30 agosto 2013

Paisajes mentales, dudas

Fue una vez por la tarde. Estábamos sentados en un banco frente al mar. Había circunstancias que indicaban que allí podía haber algo más que eso. Entre ambos había una conversación de lugares comunes intrascendentes sobre todo y nada pero otra corriente alternativa de simpatía, de actitudes, de gestos, de quedar por quedar sin venir a cuento, de indirectas y por último de ese silencio entre nosotros en aquel banco. Estábamos sentados porque ella quería estar allí. Ella no podía hacer más. El que llevaba la carga o la obligación de otra persona era cosa mía. Ella no podía hacer más que lo que hacía sin arriesgarse a dar un mal paso y arruinar ese algo que parecía haber entre nosotros. Era yo el que dudaba ese instante sobre algo tan sencillo como romper ese silencio que se nos quedó frente al agua y las gaviotas con un acercamiento o dejarlo correr.
Todo se iniciaría con un simple gesto. Una montaña elevada que se abriría frente a mí de nuevas obligaciones, de explicaciones y hasta puede que gritos, de ruptura de hábitos, siempre me ha costado romper la cómoda rutina de una vida por la aventura de una pasión, dicen que para eso los hombres somos más conservadores y vaya si lo he demostrado. Era un gesto y matar a mi yo para tener que reconstruirme de nuevo. Se necesita amar mucho a alguien para pasar por el proceso de reconstrucción que supone cambiar de vida. En el cine siempre lo evitan poniendo un beso, un fin y los créditos. Pero lo que viene luego es más complicado. Es lo de después lo que me hacía pensar. Y pensar que a otra persona no te unes para pasarlo mal. Para eso ya está el trabajo. El amor, si no se piensa como un negocio o una inversión es libre y por tanto lo quiero confortable y estar seguro de que lo será. Tal vez por eso ya no me molestaban esos tiempos lentos de acercamiento entre dos personas. En la adolescencia, cuando no pensaba más allá de la carne me irritaban pero ahora el cortejo me resultaba más interesante que su resolución. Mejor estudiarla y ver o especular sobre qué nos podía esperar más allá de una cafetería o un restaurante, sobre el terreno y la guerra contra la vida. Qué tal equipo podría hacer con Ella en las buenas pero sobre todo en las malas. Porque hay un momento en la vida en que una compañero-a ya no puede ser ese-a con quién follas. El sexo requiere descansos y estos suelen ser más largos y ya ningún cuerpo, por atractivo que fuera, me compensaría de charlas estúpidas o bostezos eternos. Pero esto no era sobre el cortejo ni el amor ni el acercamiento entre dos personas. O sí pero sólo un poco. Esto era más bien sobre las dudas que me asaltaron una vez, hace mucho tiempo, en un banco de un puerto frente al mar. Tampoco es sobre lo que pasó o no que ha dejado de importar. Esto sólo era sobre el temor que tuve y la duda entre dejarlo correr o por el contrario posar mi mano sobre otra y matar el inútil espacio entre sus labios y los míos.
 

29 agosto 2013

Paisajes mentales, la larga espera.

Entro en la granja "La Catalana", abiertos desde 1900. Es un local clásico de Rambla Cataluña cercano a mi trabajo. Voy en busca de cafeína pre-jornada nocturna laboral. Cuando entro se me disparan las alarmas. La belleza que me atiende no me suena. Llevo siendo atendido durante más de un mes por una señora gorda, no demasiado atractiva y con voz de hombre rudo del ejército con las cuerdas vocales arruinadas. Aún así esta señora es muy eficiente y su dirección del resto del personal a lo sargento suele generar más eficiencia si cabe. Tiempo de recibir un café en la barra dónde me siento inclinado sobre está (como si imitase a un viejo borracho de los que se acodan allí): cinco minutos o a veces dos. También te llama guapo, exactamente igual que si fueras a comprar a la frutería o la pescadería.
La nueva sin embargo, recibe mi petición con una sonrisa. Y la veo trabajar. De pronto el tiempo se detiene en su lado de la barra. Pasan los minutos. No llega el café ni el hielo para mitigar el calor. Parece que la chica se afana con algo pero sus manos están vacías. Tal vez ha llamado a Colombia para que le traigan el café. Tal vez ha puesto a congelar el agua de los cubitos. Tal vez yo he entrado en una dimensión que no es la real y he desaparecido para ella(Quin Monzó asegura que se hace invisible en ciertos bares para ciertos camareros).
De pronto la veo con los brazos cruzados y apoyada sobre una campana de cristal que protege bollería, bocadillos fríos y una tortilla de patatas. Habla del fin de semana pasado con un camarero joven que viene con su bandeja vacía de la terraza y muy dispuesto al diálogo. Están absorbidos por una conversación que entre líneas dice si han mojado o no. Ella seguro, si ha querido. En ese plano sí que he dejado de sentirme las piernas y el resto del cuerpo porque para ellos no estoy. Les hago señas, carraspeo, hago crujir una bolsa de plástico para cómics que llevo en la bolsa más grande con el uniforme del trabajo... Parece que al cabo de un rato me ve como entre la bruma de un agujero que se ha abierto entre su dimensión y la mía. Abre la boca sorprendida de verme aparecer en su cerebro y empieza a corretear por detrás de la barra. Finalmente consigo el café y hasta el hielo más una sonrisa de circunstancias.Me lo bebo pero toca pagar. Y entonces veo que se ha abierto el desagüe entre dimensiones y yo me he vuelto a caer en esa otra dónde ella no me ve. La veo inclinada y enseñándome un buen fragmento de sus nalgas en esa posición pero claro, como se siente sola... Veo su dedo índice apuntalando el labio inferior en actitud pensativa. En una mano una lata de cerveza. No sabe si ponerla en un armario o en la nevera. Me dan ganas de gastarle el comodín del público y sugerirle que la cerveza mejor fría. Cuando al final resuelve satisfactoriamente esa duda existencial y ya han pasado casi diez minutos, hace el ademán de seguir ordenando, ni mira a su alrededor por si alguien de su dimensión o la mía quiere algo. Yo casi saco la pistola de bengalas para arrojarle una y que me vea pero por fin aparezco en toda mi impaciencia y le pregunto que qué le debo(ella a mí me debe un disgusto). Consigo que me cobre y vuelve a sonreír, simpatía no le falta, lo ha invertido todo en eso a falta de otra cosa. O a lo mejor es que  ve lo divertido que es todo esto. Si fuera yo un mal pensado diría que se está quedando conmigo.   

Nota: He leído una página sobre esta granja y el segundo comentario es de un tipo más airado que yo que me ha hecho reír pero no sé de quién habla cuando se refiere a esa tal Cristina.
 http://www.buscorestaurantes.com/restaurante/La-Granja-Catalana-17567-0

28 agosto 2013

Paisajes mentales, Amor III.

