14 agosto 2013

Paisajes mentales sexo II

Le gustaba hacerlo sin luz pero con palabras. Siempre alguna historia perversa entre violador y violada. En la imaginación hay licencias que la realidad no admite.
No le gustaba la música tampoco. La distraía. Yo le recomendaba leer que dicen que potencia la atención. A mí la música no me distraía. Me amplificaba. Pero en fin, sin acritud. Ella también me amplificaba.Ella, yo y las historias susurradas en el oído ampliando el deseo. 
Podía medir el éxito de mis cuentos por el grado de humedad que le notaba. Aunque no siempre podía seguir con la narración, el orador podía descarrilar, podía distraerle la presencia cercana del orgasmo y entonces tocaba atajarlo, nada de darle facilidades antes de tiempo. Tenía que pensar en mis propios cuentos dantescos para no dejarme llevar por el tirón final del clímax. No ser nunca el primero. Por más que ella me dijera que daba igual y que no pasaba nada. Pero claro que pasaba. Sí con alguien que sólo terminaba un polvo con la intención de comenzar el siguiente. Había que mantener estrategias de ahorro de energía como un ordenador o un electrodoméstico reciente. Había que luchar por no fatigar todos los cartuchos de la virilidad porque los de la feminidad parecían infinitos. Ella se hubiese tomado un gatillazo peor que un rechazo por más que nunca es así, que eso es cosa de los hombres y casi nunca tiene que ver con ellas. Una mala pasada de la naturaleza para humillarlos, solo eso. Así que manteníamos nuestro amor casi silencioso salvo por las historias a volumen mínimo.
Ella nunca había leído libros antes de mí. Después le cogió el gusto a los eróticos. Los leídos y los que me inventaba mientras ella primero y luego yo, buscábamos el mismo placer.