29 agosto 2013

Paisajes mentales, la larga espera.

Entro en la granja "La Catalana", abiertos desde 1900. Es un local clásico de Rambla Cataluña cercano a mi trabajo. Voy en busca de cafeína pre-jornada nocturna laboral. Cuando entro se me disparan las alarmas. La belleza que me atiende no me suena. Llevo siendo atendido durante más de un mes por una señora gorda, no demasiado atractiva y con voz de hombre rudo del ejército con las cuerdas vocales arruinadas. Aún así esta señora es muy eficiente y su dirección del resto del personal a lo sargento suele generar más eficiencia si cabe. Tiempo de recibir un café en la barra dónde me siento inclinado sobre está (como si imitase a un viejo borracho de los que se acodan allí): cinco minutos o a veces dos. También te llama guapo, exactamente igual que si fueras a comprar a la frutería o la pescadería.
La nueva sin embargo, recibe mi petición con una sonrisa. Y la veo trabajar. De pronto el tiempo se detiene en su lado de la barra. Pasan los minutos. No llega el café ni el hielo para mitigar el calor. Parece que la chica se afana con algo pero sus manos están vacías. Tal vez ha llamado a Colombia para que le traigan el café. Tal vez ha puesto a congelar el agua de los cubitos. Tal vez yo he entrado en una dimensión que no es la real y he desaparecido para ella(Quin Monzó asegura que se hace invisible en ciertos bares para ciertos camareros).
De pronto la veo con los brazos cruzados y apoyada sobre una campana de cristal que protege bollería, bocadillos fríos y una tortilla de patatas. Habla del fin de semana pasado con un camarero joven que viene con su bandeja vacía de la terraza y muy dispuesto al diálogo. Están absorbidos por una conversación que entre líneas dice si han mojado o no. Ella seguro, si ha querido. En ese plano sí que he dejado de sentirme las piernas y el resto del cuerpo porque para ellos no estoy. Les hago señas, carraspeo, hago crujir una bolsa de plástico para cómics que llevo en la bolsa más grande con el uniforme del trabajo... Parece que al cabo de un rato me ve como entre la bruma de un agujero que se ha abierto entre su dimensión y la mía. Abre la boca sorprendida de verme aparecer en su cerebro y empieza a corretear por detrás de la barra. Finalmente consigo el café y hasta el hielo más una sonrisa de circunstancias.Me lo bebo pero toca pagar. Y entonces veo que se ha abierto el desagüe entre dimensiones y yo me he vuelto a caer en esa otra dónde ella no me ve. La veo inclinada y enseñándome un buen fragmento de sus nalgas en esa posición pero claro, como se siente sola... Veo su dedo índice apuntalando el labio inferior en actitud pensativa. En una mano una lata de cerveza. No sabe si ponerla en un armario o en la nevera. Me dan ganas de gastarle el comodín del público y sugerirle que la cerveza mejor fría. Cuando al final resuelve satisfactoriamente esa duda existencial y ya han pasado casi diez minutos, hace el ademán de seguir ordenando, ni mira a su alrededor por si alguien de su dimensión o la mía quiere algo. Yo casi saco la pistola de bengalas para arrojarle una y que me vea pero por fin aparezco en toda mi impaciencia y le pregunto que qué le debo(ella a mí me debe un disgusto). Consigo que me cobre y vuelve a sonreír, simpatía no le falta, lo ha invertido todo en eso a falta de otra cosa. O a lo mejor es que  ve lo divertido que es todo esto. Si fuera yo un mal pensado diría que se está quedando conmigo.   

Nota: He leído una página sobre esta granja y el segundo comentario es de un tipo más airado que yo que me ha hecho reír pero no sé de quién habla cuando se refiere a esa tal Cristina.
 http://www.buscorestaurantes.com/restaurante/La-Granja-Catalana-17567-0

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