Entre nuestros mil epílogos estuvo el del concierto. Una noche entrañable de la que ella, sin embargo, no me pidió el recuerdo. Su entrada se quedó y permanece al cabo de tres años en uno de los bolsillos de una americana marrón que no suelo usar, parezco un profesor de historia cuando la llevo. Ni siquiera debí ponérmela aquella noche. Dudé tres veces frente a la puerta de casa, la hice esperar varias veces y salí de mi piso como el que sale de un probador. Primero demasiado negro en la ropa, después demasiado serio, por último "venga ya, da igual, haremos tarde para el concierto". Luego hacer tiempo cerca de la sala de conciertos dividida en tres, unos garajes venidos a más muy populares por nuestra zona. Como casi nadie esperaba a nuestro siniestro y poco conocido ídolo, el que fabricó nuestra banda sonora amorosa durante unos años sin él saberlo, nos fuimos a entretener en el barco de un parque cercano, un lugar ideal para los que detestan que haya gente cerca. Ella se me sentó encima, como siempre. Siempre obligándome a ladrarle a los viejos que pasaban y se enfurecían porque el amor actual fuera tan evidente y exhibicionista. Yo hubiese preferido mostrar menos pero el tono quejoso de esos abuelos me molestaba lo suficiente como para ahuyentarlos con amenazas desganadas pero suficientes. Y ella entonces me ponía su pequeña mano en la boca y me la tapaba para que dejase de comportarme como un poligonero en efervescencia aunque nunca se me bajaba del regazo para contentar a los vejetes. Eso ya no. Pero aquella tarde de invierno era fría, oscura y árida para casi todo el mundo. Y esperábamos al ídolo calentándonos con la magia de las manos y los labios. Como dos amantes en Siberia. Ella aprovechaba para preguntarme lo que le interesaba. Nos veía ya tan precarios que siempre le interesaba el futuro y me interrogaba con miedo. No sé por qué me envió más tarde todos esos mails de nostalgia de lo nuestro cuando lo nuestro sólo se redujo a su miedo a perderlo y mis ganas de acabarlo(casi siempre). Y después, mirar el reloj, darle dos palmadas en las nalgas y decirle que ya era hora de acercarnos otra vez a la sala por si acaso, porque los dos queríamos ver de cerca al que sólo conocíamos por Youtube o sus discos. Tengo que decir que nada me endiosa más a una persona que su música si esta me gusta. Después de todo sí que voy a ser un creyente y un converso hacia algún tipo de doctrina. 
En la cola la gente hablaba en nuestro idioma. Creíamos que era un personaje tan minoritario que sólo le veríamos nosotros pero había un buen puñado de admiradores que incluso le copiaba el aspecto. Ella y yo nos callábamos para escuchar algunos fragmentos de conversaciones y luego nos mirábamos y sonreíamos con complicidad. 
Después entramos en la sala, ella se pidió un tequila y yo la dejé darme clases para beberlo enternecido, me divertía hasta su lengua lamiendo la sal sobre su piel antes del trago y el gesto arrugado, los guiños por el fuego del alcohol. 
Hablamos con dificultad, encaramando nuestros decibelios sobre lo alto de los de las canciones que sonaban en los altavoces cercanos, tan grandes como nosotros, intimidatorios, demasiado poderosos para nuestras pequeñas orejas. 
Y luego empezó casi sin aviso. La música cesó, se apagaron las luces, la gente se acercó de golpe hasta la valla de contención, ella aplastándose ya contra una chica, yo aplastándome contra ella y tratando de jugar al tetris con mi erección y el hueco entre sus nalgas. 
Y durante más de una hora vimos o entrevimos al ídolo. Abrazados la una frente al otro. Entre sombras. Le gritamos. Como era de ambos no me puse celoso. Cantamos hasta dónde nos permitía el inglés y sobre todo la memoria. Le imploramos nuestras preferidas, las cantó si le vino en gana o si estaban en el programa.  Pasamos de fotos o filmaciones porque ya había una decena de personas que se entretenían con eso y podríamos ver colgado el concierto desde varios puntos de vista en youtube, eso estaba hecho, porque la realidad se vive en la realidad y no detrás de una cámara. Nos quedamos afónicos. Nos dejamos drogar por el mareo de la situación. 
Cuando salimos el frío volvió a recordarnos que el verano sólo había sido posible en la sala de concierto.
Salíamos tan eufóricos que parecía que nada podría nunca fallar entre nosotros.
A veces nos gustaba contarnos hermosas mentiras, ¿Por qué no? 

27 agosto 2013

Paisajes mentales, actualizando datos con una ex-compañera.



Quedamos después de dos años. Trabajé con ella. Solo eso. Hemos sentido nostalgia el uno del otro por culpa de una fotografía en facebook. La solucionamos tomando café. Me pone al día de las nuevas parejas o rupturas acontecidas desde que me fui. Conozco a los personajes pero el tiempo me los hace un poco ajenos. Me gustaría que me detallase las circunstancias de lo que cuenta. Todas las historias suenan a ya oídas. Es el estilo el que las reescribe y las hace nuevas. Pero la gente es cada vez más lacónica. Todo se reduce a decir que X se lo ha montado con F, que L rompió con S o que W ha tenido un hijo. Todas esas felicidades o sufrimientos convertidos en frases cortas o titulares. No me transmiten nada. Así no hay quién pesque una buena historia para escribirla. 
Hay algunos silencios incómodos. No todo el mundo pasa el test del olvido. Con ciertas personas te reencuentras al cabo de años y retomas la última conversación como si nada. Con otras todo lo contrario...
Luego yo, que tengo fiesta, la acompaño hasta el cine. Como cada paso que doy es un recuerdo y no hay una sola baldosa desde la estación hasta su puesto de trabajo que no me incendie las neuronas con imágenes del pasado, no entro en el centro comercial ni acepto ver a los pocos ex-compañeros que me quedan allí. Esa zona del mundo me agobia, parece difícil de superar.
Nos despedimos con besos castos de hermanos. Prometemos quedar antes de dos años y no dejar pasar tanto tiempo esta vez. Es lo que siempre se dice pero no siempre se cumple.          

26 agosto 2013

Paisajes mentales, la ley del más simpático.

