20 enero 2013

Apariencias


"Venga tíos, hoy me he levantado contento, comparto mis momentos con una persona que hace que sean importantes, voy a cumplir mis objetivos y nadie va a conseguir pisarme”. Esta mierda de mensaje pertenece a un conocido de toda la vida que tengo en el facebook pendiente de ser expulsado. Cuando dice que se ha levantado contento se referirá a la erección matinal porque desde que le conozco me consta que es de ánimo tristón. Cuando dice que comparte sus momentos con una persona que blah,blah se refiere a una que cada dos por tres le hace escribir humillantes mensajes en el mismo muro a vista y paciencia de todos dónde explica cómo se le hunde el mundo porque le han dejado(yo también le dejaría si fuera mujer, por baboso). Cuando dice que va a cumplir sus objetivos se refiere a bajar los veinte kilos que le sobran y que le hacen colgar videos dónde hace deporte y sube montañas con música de fondo de “Rocky” y toda clase de tonterías de niño de ocho años para luego comprobar, al verle en persona, que está más atocinado que nunca. Y todo eso se lo perdono. Pero no puedo perdonarle esas fotografías cursis donde dos manos forman un corazón y enmarcan el sol de fondo. Como he dicho, no tengo nada contra la homosexualidad. Sí que lo tengo contra los heterosexuales moñas. Yo me entiendo. Su muro está repleto de retórica torpe y mal expresada que intenta imitar a Bucay y compañía pero luego hablas con él, con ese supuesto coach profesional que me va a explicar cómo tengo que vivir la vida y el tipo siempre está derrotado, traicionado por una mujer, por unos amigos o por la obesidad mórbida. Dicho así queda cruel. Pero la crueldad es la que se inflige a sí mismo cada día. Su sensibilidad de “mirad, cómo lloro, hacedme caso” es lo que me lleva a pensar que está de más en mi muro. Un dicho peruano dice que “el muerto se hace el pesado cuando tiene quien lo cargue”. Pues eso.

Vida sana a tope uuuuuuuuuuuhh Vida sana. Hoy a correr y por la tarde al gimnasio uuuuuh”. Este último gilipollas también es conocido y candidato a la patada del facebook. J. y yo nos lo encontramos hace dos semanas en el bar de siempre. Cuando le hablábamos quería decirle algo a J. sobre la perrera dónde trabajaba mi amigo pero llevaba tal borrachera encima que sólo podía ladrar. Con los ojos semicerrados y alcoholizado hasta la preocupación(yo sugerí llamar una ambulancia no fuera a darle un coma etílico) sólo nos respondía a todo y casi sin vernos, “guau, guau, guauuuuuuu”. Se había emperrado en que era... un perro. No consiguió articular ni una solar frase. En su línea habitual. Y al día siguiente y en el facebook para que lo viera todo el mundo “por fin he regresado a la vida sana. Los malos tiempos de vicio terminaron. Feliz día a todos uuuuuuh

Hoy corría en mitad del bosque y en el kilómetro 33 me he parado y le hecho una fotografía a la luna, miradla”. Otro moña. Este no da para más. Poesía de baratillo, fantasmeo absoluto(el kilómetro 33 corriendo ni en sueños y menos con ese cuerpo) y la tontería a flor de piel. Este ni siquiera es amigo mío. Es del blog de J.. Hicimos una dirección falsa de facebook, le agregamos y le respondimos “hoy en el kilómetro 33 me he parado, me he bajado los pantalones y le he hecho una fotografía a mi culo, mírala que se que te gusta bujarrón”. Bueno, yo también tengo mis momentos ochoañeros.

Conociendo a estos pájaros ya sé lo que pensar sobre la gente a la que vemos tremendamente segura de sí misma, con supuestas vidas perfectas y sanas, con trabajos de puta madre y con una mochila llena de los secretos de la vida que estabas esperando. Que cómo el refrán “dime de que presumes y te diré de qué careces”.

Sólo los verdaderamente débiles no reconocen sus debilidades. Y así les va.



