18 agosto 2013

Paisajes mentales, sexo III

A veces salíamos del trabajo y buscábamos algún sitio para follar. Éramos amantes clandestinos.
Otras veces hacíamos como que nos habíamos ido y nos quedábamos allí mismo con el mismo objetivo. A través de una puerta de una sala de cine con ojo de buey por el que mirar hacia la entrada.
Yo había bajado casi todos los diferenciales de las luces. Después solía pasar frente a la puerta del despacho del encargado que estaba abierta y le decía que ya no quedaba nadie en las salas. A continuación  hacíamos como que abríamos la puerta del hall y efectivamente la abríamos y la cerrábamos para que sonase a abierta y cerrada pero en realidad nos quedábamos dentro. Corríamos hasta la sala más cercana para escondernos. Nos gustaba la dos porque allí lo hicimos la primera vez pero a veces era la nueve porque pillaba junto a la persiana y las puertas de salida y nuestras simulaciones. Desde allí vigilábamos a los demás. 
El encargado esperaba al operador de cabina y se iban. A veces robaban algo de la tienda de chuches. Nada, un par de bocados de algo que agarraban con la mano y se llevaban a la boca mientras salían endulzándose o salando el día. Nosotros esperábamos un poco más por si alguno se olvidaba algo y regresaba. Luego, cuando nos creíamos a solas, yo la cogía y la llevaba con brusquedad hasta la primera pared que nos acogiera. A veces el amor también es vertical. Le levantaba la falda. Nunca había mucho que lubricar. Sus flujos son cosa mitificada por este blog. No todo eran desventajas en la peor relación del mundo. 
Si era invierno todavía me daba para elevarla en mis brazos, menuda como era y para follarla al rebote, sólo limitados por mi buen pulso y mi fuerza. Aunque eso dura poco, que no mienta más el cine, el sexo en términos tan apasionados tiene límites y puede agotar más de lo que se goza. 
Cuando me había quemado los bíceps seguíamos revolcándonos por las moquetas. Era asqueroso pero no me recuerdo especialmente asqueado. Y a ella menos. No lo sabíamos pero aquello iba a ser una fiesta para los ácaros. Cogeríamos la sarna y esos bichos se amarían a la vez sobre nuestros genitales, axilas y puntos cálidos hasta que los matásemos en un Vietnam microscópico a base de una crema abrasiva. Y yo que siempre había creído que esa era enfermedad de tiempos pasados o de guerras resulta que también podía serlo del amor. ¨Pecábamos´´ con la carne pero nos jodimos la piel. Durante bastante tiempo. Y entonces yo decía que eso tenía que acabar. Pero al cabo de muy poco, a veces no más de veinticuatro horas para reiniciar el sistema genital, se acababan las películas en el cine y comenzábamos la nuestra mientras el pueblo se iba a dormir. Todo muy incómodo, precario y sórdido. Aunque luego, en algunas camas y sofás que fuimos logrando ya no nos fuera mejor.       

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