Un verano dedicado al trabajo. Podría ser peor. Podría ser parado, sin ingresos y sin poder dormir con la cuenta del banco al descubierto.
Mi amigo el uruguayo del que conté vida y milagros o por lo menos chanchullos hace unos cuantos posts es una diversión continua. Y hasta una influencia mala o buena. Tiene un gran talento pero sólo lo usa para el mal aunque suelen ser maldades pequeñas que se quedarían en travesuras si fuera un niño y no un señor de sesenta y un años. Pero luego sigo con él.  
Mientras me gano al vecino psicópata del quinto, el terrible y antipático alemán que te pone trampas para medir la calidad de tu vigilancia o conozco el horror de pequeñas incomodidades como los árboles caducifolios que dejan caer sus resecas hojas en cualquier época del año, sueño desde mi trabajo con el sol y las playas que pertenecen a la vida de muchos de vosotros. Y me facilito la faena. 
Apunto todas las horas en las que el alemán aparece intempestivamente. Vigilo la dirección del viento que atrae nuevas hojas a los portales del edificio. Al alemán ya le he pillado las frecuencias, suele aparecer cuando yo tengo una escoba en la mano y una sonrisa en la boca. Es demasiado predecible, demasiado reglado su mundo, le adivino las entradas sorpresa y ya empieza a sonreírme y hasta me ha caído alguna propina por ayudarle con la compra. No bajaré la guardia. Con las hojas observo que se acumulan en montón frente a la portería y en el mismo sitio así que un gracioso golpe de escoba las empuja a lo grande contra el portal cerrado en mis horas de trabajo de un Zara cercano. Creo que les hago un gran favor a esas chicas de la tienda de ropa. Tantas horas dedicadas a la rutina de doblar trapos que las desconsideradas clientas dejan por ahí de cualquier manera y ni siquiera compran... Yo les hago cambiar el tedio de la faena repetida y les añado la de recoger las toneladas de hojas que ahora se acumulan en su puerta. No me pasaré a que me lo agradezcan porque soy un samaritano anónimo que no necesita que me aplaudan en la cara. 
Y luego llega el uruguayo terrible y me demuestra que para maestros él. Me llama por teléfono y me dice que llegará media hora tarde pero que yo me vaya. Sólo tengo que montarle el escenario. Busco el atrezzo. Un periódico abierto sobre la mesa, el termo del mate y el vaso con su pipa como si se estuviera consumiendo por alguien que ha salido un momento. Yo me voy cerrando la puerta de la garita y durante media hora la poca gente que pase a esas horas verá que el uruguayo no está pero debe andar cerca porque todo está dispuesto como si así fuera. 
Como decía, no es que use la inteligencia para el mal pero sí un poco para ejercitar la cara dura. 
Ese talentoso es un maestro. También el individuo más querido y respetado en el edificio. Es cierto aquello de mejor caer en gracia que ser gracioso.    

25 agosto 2013

Paisajes mentales, digresión.

Hoy no tengo nada que escribir. Nada en especial a parte de las ganas de hacerlo. ¿Por qué debería ser eso un paisaje mental? ¿Por qué un estado emocional enmarcado en los de este mes? No estoy seguro, a estas alturas de Agosto ya escribo como a cualquier otra altura, nunca puedo sobrepasar el nivel de mí mismo.
Sólo decir que me regresa la intención de aquella otra madrugada de hace un tiempo dónde escribí bajo los efectos de un valium y en la parada del bus del sueño, esperándolo, me puse frente al ordenador para divagar. Me apetece como entonces escribir al tun tun de lo que salga. Porque cuando escribes sin objetivo es como si leyeras a otro que no eres tú. La escritura automática fluye más que ninguna otra del subconsciente. Es la única que puede sorprender al mismo escritor como si fuera de otro o como la mano dormida que masturba y parece ajena. Pero claro, al final sé que producirá tanto o más pudor que hablar de borracheras añejas, drogas pasadas o salpicados de sexo y amor.  
Alimento la vigilia con café y una libreta en el trabajo (cuando el compañero se lleva su ordenador a casa). De pie sobre una mesa alta con monitores escribo como Hemingway sobre sus Moleskine en las barras de los bares. Incómodo en la pose pero confortado por las letras. A expensas de la interrupción o del bloqueo. Haciendo bailar el café del termo en la taza con un juego de muñeca y buscando en su poso alguna idea nueva. Intentando no pensar mucho en el escenario casi único en el que vivo últimamente. Entregándome a ratos a la música para dejar de tocar con los pies en tierra y volar un rato. Escucho lo último de Bowie, ese artista que a ciertas personas les recuerda a mí porque les debí agobiar mucho cuando le admiré con furia adolescente. Esas personas me preguntan por él como si fuese el tío Manolo o el primo Luis "¿Y qué sabes de Bowie?". Con el tiempo la familia se hizo grande y numerosa y tengo otros familiares  que van desde Morrissey o Amy hasta veinte mil grupos independientes que sólo debe conocer la madre de los componentes y yo. En fín, como toca leer, continúo con Wilco que me relajan. Pero a falta de ordenador es la escritura lo que me mantendrá despierto, alimenta más la atención que el café. El amigo Mario lo sabe, http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com.es/. Y es que es hablar de café y recordar su blog. O escuchar a Sabina, ya puestos. Somos etiquetas en las mentes de la gente. Breves resúmenes, imágenes fijas, personajes de cómic. Independientemente del tiempo que pase seguimos inmutables en el recuerdo de alguien. Se nos recuerda por un rasgo de carácter o peor, por las últimas palabras que dijimos si estas no fueron muy buenas. Lo malo es más indeleble que lo bueno. Al menos hasta que nos volvamos a ver y sorprender en la medida de lo posible a esas personas. Aunque yo sólo podría hacerlo con los que no conocen este blog y mis historias, incluyendo estas digresiones en lo que cierta amiga llamó "la hora nube". 
Para esos tal vez no se me etiquete tan fácil o lo dejen en "ese que escribe un blog". Y luego añadan, "y al que en el blog se le va un poco la olla".  

