16 agosto 2013

Paisajes mentales, París con aguacero

Íbamos y veníamos del centro de París cada día. Dormíamos en un camping. Mi hermana y familia me habían llevado en coche. Un precioso viaje entre montañas nevadas "amenizado" por los agotadores e impacientes comentarios de mi sobrina de cuatro o cinco años por entonces. 
París estaba lluvioso. Algo habitual. Aún conservo el pequeño paraguas que compré allí, con el dibujo de su famosa torre desleído por el tiempo. 
De París me quedó muy buen recuerdo. Ella decía que Viena pero yo siempre diré que París. Mi hermana que Roma. Cada uno afincado en sus preferencias sin más relevancia que la de charlar ociosamente. Yo argumentaba mi gusto aduciendo que me gustan los espacios abiertos y gigantes, esa libertad casi histórica que sentía en la tierra de las guillotinas, un lugar dónde el pueblo enfrentó a sus gobernantes del modo en que me gustaría a mí asaltar a los míos, en plan jacobino. "Tú siempre tan animal", me dijeron ellas. Pero también me gustaban sus edificios y sus cafés y ese halo de ciudad antigua aunque bien conservada.
Desde el primer día en el Louvre no quise olvidarme de París que sería la única por la que repetiría viaje si pudiera. 
Acudíamos con el ánimo bajo y la fiesta más aguada que los días. Veníamos de una larga convalecencia de lo nuestro. De una ruptura solventada con un tibio regreso. Aunque la ciudad y las distracciones estaban solucionando algo nuestros respectivos estados anímicos. 
Después de comerme un bocadillo como la suela de un zapato que yo, amable con la urbe, disculpé diciendo que la humedad le hace eso al pan, se me ocurrió algo. Las aguas del río me llamaban. Era una tontería pero no estaba en los escuálidos planes que teníamos de museos y visitas fugaces a fachadas, tal vez alguna cafetería. Dije que podíamos viajar en uno de esos botes que cruzaban el Sena. 
Ella primero me dijo que no, que si era muy caro y no nos lo podíamos permitir( todo era caro allí así que tampoco me parecía para tanto). Pero yo sabía que lo que no nos podíamos permitir era ir y venir de Francia así que si estábamos allí solo teníamos eso, un feliz presente más o menos asegurado. Me empeñé en el viaje. Sabía que ella lo quería incluso más que yo. 
Ya en el barco turístico, acomodados y viendo sentarse a la gente de todas las nacionalidades ella me dió un beso en la mejilla y me apretó con fuerza la mano: "Hombre, sé un poco más romántico. ¿No? Ya que estamos aquí vamos a disfrutarlo".  Estaba contenta. Era un pequeño detalle pero resumía la situación. 
El sol parecía brillar entre tanta lluvia o soy yo que hago trueques literarios con la memoria.  Aunque sí creo que realmente algo se abrieron las nubes. 
Dice Andrés Trapiello en sus diarios:"Aunque las ciudades grandes no favorecen los enamoramientos. A las ciudades grandes hay que llegar enamorado" No estoy de acuerdo. A las ciudades grandes o pequeñas llega uno como puede y sale del mismo modo. Cada uno las pisa con sus pies y a su manera. Y a nadie le sientan igual. A mí París, debo decirlo, me sentó muy bien. A los dos.