deján a él y a su rostro cargado de huellas dactilares o marcas de nudillos como mínimo, allí encerrado. La ambulancia atiende a la chica. Nunca sabré cómo acaba la historia. Sólo pienso en sus culpables:

Culpable 1: La víctima. Ella comenzó el ataque. También es violencia de género el ataque de la mujer al hombre aunque casi siempre se desestime. Y además no debería interpretar caídas y llantos. 

Culpable 2: El joven. No debió tirarla al suelo ni mucho menos patearla. Era más fuerte que ella así que podía inmovilizarla o abandonar corriendo la escena. 

Culpable 3 y 4: Si él no se defendía hubo como quince o veinte hostias gratuitas en su rostro. Sólo se dieron por el placer de darse. Se le llama linchamiento. 

Culpable 5 y 6: La policía y la ambulancia atendieron a quién lloraba más y acusaba mejor pero les aseguro que la atención médica más urgente, nunca sabré si habría conmoción cerebral, era la que se debió llevar él. Por más culpable que pareciera sólo era presunto así que también merecía cuidados.

Culpable 7: Yo. Lo ví todo. Pude ampliar la información para esclarecer mejor los hechos pero me quedé dónde estaba, tras el cristal. 

Me consuela pensar que aunque pagamos por crímenes equivocados todos lo hacemos más tarde o más temprano. 
Puedo creer en las víctimas pero nunca me harán creer en la existencia de inocentes.