23 agosto 2013

Paisajes mentales, Amor II

Una tarde, tres o cuatro años atrás:
Un rincón en el recinto de la biblioteca pero apartado de ella por un vestíbulo almacena varias máquinas expendedoras de bebidas y unos taburetes altos junto a una pequeña barra alta de madera dónde apoyarse. Mientras tomas algo entre el fragor de carpetas de estudiantes cercanos puedes distraer la atención de tu vista con el ventanal que da al exterior, ese caminito en semicírculo de tablones que lleva hasta la biblioteca.
Allí parecemos estar firmando los últimos tratados de paz tras una larga semana de rupturas diplomáticas. Ella me ha estado insultando repetidas veces. Hacía un mes que la dejé y siete días atrás se comunicó conmigo para amonestarme por una falta post-relación mía que luego no resultó ser tal, que sólo fueron habladurías del único lugar en el que se han inventado toda una mitología sobre ella y sobre mí: nuestro lugar de trabajo.
Ella en persona sólo viene para devolverme algunas cosas más un regalo que le “asqueaban” y que estaban arrinconadas en su habitación. Esos objetos le recordaban demasiado a mí. De ahí que le asqueen de ese modo. De ahí que cuando voy a esperarla y la veo y me ve y no hay escupitajos acompañados de insultos o de manos imantadas hacia mi rostro me sorprendo. Mucho más cuando sugiere que si puedo acompañarla a la biblioteca, que tiene que estudiar psicología.
La parte más importante de la conversación está como entre bastidores. Somos dos actores que después de interpretar la obra de su relación hablan detrás del escenario sobre sus actuaciones respectivas y critican lo bueno y lo malo sobre su trabajo en ellas y sobre lo que no les parece mal(o sí) de la actuación del otro. En su interpretación me descubre un par de detalles desconocidos en nuestra relación que casi me desmontan de la silla. Los secretos salen a la luz cuando al parecer no hay nada que perder y además no importa si hacen daño. Ella no descubre apenas algo nuevo sobre mí y mi conversación fotocopiada de otras con ella es casi la misma. La única diferencia es que ahora parece creer más en mis palabras.
Ella necesita un té y deja caer algunas monedas en la ranura de la máquina. Algo espumoso que se le antoja café cae en el pequeño vaso de plástico y me pregunta. Lo miro, lo huelo y le aseguro que ningún café del mundo (y aún sabiendo que el de máquina sólo oscila entre malo, muy malo o destruye-entrañas) a pesar de su muy escasa calidad, puede oler a limón. Ambos concluimos en que efectivamente es algo que se puede considerar té a falta de una definición mejor y que a mí me recuerda un agua caliente con miel y limón.
Seguimos hablando. Debemos alzar la voz sin darnos cuenta y aunque no discutimos subrayamos algunas frases lo suficientemente alto como para que un guardia de seguridad se nos acerque y nos pida un poco de moderación. Ese hombre debe haber escuchado algunos trapos sucios y se debe compadecer de nosotros porque nos amonesta con educación y yo, sensible a los buenos modales, le digo que procuraremos bajar la voz y admito la culpa. El guardia de seguridad se aleja con tranquilidad después de posar brevemente su mano sobre mi hombro con un gesto amigable entre caballeros que no necesitan llegar a otro tipo de duelos si ambos son razonables y el profesional no regaña por gusto y aún cuando lo hace con razón, lo hace también con delicadeza.
No podemos alzar mucho la voz así que tampoco sacaremos de madre la conversación. Siempre que no somos pareja hablamos ella y yo con tranquilidad. A pesar de que nuestra relación ha sido un camino sembrado de guerra y muy digno como futura adaptación al cine (de haberla alguna vez) en caso de ser interpretada, por actores de carácter, hablamos como si sólo fuéramos un par de buenos amigos que se reunieran después de mucho tiempo a contar sus viejas batallitas.
El problema es que tanta amabilidad altera ciertas reglas que teníamos pactadas de antemano y rompemos las barreras autoimpuestas para no reiniciar lo que yo maté.
Ella vuleve a decir que yo le doy asco. Yo le digo que no quiero volver a comenzar con ella porque nuestra relación era un error que se demostró cuando conseguimos batir un Guiness de los récords discutiendo más que ninguna pareja en el mundo.
No sé qué hacemos besándonos con tanta pasión.

21 agosto 2013

Paisajes mentales, Amor

La lluvia nos aguaba la tarde pero no la fiesta. Yo llevaba paraguas.
Me acerqué a la estación para separarme de ella una vez más.
Ella había pensado algo. Me lo había dicho en un colchón sobre el suelo que resultó más cómodo que un colchón sobre las cuatro patas de la cama. El suelo siempre es menos duro que la vida y al parecer favorece la espalda. En ese colchón habíamos empezado una nueva sesión de amor que no terminé porque yo, clásico y arcaico de mí, pienso que en el sexo dos no follan si uno no quiere(o da la impresión de estar lejos de ti a pesar de que le estés abrazando). Así que el sexo que no se rubricó con ningún orgasmo dio inicio a otra conversación. Algo constructivo que ella necesitaba decir. Ya lo he dicho, ella había pensado algo.
Empezaríamos de cero. Ahora no estábamos juntos pero no había grandes diferencias. Había sexo, quedábamos el uno con el otro, nos dábamos explicaciones y sólo hacía unos minutos que habíamos discutido por algo que no venía al caso. Lo dicho. No seguíamos juntos pero todo parecía seguir igual.
Y desde ese momento, poco a poco y como en los viejos tiempos empezaríamos saltándonos los lugares más desagradables de nuestro amor, nada de turismo gratuito a los celos por su parte o por la mía ni de viajes inesperados al infierno de los insultos, los gritos y el teatro de guerrillas para goce y disfrute de los transeúntes y sobre todo de los aburridos compañeros de trabajo que vivían su vida a través de la nuestra, que lo más cercano que sentían a la pasión era saber la última sobre ti y sobre mí. Querías que puliéramos defectos y todo sonaba bien. Parecías una buena entrenadora. Al menos en la práctica y con pizarra delante. Pero las cifras que llevábamos detrás eran espantosas. Dos años a uno coma siete discusiones por semana me quebraban las escasas matemáticas (que soy de letras). En cualquier caso mi intuitiva estadística me decía que era mucho discutir. Uno coma siete o coma cinco. A veces te dejaba dos veces en una semana pero la siguiente sólo una. Tú me dejaste también unas cuantas veces. Para nosotros decir “lo dejo” era como decir “me voy a tomar un café y enseguida vengo”. Con lo bonita y amable y educada que había comenzado nuestra relación, muy a lo “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen. Pero había derivado en “Orgullo y prejuicio y zombis” (o fantasmas y resucitados del desamor que regresaban a cada frase exclamativa que nos dedicábamos), una parodia sin demasiada gracia de lo nuestro.
Una vez te recomendé “Lunas de hiel”, mi preferida de Polanski y casi de cualquier otro cineasta. Amo esa película casi tanto como me agobia. Es demasiado sincera como para dejarme dormir tranquilo y a ratos parece que se ríe de mí o de ti o de cualquier relación entre un hombre y una mujer que empiece con buen pie, se quede coja al poco y llegue a la invalidez en menos. Todavía estabas y estás a tiempo de pedírmela. Habla sobre el paso de un milímetro que hay entre el amor y el odio. Te sonará de algo.
Y luego salimos convencidos de lo nuestro y tú respondiste algo que no me gustó y yo reaccioné dejándolo otra vez y tú no viste el “me voy a tomar un café y enseguida vengo” y me retuviste cerca de la estación de aquel cine.
Aquello no era una segunda parte ni una tercera. La cuenta se perdió hace tiempo.
Podíamos llorar por no reír pero nos abrazamos otra vez a pesar de lo incómodo del paraguas y el libro que siempre me acompaña (nunca me discuto con mis libros).
La lluvia cesaba brevemente sobre nuestras cabezas y la tela impermeable del paragüas.
Nos abrazamos sin futuro, sin esperanza y al final sin lágrimas (ya había mucha agua alrededor, nos temíamos lo peor y puede que una inundación).
Al día siguiente hizo sol. Pero esa maldita tormenta no terminó. Nunca termina.
¿De qué nos servía comenzar de cero cuando pasábamos tan rápido al cien?

20 agosto 2013

Paisajes mentales, culpables.

