25 agosto 2013

Paisajes mentales, digresión.

Hoy no tengo nada que escribir. Nada en especial a parte de las ganas de hacerlo. ¿Por qué debería ser eso un paisaje mental? ¿Por qué un estado emocional enmarcado en los de este mes? No estoy seguro, a estas alturas de Agosto ya escribo como a cualquier otra altura, nunca puedo sobrepasar el nivel de mí mismo.
Sólo decir que me regresa la intención de aquella otra madrugada de hace un tiempo dónde escribí bajo los efectos de un valium y en la parada del bus del sueño, esperándolo, me puse frente al ordenador para divagar. Me apetece como entonces escribir al tun tun de lo que salga. Porque cuando escribes sin objetivo es como si leyeras a otro que no eres tú. La escritura automática fluye más que ninguna otra del subconsciente. Es la única que puede sorprender al mismo escritor como si fuera de otro o como la mano dormida que masturba y parece ajena. Pero claro, al final sé que producirá tanto o más pudor que hablar de borracheras añejas, drogas pasadas o salpicados de sexo y amor.  
Alimento la vigilia con café y una libreta en el trabajo (cuando el compañero se lleva su ordenador a casa). De pie sobre una mesa alta con monitores escribo como Hemingway sobre sus Moleskine en las barras de los bares. Incómodo en la pose pero confortado por las letras. A expensas de la interrupción o del bloqueo. Haciendo bailar el café del termo en la taza con un juego de muñeca y buscando en su poso alguna idea nueva. Intentando no pensar mucho en el escenario casi único en el que vivo últimamente. Entregándome a ratos a la música para dejar de tocar con los pies en tierra y volar un rato. Escucho lo último de Bowie, ese artista que a ciertas personas les recuerda a mí porque les debí agobiar mucho cuando le admiré con furia adolescente. Esas personas me preguntan por él como si fuese el tío Manolo o el primo Luis "¿Y qué sabes de Bowie?". Con el tiempo la familia se hizo grande y numerosa y tengo otros familiares  que van desde Morrissey o Amy hasta veinte mil grupos independientes que sólo debe conocer la madre de los componentes y yo. En fín, como toca leer, continúo con Wilco que me relajan. Pero a falta de ordenador es la escritura lo que me mantendrá despierto, alimenta más la atención que el café. El amigo Mario lo sabe, http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com.es/. Y es que es hablar de café y recordar su blog. O escuchar a Sabina, ya puestos. Somos etiquetas en las mentes de la gente. Breves resúmenes, imágenes fijas, personajes de cómic. Independientemente del tiempo que pase seguimos inmutables en el recuerdo de alguien. Se nos recuerda por un rasgo de carácter o peor, por las últimas palabras que dijimos si estas no fueron muy buenas. Lo malo es más indeleble que lo bueno. Al menos hasta que nos volvamos a ver y sorprender en la medida de lo posible a esas personas. Aunque yo sólo podría hacerlo con los que no conocen este blog y mis historias, incluyendo estas digresiones en lo que cierta amiga llamó "la hora nube". 
Para esos tal vez no se me etiquete tan fácil o lo dejen en "ese que escribe un blog". Y luego añadan, "y al que en el blog se le va un poco la olla".