13 enero 2013

Epílogo


Regresé sobre los cinco minutos de pasos que me llevó recordar el libro.
Me dolía la cabeza. No sabía si era la llegada de una resaca o la tarjeta de visita de una gripe en ciernes(pero la gripe la cogí dos semanas más tarde).
La alegría del vino llevaba un rato desaparecida. Ya sólo podía acogerme a la alegría del desahogo sexual que me resultaba preferible a la primera. Por lo menos no tiene efectos secundarios como el alcohol.
Estaba enfadado conmigo mismo por dejarme el libro. Sólo quería ir a mi casa y descansar.
Lo que en su momento había parecido buena idea ahora no lo era tanto. Con la mente dolorida y apuñalada por punzadas constantes sólo quería llegar a mi piso y encomendarme a los beneficios del Ibuprofeno. Ya no quería más Lali ni más catalonian language training (y por cierto, aprobé mi examen de nivel de catalán), ni más chalets silenciosos pero ajenos. Sólo quería el libro que no era mío sino de la biblioteca. Y luego no ir más allá de esta noche. No suelo empezar algo tan rápido así que tampoco terminarlo pero siempre se aprende algo.
Me abrió la puerta en albornoz y con una toalla en la cabeza. A este pasó iría a trabajar casi sin dormir. Y qué bueno no tener tampoco a nadie en las cercanías a quién molestar con una ducha nocturna.
Salió casi asustada preguntándome si pasaba algo.
Le dije que me había dejado el libro en su casa y me respondió creo que molesta que me lo hubiese devuelto otro día. ¿Tan importante era? No le respondí sobre eso.
Ella lo sacó de su bolso y me lo dio bruscamente aunque en la puerta nos despedimos con otro beso. Allí me preguntó que hasta cuando. “Ah, ya nos llamaremos” y que teníamos nuestros números y todo eso. Pero no quise ofrecer más explicaciones que pudieran usarse en mi contra.
Y sí, ya después de eso me alejé relajado y casi feliz salvo por el cráneo y sus punzadas, hacia algún transporte público en el que poder acurrucarme sobre mí mismo y sufrir en soledad el dolor.
Un autobús nocturno resultó la mejor solución. Pero un autobús que esperé media hora, tardó casi tres cuartos de hora hasta llegar al centro y me dejó en un lugar donde tuve que coger otro autobús más.
Regresé a casa mientras pensaba que todo lo extraño que provocamos que nos suceda suele ser por aburrimiento o por la falta de un objetivo claro.
Afortunadamente esto que ya estaba viendo como un error no me lo parecía tanto. No de esos que tienen grandes consecuencias, al menos. No en teoría.
Todo lo vivido solo me parecía ya digno de un encogimiento de hombros.
Una forma de ser más feliz de lo normal al llegar a casa.


10 enero 2013

Una cita en Barcelona(VI)


Su madre y su hijo estaban en casa de su hermana y su cuñado. No sé si lo sugirió ella.
Su casa estaba en un recinto de chalets adosados con aparcamiento privado. Bonito lugar para vivir. Y muy tranquilo.
Le envidié el vecindario. Era un lugar en el que podía soñar con estar en paz con todo el mundo y no escuchar a los miserables que tengo encima y me suelen alterar el ánimo y puede que hasta el carácter. Pero a la altura de mi experiencia ya sé que la envidia sólo es estar especialmente desinformado. Una persona sin mis problemas es una persona con sus propios problemas (y no eran los de Lali como para desearlos).
Aún así no pude dejar de seguir apreciando el silencio sobre nuestras cabezas dónde solo había un techo y no unos muebles arrastrándose o piezas metálicas cayendo al suelo.
Ni gritos en la calle de niños en horario adulto, ni la música salsera de los vecinos de al lado a la que yo ataco con la mía no menos salvaje. Aquel lugar era un perfecto armisticio para mí.
Me ofreció y acepté una copa de vino y brindamos por el encuentro y por la cena y nos reímos de algo que no recuerdo pero que seguro que no era tan divertido como nos parecía por culpa del alcohol. A partir de aquí descarrilo un poco por la memoria, el tren se ha salido de la vía y sólo recuerdo vagamente que hacíamos chistes con doble sentido que llevábamos al terreno sexual.
Fui al servicio y aproveché para lavarme un poco la cara que falta me hacía. Me empezaba a sentir medio idiota por el embotamiento del alcohol. Al salir descubrí que no había nadie en el comedor, sólo esa gran pantalla de televisión con aspecto de mini-cine, sus muebles de madera sólida y noble y una mesa de centro con dos copas de vino vacías en el centro. Ni me molesté en curiosear sus retratos de familia, probablemente colocados por toda la casa por su madre.
Busqué a Lali por una casa de al menos ciento veinte metros cuadrados. Buena casa para sus padres, ella y su hijo pequeño pero no tan grande como para no localizarla pronto. Estaba al fondo de un pasillo largo con una habitación al fondo. Fui hacia allí sin pensarlo dos veces.
La descubrí en bragas. Se acababa de quitar casi toda la ropa y los dos pechos me resultaron repentinamente excitantes. No percibí anquilosamiento alguno. Todo lo contrario.
Me acerqué a ella. O nos acercamos el tinto y yo. Muy contentos. Tal vez el último vino había sido incluso vasodilatador.
Ella me esperaba tranquila.
Llevábamos cinco horas de cita, salgo a post por hora, y ahora por fin podía decir que ocurría algo interesante.
Nos besamos mientras mi mano se deslizaba hacia sus nalgas sin pensar ni por un segundo que se las iba a dejar puestas mucho tiempo.
Creo que fue divertido. Sin las inhibiciones habituales de la primera vez. Aunque tal vez sea más divertido ahora que lo recuerdo mientras lo escribo y porque a mí me divierte narrarlo, porque pienso como Joan Didion eso de que “nos contamos historias para poder vivir”. Y en mi caso para encontrarlo todo más divertido. Aunque honestamente lo recuerdo vagamente, sólo me vienen como flashes de estar sudando desesperadamente sobre ella y pensando que Lali encima estaría mejor porque una mujer, a diferencia de un hombre(si este no tiene el tamaño viril de un caballo), al ponerse encima se puede sentar y estar más cómoda que el compañero que en cambio tiene que apoyar su propio peso sobre los antebrazos además de no perder el ritmo sexual y realizar una serie de esfuerzos extra que no ayudan a que sea divertido(aunque es un deporte magnífico). En cualquier caso no había confianza para sofisticados recursos sexuales, no recuerdo haber aportado litografías de especial relevancia al Kama Sutra.
Sobre las tres de la mañana la función terminó y se bajó el telón(y dónde digo telón puedo decir otra cosa). Y yo no quería quedarme en ese teatro o mejor dicho, en cama ajena. Me estaba “despertando” de las brumas del alcohol.
Así que me fui con ganas de irme y con esa prisa tan masculina cuando no hay otra cosa que sexo. De pronto quería desaparecer de su vida. Hasta tenía el arrepentimiento de haber entrado. Y por algún motivo y a pesar de los sudores todo me parecía muy frío y lo frío me suele deprimir.
Pero en la calle recordé que mi libro seguía en su bolso. No es la primera vez que me pasa. Los hombres deberíamos tener una alternativa a los bolsos femeninos.