Lo observo desde la recepción de un bloque de oficinas que vigilo.Me parapeta un cristal grueso, tal vez seguro pero mejor no poner toda mi fe en eso. 
Él tiene la camisa abierta y enseña pecho con chulería. Camina con seguridad hasta que ella le intercepta. No deben tener más de diecisiete o dieciocho años. Ella está enloquecida por la ira. Levanta las uñas como una mujer pantera de cómic y se las dirige hacia la cara. Él se protege el rostro como puede, la agarra de los cabellos, enmarañados ya de por sí por la agitación de la carrera, la tira al suelo y le suelta una buena patada entre las costillas. Luego se prepara para darle otra cuando un tipo barbudo salido como por prestidigitación de una esquina se acerca hasta él y a su altura le golpea con su fuerza de mastodonte, con la contundencia que solo puede conseguir un hombre del tamaño de un edificio. El joven chulito se desinfla y ve como su rostro se va hacia un lado pero allí le espera el puño de otro individuo igualmente aparecido, un tipo calvo y rechoncho que parece venir en el pack con el barbudo, son amigos. Entre ambos se reparten las mejillas del joven. Luego el barbudo saca un teléfono para llamar a la policía, supongo. Y el joven no se defiende. Está aterrorizado. El calvo le suelta una hostia cuando le apetece. El barbudo también. Y les apetece bastante. Luego llegan la policía y la ambulancia. La joven aprovecha para tirarse al suelo como el futbolista dentro del área. Comienza a llorar desde el suelo. Eso la subraya más todavía como víctima. La policía esposa al joven y lo introduce en la trasera del vehículo. Cierran la puerta y lo deján a él y a su rostro cargado de huellas dactilares o marcas de nudillos como mínimo, allí encerrado. La ambulancia atiende a la chica. Nunca sabré cómo acaba la historia. Sólo pienso en sus culpables:

Culpable 1: La víctima. Ella comenzó el ataque. También es violencia de género el ataque de la mujer al hombre aunque casi siempre se desestime. Y además no debería interpretar caídas y llantos. 

Culpable 2: El joven. No debió tirarla al suelo ni mucho menos patearla. Era más fuerte que ella así que podía inmovilizarla o abandonar corriendo la escena. 

Culpable 3 y 4: Si él no se defendía hubo como quince o veinte hostias gratuitas en su rostro. Sólo se dieron por el placer de darse. Se le llama linchamiento. 

Culpable 5 y 6: La policía y la ambulancia atendieron a quién lloraba más y acusaba mejor pero les aseguro que la atención médica más urgente, nunca sabré si habría conmoción cerebral, era la que se debió llevar él. Por más culpable que pareciera sólo era presunto así que también merecía cuidados.

Culpable 7: Yo. Lo ví todo. Pude ampliar la información para esclarecer mejor los hechos pero me quedé dónde estaba, tras el cristal. 

Me consuela pensar que aunque pagamos por crímenes equivocados todos lo hacemos más tarde o más temprano. 
Puedo creer en las víctimas pero nunca me harán creer en la existencia de inocentes.          

18 agosto 2013

Paisajes mentales, sexo III

A veces salíamos del trabajo y buscábamos algún sitio para follar. Éramos amantes clandestinos.
Otras veces hacíamos como que nos habíamos ido y nos quedábamos allí mismo con el mismo objetivo. A través de una puerta de una sala de cine con ojo de buey por el que mirar hacia la entrada.
Yo había bajado casi todos los diferenciales de las luces. Después solía pasar frente a la puerta del despacho del encargado que estaba abierta y le decía que ya no quedaba nadie en las salas. A continuación  hacíamos como que abríamos la puerta del hall y efectivamente la abríamos y la cerrábamos para que sonase a abierta y cerrada pero en realidad nos quedábamos dentro. Corríamos hasta la sala más cercana para escondernos. Nos gustaba la dos porque allí lo hicimos la primera vez pero a veces era la nueve porque pillaba junto a la persiana y las puertas de salida y nuestras simulaciones. Desde allí vigilábamos a los demás. 
El encargado esperaba al operador de cabina y se iban. A veces robaban algo de la tienda de chuches. Nada, un par de bocados de algo que agarraban con la mano y se llevaban a la boca mientras salían endulzándose o salando el día. Nosotros esperábamos un poco más por si alguno se olvidaba algo y regresaba. Luego, cuando nos creíamos a solas, yo la cogía y la llevaba con brusquedad hasta la primera pared que nos acogiera. A veces el amor también es vertical. Le levantaba la falda. Nunca había mucho que lubricar. Sus flujos son cosa mitificada por este blog. No todo eran desventajas en la peor relación del mundo. 
Si era invierno todavía me daba para elevarla en mis brazos, menuda como era y para follarla al rebote, sólo limitados por mi buen pulso y mi fuerza. Aunque eso dura poco, que no mienta más el cine, el sexo en términos tan apasionados tiene límites y puede agotar más de lo que se goza. 
Cuando me había quemado los bíceps seguíamos revolcándonos por las moquetas. Era asqueroso pero no me recuerdo especialmente asqueado. Y a ella menos. No lo sabíamos pero aquello iba a ser una fiesta para los ácaros. Cogeríamos la sarna y esos bichos se amarían a la vez sobre nuestros genitales, axilas y puntos cálidos hasta que los matásemos en un Vietnam microscópico a base de una crema abrasiva. Y yo que siempre había creído que esa era enfermedad de tiempos pasados o de guerras resulta que también podía serlo del amor. ¨Pecábamos´´ con la carne pero nos jodimos la piel. Durante bastante tiempo. Y entonces yo decía que eso tenía que acabar. Pero al cabo de muy poco, a veces no más de veinticuatro horas para reiniciar el sistema genital, se acababan las películas en el cine y comenzábamos la nuestra mientras el pueblo se iba a dormir. Todo muy incómodo, precario y sórdido. Aunque luego, en algunas camas y sofás que fuimos logrando ya no nos fuera mejor.       

16 agosto 2013

Paisajes mentales, París con aguacero

Íbamos y veníamos del centro de París cada día. Dormíamos en un camping. Mi hermana y familia me habían llevado en coche. Un precioso viaje entre montañas nevadas "amenizado" por los agotadores e impacientes comentarios de mi sobrina de cuatro o cinco años por entonces. 
París estaba lluvioso. Algo habitual. Aún conservo el pequeño paraguas que compré allí, con el dibujo de su famosa torre desleído por el tiempo. 
De París me quedó muy buen recuerdo. Ella decía que Viena pero yo siempre diré que París. Mi hermana que Roma. Cada uno afincado en sus preferencias sin más relevancia que la de charlar ociosamente. Yo argumentaba mi gusto aduciendo que me gustan los espacios abiertos y gigantes, esa libertad casi histórica que sentía en la tierra de las guillotinas, un lugar dónde el pueblo enfrentó a sus gobernantes del modo en que me gustaría a mí asaltar a los míos, en plan jacobino. "Tú siempre tan animal", me dijeron ellas. Pero también me gustaban sus edificios y sus cafés y ese halo de ciudad antigua aunque bien conservada.
Desde el primer día en el Louvre no quise olvidarme de París que sería la única por la que repetiría viaje si pudiera. 
Acudíamos con el ánimo bajo y la fiesta más aguada que los días. Veníamos de una larga convalecencia de lo nuestro. De una ruptura solventada con un tibio regreso. Aunque la ciudad y las distracciones estaban solucionando algo nuestros respectivos estados anímicos. 
Después de comerme un bocadillo como la suela de un zapato que yo, amable con la urbe, disculpé diciendo que la humedad le hace eso al pan, se me ocurrió algo. Las aguas del río me llamaban. Era una tontería pero no estaba en los escuálidos planes que teníamos de museos y visitas fugaces a fachadas, tal vez alguna cafetería. Dije que podíamos viajar en uno de esos botes que cruzaban el Sena. 
Ella primero me dijo que no, que si era muy caro y no nos lo podíamos permitir( todo era caro allí así que tampoco me parecía para tanto). Pero yo sabía que lo que no nos podíamos permitir era ir y venir de Francia así que si estábamos allí solo teníamos eso, un feliz presente más o menos asegurado. Me empeñé en el viaje. Sabía que ella lo quería incluso más que yo. 
Ya en el barco turístico, acomodados y viendo sentarse a la gente de todas las nacionalidades ella me dió un beso en la mejilla y me apretó con fuerza la mano: "Hombre, sé un poco más romántico. ¿No? Ya que estamos aquí vamos a disfrutarlo".  Estaba contenta. Era un pequeño detalle pero resumía la situación. 
El sol parecía brillar entre tanta lluvia o soy yo que hago trueques literarios con la memoria.  Aunque sí creo que realmente algo se abrieron las nubes. 
Dice Andrés Trapiello en sus diarios:"Aunque las ciudades grandes no favorecen los enamoramientos. A las ciudades grandes hay que llegar enamorado" No estoy de acuerdo. A las ciudades grandes o pequeñas llega uno como puede y sale del mismo modo. Cada uno las pisa con sus pies y a su manera. Y a nadie le sientan igual. A mí París, debo decirlo, me sentó muy bien. A los dos.

14 agosto 2013

Paisajes mentales sexo II

Le gustaba hacerlo sin luz pero con palabras. Siempre alguna historia perversa entre violador y violada. En la imaginación hay licencias que la realidad no admite.
No le gustaba la música tampoco. La distraía. Yo le recomendaba leer que dicen que potencia la atención. A mí la música no me distraía. Me amplificaba. Pero en fin, sin acritud. Ella también me amplificaba.Ella, yo y las historias susurradas en el oído ampliando el deseo. 
Podía medir el éxito de mis cuentos por el grado de humedad que le notaba. Aunque no siempre podía seguir con la narración, el orador podía descarrilar, podía distraerle la presencia cercana del orgasmo y entonces tocaba atajarlo, nada de darle facilidades antes de tiempo. Tenía que pensar en mis propios cuentos dantescos para no dejarme llevar por el tirón final del clímax. No ser nunca el primero. Por más que ella me dijera que daba igual y que no pasaba nada. Pero claro que pasaba. Sí con alguien que sólo terminaba un polvo con la intención de comenzar el siguiente. Había que mantener estrategias de ahorro de energía como un ordenador o un electrodoméstico reciente. Había que luchar por no fatigar todos los cartuchos de la virilidad porque los de la feminidad parecían infinitos. Ella se hubiese tomado un gatillazo peor que un rechazo por más que nunca es así, que eso es cosa de los hombres y casi nunca tiene que ver con ellas. Una mala pasada de la naturaleza para humillarlos, solo eso. Así que manteníamos nuestro amor casi silencioso salvo por las historias a volumen mínimo.
Ella nunca había leído libros antes de mí. Después le cogió el gusto a los eróticos. Los leídos y los que me inventaba mientras ella primero y luego yo, buscábamos el mismo placer.          

12 agosto 2013

Paisajes mentales: Borrachera III (y última)

Las peleas eran así, como las lluvias rápidas de verano. Un combate a tortas o agarrándose el uno al cuello del otro. Me recordaban las reproducciones reales de unos dibujos de atletas en ánforas griegas que tenía en mi libro de arte. El uno intentando someter al otro entre la muñeca y el bíceps, aprovechando la posible debilidad del cuello y la incomodidad para defenderse. Casi siempre ambos contrincantes en el suelo por culpa de la caída o pérdida del equilibrio de uno de ambos que se llevaba al otro con este para que le acompañase mordiendo el polvo. Y ya en el suelo más forcejeos ambiguos y resoplidos y mucho esfuerzo que se saldaba con la victoria del más resistente a la fatiga y con la extraña imagen de no saber si peleaban o preparaban los ensayos para la futura "Brokeback Mountain". 
Yo, al ser un año mayor que casi todos ellos jugaba con ventaja. Por eso y por tener la hostia fácil cuando no algo peor y más peligroso entre manos. Me evitaba esos combates tan íntimos sobre el plebeyo suelo que sólo me gustaban como espectador. 
Después de la última lucha a muerte porque uno de los "hermanos maricones" no parecía adaptarse bien al nuevo mote, nos juntamos con otros bestias y seguimos bebiendo. Yo ya estaba borracho así que fue llover sobre mojado. Y además hicieron trampa con el juego de la moneda. Ya se lo estaban montando muy bien para que yo ganase siempre y así verme beber y beber y terminar por hundir la fama de más comedido que tenía por entonces. 
En el centro del barrio la orquesta amenizaba la noche. 

-Eh, mirad como se mueve la vieja esa que baila. ¿De dónde ha salido eso?

- Del psiquiátrico del que se ha escapado, ja,ja

Y luego bailar nosotros sin dejar en paz aunque solo fuera verbalmente al personal. El adolescente es orgulloso, prepotente, amoral, un perfecto criminal en potencia. 
Una chica pasaba de unos brazos a los otros. Sólo sonreía y bailaba mientras algunos la magreaban(he recordado viendo ciertas imágenes de los Sanfermínes este año algo así).  Yo la tuve unos veinte segundos  de baile antes de que alguien me la quitase exasperado "trae, marica, ni borracho le metes mano". 
Luego nos fuimos a casa. La memoria empieza a ralear. Sé que me iba golpeando con las paredes con o sin ayuda. O me lo contaron. Al día siguiente quedó atestiguado ese accidentado regreso con un cuerpo tatuado de moraduras. Recuerdo también que otro vecino dos años mayor que nosotros bastante paternalista, me agarró de la camisa y me llevó hasta casa para que se acabase el circo. Mi madre me recibió mencionándose a sí misma, "la madre que te parió", mientras se apresuraba trayendo el cubo de fregar dónde regresaría por dónde había entrado el alcohol que no me cabía dentro.
Creo que mis amigos se debieron quedar abajo peleando los unos con los otros. 
Y yo ya no pude hacer el completo ni asistir al cierre de las fiestas del día siguiente.   
Si te pones a vivir muy rápido puede ocurrir que seas torpe y te tropieces. 