05 enero 2013

Cita en Barcelona (V)



Estaba en silencio. Yo esperaba una respuesta. Cuando habló fue para contarme que ella no era así. Que no solía hacer esas cosas. La frase "YO NO SOY ASÍ  la he escuchado en muchas mujeres a lo largo de mi vida. A mí me suena como el masculino "es la primera vez que me pasa" después de un gatillazo. Una excusa muy obvia y muy usada como para ser cierta. ¿Que ella no es así? Claro que es así. Y de muchas otras maneras. Todos somos así como actuamos. Que nos avergüence ya es otro tema.
Me volví a crecer ante su pudor así que llegó el momento de aflojar y mostrarme conciliador. Ella seguía mostrando su nerviosismo palpándose el bolsillo de la chaqueta sobre el respaldo de la silla y luego rebuscando en su bolso como si andase a la busca de un cigarrillo y de pronto comprendiera que allí no se podía fumar levemente incómoda y abandonase. Aunque seguía sin aguantarme la mirada después de la pregunta.

  • No pasa nada- dije yo- Si fue divertido. Bueno, no me lo esperaba, por eso te preguntaba pero ya está.

  • Ya,ya pero no sé qué me dio. Es que yo no soy así...

Cambié otra vez de conversación para no molestarla más y sugerí que fuéramos a cenar a algún sitio y a ella le pareció bien un restaurante de tapas vasco que hay en el Paseo de Gracia al que yo, la verdad, nunca había ido.
Allí tomamos unas cervezas de más(que para mí son todas las que me tomo ya que beber sólo bebo por hacer compañía a los que beben y normalmente vino tinto). Estábamos en unos taburetes altos e incómodos pero estuvimos mucho rato hablando de todo y de nada. Ella tenía trabajo en Barcelona. Sus padres tenían una ferretería en Sitges a la que la crisis no le había afectado y la habían contratado. Mira, un problema menos para Lali, que no era poco.
La conversación fue más distendida y el alcohol nos fue relajando a los dos. Sería imaginación mía pero al menos creo que nos dejamos de interrogatorios. O se dejó ella que yo no la estaba sometiendo a ninguna prueba.
Fue entonces cuando tuve la brillante idea de dar por acabado el día o seguirlo y le pregunté si quería venir a mi casa o tenía algo que hacer. Como ya he dicho, toda cerveza en mi cuerpo va de más.
Ella me preguntó si vivía con alguien. Y le dije que tenía picad... quiero decir que tenía la casa de mis padres que ese fin de semana no estaban por asuntos que resolver en el apartamento. Que casi seguro que no estaban, le dije.
Me dijo que en su casa no había nadie y estaba más cerca y era seguro que no había nadie. Y que al día siguiente trabajaba temprano y le venía mejor.
Por mí perfecto. Con todo lo que suponía eso. Pero lo cierto es que pensaba que a ese paso ya iba a recuperar la virginidad por inactividad sexual. Según la interesada empresa Durex, el no hacerlo a menudo te atrofia. Pues vaya un estudio. Eso lo sabe todo el mundo. La buena y no menos interesada noticia es que se puede recuperar lo atrofiado.
Fuimos al parking cercano dónde tenía el coche de su padre y nos fuimos atravesando la noche hacia un desconocido barrio (para mí) de Barcelona. Lo cierto es que no lo esperaba. Me parecía como si todo sucediese desde fuera y me viera desde el exterior como en esas películas dónde alguien se muere y su espíritu flota por la sala de autopsias y se ve a sí mismo pálido y quieto sobre una mesa. Nos solemos ver desde fuera cuando nos queremos desentender de algo que no queremos hacer y sin embargo vamos a hacer. Más o menos.
YO NO SUELO SER ASÍ.