11 agosto 2013

Paisajes mentales: Borrachera II

Seguimos bebiendo en otro chiringuito. Alguien ponía una moneda en la jarra y el que tomase el último trago y se la encontrase al fondo del recipiente, dejaba de pagar la siguiente ronda o quedaba automáticamente invitado por el grupo. 
Yo llevaba esas noches buscando por la fiesta a una chica. Era una compañera del instituto a la que dejaría de ver porque ya terminábamos las clases y se bifurcaban los caminos entre opciones universitarias o laborales. Creo que estaba enamorado de ella. A esa edad caía sin ton ni son en esa enredadera de sentimientos irracionales. Porque no es que tuviera mucho o poco en común con ella, es que ni siquiera la conocía demasiado (ella se sentaba en pupitres alejados del mío y apenas habíamos intercambiado alguna palabra). Es curioso también que sólo yo la encontraba guapa. De hecho todos los colegas del instituto aprovechaban para comentar algo hiriente sobre ella cuando podían. Yo aproveché para escribir una letra para una canción al piano de mi grupo de música de entonces que se titulaba "Los ojos del amor" y que por supuesto ahora no me atrevería a leer ni por encima. 
Esa noche me la encontré. A la sólo bella para mí. Afortunadamente yo todavía estaba entero. El alcohol sólo empezaba con sus efectos, ralentizado por la cena fuerte y calórica. 
Teniéndola delante no supe qué decirle. Sólo me agencié los besos del saludo intentando guardarlos en el recuerdo como un tesoro de la memoria(y aquí siguen al cabo de los años). El diálogo debió ser escueto. Yo mirando nervioso a cualquier lugar menos sus ojos y moviendo como por un tic una pierna, seguramente la izquierda que suele traicionarme(y no es la peor parte del cuerpo que me puede traicionar). 
Ella más adulta y más mujer y llevando el peso de la conversación o lo que fuera y pensando vete a saber qué:

- ¿Qué tal?

- Bien... Aquí...- diría yo mirando el pasar de la gente. 

-¿Te ha quedado alguna para Septiembre?

- Sí, bastantes por culpa de aquellos esguinces que me hice. No pude ir los dos últimos meses al insti y eso se ha notado pero las aprobaré. 

-¿Te estás preparando la selectividad?

-Sí, no necesitaré mucha nota. O periodista o pedagogo, ya veré...- cómo se podrá estar tan incómodo con una persona que te gusta tanto... 

- ¿Pedagogía? ¿Te gustan los niños?

-Sí,.sí... bueno, ya nos veremos por la "sele".

-Claro-  me dio dos besos más que también he conservado hasta ahora y no hay por qué perderlos   

Regresé hasta el grupo de monos:

- ¿Quién es esa fea? Hostia, tío, qué puto asco... 

- Una compañera del instituto, vamos a por más cerveza. 

-Vale.

El caso es que yo ya estaba contento. A ciertas edades se es más idiota y esa es una gran ventaja, que los idiotas son más más felices. 
Antes, alguno de nosotros se peleó con el otro a puñetazos. 

10 agosto 2013

Paisajes mentales. Borrachera I

Eramos dieciochoañeros, si no recuerdo mal. Tanto que daba asco. Y además eran las fiestas del barrio. Estas ocupan dos fines de semana más los días que hay en medio. Los vecinos que viven junto a los chiringuitos, las carpas, las atracciones de la feria y los tablaos las viven tan a tope que ni duermen.  Pero ya lo he dicho.  Dieciocho años y fiestas. Nosotros no queríamos dormir ni dejar que lo hicieran. 
El grupo de chimpancés que viajábamos por aquellas noches solía ser en su núcleo de tres o cuatro el mismo. Ocasionalmente se sumaba o se descolgaba alguien. Pero los tres o cuatro centrales parecíamos tener el bono para todos los días, nos sentíamos principales en esas fiestas. Yo llevaba ocho noches non stop  y pretendía llegar hasta el final invicto por el cansancio. Al día siguiente cerraría las fiestas con fuegos artificiales y los suspiros del vecindario insomne.
Ocho días de alcohol moderado y cerrando ya la fiesta con algo más, echándolo todo y aprovechandolo casi con desesperación. Alimentados y reforzados, es un decir, por las patatas bravas o con ketchup, el algodón de azúcar, los perritos calientes y la amplia gama de delicatessen en aceite mil veces requemado que nos ofrecían los chiringuitos. Estos se ofrecían como parques temáticos y se reconocían por títulos encabezados por la palabras amigos. Amigos de la música, amigos de Andalucía, amigos de Ecuador... Y los voluntarios trabajaban entre amigos y me imagino que sin sueldo. Pero con muchas sonrisas.Llenos hasta la bandera sin imaginar un futuro en el siglo XXI dónde por fin la palabra crisis significaría algo. Con vecinos visitantes de otros barrios y fiesteros profesionales buscándose entre ellos.
Abrimos juerga con una jarra de cerveza gigante para todos. Jugábamos al aguante, a ver quién soportaba más tiempo el trago. Recordándolo lloro por mi hígado. Y luego, cargados de alegría etílica con un punto de cretinismo ya estábamos listos para los autos de choque. Si bebes hay que conducir. 
Dos del grupo se habían peinado igual ese día. Eso obligó a que alguien les pusiera algún mote y el de hermanos maricones pareció el más adecuado esa vez. Solo por eso. Por vestir igual la cabeza. A otro se le llamaba quinielo por tener una bicicleta que llevaba escrito 1x2 así que...  
A uno de los hermanos maricones le tocó pasar un mal rato. Otro del grupo le agarró del brazo en los autos de choque y lo sacó del vehículo. En el recuerdo nos queda verle a gatas por la pista mientras los coches intentan evitarle o le pitan o el vigilante va por él para abroncarlo. Al salir de allí alguno de los nuestros se peleó con otro y tuvimos que esperar a que terminasen. 
A esa edad, hasta que no se mata alguién todo es divertido.  
       
       

09 agosto 2013

Paisajes mentales: Confianza

Hace años, antes de un concierto me invitaron a coca. No tenía excesivas experiencias al respecto pero sí las suficientes. Me atraía tanto como la temía. En "El abogado del diablo" Al Pacino habla de la primera raya como uno de los mejores momentos de un ser humano, al nivel del primer polvo. La mía había sido tan deliciosa que no conocía ninguna experiencia mejor. De hecho tenía el potencial para ser un buen discípulo de Burroughs en "Yonki", un desangelado sin sexo enamorado de los estupefacientes y que ignora la carne. Qué bien que la economía juvenil no diera para tanto. Y qué bien aquella invitación a coca en aquel concierto, tan cortada, tan capada esta en sus beneficios. Llené la nariz con algo que le daba un nuevo sentido a la expresión esnifar mataratas. Apenas vi el concierto. A la mitad salí a reunirme con algunos conocidos en el capó de un coche aparcado en un oscuro callejón. Buscaba remontar el bajón estrepitoso con más rayas. Pero aquella mierda, y nunca mejor llamada así, sólo me hundía más. No solo no producía sus efectos sino que te quitaba la poca o mucha alegría que llevases encima desde el primer soplido hacia dentro. Nunca sufrí más en mi cuerpo que aquella noche. Era como probar el infierno sin pasar por caja muriendo. Como tener el mono sin haberte vuelto adicto. No, gracias, nunca mais. El mundo del narcotráfico me perdió como cliente para siempre a partir de entonces. Con lo golosas que habían prometido ser mis fosas nasales.
Años después cierta amiga se quejaba de la relación que tenía con algo que definía como un rollete. Sé que ese rollo suyo a ella le gustaba pero él ofrecía poco. Su relación se resumía a que él la llamaba una vez cada dos semanas, se la llevaba a dar una vuelta en coche y le pedía luego que le chupase la polla. A veces la tocaba un poco pero más para cubrir el expediente que por interés. Nada más. Gracias a ese simpático caballero ella cambió de brazos y se deslizó hasta los míos. Después me quejaré de no tener suerte pero nunca de no ser lo suficientemente rastrero.
Todo eso me lleva a pensar en los clientes de las preferentes de los bancos, tan estafados ellos, en los políticos tan sinvergüenzas y tan revientaconfianzas... Ya tenemos un partido político por aquí que se muere después de haber sido puntero. Por no haber estado a la altura. Y el otro que espero que se muera el doble cuando lleguen las próximas elecciones(dejadme soñar con eso). Los bancos tienen cada vez más problemas para atraer clientes y ganarse su confianza( de momento no hay productos tan "magníficos" ni parecidos a las preferentes).
Los beneficios rápidos son pan para hoy y hambre para mañana. En cualquier situación, seas amante, banquero o camello. Si no eres de fiar pronto o tarde te convertirás en pasado.
Hoy tal vez me pase de optimista pero el futuro sólo pertenece a los que nunca mienten.

07 agosto 2013

Paisajes mentales: Sexo

La lengua en el pliegue de su sexo, con mi boca en el centro de su intimidad, la misma boca con la que la había convencido de llegar a esto o casi, no era un plan establecido, sólo hablabamos, a saber cuando decidió que yo pasaba la selección y al menos en cuerpo se entregaba, qué frase que dije fue decisiva y decisoria, o qué discurso sobre la mesa de una cafetería me facilitó el progreso para que tuviéramos orgasmos a medias, y si fué por lo que dije o por cualquier otra otra cosa pero pienso que sí fue por eso, suelo ganar más hablando que otra cosa (y si hay voluntad), aunque fuera como fuera, la magia del sí femenino ya estaba actuando, tenía libre acceso a los rincones más allá de su ropa interior, la última frontera, un pase libre para sus pechos, esas protuberancias del tronco femenino que casi siempre se reservan para los preliminares(como si de por sí no fuese un placer y un clímax tocarlos y besarlos), después de los pechos algunas dudas por su parte, un momento de indecisión entre ir a más con el sexo oral bajo la cintura o retroceder, entregarse a mí por fascículos, finalmente otro sí que sumarle al placer y continuarla hasta el final, el tiempo puede ser eterno pero el nuestro no, aunque ella jugase precisamente con eso, porque las mujeres en algunos casos usan el tiempo y el sexo con los hombres para medir la confianza, a más citas más concesiones y sólo si demuestras ser digno, como al perro al que le das el azucarillo porque sigue bien el adiestramiento, ahora los besos, después los juegos de manos sobre la carne, finalmente el sexo y tal vez sus variantes más perversas, siempre, siempre si eres o demuestras ser algo más que uno que sólo quiere ir de paso, aunque estas estrategias cada vez más son cosas de adolescentes y menos de mujeres, o vete a saber, ellas nunca son iguales, hay un mundo por cabeza, a veces iluminación artificial, a veces miedo a la crudeza del día, a veces dulzura, a veces dureza, en ocasiones y al principìo los complejos cubiertos por la oscuridad y follar a oscuras, cada mujer a su ritmo pero decidiendo, al menos en eso, y finalmente y si no eres un imbécil supremo, toda para tí, tal vez una relación que valga la pena u otra que sea un infierno aunque difícilmente lo son al principio, dejándome ya seguir mis propios ritmos y hasta pidiendolos, suplicando un hombre porque sobre la cama no existe el machismo ni el feminismo y se puede ser políticamente incorrecto, mejor así, el caballero soy yo cuando voy vestido, sobre la cama hay otras exigencias, entramos en otra dimensión, y en el caso que describo la petición expresa de ser un animal peligroso, era lo requerido, y parece que funcionaba y estaba bien, todo al principio, siempre al principio, como si los primeros días fueran una fábrica de los únicos buenos recuerdos que se merecía una pareja, entendiéndonos y siendo tan distintos mediante la carne, sabiendo que el cuerpo sólo tiene el modo sufrimiento y el modo dolor y que luego viene la mente a complicarlo todo.

05 agosto 2013

Aprovechando que no hay nadie...

Hace unos segundos leía sobre el lado oscuro de una persona en un blog. Cuando ya tenía pensado lo que será el plan de mi propio blog este verano. Un redactado meticuloso de oscuridades mentales, momentos pasados en los que fui peor persona(o no) y alguno actual en los que intento no serlo. Viejos paisajes mentales que estoy recuperando ahora que tengo el tiempo, si no para el cuerpo sí para el cerebro(trabajo mucho pero sólo como estado presencial, por lo demás no estoy más de lo necesario, sólo lo justo para vigilar que es lo que se me pide y cumplo y ya está) .
Porque ahora que no me leerá nadie puedo escribir como en el génesis de esta bitácora, como en los orígenes en los que me encontraba más esquivo a la autocensura(tal vez sólo sea una impresión). Escribía para la nada, actuaba en mi teatro con las entradas no vendidas, escribía primero para mí y luego para casi nadie. Y ahora, viendo la tendencia del verano y acumulando despedidas o hasta luegos por los blogs o fotos de playas y deseos de ocio no virtual, veo que me voy quedando solo.
Yo tengo que trabajar. Pero allí puedo redactar algo aunque sea a mano. Tengo que negociar con el tedio o no habrá tratos con la locura.
Este verano escribiré o eso espero como un descosido. Serán mis paisajes mentales como anuncio más arriba. Cosas ocurridas antes o ahora sin el sello del qué dirán. Este es el último post que dejo abierto a comentarios hasta Septiembre. Que pueda escribir más no significa que pueda responderos a todos todo el tiempo y antes de dos o tres días y eso no me gusta. Pero si ni siquiera vais a estar(por si acaso nos vemos en este mismo post que es el último sin mordaza¿Vale?).
O a lo mejor es que me pasa como a la de la fotografía. Una que quiere transgredir desnudándose cuando eso ya no transgrede ni ofende casi a nadie. Una que en el último momento tiene vergüenza y se tapa el coño y las tetas y se queda en terreno de nadie, en un quiero y no puedo. Espero que ese no sea mi caso. Más tarde tendré que responder por lo que escriba. Y a ser posible sin fórmulas precocinadas como mi presidente.
Pero de momento este blog, durante el verano, estará muy concurrido por fantasmas y miserias.
No es que no cierre por vacaciones, es que la persiana estar de par en par.
A mí la soledad me cunde más, ya veréis. Bueno no, que ya no estáis.
Buen verano a todos.